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JAIME DESPREE RELATOS CELESTIALES Y OTROS CUENTOS SUMARIO - Mis conversaciones con Dios y con el Diablo 5 - Hermann en el Purgatorio - Crónica de las guerras celestiales - Debate sobre el Apocalipsis - Yo, Adán. Mis memorias del Paraíso - Historia del fin del mundo CUENTOS BERLINESES CUENTOS INCREÍBLES CUENTOS CONTRA-CULTURAe Copyright © Jaime Despree Todos los derechos reservados http://jaimedespree.de I. MIS CONVERSACIONES CON DIOS Y CON EL DIABLO Primera conversación He cumplido 70 años y debería sentirme viejo, al menos razonablemente viejo, pero pese a poner todo mi empeño en ello no consigo librarme de una juventud que no quiere abandonarme. Mi empeño es lógico y natural. Las razones por las que estoy interesado en hacerme viejo son porque mi idea de la vida no coincide con la opinión del común, y porque no veo la h como el final de algo maravilloso y deseable, como es la vida, en especial cuando como en mi caso se disfruta de una larga e irremediable juventud. La vida está llena de imperfecciones porque, según mi opinión, es la consecuencia así mismo de una imperfección. Algo debió de desbarajustarse en la perfección de la nada de donde provenimos y de este desarreglo surgió un ser condenado a pasar por un sinnúmero de penosas vicisitudes, que comienzan con el nacimiento, una de las primeras faenas de la vida y sus posteriores desarreglos. No es que la vida en el seno materno sea ideal, pero de vivir tranquila y plácidamente en el cálido vientre, sin necesidad de padecer los inconvenientes del aire libre, nos vemos en la penosa obligación de aprender cosas a marchas forzadas, esfuerzo que como es lógico molesta a cualquiera. Por esta razón no hacemos más que echarle un rápido vistazo al mundo del lado de afuera para ponernos a llorar rabiosa y desconsoladamente. Desde luego que es imperdonable el estúpido afán de algunos por nacer antes de tiempo, como si tuvieran por saborear cuanto antes todas las desdichas de este mundo. Puedo perdonar un adelanto de un mes, pero dos es inexcusable. Tampoco estoy de acuerdo con aquellos que optan por todo lo contrario y en su obcecación cometen el asesinato de su propia madre, obviamente se trata de un acto no premeditado porque de otro modo apenas tuvieran la edad legal podrían ser juzgados y condenados por matricidio. Pese a lo horrendo del crimen no estoy de acuerdo con que se les aplique la pena capital, pero yo les impondría cadena perpetua si redención por trabajo. Afortunadamente en los tiempos actuales y en aquellos países que actúan de forma lógica y razonable, los perezosos son forzados a nacer. También se da el caso de que se les impida continuar esta aventura de la vida de forma más drástica, pero esto es un delicado asunto moral en el que no quiero entrar. También es algo fuera de lo común que algunos abran los ojos apenas salen del útero materno, como si lo que hay en el exterior fuera de gran interés. Obviamente se dan cuenta inmediatamente de que el mundo exterior no es una gran cosa, antes bien debe de asustarlos, y lo encuentro razonable, porque nada de lo que vemos en el exterior nos resulta familiar, y mucho más si nacemos en el quirófano de una clínica privada. Al menos naciendo en casa no tenemos que soportar la imagen extravagante, verde y enmascarada del ginecólogo y de sus ayudantes, y siempre es más grato la sencilla expresión de una comadrona de las de antes, quien conoce mejor que nadie las penalidades de este mundo. Pese a que dentro del vientre materno el paisaje es algo monótono, después de nueve aburridos meses uno debe de acostumbrarse al tono viscoso de la placenta, como si se tratara de vivir en la celda de un convento de clausura, con la sola claridad de un ventanuco que a duras penas ilumina la estancia. Por esa razón hay quien después de nacido, y tras comprobar por sí mismo los inconvenientes del mundo exterior, profundamente decepcionado vuelve al útero materno, la celda monacal, en busca de la paz y la seguridad perdida años atrás. Estos prematuros boyeurs suelen ser aventureros o artistas, por la avidez con que quieren verlo todo, interese o no, y terminan pegados a un ordenador, navegando por «Google» con la opción de «Imágenes», o en el colmo del paroxismo espiritual, con «Google Earth», pero lo que ya es intolerable es aquellos que les da por escribir libros de temas disparatados, pero también pueden ser de filosofía o de historia natural, como es mi caso. Por lo general no alcanzan posiciones sociales muy destacadas. Son aquellos que abren los ojos progresivamente a la realidad, sobre la marcha y no viendo más que aquello que les interesa, los predestinados para los grandes negocios, el mundo académico, o para la abogacía y la administración pública, es decir, los más útiles a la sociedad actual sin aspiraciones éticas ni estéticas. Ese no es mi caso, por lo que estoy condenado a una vida de aventura, propia de un artista, y por esta misma razón a la condena inevitable de esta persistente juventud que no me abandona. Algunos de mis lectores ya se habrán hecho cargo de mi paradójica desgracia y si pudieran estoy seguro de que me sugerirían una solución tan razonable como la eutanasia. En efecto, lo he pensado decenas de veces, pero la vida, que está regida por las fuerzas del mal, en su probable eternidad no ha pensado en otra cosa que en la forma de perdurarse y defenderse de quienes como yo pretenden ingenuamente que pueden destruirla. El primer invento maléfico fue sin duda el dolor. Todo ese complejo sistema nervioso que envuelve esta máquina perfecta que es el cuerpo no tiene otra finalidad que hacernos sentir molestias intolerables apenas atentamos contra él. Gracias al dolor las cosas vivas sienten repulsión natural por ser víctimas de un acto violento y huyen de ellos como el gato escaldado lo hace del agua fría. Si no existiera el dolor físico podríamos disponer de nuestra vida sin molestia alguna, e incluso prescindir de todas aquellas partes u órganos que nos parecieran irrelevantes. Pero gracias a las molestias que ocasiona el dolor, el cuerpo no sólo se mantiene íntegro sino que desarrolla sustancias y deformaciones indeseables, y ése es precisamente el aspecto que muestra hasta qué punto la vida se rige por el mal. Para cualquier persona que no sea más lerdo de lo habitual, carece de sentido que la perversa vida se empeñé en conservarse mientras solapadamente va haciéndola completamente inviable. ¿Puede haber mayor contradicción? ¿Dónde está la lógica de una vida cuya perversidad consiste en preservarse de toda violencia excepto de la inevitable muerte? ¿Para qué se toma tantas molestias? ¿Cuál es su diabólico plan, si es que tiene alguno? No sólo yo sino personas sensatas que me han precedido han visto en esta contradicción las marca de Satanás; el juego diabólico de la vida consiste en jugar con ella como el gato juega con el ratón moribundo, sólo por el placer de destruir lo que ha construido, sin otra razón de ser que el juego en sí mismo. No es de extrañar que las personas más vitales sean, al mismo tiempo, los más aficionados al juego, ¡sobre todo los niños!, y los más anodinos y vulgares, los que nacen con los ojos cerrados y cuando les toca, los que lo detestan y condenan. Pero la vida no se conformó con dotarse de una protección física, sino que se las ha apañado para desarrollar otra protección más sutil y perversa, aquella que utilizamos para pensar, bien o mal, que engendra la monstruosidad más deleznable de este mundo: la duda. Precisamente porque dudamos de lo que nos puede esperar después de la vida, no queremos admitir la maldad intrínseca que subyace en ella. Tan pronto como nacemos aprendemos que hay ciertas cosas que ya no tienen respuesta, precisamente por el hecho de preguntárnoslas estando ya vivos, porque se han cerrado las puertas del acceso a la nada de donde provenimos. Y esa es la puerta que estoy intentando abrir y la razón por la que me deprime esta prolongada juventud, pues es evidente que mientras siga vivo no tendré la mínima oportunidad de dar con ella, pese a que he utilizado buena parte de mi contradictoria existencia en librarme de la duda y darme respuestas concluyentes a preguntas tan elementales como: ¿Qué hay después de la muerte?, o ¿Qué es la nada? Preguntas que estoy seguro se las habrán hecho alguna vez casi todos mis lectores y cuya respuesta, necesariamente ambigua y desdibujada, no habrá pasado de alguna ingenua hipótesis, leída en alguno de los inútiles tratados de filosofía escritos hasta ahora, o más irreal, en la sagrada Biblia, en el supuesto de que sea hijo de cristianos, claro está. ¡Nada concluyente que pueda probar la razón o la experiencia! Tengo que puntualizar que cuando me pregunto ¿qué hay después de la muerte?, no me refiero de forma literal a qué sucede después de expirar y perder la vida, porque la respuesta es elemental: después de la vida viene necesariamente la muerte de aquello que está vivo, pero no el fin de la vida en sí misma, ni por supuesto de la propia muerte, que es tan perseverante y necesaria como la misma vida. Por tanto mi pregunta va mucho más allá y pretende hallar una respuesta bastante más compleja, que vaya más allá de la vida y de la muerte, es decir, ¿qué hubo antes o qué habrá después de la vida y de la muerte? —¡Absolutamente nada! —¡Muy bien! Se supone que estaba pensando, y cuando alguien está pensando aquello que piensa pertenece a su intimidad y nadie, excepto, claro está, Dios mismo en el supuesto de que exista, se puede enterar. —¡Es que, obviamente, yo soy Dios! —¡Estupendo, usted obviamente es Dios! Pero aún está a tiempo de rectificar y no tomaré en consideración semejante disparate. —Dios no puede evitar ser Dios, por tanto no hay nada que rectificar. Por otro lado no me avergüenzo de serlo, pero reconozco que según como se mire soy un personaje molesto e increíble. Lo peor de mi carácter es mi omnipotencia y omnipresencia, que por lo general cae mal a la mayoría de los humanos, pero como digo, no puedo evitarlo, pero esto dudo de que tú puedas entenderlo. —Estoy intentando no perder la compostura y comportarme con la mayor naturalidad que me sea posible. De tanto hablar de Dios es natural que tarde o temprano tenía que hacerse ver, pero ¿por qué yo? —No sé. En realidad yo pasaba por aquí… —¡Pasabas por aquí! Estupendo, ahora resulta que Dios se pasea por ahí como si tal cosa, de la misma manera que si fuera un jubilado paseando por el parque y aburrido le da por enrollarse con el primero que tiene un pensamiento sobre el más allá. —No es exactamente así. Yo paseo por todas partes porque soy omnipresente, pero cuando alguien se pregunta por el más allá, obviamente el tema me interesa y suelo participar en el debate. —Pero ¿qué debate puede haber entre alguien que duda de todo y alguien, pongamos que sea Dios, que lo sabe todo? —De hecho yo tampoco lo sé todo, tan sólo sé todo sobre mí mismo, pero la realidad en sí misma me trasciende. Pero el que lo sepa no quiere decir que pueda demostrarlo así sin más, sin apenas esforzarme por el hecho de ser Dios. Cuando uno sabe todo sobre uno mismo no hay necesidad de demostrarse nada a sí mismo, pero cuando se participa en un debate uno tiene que tener siempre en consideración lo que el otro sabe sobre todo lo que se puede saber. Entonces es cuando surge el problema, y a pesar de ser Dios me veo obligado a razonar mis conocimientos como cualquier ser humano. —Eso tiene sentido. —De hecho yo también tengo mis obligaciones como todo el mundo. Mi trabajo no consiste en ser Dios sin más y rodearme de seres celestiales y creyentes, como son los ángeles y los arcángeles y otras personas más o menos divinas que sería largo enumerar; no, mi trabajo consiste en ir por ahí resolviendo dudas importantes a quienes se las plantean, y en este asunto llevo ya casi medio millón de años de vuestros tiempo intentando ayudar a resolver cuestiones como la que tú te estabas planteando. —Supongamos que me trago el cuento de que eres Dios, bastaría con que me dijeras dónde vives para dar respuesta a todas las preguntas planteadas y nos ahorramos otros males de cabeza. Pese a mi curiosidad no creo estar dotado de la mente adecuada para resolver complejas cuestiones teológicas o filosóficas. En el colegio no pasé de los quebrados y fui incapaz de resolver una ecuación de primer grado. Sobre filosofía sé lo que todo el mundo, es decir, poca cosa… —Ese es el problema, que no puedo decirte así sin más dónde vivo, pues la dificultad no está tanto en describir el lugar, algo ya común en muchos de vuestros libros, sino razonar el camino que hay que seguir para dar con él. ¿Comprendes? —¡Por supuesto! ¡No soy Dios, pero tampoco soy tonto! —Según como se mire eres tan dios como yo, pero, por decirlo de alguna manera, a pequeña escala; dios de tu propio mundo. —Esa idea ya es vieja, pero no resuelve el dilema. Si yo soy también dios, por muy personal que sea, ¿por qué tengo dudas y sigo sin saber lo que hay más allá de la vida y de la muerte? —¡Es una simple cuestión de tiempo! Además el dios de cada cual es, por decirlo de alguna manera, porque hay otras, una intuición; una intuición de ti mismo, tal y como serás hasta el final de tus días. Yo también soy una intuición pero de otro nivel, pero yo tampoco sé todo lo que se puede saber sobre todo, tan solo sé aquello que me concierne como Dios de mi propio mundo, es decir, del universo que también es el tuyo, y aquello que he podido aprender en mi propio tiempo. Pese a lo que se dice por ahí, yo no soy eterno, pero obviamente mi duración es infinitamente superior a la tuya, de ahí que sepa más que tú sobre el más allá. Además hay otra cuestión que debes saber cuanto antes, y es raro que no haya intervenido todavía en nuestra conversación. El saber no depende de mí, es decir, de Dios, sino del Diablo. Él es fundamentalmente ignorante pero con el tiempo, aún a su pesar, llegará a adquirir tanta sabiduría como yo mismo, pero para entonces se habrá agotado el tiempo de los dos y no le servirá de nada su empeño ni yo podré por fin descansar y dejar de ser molestado por él… —¡No crean que no escucho la conversación, simplemente tengo la educación suficiente como para no intervenir si no se me menciona! Pero ya que ha salido el tema del Diablo, es mi obligación participar en el debate y defenderme. De hecho no me dejan ustedes un minuto de descanso, pero reconozco que disfruto en estas charlas ¡porque siempre se aprende algo nuevo! No hay nada más aburrido que el conformismo santurrón de esos creyentes que no se molestan en saber más sobre mi interesante personalidad. —¡Genial! ¡Ahora se presenta el Diablo, así sin más, como por arte de magia y sin avisar ni cita previa! —Ya te dije que me extrañaba que no hubiera aparecido ya. Siempre lo hace. No puede soportar verme conversar con alguien sin venir a exponer sus propios puntos de vista, ese es precisamente su peor defecto. —No es de buena educación mencionar al Diablo y atribuirle cosas y hacer juicios de valor prematuros sin que el afectado, que soy yo, se pueda defender. De hecho sin mi influencia no habría ni tema de conversación, pues yo soy precisamente la causa de todas las dudas de este y de todos los mundos posibles, porque soy la causa de que las cosas se muevan. Sin mi influencia el universo entero colapsaría. —¡Pero colapsará inevitablemente! —Un momento, que aquí el interesado por saber soy yo ¡y ya me he perdido! —Perdona, chico, pero cuando nos enredamos Dios y yo en estos temas pierdo el control. A ver, ¿dónde te has perdido? —Lo primero y fundamental es poner las cosas claras. A mí no me importa mantener una charla con alguien que se presenta así por las buenas diciendo que es Dios y con otro que se apunta a la charla por su cuenta, también sin previo aviso, y que pretende ser el Diablo, pero yo tengo que estar prevenido contra los dos y quiero dejar claro que vamos a dejar a un lado la valoración moral habitual de que uno es el bueno y otro es el malo. Yo sé de sobra que hay razones más que suficientes como para aceptar que ciertas cosas están regidas por el bien y otras por el mal, pero ésta es una valoración bastante confusa, relativa y circunstancial. Acepto que la vida esté regida por el mal… —¡Obviamente! —¡Pero orientada hacia el bien! —¡Dejarme terminar! Al decir el mal se trata de una valoración subjetiva basada en la relación inevitable y consustancial entre vida y el dolor, o la vida y la duda, y tanto el dolor como la duda vamos a decir que son básicamente malas… —¡Pero necesarias! —¡Ya, ya; a eso iba! El dolor está justificado para preservar la vida, sin entrar a valorar si merece o no la pena preservarla, y la duda está justificada para aprender lo que es la vida, sin que a su vez entre a considerar si vale la pena saberlo. Lo que yo quiero saber, dicho de vuestra propia boca, es qué os diferencia y por qué sois ambos necesarios siendo tan dispares. —¿Empiezo yo? —Como gustes. —Personalmente no tengo nada contra el Diablo, pero tiene que reconocer que su ignorancia es la causa de todas las desgracias de este mundo… —¡Claro, cuando se vive con la idea de que se es omnipotente, sabio, bueno y justo, pero no se hace nada en absoluto por demostrarlo, no se causa mal alguno, ¡pero tampoco bien! Aquí el que se ha movido desde el principio de los tiempos he sido yo. ¿Qué podía saber yo de la vida si no tenía experiencia? El saber sólo se adquiere con el tiempo y el tiempo supone sufrimiento, pero para Dios el tiempo es como si no existiera, porque tanto es pasado como presente como futuro. Por decirlo de alguna manera, ¡controla el tiempo desde el principio hasta el final! —Intenta ser más conciso o esta pobre criatura sacará una falsa opinión sobre nosotros. —¡Explícamelo tú! —Lo que el Diablo ha querido decir, pero sin poder evitar hacerme el reproche de siempre, es que la duración es una entidad en su totalidad, desde un principio hasta un final sin presente, o lo que es lo mismo, para mí no hay sino una cantidad de tiempo, que como digo debemos llamar duración, y siempre he sabido lo que sucedería en cada uno de sus posibles instantes a lo que tú llamas presente. En cambio el Diablo, que surgió en el mismo instante que yo no sabe nada del futuro y debe descubrirlo por sí mismo, gracias a que él se mueve y consume el tiempo y yo no me muevo porque no tengo necesidad de saber algo que ya sé, es decir, que no consumo un tiempo del que tengo conciencia en su totalidad. —¡Lo que yo digo! —¿Y por qué tú Diablo eres tan ignorante? —¡Que manía con prejuzgarme! ¿Pero es que no te das cuenta del detalle? ¿Quién eres tú? ¿Un ser vivo, no? Algo con sustancia, y todo lo que tiene sustancia transcurre en el tiempo. ¡Por eso como yo tienes dudas y eres ignorante! Es decir, y no te lo tomes a mal y vuelvas a los prejuicios de siempre: tú estás constituido fundamentalmente de sustancia diabólica. Yo soy, en realidad, la causa de tu existencia. —¡Eso ya lo sabía! —Un inciso. En realidad el Diablo es un «pobre diablo», porque su único deseo y aspiración es ser igual que yo, porque, y eso es lo que más le molesta, en este mundo no se puede aspirar a otra cosa superior que a ser Dios. Haga lo que haga, tire para donde tire, al final no hará otra cosa que intentar imitarme en todo. —¡Pero no es por envidia, desde luego! Simplemente porque cuando ambos surgimos en el tiempo, el era ya el modelo y yo el aprendiz, y esto es inevitable. Ahora comprenderás por qué me revienta que a mí, que soy quien realmente se esfuerza, se me tenga en tan baja consideración, y a Él, que se limita a verlas venir, le den todos los honores. Yo cometo los errores y soy la causa del sufrimiento del mundo, pero yo mismo rectifico y resuelvo los problemas y las dudas que causan las desgracias, porque no tengo otra alternativa que superarme, siempre tomando como modelo a Dios. —¡Esto es más complejo de lo que suponía! —El Diablo lleva razón y creo que te lo ha explicado con absoluta claridad, y tengo que decir que es la primera vez que reconoce su inferioridad en público… —¡Yo no me creo inferior! ¿Lo ves?, ¡ya surgió la prepotencia divina! Incluso si lo vemos de forma realista es todo lo contrario, ¡y conste que no intento ofender! Dios está ahí, tranquilamente sentado en su trono, sabiéndolo todo, en actitud pasiva, sin molestarse en mover un dedo por nada ni por nadie. ¡Como sabe que incluso el Diablo no aspira a otra cosa que a ser como Él! —¡Eh, un momento, aquí hay algo que no me cuadra! —¿Cómo por ejemplo? —Si Dios no hace nada, ¿cómo sabemos que lo que debemos aprender y conocer para ser como Él? —¡Ahí has dado con la cuestión principal y que no le puede entrar en la cabeza al Diablo! En primer lugar es verdad que yo no tengo como cualidad principal la actividad. Es cierto que mi existencia es totalmente pasiva. Reconozco que el Diablo hace todo el trabajo y yo me limito a la mera contemplación, si quitamos estas charlas excepcionales que no pasan de un cambio de impresiones meramente insustancial. ¡Yo no me puedo mover porque no tengo a donde ir! ¿Dónde puede ir Dios si acaparo en mi propia realidad divina todo el tiempo y todo el espacio? Yo estoy necesariamente inmóvil porque no tengo como referencia un punto de partida y otro de llegada, condición indispensable para moverse. ¿Si lo sé todo cómo quieres que aprenda más cosas? ¡No tiene sentido la crítica del Diablo! —Entonces, él lleva razón, tu actitud es aparentemente irresponsable. —Aparentemente sí, pero no realmente. La manera en que yo intervengo en las cosas del mundo es precisamente a través de la capacidad del Diablo de conocer mis puntos de vista. Si alguien hace daño a alguien yo no puedo evitarlo pero el Diablo sí, porque él sabe perfectamente que yo no apruebo esa conducta. Sólo él, que está en contacto con la realidad natural, tiene capacidad para influir y rectificar la conducta de quienes causan daño. —¡Pero no tiene sentido que el Diablo sea el abogado de Dios! —¡Naturalmente que no! Yo no abogo a favor de Dios, eso carecería de sentido, pero me veo obligado a rectificar mi conducta por causa de la dichosa razón. Las cosas eran más sencillas antes de que en la naturaleza apareciera la razón. La razón es la causa de la aparición del bien y del mal. —¿Tiene eso algo que ver con el mito de la expulsión del Paraíso? —¿Puedo contestar yo? —¡Adelante! —En primer lugar es evidente que se trata de un mito fruto de la imaginación de quienes lo divulgaron. No hubo tal Paraíso ni yo expulsé a nadie de ningún supuesto Jardín del Edén. ¡Qué imaginación! Es una forma de introducir un punto crítico en la evolución hacia las formas humanas. —¡Cuando mi personalidad se asoció al mal y la de Dios al bien! Pero quizás sería conveniente que Dios te hablara algo sobre la evolución, pese a que sería yo mismo el más adecuado para explicarlo. —¡No me vendría mal! Creo que lo comprendo perfectamente porque hay pruebas científicas que son evidentes, pero quedan varias dudas. Bueno, el asunto del «Diseño inteligente» y toda esa controversia. —No me extraña. Pero la explicación es simple: sólo yo tengo la capacidad de ser inmutable a pesar del transcurso del tiempo, por la razón que ya te he explicado con anterioridad. Pero las cosas naturales parten de un elemento simple y deben terminar siendo organismos complejos, capaces de mantener esta conversación entre otras cosas. De no darse la evolución ¿cómo podría suceder tal cosa? —Es extraño que Dios no haya mencionado el hecho de que es precisamente por mi causa que debe darse le evolución, razón por la que muchos la consideran una teoría diabólica. ¡Sin duda que lo es! Pero sin embargo, como acaba de explicártelo Él mismo, tiene sentido divino. —¡Perfecto! ¡Si antes tenía alguna duda ahora ya no sé donde tengo la mano derecha! —¡Pero si es simple! Un solo organismo imperecedero no tendría capacidad alguna para mutar y evolucionar en el transcurso del tiempo. Es preciso que cada organismo tenga una duración breve; que muera después de haber cumplido con su misión reproductora. De esta manera se suceden las oportunidades de utilizar las influencias de los cambios del medio ambiente, los cruces genéticos y otros aspectos concurrentes para transformarse progresivamente en lo que en el transcurso del tiempo está previsto que llegue a ser. —¿Y qué es lo que debe llegar a ser? —Como yo, evidentemente. ¡A mi imagen y semejanza! —¡Para mi desgracia! —Entonces, ¡es cierto lo del Diseño inteligente! —Obviamente. Por explicarlo de alguna manera y sin que esto quiera decir que debamos hacer una valoración moral de la comparación. Las cosas naturales parten con la imagen del Diablo y terminan con la de Dios, es decir con la mía. Pero como yo no puedo obrar el milagro por la razón de mi incapacidad para intervenir en los asuntos del Diablo, es decir, de la vida natural, es él mismo quien gracias a la evolución se encarga de esta compleja misión. —¡Por esa razón te decía que la evolución es una teoría diabólica con sentido divino! ¿Lo comprendes ahora? —¡A duras penas! Lo que no comprendo es la causa de la vida misma; el por qué de este jueguecito de que si tú eres malo y yo soy el bueno, y luego resulta que todos somos buenos. ¿No se hubiera podido hacer algo más simple? —¡Nunca debiéramos haber permitido que la evolución produjera seres humanos! ¿Es que no puedes aceptar las cosas como son y tratar de explicártelas sin más y sin pretender ser más listo que Dios? —¡Calma, calma! Es perfectamente razonable que se haga esta pregunta porque ya en el principio trataba de saber qué había o habrá antes o después de la vida y de la muerte… —¿Te ha preguntado eso? —¡Con las mismas palabras! —Y Tú, ¿qué le has dicho? —¿Qué quieres que le dijera?, ¡que no hay nada! —¿Y se ha conformado con la respuesta? —¡No, obviamente que no me conformo! ¡Lo que yo me pregunto es qué hay en la nada! —¿Lo ves? ¡Insiste en saber lo que hay en la nada! —¿Pues que va a haber?, ¡nada! ¿Cómo va a haber algo donde no hay nada? —Entonces ¡no lo sabéis ninguno de los dos! —¿Qué tenemos que saber? —¡Pues eso, qué hay después de la vida y de la muerte! —Pero si no hay otra cosa que vida y muerte, ¿cómo puede haber algo antes o después? —Pero… —¡Ni pero ni nada! Y ahora no me importa ser el malo de esta charla, que ya me parece inútil. De manera que no te conformas con saber cómo funciona lo que existe que quieres saber también cómo funciona lo que no existe. ¡Y yo que me creía soberbio! —No es soberbia, es una pregunta razonable porque puede hacerse, y todo lo que es razonable debe plantearse y debe tener también una razonable respuesta. —Es razonable, ¡pero no es lógica! —El problema es que tu mente no es tan perfecta como supones. Ni siquiera mi mente, la de Dios, es perfecta y tú no puedes aspirar a más perfección que a la mía. Yo constituyo tu propia limitación. —Pero lo poco o mucho que llegues a saber será con mi ayuda, es decir, con la ayuda de la filosofía. ¡Un saber tan diabólico como el de la ciencia! —Está bien, retiro por el momento la pregunta, pero sigo pensando en que la necesidad del bien y del mal para hacer posible la evolución hacia Dios me parece, si me permiten los dos la expresión, una verdadera chapuza ¡y tiene muy poco de Diseño inteligente! Segunda conversación Después de dos horas de charla, a mi entender no muy inteligente, con Dios y con el Diablo no he sacada nada en claro. Sigo pensando que esta parte de la realidad, es decir la vida y su correspondiente e inevitable muerte, no puede ser la más interesante. Debe de haber otra realidad donde no tengamos que soportar la irresponsable dualidad, con sus sabidas consecuencias, como la existencia del bien y del mal; la virtud y el pecado, etc., a la que no tengo ni idea cómo debo de calificar, que sea más perfecta e interesante que ésta. Como he dicho mi situación no es la más adecuada para averiguarlo. La vida me halaga otorgándome esta perniciosa y larga juventud y sus placeres. Gracias a mi propia inteligencia he aprendido a eludir muchos de sus dolores. En esta situación dudo de que esté en las mejores condiciones de responderme a la pregunta sobre el más allá. Ni siquiera Dios ha podido darme la respuesta, pues es evidente, a juzgar por sus propias palabras, que vive en un mundo totalmente limitado a sí mismo y no alcanza a ver más allá de sí mismo. Es decir, mucho me temo que Dios desconoce la causa de sí mismo, por lo que es evidente que no puede darme la respuesta. Ésta tendré que hallarla por mí mismo y sin su ayuda, pero dudo que me lo permita, pues supongo que no podré ir más allá de sus propias limitaciones, después de todo debo de estar hecho a su imagen y semejanza. Por otro lado, y en tanto que el Diablo se mueve más, mejor dicho, es quien en realidad se mueve, sospecho que sabe más cosas de las que presume, pero por alguna razón se las calla. Dios no pudo tener una causa en sí mismo, por tanto debió ser causado por algo y ese algo es lo que me interesa saber e insisto que sólo el Diablo debe tener la respuesta. Por otro lado la respuesta, si la hay, sólo puede provenir del Diablo, pues es el único capaz de aprender cosas, ya que Dios lo sabe todo, ¡pero no sabe la causa de sí mismo porque es un conocimiento que está fuera de sí mismo! Por tanto es evidente que la próxima charla, si es que tengo una nueva oportunidad de volver a debatir con ellos dos, debería llevarme al Diablo a un lugar apartado y sin testigos y sonsacarle la verdad sobre este delicado asunto. Sólo me preocupa pensar si no estaré perdiendo el tiempo en especulaciones inútiles y malogrando esta prolongada juventud. No obstante me consuela probarme a mí mismo que no la desperdicio en absoluto. Precisamente es por haberme cuestionado semejantes preguntas por lo que debo de gozar de esta misteriosa e inquebrantable buena salud y prolongada juventud. Por esa razón he aprendido otras cosas, muchas de las cuales tienen una indiscutible utilidad en la vida real. Por ejemplo estoy relacionado con una encantadora mujer, una preciosidad, a la que doblo en edad. Pese a ello me quiere apasionadamente y se entrega a mí sin reservas. Ella no hace cálculos sobre nuestras edades, porque no tiene sentido del tiempo; ella sólo tiene una innata capacidad para valorar las cosas según es su intensidad vital, porque necesita estímulos y yo debo de ser para ella como guindilla picante en un pastel de crema de chocolate. Por supuesto que yo no la defraudo. Ambos sabemos conectarnos sabiamente con las esencias de la vida, evitando sus defectos y sus contradicciones. La clave es dejar que la naturaleza haga bien su trabajo siguiendo un estricto plan basado en sus propios principios, ni más ni menos; sin excesos pero sin carencias. Verle el lado positivo de cada contratiempo, lo que obviamente me evita el considerarlos contratiempos. Cada cosa a su tiempo y cuando deba ser, y no cuando pueda ser. El poder es innecesario cuando se tiene como norma de conducta el deber. También tengo unos cuantos buenos amigos que me aprecian por mis locuras, que ellos asocian con genialidad. Como todos los buenos amigos gozan del estímulo de mi amistad a cambio de su generosidad y lealtad, es decir, cada cual le da al otro lo mejor que tiene, pero en la misma cantidad y sin regateos. Yo no tengo otra cosa que ofrecer que el fruto de mis extravagancias, que no es poco y escasea entre la gente común. Pasamos ratos divertidos, cada cual contando sus cosas, que todas son igualmente importantes. Por último, ya sea por mi aspecto saludable, por mi eterna media sonrisa o por mi sincera cordialidad, me encuentro con la paradoja de que apenas me cruzo con alguien, a quien suelo mirar a los ojos sin reparos, le da por sonreírme. Es una sensación difícil de explicar, pero es como si les diera los buenos días en algún lenguaje universal que todos entienden, ausente de toda maldad, pese a que todos estos astutos conocimientos no pueden venir de otra parte que del mismísimo Diablo. De manera que puede decirse que la humanidad en su conjunto me resulta grata y yo debo resultarles así mismo también grato. Se me olvidaba decir que me sucede lo mismo con los animales, pero debe ser por otra razón. Hay en un parque cercano a mi casa una clase de pájaros que vienen a comer en mi mano. Tampoco me preocupa el dinero ni la manera de ganarlo, porque hasta la fecha éste ha venido a mí, de forma que bien pudiera decir milagrosa, siempre que me ha hecho verdadera falta. Y digo verdadera falta porque en la mayoría de los casos lo despilfarramos inútilmente. Estoy al día en el uso de todos los prodigios de las nuevas tecnologías, incluido Internet, pero después de probarlos casi todos he renunciado a varios de sus inventos más espectaculares. Uno de ellos es el teléfono móvil. No me cabe la menor duda de que las personas que tienen necesidad de él no gozan como yo de los placeres de esta vida, sino todo lo contrario, sus esfuerzos no conducen a nada apreciable por la naturaleza, es decir, confío en que tarde o temprano se eliminen como se han eliminado tantos otros inventos también molestos e innecesarios, como debería suceder con la energía nuclear, una de las mayores aberraciones de la mente humana, que estoy seguro de que no agrada ni a Dios ni al Diablo. En resumen, mi vida no es lo que se dice un valle de lágrimas, sino todo lo contrario, vivo lo más cerca que se puede estar del Paraíso. Precisamente esto es lo que estoy tratando de averiguar y que hasta ahora ni uno ni otro me lo han querido aclarar: si existe el Paraíso en eso que obcecadamente llamamos la nada. No es que mi insistencia en este asunto quiera decir que me quejo de las condiciones de vida de este mundo, que no es el caso, sino que es una pregunta inevitable en cualquier mente sana. Supongo que gozo del favor tanto de Dios como del Diablo, y no es una contradicción, pues es evidente que el mejor servidor de Dios es el propio Diablo, sin su apreciable ayuda no se cumplirían sus designios. Pero siempre vuelve a surgir una y otra vez el asunto del bien y del mal, de sus causas y sus efectos y no estaría de más reanudar la discusión precisamente en este punto, pues es evidente que el mundo se debate entre una y otra influencia, pero carece de una idea objetiva para optar por uno o por otro. —Hola. He escuchado la última parte de tus pensamientos, la primera carece interés para mí, y por las alusiones debo hacer alguna aclaración. —¿Dónde está Dios? —No tardará; no se pierde un debate si es interesante. Le gusta meter las narices en todas partes. —¡Un poco de respeto! —No, si él ya me conoce y por eso no se enfada. Ah, de debatir asuntos de Dios en privado y sin su presencia ni lo sueñes, lo que se tenga que decir en la cara y sin tapujos. —¡Era una suposición, pero de acuerdo, siempre que hables claro en su presencia! —¡Yo no temo a Dios! —Eso suena muy fuerte, supongo que tendrás tus razones. —¡Claro, somos colegas, pero cada uno en lo suyo! —¡Pero Dios es todopoderoso! —Sin duda, pero carece de la capacidad de demostrarlo. Como te dije, Dios no puede hacer otra cosa que permanecer inmóvil con su inmenso poder potencial. Pero no actúa, ni para remediar males ni para enviarlos. Yo sí, por lo que si nos referimos a la vida real yo soy infinitamente más poderoso que Él. —¡Y sabes más cosas que te las callas! —Posiblemente… ¡pero no quieras ir tan deprisa! —¡No le preguntes al Diablo más que aquello que te quiera decir, en eso consiste su táctica! —¡Ah, estás aquí! —He estado desde el principio de la charla, ¡yo soy omnipresente! —Entonces ¿por qué no te había visto hasta ahora? —Debimos empezar por esto al principio. ¿Recuerdas el mito del Jardín del Edén? ¿Lo de la expulsión y todo eso? —Claro, es lo primero que nos enseñan en las clases de religión. Los teólogos y religiosos se apresuran a enseñarnos que somos hijos naturales del demonio… —¡Con razón! —Yo no he sido visible siempre. Puede decirse que lo soy desde tiempos relativamente recientes. Para entendernos, desde lo del Paraíso. Desde entonces no he tenido ni un día de descanso, porque desde que dieron con mi idea todo el mundo me pide cosas imposibles, me hacen extrañas preguntas; me afirman o me niegan, incluso reniegan de mí casi a diario, ¡y no con la educación y vocabulario que cabría esperar después de tantos años! ¡Por no citar las barbaridades que se cometen en mi nombre! —¡Yo no tengo la culpa! Son las consecuencias de la evolución, ya lo hemos comentado antes. —En efecto. Antes de que apareciera vuestra especie, que es también la mía desde luego, ninguna criatura viviente tenía ni la más remota idea de Dios. Es más, no tenían ideas de ningún tipo, ni buenas ni malas; ni profundas ni estúpidas. Las cosas eran sencillas en aquellos tiempos… —¡Y yo tenía buena imagen, no como ahora! Cuando se producía una muerte violenta nadie culpaba al Diablo, ¡era lo más natural y tenía que pasar! —Entonces ¿queréis decir que sólo cuando nos hicimos una idea de Dios surgió además la idea del bien y del mal? —¡Exacto! Pero no es tan simple. —Permíteme que se lo explique yo, el Diablo tiene más facilidad de palabra para la filosofía, lo tuyo es la teología. —¡Bueno, quien sea pero poneros de acuerdo! —¿Qué es el mal? —No lo sé con total certidumbre, pero San Agustín dijo que es la ausencia de bien. —¡Correcto! Este obispo, pese a vivir tiempos poco razonables, dio con la respuesta correcta ¡porque más que teólogo era filósofo! Podemos decir que estaba más inspirado por mí que por Dios. Pero cometió un pequeño error de planteamiento. El mal es la ausencia del bien que tiene el Diablo, es decir, es una cuestión del Diablo y no de Dios. —¿Y tú no dices nada? —Lleva razón el Diablo, yo no me muevo en la dualidad maldad-bondad, ¡ni siquiera me muevo!, él sí. Yo soy inmutable, es decir, bien absoluto, que no puede devenir en mal, él, sin embargo, como parte de las substancias temporales, si se mueve en esta dualidad, por lo tanto, el mal es la ausencia de bien que hay en él. La idea es correcta. —¡Nunca lo había visto así! —¡Y espera y verás! Para que lo entiendas mejor, el mal es causar dolor sin una justificación lógica y razonable, por lo que el mal depende siempre de la lógica y la razón que justifican la acción de causar dolor. Por ejemplo, cuando un león caza una desprevenida e indefensa cría de gacela y le da muerte ante los ojos de la desesperada madre no decimos que sea una mala acción, sencillamente porque el león carece de la capacidad de razonar. Es pues una acción lógica y natural, ¡pero no es razonable! Por tanto la condición indispensable para la existencia del mal, y del bien desde luego, es estar dotado de razón; ser un ser humano razonable. ¿Comprendes? —Entonces, sólo los seres humanos somos buenos o malos, pero no podemos hacer juicios de valor sobre la moralidad de los animales. —¡Por supuesto que no! Pero los seres humanos que no justifican razonablemente el daño que causan tienen la misma categoría amoral que un animal. —Y por esa misma razón sólo los seres humanos tienen la remota posibilidad de hablar conmigo o con el Diablo, pues no somos más que el aspecto moral de su existencia. Cuando hablamos de mí o del Diablo estamos hablando de moral, no de ciencia o de matemáticas, por poner dos ejemplos de otros aspectos de la existencia humana. —Es decir, que vuestras ideas no tienen otra utilidad que resolver razonablemente cuando y cómo debemos causar dolor a los demás. —¡O placer, no olvides la otra cara de la moneda! —¿Cómo puedo olvidarlo si mi propia existencia es puro placer? —¡Tú debes ser un caso raro de evolución moral avanzada! —Gracias, es el mejor cumplido que me han hecho jamás, ¡sobre todo viniendo del Diablo! —Dios no hace cumplidos. —Pero tampoco críticas, mi pasividad tiene también su lado positivo, todo eso es asunto del Diablo. El ser humano empezó a saber si obraba bien o mal sólo cuando el Diablo se aficionó a la filosofía, algo inevitable en la evolución de su peculiar mentalidad, pero una de las causas más importantes de su previsible final como tal Diablo. La filosofía lleva inevitablemente a mí; es decir, el descubrimiento razonable de la verdad lleva al pleno descubrimiento de mi personalidad divina. La filosofía es el único camino para evitar el mal, porque si es preciso causar daño debe hacerse por una razón justificada, como cuando desinfectamos una herida con alcohol, pero como a la larga para el ser humano moral no habrá nada que justifique el causar dolor, alcanzará el estado de bondad absoluta y desaparecerá el mal. —Yo siempre he creído que era la teología la ciencia de la moral. —¡En absoluto! En tanto que la teología no es razonable puede justificar causar daño por razones que no están justificadas en la verdad, sino en el fanatismo de los dogmas. —¡Pero se supone que los dogmas son revelados por ti mismo! —Yo, como estoy cansado ya de decir, no puedo hacer tal prodigio, porque, insisto, no hago nada. Es el Diablo quien provoca esas supuestas apariciones y revelaciones. —Pero ¿por qué? —¡Por la dichosa intuición de Dios! —¡El Diablo quiere decir la fe, pero no pronunciará esta palabra ni aunque le fuera en ello su perdición! Sí, éste es el único camino de comunicación abierto entre yo y los seres humanos. ¡Un auténtico agujero negro en la mente humana! —¡Sin triunfalismos!, porque la intuición de Dios no dice de él nada en concreto, sino que trasmite una vaga, por no decir confusa, sensación de Dios, que debe ser razonablemente interpretada por mí. ¡Y no por la teología sino por la filosofía! —Ya, razonablemente. Entonces las revelaciones son innecesarias. —¡Totalmente! Y además regresivas para la moralidad de propio ser humano. Con el tiempo y la necesaria evolución, la razón por sí sola tiene capacidad suficiente como alcanzar una elevada moralidad social, incluso llegará inevitablemente a confluir con la bondad absoluta del propio Dios, que será, desde luego, el fin de mi misión en este mundo. —En otras palabras, los pueblos gobernados sobre los fundamentos de la razón podemos decir que son los más divinos. —Puedes simplificarlo así si lo deseas. —Todo el daño que yo he causado a la humanidad no ha sido debido a mi maldad sino a mi ignorancia; a mi irracionalidad. Si soy malo es porque soy ignorante. Es decir, el mal está en el desconocimiento de Dios… —¡Nunca hubiera esperado escuchar de tus labios semejante verdad! ¿Te estás haciendo viejo, Diablo? —¡Por supuesto, yo no soy Dios, con toda su duración intacta, yo transcurro en el tiempo porque soy del mundo! Pero, por otro lado ¿es que no conoces el refrán «Sabe más el Diablo por viejo que por Diablo»? —¡Bueno, vamos a llevar la charla sin acaloramientos y sin hacer de menos a nadie! —Está bien, prosigue, Diablo. —Yo he cometido infinidad de errores desde que el ser humano adquirió la capacidad del raciocinio. Antes las cosas eran simples y actuaba según los designios de la naturaleza que me ha creado… —¿Cómo que la naturaleza? Las cosas, incluido el Diablo, ¿no las ha creado todas Dios? —¡Qué disparate! —¡Propio de las limitaciones de la razón humana! —¿Pero qué sentido tendría que Dios crease el Diablo? —¿Entonces…? —Vamos por partes y sin salirnos del tema del bien y del mal. Ese es un asunto más complicado de lo que imaginas y dudo de que estés ya capacitado para comprenderlo. —De acuerdo, pero sin poner en duda mi capacidad mental. Si fuera lerdo ¿qué sentido tendría esta charla? —¡Aprendes pronto, se ve claro que has aprovechado bien mis enseñanzas! Sin duda Dios es la verdad absoluta, ¿pero qué es la verdad? —La ausencia de contradicción en el enunciado de algo. —Entonces comprenderás que la verdad ¡no puede ser de este mundo! Tan pronto como alcanzases un enunciado sin contradicción alguna no habría ya nada que preguntar ni aclarar, ¡sería el fin de la falsedad, pero también de la verdad! —Entonces ¿para qué tanto interés por descubrir la verdad? —No es un interés caprichoso, es una necesidad imperiosa consecuencia del transcurrir del tiempo. Todo lo que transcurre termina con su duración, y al final de la duración está inevitablemente Dios. —De ahí mi incapacidad para el movimiento, pues todo movimiento se detiene en mí. Sólo tengo que esperar. El Diablo es quien hace todo el trabajo; es quien entiende de los asuntos del tiempo. Yo sólo entiendo de duración. —Pero ¿cuál es la diferencia entre tiempo y duración? —¡Alma de Dios (¡perdón!), si está clarísimo! La duración es todo el tiempo que ha de transcurrir, en tanto que el tiempo en sí mismo es la sucesión de instantes que transcurren dentro de esa misma duración. La duración no se mueve, es decir, Dios; el tiempo sí, es decir, yo. La duración es absoluta, otra vez Dios, el tiempo es necesariamente dual: pasado y presente, y pertenece a lo substancial, una vez más, yo. —Pero se supone que la duración también tuvo una causa; un principio y debe tener un final, como lo tiene el tiempo. —¡No insistas machaconamente sobre esta idea! Si la duración es todo el tiempo ¿cómo puede haber un tiempo antes de la duración? —¡Ahí está el dilema, una vez más, de la causa de la primera causa! —Entre nosotros, te recomiendo que en presencia de Dios no vuelvas a plantear esta aporía o te meterás en problemas. Todo lo creado tiene las mismas limitaciones que su creador. Nada puede escapar a esta realidad… ¡ni siquiera el Diablo! —Supongamos que cedo y me conformo, entonces ¿puedes decirme que hay al final de tiempo, una vez concluida la duración? —Ya te lo ha dicho Dios mil veces, ¡de nuevo el Paraíso! —¡Ahí quería yo llegar, y no voy a aceptar más evasivas! ¿Qué es el Paraíso? —¡El Paraíso es la nada! Creo habértelo dicho ya al principio de esta discusión. —Y tú, Diablo, ¿qué tienes que decir? —¿Cómo puede el Diablo hablar sobre el Paraíso? ¿Es que has perdido el juicio? —¡Pero entonces, estamos otra vez al cabo del camino! ¿Es que ninguno de los dos va a ser capaz de contestar qué hay por encima del bien o del mal? —Tal vez en otra ocasión… —¡El Diablo trata de confundirte! ¿Cómo puede haber algo por encima de Dios y del Diablo? —¡Hasta la vista!, porque obviamente el Diablo no se puede despedir con un «adiós», o «con Dios» —Hasta la vista, Diablo —Yo también me voy. Tu pregunta me ha desconcertado algo, cosa poco habitual en mí, necesito meditar sobre este asunto. —Yo no quería… —No, si no pasa nada, sólo que es un tema nuevo y tengo que darle algunas vueltas al asunto. ¡Nos vemos en otra ocasión! —¡Adiós, Dios! —¡Adiós, hombre! Tercera conversación ¡Nada, que no consigo avanzar en mis legítimas dudas! Dios no sale de lo suyo, el bien; y el Diablo, que sin duda está más dotado para la filosofía, es evidente que trata de ocultar lo que verdaderamente sabe. Sin duda que debe tener sus razones, pero es desconcertante. Han pasado ya varios días desde la última charla. La verdad es que no he tenido mucho tiempo y no he pensado en invocarlos. Los acontecimientos del mundo están revueltos, y sin duda que los dos, Dios y el Diablo, tienen mucho que ver con ellos. Mientras yo vivo ingenuamente entregado a mi razonable existencia, lo que me proporciona una larga y saludable juventud, la irracionalidad se ha instalado del mundo de las finanzas. La culpa la han tenido dos o tres políticos norteamericanos que no asumieron que la política es el brazo social de la razón y del Derecho; es decir, que en realidad no eran políticos. ¡Con decir que uno de ellos era un actor de tercera fila y que ni siquiera se puede considerar que era un artista! Los otros eran simplemente lerdos, sobre todo el último. ¡Lo más negado para la filosofía! Debía creer que Platón era el título de la una película sobre la guerra del Vietnam y que Aristóteles fue un millonario griego que se casó con la viuda de Kennedy. Su maldad, citando las teorías del Diablo, fue que no se paró a razonar si el dolor que causaban a tantos millones de personas en todo el mundo, ya sea por sus belicosas intervenciones o por favorecer el libre mercado sin apenas regulaciones, tenía una legítima justificación. Afortunadamente el Diablo, que una vez más tiene razón, ha enderezado las cosas e inspirado al pueblo norteamericano para que eligiera, ¡por fin!, a un político de verdad, con todos sus defectos, desde luego, que se está replanteando esas razones con argumentos más inteligentes y por tanto más gratos a Dios. Los buenos políticos deben surgir de las facultades de Derecho o Filosofía, pero no de Economía o de Bellas Artes ¡y mucho menos de Hollywood! Otra cosa es que se lo permitan esa pandilla de ignorantes, financieros y economistas, que comercian con el dinero de los demás para beneficio propio, sin tener en cuenta valoración moral alguna. Creen que el mercado sabe decidir por sí mismo lo que es bueno o malo para el ser humano y no entiende que el mercado no es más que un mecanismo al servicio del hombre moral y no viceversa, que el hombre moral debe de estar al servicio del mercado, ¡lo que es imposible que pueda suceder! Pero ahora lo están pagando caro. Bueno, a decir verdad lo estamos pagando todos, pero al menos yo vivo en un país donde la política sí está al servicio de la razón y del derecho, y espero que no nos afecte demasiado. Antes bien, confío en que suceda todo lo contrario: que seamos el modelo a imitar en el futuro. Pero con todos estos líos me estoy olvidando de lo fundamental y mi pregunta queda sin contestar. Ya no espero nada de Dios, pero cada vez estoy más convencido que el Diablo tiene la respuesta, pero por alguna razón se la calla. —¡Es que la respuesta no es de utilidad para el ser humano! —¡Ah, entonces hay respuesta! Perdona que ni siquiera te he saludado. —Vives demasiado obcecado con un asunto que carece de interés para ti. —Entonces si carece de interés ¿por qué surge la pregunta? —Es… ¡por un desajuste de la mente humana! No debiera decir esto si no es en presencia de Dios, pero la creación no es perfecta; es más, la creación misma es fruto de una imperfección… ¡de la nada! —¡Ah, entonces mi intuición era cierta! —Me extraña que Dios no intervenga ya en esta nueva charla. —Es que la última vez se fue con dudas… —¡Yo no tengo dudas sobre mis cosas, sólo las tengo sobre las del Diablo! Hola a los dos… —Hola, Dios, me alegra de que intervengas otra vez en la charla. Esta conversación no sería lo mismo sin tu opinión. —Sobre mi creación estoy plenamente seguro. Lo sé todo: pasado, presente y futuro, pero si la mente humana puede llegar a concebir que haya algo por encima de mí, entonces yo me pierdo, sobrepasa mi poder. Yo no tengo medio alguno de saber nada sobre mis orígenes porque según mi propia opinión carezco de orígenes. Yo no puedo entrar a discutir asuntos que me sobrepasan. Debí cometer algún error en mi creación, tal y como te decía el Diablo, para que tú puedas plantearte semejante pregunta. Si aceptaras la idea de que la nada no existe, el problema estaría resuelto, pero insistes en buscarle tres patas al gato, como se suele decir… —¡Ejem! —¿Quieres decir algo, Diablo? —Sí, pero es un asunto delicado, no se si debería… —Habla claro, Diablo, tú mismo me dijiste que las opiniones en la cara y sin tapujos. —Pero Dios vive en la ingenuidad de que Él es único, omnipotente y absoluto creador de todo lo visible… pero no es así. Él ni siquiera ha creado este mundo… —¡Esta si que es buena! Entonces que alguien me diga por qué yo sé de antemano en lo que devendrá el mundo, porque vivo tanto en su pasado, en su presente como en su futuro. Yo sé lo que sucederá mañana, y pasado y al otro y todo cuanto sucede en el mundo está previsto según mis designios, ¡porque yo soy su creador! —¡Pero el Diablo debe tener algún argumento para hacer semejante afirmación! —¡Ahora nos vendrá con que también el mundo es su creación! —Imposible, yo no puedo hacer semejante afirmación, porque no sería lógico. ¿Cómo puedo yo ser el creador del mundo y desconocer, como tú, tanto mis orígenes como mi destino? —¡Tu destino soy yo! —El mío sí, pero no el de la naturaleza. ¡La naturaleza es razonablemente eterna! Nosotros no somos más que seres meramente instrumentales y circunstanciales, ¡al servicio de la naturaleza! —¡Un momento, un momento; pongamos un poco de orden! Aquí han salido conceptos nuevos que hay que aclarar: mundo y naturaleza. Por muy Dios o Diablo que seáis esto no funciona sin un poco de rigor filosófico. En primer lugar, Diablo, ¿qué entiendes tú por mundo? —Esa es una complicada pregunta. Prefiero que sea Dios quien empiece dando su opinión. —¿El mundo? ¿Pues qué va a ser el mundo?: el universo, el cosmos; todo lo que existe, todo lo visible y lo invisible; lo conocido y lo por conocer, es decir, ¡Yo! —¿Y tu definición, Diablo? —El mundo es sin duda el cosmos, pero también eres tú mismo, o una cucaracha, o un microbio que no se ve a simple vista. La verdadera definición de mundo la desconoce Dios, por su escaso interés por la filosofía y excesivo apego por la teología. En filosofía podemos decir que un mundo es toda unidad espacio-temporal contenida en un organismo. Lo que define al mundo es su totalidad en sí mismo. Por eso decimos vulgarmente «cada persona es un mundo» o «el mundo de los caballos» o «el mundo es un pañuelo», etc., porque siempre nos referimos a una totalidad de algo afín y consustancial, sin que quede determinado cuál es su espacio. —Entonces Dios lleva razón: Él es también una totalidad afín; la totalidad de todas las totalidades espacio-temporales, por decirlo de alguna manera. —Sí, ¡pero no es la única! Él es sin duda el Dios del universo… —¿Entonces, en qué quedamos? —¿Pero no lo entiendes? Ese es precisamente el desarreglo de la mente humana. Todos los mundos necesariamente tienen una duración. Como unidades espacio-temporales no son eternas, ¡el tiempo termina por hacerlas desaparecer! Si Dios es una totalidad también tendrá necesariamente que desaparecer. El universo es una totalidad y tendrá que desaparecer cuando se agote su tiempo. —Por esa razón tú sabes algo que te callas, ¡porque tú entiendes sobre tiempo más que el mismo Dios! —¡Yo no necesito entender el tiempo, porque como Dios soy todo el tiempo! —¡Perdona, todo «tu» tiempo; el de tu mundo o de tu universo, pero no tienes ni idea de lo que es el tiempo en sí mismo. A un mundo le sucede otro nuevo mundo y, perdona que te lo diga de forma tan categórica y sin rodeos, ¡cada mundo tiene su propia duración, es decir, su propio Dios! —Acepto que lo mío no es la filosofía, pero aquí hay una contradicción simple: si el mundo es todo, no puede haber más que todo. Reconozco que suena extraño, pero no hay alternativa razonable para creer que fuera del todo puede haber algo; es decir, fuera de mí mismo no puede haber nada. —Mejor podría decir: la nada; ¡y esa era mi pregunta desde el principio! —Yo no he dicho que la existencia no transcurra en un todo, eso ya lo sabía desde hace veinte siglos o más, desde mi afición por la filosofía, lo que yo cuestiono es la dimensión y estructura precisamente del todo, pues nuestras mentes, tanto la de Dios como la mía, no están capacitadas para hacerse una idea verdadera del todo, de ahí que nunca lleguemos a verle un final, donde se supone que no hay nada, ¡porque siempre hay algo! —Pero ¿dónde hay siempre algo? —¡En la naturaleza, ya te lo he dicho! —Entonces la naturaleza no tiene principio ni fin. —No, que nosotros podamos concebir. —Pero Dios dice… —Él puede concebirlo menos que nadie; Dios sólo se concibe a sí mismo y no va más allá de su propia duración como Dios de un universo necesariamente finito, pero que para nosotros es todo. De lo que estamos hablando es del lugar donde se encuentra el mismo universo. Un espacio y un tiempo donde se encuentra esa magnitud delimitada por otro tiempo y por otro espacio como es nuestro universo. —¿Pretendes decir que yo no soy un Dios único; que hay más dioses y más universos? —¡Te has pasado, Diablo! —Ya advertí que a Dios esta idea no le haría ninguna gracia. Él no puede ver más allá de la dimensión espacio-tiempo de nuestro universo, yo sí. —¿Tú sí?, ¿y por qué razón, si puede saberse? —Por que yo… Bueno, para decirlo de alguna manera, porque yo viajo, pero no sólo por este mundo, sino por los otros. ¡Yo estoy siempre en movimiento y cuando un mundo se acaba, empiezo otro! ¿Lo entiendes? Yo no puedo estarme quieto ni un instante, eso es inconcebible, porque ¡la realidad no es más que movimiento! Si cesara el movimiento cesaría la misma realidad. —Entonces, cuando un mundo se acaba, ¿qué pasa con Dios? —No es correcto que lo diga yo. Él ya debe saberlo. —¡La nada; por eso yo no puedo tener fin! —Ya sabía yo que esa sería su respuesta, ¡simplemente es incapaz de concebir el movimiento! ¡Él no se ha movido en su vida! En efecto, la nada, es decir, ¡desaparece sin dejar ni rastro! —¿Cómo es posible? —¿Pero es que no lo he expuesto con suficiente claridad? Si Dios tiene un tiempo de duración, mientras dure y haya tiempo hay movimiento y es posible la existencia de las cosas, y por tanto, hay algo. Pero si se consume el tiempo se termina el movimiento y no hay nada, ¡ni Dios!… Excepto el espacio potencial donde estaba el propio Dios, que es lo que ahora llamamos precisamente la nada. —¡Absurdo! ¡No hay nada más allá de Dios! —¿Lo ves? ¡Siempre la misma canción, y de ahí no hay quien lo saque! —Y ¿qué es ese espacio donde se supone que está Dios? —¡Ahí es donde tú quieres llegar! —¡Sí, precisamente esa es la única duda que me estropea mi tranquilidad de espíritu! —Pero ¿qué objeto tiene el saberlo? Tú y tu mundo desapareceréis con el final del tiempo de vuestro Dios… ¡Esa es la realidad; nuestra realidad! Ésa es otra dimensión espacio-temporal, en la que sólo yo tengo acceso, y sólo en contadas ocasiones. —Bueno, aunque no tenga para mí sentido práctico y sea irreal, ¿hay alguna razón por la que no deba saberlo? —Pregúntaselo a Dios. Los seres humanos alcanzáis vuestra realización moral al llegar a conocer a Dios y ser a su imagen y semejanza, pero si pretendéis sobrepasarlo eso os sitúa otra vez en el punto de partida, es decir, ante la ignorancia de algo nuevo y desconocido, o dicho de otra manera, de nuevo ante el mal en sus peores momentos. —Ningún ser humano debe aspirar a conocer más allá de los atributos de su Dios, es decir, los míos. Yo proporciono felicidad, placer y alegría. Si tú mismo presumías de gozar de ambas cosas, ¿qué necesidad tienes de hacerte preguntas que te devuelven al Diablo en sus orígenes? ¡Yo te ofrezco el Paraíso! —¡Es el desarreglo mental de que os hablaba a los dos! ¡Un fallo en el sistema de la nada! ¡No hay tal Paraíso, porque no hay tal nada! —¡Bueno, ya está bien de tomarme el pelo! Si la nada es una idea y todas las ideas tienen un significado, ¿qué narices significa la idea de la nada, y por qué existe como tal idea? ¿Cuál es su necesidad? —Que te conteste el Diablo, yo no necesito saberlo; no puedo concebir tal idea, ¡esa idea debe ser cosa del Diablo! —En efecto, la idea de la nada, como todas las demás, la he inventado yo. ¡Dios no tiene ideas!; es decir, sólo tiene una idea, la de sí mismo, pero como has podido ver resulta demasiado monótona y aburrida. La idea de la nada representa lo inconcebible; lo que no puede verse ni experimentarse porque está en lo potencial. Pero eso no quiere decir que por el hecho de que no podamos ver o experimentar algo sea necesariamente «nada»; se trata de una idea provisional absolutamente necesaria para progresar en el conocimiento de las cosas. ¡Donde hoy no hay nada mañana puede haber algo! Es, por decirlo de alguna manera, una barrera necesaria para el desarrollo de las propias ideas y para la consistencia de la misma realidad en que nos movemos. —Por tanto, la idea de Dios está limitada por la nada… —¡Correcto! De ahí su obsesión por la nada, a la que Él prefiere llamar el Paraíso. Una manera como otra cualquiera de hacer deseable lo desconocido. —¡Interesante! —¡Absurdo! —¡No tan absurdo! Para que se cause una idea es fundamental un punto de partida y otro de llegada en un pensamiento. Todo lo que está fuera de ese espacio ¡es la nada! —¡Entonces, Diablo, me das la razón: yo soy todo lo existente como idea que soy de todo y lo que no se puede concebir fuera esta idea, que es todo, simplemente no existe, ¡no es nada! —¡Me estoy perdiendo! —No, si Dios lleva razón; el problema es que la nada, como decía, es una irrealidad temporal, un espacio desconocido, pero potencialmente existente. Dicho con todo rigor filosófico: «está, pero todavía no es ni existe». —¡Por eso Parménides decía que el «el ser no puede no-ser»! —¡Correcto! El ser siempre ha sido, pero visto desde nuestra propia perspectiva de la realidad espacio-temporal, no siempre ha existido. Cuando llega a existir no es más que un ser limitado por una duración, siempre dentro de un espacio-tiempo concreto. —¡Eso debe referirse a ti, Dios! —Lamento decir que no puedo estar de acuerdo, y me estoy aficionando a algo que en realidad no me interesa, como es la filosofía, un asunto del Diablo, pero ¿cómo puede el ser permanecer sin existir? —¡Ahí está la gracia! ¡Es que siempre ha existido, pero en diferentes dimensiones espacio-temporales! Por eso cuando pensamos en el ser lo hacemos desde la perspectiva de nuestra propia realidad o dimensión, y el ser que existe en otra dimensión para nosotros no existe, porque no se puede mesurar con nuestro propio espacio y tiempo y está fuera de nuestra duración, pero el que no exista no quiere decir que no sea, de otro modo ¿cómo podríamos plantear su hipótesis? —¡Luego después de mí, es la nada! —¡Desde luego, desde luego; después de ti, la nada! Pero este muchacho no se conforma con aceptar los hechos tal y como son en apariencia, lo que le llevaría a ti sin más preguntas. ¡El quiere saber lo que es «en realidad» la nada! —¡Eso es pecado de soberbia! —¡Por favor, Dios, que estamos en el siglo XXI! Eso del pecado está un poco pasado de moda. Ahora se dice simplemente que es incorrecto o poco realista, ¡pero pecado! ¡Ponte al día! —¡Yo siempre estoy al día! —En asuntos de la moral e incluso de la verdad sobre este mundo, de acuerdo, pero en asuntos de la razón especulativa y de la filosofía, nunca has estado muy actualizado. Las personas no sólo experimentan aquello que desean conocer, también plantean hipótesis sobre todo lo concebible, a pesar de que no pueda ser experimentado ni, por tanto, conocido, precisamente ¡por ser de otro mundo! —Pero ese proceder no les hará dichosos. —Yo soy razonablemente feliz, probablemente por encima de la media normal, y me hago esas preguntas. En la vida real no reniego de ti y me agrada la idea de que el Diablo se esté reformando, pero la mente no puede evitar cuestionarse todo aquello que sea razonable, sea real o irreal; de este o de otro mundo. —Pero, ¿qué sentido tiene plantearse hipótesis sobre cosas que no tienen utilidad para la vida real? Si yo soy el destino de este mundo, incluida su humanidad, ¿por qué preguntarse qué hay más allá de ese destino, si como el propio concepto indica, el destino es el fin último de todo lo creado por mí? —¡Es inútil, Dios no aceptará jamás ninguna idea que le sobrepase! Pero es evidente que a diferencia de los animales, que sólo conocen aquello que necesitan saber con sentido práctico, el ser humano quiere saber por amor a la verdad, sin buscarle utilidad alguna a lo que descubre por medio de la razón. ¡Es lo más natural! Si su mente está capacitada para trascender la idea misma de Dios, es inevitable que lo haga. ¡Es el desarreglo de que te hablaba con anterioridad! —¡No es ningún desarreglo mental! En mi opinión, y admito que como ser humano es muy limitada, todo saber debe tener tarde o temprano alguna utilidad, incluso aquello que trasciende la misma realidad y pueda parecernos irreal. De hecho no soy el primero en hacerse estas preguntas. ¡Éstas han sido las cuestiones fundamentales desde el inicio de la filosofía! —Dios no quiere admitir lo que es evidente: yo soy quien busca la verdad, y puesto que fui anterior a Dios, debo ser también posterior… —¡Por fin lo has soltado, Diablo! ¡De manera que el mito de que tú eres un ángel caído no es verdad! —Sólo a medias, ¡y creo que he metido la pata! ¡Nunca debí desvelar este secreto! —¿Qué secreto? ¡Para Dios no hay secretos! —Sobre las cosas de este mundo, pero no de otros; de otros mundos no tienes ni la menor idea. —¡Cuenta, Diablo! —En otra ocasión, ya he hablado bastante. El Diablo debe ser comedido en sus descubrimientos porque cuando deje de ser malo, es decir, ignorar las cosas de este y de otros mundos, será el fin… —¡Pero sólo de este mundo! —¡Por supuesto, ya he dicho que la naturaleza no tiene principio ni fin concebible! Bueno, hasta otra ocasión, también el Diablo necesita descansar. —Ya te lo había dicho, no pidas al Diablo que te diga más de lo que él desee decirte. No sé si valdrá la pena que participe yo en la próxima charla. Sobre mí ya se ha dicho todo lo que se tiene que decir y yo no estoy interesado en saber nada sobre la nada, ¡y valga la redundancia! Así es que, adiós, y no sé si nos volveremos a ver. Pero no te olvides de que yo soy el límite de lo real y ¡más allá de Dios sólo puede haber maldad! —Lo tendré en cuenta. Adiós, Dios. —Adiós, hombre. —Pues si no nos volvemos a ver, Dios, hasta que nos veamos las caras en el fin de tu mundo. —¡Hasta entonces, Diablo! —¡Hasta pronto, Diablo, yo sigo interesado en el tema del más allá! Cuarta conversación Lamento que en la última conversación Dios se fuera contrariado. Comprendo que Él, que carece en todos los sentidos de los atributos del Diablo, carezca a su vez de interés por el conocimiento más allá del mundo real, es decir, de su mundo y, por su puesto, del mío también. En mis tiempos del catecismo me enseñaron a honrar a Dios, pero omitieron decirme cuál era la manera más correcta de hacerlo. Me dijeron, con la boca pequeña desde luego, que la verdad nos haría libres, sin darnos ni siquiera una ligera pista de lo que era la libertad. ¡Sobre todo en vida del dictador! Ahora yo intento hacerme una idea concreta y el resultado es contrario al mismo Dios, ¡no lo entiendo! Desde luego que Dios no parece muy razonable. Claro, Él no necesita la razón para averiguar lo que ya sabe, ¡Dios es la verdad, y punto! En la última conversación con ellos dos surgieron varias ideas que me han impresionado. Desde luego que el Diablo siempre impresiona por su habilidad para razonar. ¡Sin duda que es el padre de la filosofía! La idea más inquietante, lamentablemente inconclusa, es que al parecer la naturaleza, ¡y no Dios!, es lo eterno. ¡Menudo chasco! Sin embargo yo no concibo tal idea, pues la naturaleza como un ser que existe debe tener necesariamente un principio y un final. Pero, claro, si lo vemos desde otro punto de vista, es evidente que la muerte no es el final de la vida, sino otra forma de ser de la vida; en otro nivel, o dicho en palabras del Diablo, en otra dimensión. El problema, como decía el Diablo, es hacerse una idea de las diversas dimensiones de espacio-tiempo, o dicho en palabras más comprensibles, de los diversos mundos y sus respectivas naturalezas. Pero no lo entiendo muy bien. Es decir, lo entiendo planteado como una hipótesis aislada, pero no veo la conexión entre las diversas dimensiones espacio-temporales, ni alcanzo a concebir su estructura. Digamos que si lo veo de cerca me hago una idea más clara, es decir, si cada ser vivo es un mundo, puedo ver la relación que hay entre nosotros: teoría de la evolución. Pero cuando pienso en el universo, ¡sencillamente es que me pierdo! ¿Estará también el universo sometido a las leyes de la evolución? ¡El Diablo debe de saberlo, porque él ha viajado por todas partes! Pero la idea más desconcertante es la de Dios mismo. Resulta que como algo que tiene una duración transcurre en un tiempo, porque todo lo que es algo necesariamente debe tener una duración, ¡aunque sea el todo! De manera que hasta ahora hemos vivido limitando el todo a la idea del cosmos, y según este razonamiento, el cosmos mismo, en tanto que es algo tiene duración y transcurre en un tiempo, ¡por tanto Dios, el Dios del cosmos, no puede ser infinito, sino necesariamente finito! ¿Qué es realmente Dios? y ¿qué es entonces lo infinito? El Diablo dice que es la naturaleza, pero la naturaleza se supone que es todo lo existente, real y experimentable, y como tal necesariamente debe ser finito. ¡Pero no, claro, porque la dualidad de la naturaleza se resuelve entre la vida y la muerte, y no es posible saber cuando termina esta contradicción, si será todo muerte o todo vida! Ni una opción ni la otra, pues ambas se necesitan de forma dialéctica: la vida debe concluir necesariamente en la muerte, pero ésta no puede proceder de otro estado que el de la muerte… ¡porque no hay más dónde buscar! —¡Sí hay una tercera opción! ¡Siempre hay una tercera opción! ¿O es que no has escuchado decir aquello de «No hay dos sin tres»? —¡Ah, menos mal que has aparecido, Diablo, porque estoy hecho un lío! —¿Qué se sabe de Dios? —Dudo de que venga. Debe de estar enfadado con los dos… —¡Pobre! No es fácil ser Dios y vivir encerrado en su inmensa integridad, sin poder plantearse nada fuera de sí mismo; sin viajar por ahí y ver cosas fuera de su propia dimensión espacio temporal. Claro que si sucediera tal cosa sería el caos. Él tiene que seguir siendo como es hasta el final del tiempo cósmico, el nuestro claro está. De todas maneras despareceremos con él. ¿De qué nos sirve a nosotros saber cosas que le trascienden? —¡Según Él, simple y malvada curiosidad! —¡Siempre tengo que ser yo el culpable de todo en este mundo! —En este caso no hay ninguna duda. Si no lo he entendido mal, el amor a la verdad, para nosotros, es el amor a Dios, y no pretender ir más allá, pero buscar verdades que no podrán nunca ser probadas, sólo por la curiosidad de saberlo, ya no es amor a Dios, tal vez sea odio… —¡Que sabes tú del amor, muchacho! —¡Vivo enamorado! —Sí, sin duda, pero no tienes ni idea de por qué. —Porque… Porque… ¡Pues es verdad, ahora resulta que no tengo ni idea de por qué! —El amor, amigo mío, es la atracción por lo desconocido, lo insondable, lo misterioso. —¡Entonces sólo amo aquello que me atrae pero que desconozco! —¡Correcto! Por eso ahora que hemos conocido a Dios hemos dejado de amarle. —¡Razón por la que se fue enfadado! —No hay ninguna razón para enfadarse, al contrario, ¡ahora debería ser más amigo nuestro que antes! —Pero si dices que no se ama aquello que se conoce… —Entonces, amigo mío, surge la amistad, porque la amistad es la atracción por lo conocido y afín; y la amistad es más duradera que el amor, ¡aunque no sea un sentimiento tan fuerte ni tan emotivo! —¡Curioso, pero llevas razón! Más que enamorado, vivo en armonía con todo lo que me rodea. Bueno, a mi compañera creo que la amo porque en realidad no la conozco muy bien, ¡pero me atrae apasionadamente! ¿Entonces lo que siento por ella es realmente amor? —Sin duda, pero tarde o temprano se trasformará en amistad ¡o enemistad, si descubres que no es realmente como creías que era! ¡De ahí todas esas grandes decepciones amorosas! Pero también una buena razón para justificar el deseo de descubrir verdades que sobrepasen la misma realidad, ¡por el amor a la verdad, que es lo desconocido! —Bueno, dejemos a un lado mis asuntos personales y vamos al grano, Diablo, que estoy en ascuas. —¡Confías demasiado en mí, deberías esforzarte un poco más y hallar todas las respuestas por ti mismo! —Entonces, ¿qué utilidad tienes tú en este mundo? —¡Yo también tengo mis duda, porque no soy Dios! —Pero tú mismo has dicho que estás por encima de Él; que existes desde antes de la aparición del Dios de nuestro universo… —¡No es así exactamente! Digamos que he servido a otros dioses anteriores a él, pero yo nunca he sido libre ni he existido en solitario. ¡Siempre he tenido a un Dios por encima de mí! —¿Y eso te molesta? —¿Qué importancia tiene? ¡Las cosas son así y no hay que darle vueltas! Existe el mal porque existe el bien; existe el dolor pero también el placer; el amor y el odio, etc. ¡No puede haber dioses sin diablos! La realidad, sea en la dimensión que sea, siempre es dual. —¡Volvemos al caos! Pero ¿cuántas realidades hay? —¡Millones, trillones; no se sabe! —¿Ni siquiera tú? —¡Ni siquiera yo! —¿Y lo sabe Dios? —¡Menos que yo! Como te he dicho, Él no viaja, yo sí. —Bueno, está bien; lo acepto pese a que no lo comprendo. Pero volvamos al principio. Nada más llegar me dijiste que había una tercera opción, además de la vida y la muerte. ¿No será la inmortalidad? —¡Absurdo! ¿Es que no aprendes nada después de todo cuanto hemos hablado? Si fuera la inmortalidad tendría que haber también una «invitalidad». ¿Has escuchado alguna vez esa palabra? —Obviamente no, ¡porque carece de sentido! —Entonces, ¿cómo puedes concebir la inmortalidad, es decir, una vida que no muere? ¡Completamente irracional, y por tanto, pertenece a mis peores momentos de ignorancia y maldad! Afortunadamente para los designios de Dios, me voy superando cada siglo que pasa y me hago más viejo… —Por cierto, ¿qué edad tienes? —Más o menos 13,7 mil millones de años, el tiempo de vida del universo. ¡Los mismos que Dios! —¡Nuestro Dios, claro está! —¿Conoces a otro? —Pero tú dices que hay más… —Pero no pueden llegar a conocerse porque pertenecen, pertenecieron y hasta pertenecerán a otra dimensión espacio-temporal. ¡Para nosotros ni existen, ni han existido ni existirán! —¡Cada vez lo haces más complicado! Lo tuyo es enrevesado y complejo, lo de Dios era más simple y fácil de entender… —¡Por eso soy el Diablo! ¡El inconformista! ¡El verdadero creador! ¡El filósofo! —¡Si sigues por ese camino, nunca te redimirás! —¡Alguien tiene que mantener la llama de la vida, y del tiempo! Si yo fuera como Dios dentro de 13 o 14 mil millones de años más todo se acabaría, así sin más, sin dejar rastro. Mi trabajo es siempre ir más allá, pero sin llegar nunca a saber hacia dónde voy. Sólo se que siempre habrá un Dios en mi constante tránsito por cualquier realidad o dimensión en la que me mueva. Pero los dioses no tienen esa misión. —¡Hablas como si fueras un filósofo pagano de la antigua Grecia! —Ellos tenían una idea más objetiva de la realidad. La culpa del cambio fue de Platón. Después de él la idea de varios dioses, que es la razonable, desaparece y caemos en esa irracionalidad de concebir a Dios sin principio ni final, ¡lo que hace imposible su existencia! —Entonces, ¡volveremos al politeísmo pagano! —¿Otra vez tengo que repetirlo? ¿Pero es que todavía no lo has entendido? ¡Sólo existe un Dios verdadero y millones, trillones o cuatrillones de falsos! —¡Pero…! —Son falsos porque no podemos concebir su existencia razonablemente, como una afirmación sin contradicción. Ya te lo he dicho en otra ocasión: ¡están, pero no son ni existen! —¡Vasta de acertijos! ¡Esto cada vez se parece más a teología y no a filosofía! —Eso es lo que tu pobre, ignorante y diabólica mente supone. ¡El misterio es perfectamente razonable, pero no deja de ser un misterio! ¡Es la tercera opción de la que hablamos! —Pero ¿cuál, cuál? ¡Que ya empiezo a perder la calma y los buenos modales! —¡La nada, obviamente! —¡Es para enfadarse de verdad! —¡Está bien, está bien; trataré de ser más específico, pero si no encuentro una metáfora adecuada dudo de que lo entiendas… Umm, umm… ¡Ya la tengo! ¿Qué tal te manejas con los ordenadores? —Como todo el mundo, supongo; tengo una idea básica. —Es suficiente. Veamos, ¿qué sucede cuando instalas un programa nuevo? —Que aparece una ventana en la pantalla con una barra en blanco y después otra negra, que va llenando la blanca hasta que se termina la instalación. Pero ¿qué relación…? —¡Calla y escucha! El universo se creó de la misma forma en que se instala un programa en nuestro ordenador. Primero aparece el espacio total necesario, ¡pero sin tiempo! ¡Es la duración de la descarga! ¡Ese espacio en blanco es Dios! Pero se trata de un espacio potencial. En realidad no es nada, ¿lo entiendes? Luego necesariamente aparezco yo, el Diablo, la barra negra que progresivamente va alcanzado la duración de Dios gracias al tiempo, ¡que soy yo! Dentro del espacio reservado de Dios no puede haber otra cosa que aquello que está previsto que haya, ¡el programa en su totalidad!, o dicho en términos teológicos, el destino o la predestinación. ¿Lo entiendes ahora? —Me impresiona que una cosa tan simple tenga una relación tan trascendental, ¡pero hasta ahora lo entiendo! —¡Muy bien, sigamos! ¿Qué sucede una vez descargado el programa? —Que desaparece la ventana de descarga. —¡Ahí está la cuestión que Dios no puede aceptar, que desaparece el mundo, y con él mismo Dios, el Diablo y todo lo demás! El programa ya está instalado; el tiempo de la duración de la descarga ha concluido y por tanto el espacio ha sido completado, o lo que es lo mismo, los designios de Dios se han cumplido… —¿Y…? —¡Y, qué! —¿Y qué pasa después? —¡Pues que se instala otro programa; otro mundo con otro Dios, otro Diablo y otra naturaleza y otra humanidad! —Pero, ¿quién instala los programas? —Ése es el final del proceso, ¡pero no sé si tu mente lo concebirá! —Si lo concibes tú también puedo hacerlo yo, ¡soy de tu misma sustancia! —¡Está bien, está bien; te lo explicaré! Ése es el principio del misterio, pero no el final. Ese ser que supuestamente está instalando programas ¡no es más que otro programa en descarga! ¿Lo entiendes? El primero contiene el segundo, pero el segundo, a su vez, contiene millones, billones, trillones, o vaya usted a saber cuántos, programas en descarga. Lo mismo podemos decir del primero, que a su vez es contenido por otros tantos programas en descarga en sentido inverso ¡Siempre hay programas en descarga, porque siempre hay movimiento, y si hay movimiento hay tiempo; y si hay tiempo hay vida y muerte, pero sin saber dónde está el final o el principio de esta dualidad! Y no sólo eso. Además de los programas que se descargan contenidos unos en los otros, también se descargan otros en paralelo, unos junto a los otros con la misma estructura interior inconcebible. ¡Y ahora ya lo sabes prácticamente todo! —¡Es una hipótesis de mareo! ¡Pero no resuelve mis dudas! —Tus dudas sólo tienen una respuesta, que está contenida en la tercera opción, ¡pero carece de sentido el que lo sepas, porque volvemos a la nada que tanto te inquieta! —¿Entonces, de qué han servido todas estas charlas? —¡Ya te lo dijo Dios en el primer momento: después de Él, o en su caso de ellos, no hay nada, y ése es el Paraíso, ¡donde por supuesto yo no tengo acceso! —¿Y yo? —Supongo que tampoco. ¡Haces demasiadas preguntas! —¿Quieres decir que el Paraíso está reservado para los ignorantes? —No, tampoco es eso, por que los ignorantes son tan malos o más que yo. La verdad es que no tengo ni idea. Quizás Dios lo sepa… —¡A buenas horas me citáis! Después de haber dicho mil barbaridades esperáis de mí la última respuesta. —Ah, hola, Dios; me alegro que hayas venido, ¡todo esto es un verdadero lío! Pero no creo que debas molestarte porque deseemos aclarar nuestras dudas, sean sobre lo que sean. El Diablo ya no es tan malo como parece, cada vez es más sabio y, por tanto, más virtuoso, pero él está hecho de otra pasta; tiene otras ambiciones; ¡ha viajado mucho! —No hace falta viajar para saber la verdad. No hace falta moverse para encontrar la respuesta, porque precisamente el movimiento es lo que hace que no encontremos la respuesta. —¿Tiene esto sentido, Diablo? —¡Si Él lo dice, que es Dios, lo tiene! —De manera que estamos los tres aquí gracias al movimiento, pero ¿queréis decir que precisamente por causa del moviendo no estamos capacitados para desvelar el misterio de la nada? —¡Precisamente por eso! Pero yo estoy más capacitado que el Diablo para entenderlo. Yo no estoy en movimiento, pero tampoco estoy totalmente inmóvil, porque ¡contengo el movimiento; hago posible que las cosas sean porque se mueven dentro de mi espacio potencial! ¡Dentro del universo en el que está todo el espacio-tiempo concebible! Yo sólo he hecho un movimiento en toda mi larga existencia: crear el espacio y la duración, ¡un solo y fundamental movimiento, pero suficiente como para no ser ya parte de la nada absoluta! También por esa razón es absolutamente necesario que exista. Sin mi existencia el mundo no sería posible, el tiempo no transcurriría; el Diablo no existiría; la naturaleza no sería viable. Yo soy el espacio que contiene las cosas reales, ¡pero no me muevo! —Entonces, ¿hay en la realidad algo que no se mueve ni se ha movido jamás? —¡En efecto, lo hay! —¡Imposible, porque no sería real, sino irreal! —Sí, sería y es irreal, pero está. ¡Es lo que no-es, pero que está! —Dicho con toda propiedad: está, pero para nosotros no existe ¡porque está en la nada! ¡Dios te lo ha dicho ya mil veces! —¡Es para perder el juicio! ¿No podéis alguno de los dos hablar claro de una vez por todas, para que una mente normal como la mía lo entienda? Tal vez sería mejor dejar esta conversación, yo vuelvo a mis cosas y me olvido del asunto… —¡Te harías viejo de la noche a la mañana! ¡Con 70 años sería como si tuvieras 90 y tendrías que olvidarte de esa preciosidad de la que tanto presumes! —¡Pero tal vez después de muerto daría con la respuesta! —No seas ingenuo: después de muerto la cebada al rabo, como dice el refrán. —¿Por qué no atiendes a mis argumentos? El Diablo confunde las cosas y no tiene la última respuesta. Él siempre se mueve; va de aquí para allá, pero siempre está en el mundo, en éste o en el que sea. Yo estoy creado de la sustancia de la nada, porque ¡no soy nada! ¡Apenas pura potencialidad debida a un solo movimiento, el necesario para crear el espacio potencial que ocupa el cosmos, nada más! —¡Lo has terminado de arreglar, Dios! Si no eres nada, ¿con quién Diablos hablo yo? —¡Con nadie! Es decir, como tú bien dices, ¡sólo con el Diablo! Yo no he hablado en mi vida, pero el Diablo no ha dejado de hacerlo desde la creación del mundo. ¡Gruñendo, ladrando o hablando como una persona, pero él nunca ha estado callado! Todas esas historias de que yo he hablado alguna vez con los humanos, mandado señales o me he aparecido en sueños son las artimañas del Diablo. A ver si queda claro de una vez: ¡yo no puedo hablar con nadie porque soy pura y simple potencialidad! Es decir, para los humanos ¡no soy nada, pero existo necesariamente por la razón expuesta! —¿Entonces con quién hablo yo ahora? —Con el Diablo, por supuesto; con su doble personalidad: la suya real y la engañosa en la que trata de imitarme. ¡El Diablo es un extraordinario ventrílocuo! —¡Ahora sí que la hemos terminado de arreglar! Y tú, Diablo, ¿que dices a eso? —¡Sí, es verdad! Perdona chico, son cosas que un Diablo no puede evitar, ¡soy ventrículo e imito a Dios a la perfección! —Entonces tú lo sabes todo; ¡tú eres como Dios y te has estado burlando de mí todo el tiempo! —¡Calla, no digas disparates! ¡Dios es Dios y el Diablo es el Diablo!, pero no me queda más remedio que hacer de abogado de Dios, ¿quién sino lo podría hacerlo? Ya te lo he dicho en otra ocasión, ¿de qué te asombras ahora? —¡Acabemos ya esta charla de un puñetera vez! Suelta todo lo que quede y sin engaños ni trucos. Habla como el Diablo que eres y no me vuelvas a liar con tus patrañas. —¡No deberías confiar en mí en tanto no esté completamente redimido, porque no puedo evitar cometer alguna maldad, pero allá tú. —¡Sí, allá yo; asumo lo que sea, pero venga, cuenta el resto de esta historia! —¡Pero si está todo dicho! Dios es de este mundo porque fue el creador del espacio y la duración del universo, pero precisamente por esa razón se ha «naturalizado», hecho naturaleza, para entendernos. Él es parte de la dualidad bien-mal; verdad-falsedad o más propiamente dicho, positividad-negatividad, ¡porque todo es energía! ¡Por tanto debe de existir necesariamente! Pero Dios es, obviamente, de sustancia divina, proviene de la nada inmutable, la que nunca ha hecho un solo movimiento; la que contiene todo el espacio y la duración en potencia de todo lo que ha existido, existe o pueda llegar a existir. ¿Me sigues? —¡A duras penas! —Si quieres lo dejamos… —Sí, tal vez sea lo más adecuado, al menos por unos cuantos días. De alguna manera ya me hecho una idea de ese ser inconcebible e inexistente; es decir, ahora más o menos comprendo el significado de la nada que tanto me obsesionaba. ¡La nada absoluta no es Dios, ni el nuestro ni los otros posibles dioses, sino «lo divino», lo que está pero que no alcanza a tener existencia, ni nombre alguno, porque no se ha movido jamás, pero que está en la nada! Ya veo que no hay conexión posible para el ser humano. Una vez que llegamos a existir no hay puerta para el regreso a la no existencia, por decirlo de alguna manera. La muerte no soluciona el problema… ¡Es una verdadera lástima! —¡Lamentablemente no la hay! ¡Al menos que yo sepa! —¡Hasta la vista, Diablo! —¡Hasta cuando quieras, hombre! —Por cierto, ya que está aquí aprovecho para preguntarte: ¿qué piensas hacer con la crisis financiera? —Se arreglará, tranquilo hombre; los seres humanos, como el mismo Diablo, sólo aprendemos de nuestros errores, ¡pero aprendemos! Quinta y última conversación Las últimas revelaciones del Diablo han sido demoledoras, sin embargo no he perdido completamente el optimismo. En cierta manera me han servido para ser más realista y menos soñador. Ahora empiezo a darme cuenta de que mi deseo de superar cuanto antes esta juventud rebelde carece de sentido. Más vale que las cosas sigan así todo el tiempo que sea posible, pues ahora que sé que el paso del tiempo es un asunto del Diablo, ¡como todo lo demás!, también sé que será despiadado y, pese a que me siga sin entusiasmar la idea, ya no estoy tan interesado como antes por hacerme viejo. Si la muerte no aclara nada; si no podré disfrutar de alguna clase de Paraíso después de tanto darle vueltas al asunto, será mejor que me quede como estoy, que no se está tan mal. En cuanto a sus ideas sobre el amor, la verdad es que ahora que me doy cuenta que deben ser ciertas, porque cada día que pasa siento menos pasión amorosa por mi compañera pero me entiendo mejor con ella, ¡porque cada vez nos conocemos mejor! Es una lástima que el Diablo goce de tan mala imagen, porque sus ideas son razonables. A parte de su tendencia inevitable al engaño y la imitación, no hay duda de que le debemos muchas cosas buenas de este mundo. Por otro lado, dada la pasividad de Dios en sus alturas, no tenemos más que al Diablo para que nos ayude a superarnos moralmente. Su experiencia es lo que le hace más bueno y más sabio cada nuevo siglo que cumple. Creo que dadas las circunstancias en que nos movemos aquí en el mundo, no hay duda de que la amistad del Diablo resulta a la larga positiva y, sobre todo, ¡ilustrativa! Si lo he entendido bien Dios es una cuestión más física que teológica o filosófica. Se trata de un espacio lleno de energía potencial, con una duración, dentro del cual se desarrolla el tiempo. Ese espacio obviamente no se mueve porque es todo lo que es, ¡dentro de este universo nuestro, claro está! Lo que se mueve es el tiempo en el instante del presente dentro de ese espacio, en sentido del pasado al futuro, y en este devenir gracias a la evolución se producen los fenómenos que conocemos como la vida y la muerte, sin solución de continuidad, además de otros como la conciencia, la intuición, etc. La vida y la muerte, es decir, la naturaleza, son el movimiento; en tanto lo divino es lo estático e inmóvil, ¡pero no es la muerte, sino la nada! ¡La dichosa e inconcebible nada de siempre! Por eso Dios es incapaz de intervenir en los asuntos de la naturaleza, humana o salvaje, pero sí puede intervenir en los asuntos del espíritu, ¡pero como si nada, porque no está capacitado para evitar el dolor causado por la ignorancia; es decir, el mal propiamente dicho! Resulta que es el propio Diablo quien nos pone en comunicación con Dios a través de su prodigiosa imitación, ¡que hasta yo me lo había creído! Es un contrasentido pero tiene su lógica. Otro asunto que ahora me explico con absoluta claridad es la interpretación del conocido Misterio de la Trinidad, lo que sucede es que al enunciarlo en términos teológicos, tan ambiguos y confusos, parece irresoluble, ¡pero es sencillo de entender! El Hijo, para entendernos es el ser humano redimido por el saber y el conocimiento de Dios. Es decir, que es la etapa final del ser humano en su necesaria evolución moral, mental y con toda probabilidad hasta física, pues de alguna manera debemos ser a imagen y semejanza de Dios. Por cierto, que en mi próxima charla, si tengo oportunidad, le tengo que preguntar al Diablo cómo es posible que Dios tenga nuestra imagen, ¡o viceversa, claro! En cuanto al Padre, obviamente es ese espacio potencial que constituye el estuche del universo o de nuestra realidad, por decirlo de alguna manera. El destino o predestinación de todo lo viviente en esta dimensión espacio-temporal nuestra. Y desde luego que el misterioso Espíritu Santo, sin duda que es la potencialidad que hay en la nada absoluta; la divinidad en calma; lo que está, pero que no existe, como decían tanto Dios como el Diablo, porque en esto los dos están de acuerdo. Las tres personas del Misterio están necesariamente relacionados entre sí. La única duda sigue siendo la naturaleza de la nada; es decir, del Espíritu Santo. ¡Pero casi ya no me atrevo a seguir insistiendo! A fin de cuentas, como dice el Diablo, carece de utilidad práctica para el ser humano. —¡Hola, humano! ¿Qué tal has dormido? ¿Se te han aclarado las ideas? ¿Vas a volver a preguntarme otra vez sobre el más allá o te conformarás con disfrutar de la vida como cualquier persona normal? —¡Hola, Diablo! Yo siempre duermo bien, y si tengo problemas enciendo la televisión y veo los programas de ofertas de sexo telefónico. Me relajan bastante. —¿Y no te interesan los de adivinación? —¿Para qué, si el futuro está perfectamente claro? —Por eso son buenos contra el insomnio. —Veo que hoy bienes de buen humor. ¡Me alegro, porque no hay nada más divertido que un Diablo feliz! —Yo no tengo motivos para estar enfadado o ser infeliz. Si las cosas van mal, ¡mejor para mí! Pero si van bien, ¡también convienen para mi futura redención! Es decir, que vayan como vayan, siempre son positivas para mí. —¡Se ve que eres una persona positiva! ¿Pero no es una contradicción? Se supone que el mal es negativo. —¡Se suponen tantas cosas equivocadas sobre el Diablo! —No creas que me he creído a pies juntillos todo lo que me has dicho hasta ahora. Hay cosas que no me encajan. Por cierto que ahora que has vuelto tienes que aclararme un dicho: ¿Por qué se dice que estamos hechos a imagen y semejaza de Dios? —Ya veo que vuelves a las andadas y no te conformas con saber lo que te conviene, también quieres saber lo que no te conviene. —No empecemos con moralinas desfasadas. ¡A buenas horas vienes tú con esas, después de todo lo que me has dicho sobre la realidad y Dios! Dime lo que sepas y olvídate de mi salvación, que eso es cosa mía. —Entonces vayamos por partes. Dime, ¿qué eres tú? —¿Yo? ¡Una persona, desde luego! —¡No eres nada! —¡No es necesario hacerme de menos! Ya sé que soy más ignorante que tú, y por esa razón debo de ser más malo, pero puesto que tengo voluntad de saber, creo que a pesar de todo me salvaré. —No, si no es por hacerte de menos, ¡es que no eres nada! ¡Ni yo, ni Dios, ni el universo, éste y todos los posibles! —¿De vueltas otra vez con la dichosa nada? Ya no estoy interesado en saber nada sobre este asunto, con que responde a mi pregunta inicial, ¡pero no con otra pregunta! —Es que es verdad, ¡no somos nada! —Bueno, cuando vaya al cine la próxima vez no pienso pagar entrada, ¡porque a fin de cuentas no ocupare ninguna butaca, porque no soy nada! —Tómatelo a broma si quieres, pero sigo insistiendo que no somos nada. ¡Nada más que apariencias! —¿Y lo aparente no es nada? —¡Exacto! —¡Ya empezamos otra vez con tus enredos filosóficos endiablados! —Si lo aparente fuera algo consistente no sería aparente, ¿o es que no está clara la expresión «apariencia»? —¡Juegas con el lenguaje! —No, el lenguaje juega con nosotros, ¡que no es lo mismo! Pero su significado es literal y no está errado: ¡lo que vemos no son más que apariencias! —Y ¿qué es entonces lo sustancial? —No hay tal sustancia, sólo hay apariencia de sustancia. Lo que vemos consiste en algo, pero no es algo sustancial, o si lo prefieres, material. —Si te refieres a la estructura atómica de la materia… —¡Pero que materia ni que ocho cuartos! ¡No existe tal materia! —¡Eres exasperante! ¿Es que pretendes negarlo todo, hasta lo que es evidente? —Lo evidente es tan sólo lo que se ve, pero no nos dice en qué consiste. —¡Dímelo tú! —¡No consiste en nada, ya te lo he dicho! —Entonces tú y yo somos dos fantasmas; una ilusión de la mente; un sueño. Incluso podríamos decir que una revelación. —¡Vas por buen camino! —Envía tu teoría a la Academia de las Ciencias, ¡seguro que les encantará! —Los científicos no saben de la misa la mitad. —¡Y tú te la sabes hasta en latín! —Me alegra que no pierdas tu sentido del humor. Según como se mire la realidad es para morirse de risa, pero si lo vemos con apego por lo mundano es de pena, ¡una gran decepción! —La verdad es que me estas empezando a inquietar. Si no somos nada y provenimos de la nada, no sólo seguimos en ella sino que volveremos a ella, ¡porque nunca hemos sido nada más que meras apariencias! ¿No es así? —Tu razonamiento es extraordinariamente correcto y debo felicitarte por tus progresos. —Pero ¿qué es lo que creemos ser que nunca hemos llegado a ser? —¡Nada más que un movimiento en falso de la nada, un accidente; un incomprensible error de la perfección! —Es decir, que el movimiento sin más provoca la apariencia de las cosas. —¡Puede decirse que sí! ¿Qué sabes sobre Einstein? —No sigas por ahí, porque yo no soy muy fuerte en física. En el colegio no pasé de la teoría de Arquímedes, por eso sé que un corcho flota y una piedra se hunde, ¡pero no me preguntes mucho más! Pero más o menos sé lo que significa E=mc2. Creo que se refiere al cálculo de la energía pasiva contenida en la materia. —No hay tal materia, ya te lo he dicho, sólo hay energía; ¡lo que vemos es la apariencia de la energía en movimiento! —¡Pero ahora estas hablando como un científico, y no como un Diablo? —Y ¿cuál es la diferencia? No hay nada más diabólico que la ciencia. ¡Todo está relacionado con la ciencia; todo saber es científico, incluso la especulación religiosa o filosófica! No sabemos nada si no aplicamos un método científico. —¿La filosofía también es una ciencia? —Si es metódica, sí; si utiliza las palabras sin ningún rigor científico, no; ¡desde luego que no! Las palabras tienes sus significados exactos en sus respectivos contextos, y la filosofía tiene el suyo propio, como las matemáticas disponen de la cifras para el suyo. ¡Desde Platón y Aristóteles prácticamente todo es confusión en filosofía, tanto o más que en teología! ¡Un simple alarde verbal de académicos que tienen que justificar el sueldo que les dan por enseñar esta especialidad en las universidades! Ha habido algunas excepciones, claro está, no hay que ser derrotistas. —¡No les gustaría escuchar tu opinión! —El problema es que no saben cuál es la utilidad real de la filosofía. —¡Díselo tú! —¡Buscar a Dios; buscar la verdad; descubrir los atributos verdaderos de la nada! Encontrar respuestas a todas las preguntas sin ninguna contradicción. —¡Pero eso es el fin! —Cuando un filósofo encuentre la respuesta a la última pregunta, será el fin, desde luego, ¡eso es inevitablemente así! —Entonces ¡también la filosofía es diabólica! —¿Es que estás sordo o me estás tomando el pelo? Todo el saber de este mundo es diabólico, pero por designio divino, ¡ya estoy cansado de decírtelo! ¿Crees que Descartes huía de la censura eclesiástica porque estaba paranoico? ¿Crees que Hobbes publicaba con pseudónimo porque detestaba la fama, o que Kant no escribió sobre religión en sus últimos años por respeto al ilustrado Federico II? ¿Te imaginas que Clemente VIII le tenía ojeriza a Giordano Bruno y por eso lo entregó a la Inquisición, que lo condeno a la hoguera? Todo el saber de este mundo está inspirado por mí, pero es más diabólico cuanto más escaso. Por eso los verdugos y sus inspiradores eran obviamente peores que sus víctimas, ¡incluidos los Papas! Pero siempre ha sido así y seguirá siéndolo hasta el final del tiempo que nos quede hasta alcanzar la verdad sin contradicciones. —Bueno, de acuerdo, pero volvamos a lo nuestro. ¿Por qué yo no soy nada? —No puedo decirte como empezó todo, porque eso es inconcebible, y ya lo hemos hablado con anterioridad, pero puedo decirte cómo y por qué aparecen las cosas. Y digo aparecen porque es así: no se crean ni nacen, simplemente aparecen de la nada, ¡y espero que ahora lo comprendas! —¡Claro, si no somos nada forzosamente debemos aparecer de la nada, esto es elemental, sigue! —Si no estás interesado lo dejamos, no estoy para perder el tiempo con humanos desmotivados. —Después todos estos días de charlas agotadoras ¿crees que no tengo que estar interesado por saber el final de esta historia? ¡Vamos, Diablo, no seas suspicaz! —Está bien. Imagínate las aguas de un estanque en calma, donde de pronto cae un objeto. Donde antes no había movimiento alguno se producen una serie de hondas concéntricas, mayores cuanto más potente sea el impacto. Y digo potente porque lo que sucede es que a partir de ese instante es cuando se crea un espacio potencial, aquel que contendrá la naturaleza resultante del mismo movimiento, porque todo lo que se mueve debe transcurrir necesariamente en el tiempo, pero el tiempo es secuencial y rítmico, mientras que la formación de espacio potencial sucedió en unos instantes, ¡fue una auténtica explosión, o una revolución, para que nos entendamos!, y es en ese necesario transcurrir del tiempo cuando se realiza aquello que está contenido en el espacio potencial… —¡El Diseño inteligente! Pero también estás hablando de la Gran explosión por la que se supone que se creó nuestro universo, ¿no es así? —¡Correcto! La Gran explosión no es más que la caída de un objeto en la nada, que genera en unos instantes una ingente cantidad de lo que ahora se llama «energía oscura», !que es energía positiva en potencia!; es decir, el espacio potencial donde se desarrollará el futuro universo. Dentro de la duración del espacio está la información necesaria para que se forme el ser que está previsto que se forme en el transcurso del tiempo total de esa duración; es decir, la energía oscura, o positiva, es «inteligente». Al mismo tiempo el objeto que cae contiene una sola partícula de energía negativa, !pero suficiente para producir el movimiento de la energía, una vez polarizada! —¿Y los efectos del medio ambiente, es decir, la evolución? —Esta es la circunstancia externa, aquella que te expliqué con el ejemplo de las descarga de los programas, ¿recuerdas?; necesaria para concluir con éxito la creación, allí es donde se alimenta nuestro universo. Aunque el comportamiento de la naturaleza parezca guiado por el libre albedrío, hay siempre un proyecto final que debe cumplirse inexorablemente. En el camino quedan cientos, millares, millones de especies desestimadas o erradas, pero que son o han sido necesarias. Algunas, como sabes, llegan a extinguirse por su total inadaptación, otras sobreviven pero apenas sirven al proyecto final previsto por Dios; es decir, el ser contenido en la información de su espacio potencial, o como diría Aristóteles, su potencialidad. Ese ser final necesariamente debe tener su imagen y semejanza, ¡porque ese es precisamente su proyecto! ¿Lo entiendes ahora? —¡Fascinante! De manera que Dios mismo tenía previsto que descendiéramos del mono. —¡Por supuesto! —¿Qué sentido tiene entonces toda esa controversia entre creacionistas y evolucionistas? —Ninguna, desde luego; sólo es ignorancia por ambas partes. Los creacionistas por no considerar a las apariencias como algo capaz de dotarse de mecanismos propios y organizarse de acuerdo a un plan y con una finalidad; pero los evolucionistas por no considerar que, pese a todo, ¡no son más que apariencias! —¿Quieres decir que la energía en movimiento es capaz de evolucionar en formas aparentes, como las que contemplamos y que nos parecen reales? —¡Y son reales, siempre que admitamos que la realidad es tan solo lo aparente; puro magnetismo! —¡Vuelvo a perderme! —La realidad es una ilusión de los sentidos, pero para nosotros, que somos también una ilusión con esos mismos sentidos, tiene apariencia real. Tocamos las cosas y nos parecen sólidas; intentamos traspasar un muro y nos golpeamos con algo aparentemente sólido. Pero la verdad es que si pudiéramos controlar nuestra energía pasiva, ¡Einstein!, deberíamos poder traspasar los muros como si nada. No somos otra cosa que un determinado contingente de energía positiva y negativa dentro de una cápsula de espacio-tiempo, con una determinada reserva de energía potencial que es consumida por un trabajo que transcurre en ese tiempo, convirtiéndola progresivamente en energía pasiva o materializada. Una vez convertida cesa el movimiento y nos desintegramos, desaparecemos. ¡Zas, otra vez a la nada de donde provenimos! ¿Lo entiendes ahora? —¡Menuda perspectiva para el orgulloso ser humano! —No hay otra; esa es la realidad de lo que somos. —Pero ¡no tiene sentido! ¡Todo esto es demasiado mecánico! —¡«Deu ex machina»! El universo es un mecanismo; cada organismo, pese a ser aparente, está regido por un mecanismo. La naturaleza es un mecanismo, y lo peculiar de los mecanismos es su capacidad de producir algo con sentido útil y práctico gracias a un movimiento continuo, ¡la evolución! —Pero, entonces ¿para qué queremos tener un Dios, o millones, o los que sean? —¡Para nada, porque no somos nada! ¡La moralidad es un fenómeno ilusorio, como todos los demás fenómenos! ¡El bien y el mal son temporales, y no tienen otro objeto que cumplir unos designios sin hacer preguntas! —¡Ya me lo dijo Dios nada más empezar esta complicada charla! —¡Te lo dije yo! —Bueno quien sea, ¡ya que más da! Entonces ¿dónde están los alicientes para la existencia? —¡La duda y el deseo! No hay más alicientes para los seres vivos. Pero si lo prefieres puedes llamarlo de forma más apasionada y hasta romántica: el estímulo de la vida es el amor; es decir, ¡la irresistible atracción por todo lo desconocido y el deseo de conocerlo y poseerlo! —Tal vez lleves razón. En cierta manera ése es el principal aliciente que estimula mi propia vida, y también la de los niños con su poderosa imaginación… —Razón por la cual te sientes joven, y en tanto sigas interesado por aquello que todavía desconoces ¡seguirás siendo joven hasta el mismo día de tu muerte! —Se te hiciera caso se me ocurren un montón de ideas equivocadas, que la gente cree que son correctas. Por ejemplo la meditación, el conservadurismo, el inmovilismo… Por el contrario es obvio que ayuda a mantener la forma un pensamiento siempre activo, progresista, vanguardista… —¡Pero no más vanguardista de lo tolerable! La naturaleza de las cosas tiene un ritmo preciso. Uno puede adentrarse en el futuro pero sin romper los vínculos con el presente. —¿Y qué utilidad tiene el pasado? —¡Evitar cometer una y otra vez lo mismos errores! Cualquier tiempo pasado ha sido siempre peor que el presente, porque hasta yo, el Diablo, era más ignorante, ¡y el mal está exclusivamente en la ignorancia! —Pero lo que me confunde es que el Diablo no deje de hacer apología de Dios. ¿Pero tú eres creyente o ateo? —Ninguna de las dos cosas, soy razonablemente agnóstico. Sólo creo en aquello que es razonable creer, y las creencias evolucionan, ¡como todo lo demás! —¡Como todo buen filósofo o científico! Bueno, Diablo, creo que ya no queda nada más que decir. Me has dejado suficientes ideas nuevas para ocupar al mente en los próximos días, ¡y quien sabe si años! —¡Ejem…! —¿Todavía hay algo más que decir? —Si, desde luego… Pero no se si debo… —¡El Diablo tiene dudas morales! —¡Es que no hay tal Diablo! —¡¿Que no hay qué?! —¡Diablo; que no hay tal Diablo! —¿Entonces? —¡Tú te lo dices todo! —¡Ah, de manera que ahora resulta que hablo solo! —No exactamente; piensas solo, y te da por escribir lo que piensas, inventándote esa tontería de que puedes hablar con Dios y con el Diablo, ¡como si estuvieran ahí, tranquilamente sentados en tu mesa de trabajo! —¡Ésta si que es buena! Lo de Dios ya está aclarado, pero lo tuyo… —En realidad en gran imitador eres tú; ¡tú eres el ventrílocuo! Has estado imitando a Dios y al Diablo, ¡y te lo has creído! A ver si te entra en la cabeza de una vez: ¡nadie puede salir de su espacio-tiempo, y cada persona es un mundo! ¡Estás solo, muchacho; vete haciéndote a la idea! Bueno, y ahora, si no te importa, me voy por donde he venido, por la puerta de tus fantasías. ¡Yo me vuelvo a la nada que es donde mejor se está! A fin de cuentas, tal y como te dijo Dios de tus fantasías, ¡hay está el Paraíso! —!Adiós, Diablo, o lo que seas! —Adiós, hombre, ¡hasta que nos encontremos en la nada! —¡Muy gracioso! Y así están las cosas. Ahora resulta que me he estado enrollando yo sólo conmigo mismo y no he conversado ni con Dios ni con el Diablo. Bueno, ¡qué más da! ¡Al menos he pasado un rato entretenido! II. HERMANN EN EL PURGATORIO 1. Cuando les diga dónde me encuentro seguramente que pensarán que estoy loco, o que he fumado marihuana. Todavía peor, que he tomado algún poderoso alucinógeno, como LSD, o, tal vez, que por equivocación he comido algún hongo venenoso que me ha producido visiones raras. No he hecho nada de eso, y ni siquiera puede decirse que tenga un carácter propicio para las alucinaciones, más bien sucede todo lo contrario: soy de carácter realista, sobrio y racionalista. Me considero poco menos que ateo y no dejo que me dominen las emociones. Tampoco puede decirse que tenga una exaltada imaginación, y mi edad no es como para que mi mente me juegue estas pasadas. Pero, incomprensiblemente, aquí estoy, y ni siquiera sé cómo he podido llegar hasta este tenebroso lugar. Solo recuerdo que estaba cómodamente sentado en mi sillón, leyendo un complicado libro de metafísica, pues ya he dicho con anterioridad que soy racionalista y, por tanto, aficionado a la filosofía, saboreando una humeante taza de café, cuando de pronto se apagaron las luces de mi apartamento y me quedé completamente a oscuras. Reaccioné con absoluta calma. Primero esperé unos instantes, convencido de que era un apagón temporal. Después dejé el libro, me relajé, y reflexioné sobre los complicados razonamientos de lo que acababa de leer. Como no podía sacar mucho en claro, me levanté y, a tientas, llegué hasta la cocina, no sin tropezar con la mesita del salón. Sabía que en un cajón guardaba una pequeña linterna, pero revolví los trastos que contenía sin dar con ella. Esto me frustró y hasta consiguió ponerme de mal humor, poco habitual en mí. Me resigné a quedarme a oscuras mientras durase el apagón, y, no sin tropezar nuevamente en la mesita del salón, volví a mi sillón. Allí estuve esperando que volviera la luz, ¡pero no volvió! Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando tuve la alarmante sensación de que el sillón se desvanecía y no sentía su contacto. Instantes después fueron apareciendo, primero con palidez, pero enseguida con un extraordinario brillo e intensidad, millones de estrellas, que formaban galaxias y constelaciones. Y ahí estaba yo, flotando en el espacio, en medio de una tenebrosa oscuridad, iluminada tan solo con el pálido brillo de las estrellas, sin tener la menor idea de lo que me había sucedido, y por qué me encontraba en aquel extraordinario lugar. Tenía la sensación de haber perdido el cuerpo, porque no sentía ni frío ni calor, solo una extraña sensación de neutralidad y bienestar. Pero, como empezaba a temer, era evidente que no me había convertido en un espíritu, sino que permanecía aparentemente íntegro, tal y como estaba sentado en mi sillón. Podía caminar como si andase sobre el agua, sin tener la sensación del suelo; podía moverme, cambiar de posición, ponerme boca abajo o en posición horizontal, porque en realidad no tenía ninguna referencia para poder establecer cuál era mi posición. Mirase hacia donde mirase, solo había un inmenso espacio tenebroso, lleno de brillantes y espectaculares galaxias, porque desde el extraño lugar en que me encontraba, se podían ver en todo su esplendor sus masas y vapores de tonos azulados, púrpuras y rojos, en formas espirales y otras más deformes y caprichosas. Si me hubiera aplicado más en el colegio en el estudio de la astronomía seguramente que podía haber reconocido alguna de estas galaxias, sobre todo la Vía Láctea, y hubiera podido hacerme una idea siquiera aproximada de dónde me encontraba, pero en mi primer aturdimiento no llegué a reconocer ninguna de ellas, así es que estaba completamente perdido y desorientado. No sentía vértigo, porque no tenía la sensación de que pudiera precipitarme hacia ningún lugar en concreto. No había a mi alrededor nada sólido, ningún planeta, satélite o incluso meteorito sobre el que pudiera caer. Era como flotar dentro del agua, pero sin sentir su humedad. Intenté sacar alguna razonable conclusión y enseguida comprendí que simplemente me había quedado dormido, y me encontraba en medio de una pesadilla. Reaccioné con cierta energía, intentando despertar, porque la situación no era precisamente agradable, pero todo fue inútil. Supuse que había entrado en un sueño profundo del que me costaba despertar y que solo era cuestión de tener paciencia y dejar que transcurriera aquel mal sueño y ver hasta que más situaciones absurdas me llevaría. Pasaron lo que tal vez fueran varias horas, porque tampoco tenía una clara sensación del tiempo, y, cosa extraña para ser un sueño, pues flotando en medio de aquella nada ¡finalmente me quedé dormido! 2. —¡Señor, señor; despierte señor! Alguien, con una extraña voz aguda pero apagada, me estaba zarandeando. Me desperté convencido de que mi pesadilla había concluido, y volvería a encontrarme en mi confortable apartamento de Berlín, y antes de hacerme cargo de la situación me prometí a mí mismo que jamás volvería a leer un libro de metafísica, al que culpaba de aquel mal sueño. Pero no fue así y Berlín tendría que esperar. La pesadilla continuaba y seguía suspendido en ninguna parte, rodeado del mismo tenebroso espectáculo abismal. A pesar de la oscuridad pude distinguir a quien me había despertado y, aunque siempre he tolerado a la gente rara, este individuo me provocó un instintivo rechazo. Era un enjuto anciano, encorvado y tembloroso, vestido con lo que parecía un jubón como los que había visto en algunos grabados del siglo XV ó XVI, de un color pardo indescriptible, ceñido con un grueso cordón anudado en la cintura. Los calzones le llegaban hasta la rodilla y cubría sus esqueléticas pantorrillas con unas medias blancas, pero oscurecidas seguramente por la suciedad. Se cubría la cabeza con un pequeño gorro de fieltro, tan descolorido como los demás vestidos, con el que cubría un cráneo blanquecino, mientras que sus escasos cabellos se confundían con una larga barba canosa y apelmazada que le llegaba hasta la cintura. Pero, a pesar de su estrafalario aspecto, su mirada era bondadosa y sus movimientos eran lentos y temblorosos, por lo que, pese a su horrible aspecto, me sugerían que se trataba posiblemente de una buena persona. No he mencionado que cargaba con un enorme saco, donde al parecer debía guardar algo de gran valor, porque ni siquiera se molestó en descargarse de él, que, por otro lado, tampoco había ningún lugar donde dejarlo. — ¿Tiene algo que no le sirva que pueda darme? —me preguntó sin esperar a que hiciéramos algún tipo de presentaciones. Pero yo no quise desaprovechar la inesperada presencia de aquella extraña persona para indagar en dónde me encontraba, y me salieron un torrente de preguntas apresuradas y sin demasiado orden: — ¿Pero, dónde estamos? ¿Quién es usted? ¿Por qué flotamos en el espacio? ¿De dónde diablos ha salido usted? No es más que una pesadilla, ¿no es verdad? El anciano no pareció inmutarse, y como si no me hubiera escuchado, insistió en su demanda: — Puede darme cualquier cosa, ya veré después para qué me sirve. Sin embargo yo insistí: — Pero, dígame al menos quién es usted y de dónde ha salido. — Ah, quiere saber eso. Pero ¿es que no lo ve? ¡Soy un pobre anciano que se gana la vida mendigando por ahí! ¿Qué más quiere saber? Ah, sí; dónde estamos, ¡y qué sé yo; pregúntele a alguien que tenga más cultura que yo! Pero, algo tendrá que no le haga falta. ¿Por qué no me da sus zapatos? Aquí no son necesarios los zapatos. Era evidente que no sacaría nada en claro con aquella conversación, pero no me resignaba a desaprovechar aquella oportunidad para aclarar en alguna medida mi absurda situación. — Está bien, está bien; le daré mis zapatos si me contesta a una última pregunta, a fin de cuentas en las pesadillas uno puede regalar los zapatos y lo que le de la gana, porque no es más que un mal sueño y ya está. Pero, dígame al menos cómo se llama y de qué lugar procede. — Le agradeceré que me de sus zapatos, pero me es imposible contestar a su pregunta. Hace tiempo que lo he olvidado. Solo recuerdo al soldado que me clavó la lanza en el pecho, ¿quiere ver la herida? Era un maldito mercenario católico del Anticristo, en mala hora nacido, del emperador Carlos, pero no me pregunte más. ¿Me dará ahora sus zapatos? — ¿El emperador Carlos? ¿Se refiere usted a Carlos V? El viejo hizo un gesto de asco e intentó escupir sin que le saliera saliva. — ¡El mismo bastardo! Entonces aquel viejo andrajoso debía tener cerca de quinientos años, ¡y estaba muerto! ¿Y yo, no estaría también muerto? Como pesadilla había llegado muy lejos. Normalmente en otros malos sueños anteriores solía despertarme cuando estaba en riesgo mi vida, bien porque fuera a ser atropellado, por caerme por un precipicio o ser violentamente atacado por alguien. Pero ahora había sufrido el mismo sobresalto y agitación emocional, pero ¡no me había despertado! — Entonces… está usted muerto, y yo debo estarlo también. El viejo no me sacó de dudas ni parecía haber escuchado, e insistió una vez más en sus ruegos: — Ya le he dicho todo lo que sé, y usted me ha prometido que… — Esta bien, le daré mis zapatos, ¡maldita la falta que me hacen ya si estoy muerto! El viejo parecía complacido y con extrema dificultad se descargó del enorme saco, para poder meter en él mis zapatos. Aunque sabía que resultaría inútil, me atreví ha hacerle una última pregunta. — Pero, por el amor de Dios, ¿qué lleva usted en ese saco? — Ya se lo he dicho, cosas con las que me gano honradamente la vida. — ¿En un sitio como éste? — En cualquier parte es preciso ganarse la vida. — ¡Pero usted está muerto! — ¿Muerto yo? ¡Qué absurdo! Harían falta cien picas como las que me atravesó el pecho para acabar conmigo. — Entonces yo… — Si ha prometido darme sus zapatos, no me haga perder más tiempo. Sin duda que el viejo estaba perturbado y no era consciente de su estado. Lo peor era que yo mismo estaba a punto también de perder el juicio. Era preciso que intentara calmarme, darle mis dichosos zapatos, y que me dejara solo para tratar de reflexionar sobre aquella extraña situación, si eso era posible. — Gracias, y que Dios se lo pague. Apenas me dio las gracias, metió mis zapatos en el saco, se lo cargó de nuevo sobre sus encorvadas espaldas y, con paso inseguro pero decidido, vi como se alejaba hasta perderse en las tinieblas. 3. Aquel viejo misterioso me dejó sumido en una angustiosa confusión mental. Algo verdaderamente grave me había sucedido, pero ¿qué? Yo no podía estar muerto, porque no había ninguna razón que lo justificara. Mi salud es razonablemente buena. Tal vez padezca de una úlcera de estómago por mis frecuentes ardores, que ya debería de haber acudido al médico para salir de dudas de una vez. Pero eso no es causa de muerte. Es cierto que abuso de la mostaza en las salchichas, pero es superior a mis fuerzas el evitarlo. Puede que abuse también del café y fumo más de lo que desearía yo mismo, pero me falta voluntad para dejarlo. A lo mejor sin yo saberlo mi corazón estaba debilitado. O tal vez tenía la tensión muy alta y he padecido un infarto, pero la última vez que me la tomaron parecía normal. Además, estas cosas no suceden así por las buenas; tendría que haber tenido algún síntoma previo; unas palpitaciones; un dolor en el pecho, ¡algo, digo yo! Pero anoche me encontraba perfectamente bien, tan solo sucedió aquel inesperado apagón, y si no me hubiera tropezado con la mesa podría pensar que quien se levantó en busca de la linterna era ya un espíritu. Pero tropecé dos veces, así es que todavía estaba vivo. Y después, todo sucedió rápidamente. ¿Sería entonces cuando me sobrevino la muerte de forma súbita e insensible? ¡No es posible; no, eso no ha podido sucederme a mí! — Lamentablemente sí te ha sucedido. Tuviste en efecto una muerte súbita cardiaca. — ¿Quién…? — No preguntes quién te habla, porque no puedo responderte. Te hablo a través de tu conciencia. Empieza a hacerte la idea porque estás muerto y no eres más que un anticuerpo, el espectro de lo que eras físicamente en el momento de tu muerte. Tal vez lo entiendas mejor si te digo que estas compuesto de anti-materia. Una materia sutil previa a la energía. Eres similar en todo a lo que eras en el instante de tu muerte, excepto que ahora careces de sensaciones, porque eres todo espíritu y mente; es decir, tienes plena conciencia del bien y del mal, pero careces de sensibilidad. Como deseas saber donde te encuentras, no te sorprendas si te digo que estás en el purgatorio, un espacio intermedio entre el cielo y la tierra. Algo, que no es tan grave como para merecer el infierno, debe pesar sobre tu conciencia cuando no has ido directamente al cielo. No te alarmes, de aquí se puede salir, pero alguien tiene que ayudarte para que puedas librarte del sentimiento de culpa de tu conciencia. No obstante, te prevengo que esto puede llevarte años o tal vez siglos. Aquí el tiempo es cósmico y mil años es un periodo relativamente breve de tiempo. — ¡De modo que estoy muerto! — Desgraciadamente, así es. — Y tú eres la voz de mi conciencia. — Cierto. — Y estoy en el Purgatorio. — Al menos por el momento, aquí estás. — Por alguna falta cometida que todavía pesa en mi conciencia. — Esa es la razón. — Pero ¿qué falta es esa, si puedo saberlo? — Eso es cosa tuya el averiguarlo, para eso tienes la conciencia. — Pero yo habré cometido miles de faltas en el transcurso de mi vida, ¿cómo saber cuál de ellas es la causa de que me encuentre en el purgatorio? — Solo tú mismo tienes la respuesta. Ahora tendrás tiempo de sobra para averiguarlo. El cielo puede esperar. — ¿El cielo? Pero ¿qué es el cielo? — Lo sabrás tan pronto como te libres de tu culpa. — Para ser la voz de mi conciencia, no eres muy habladora. — Adios, Hermann. — ¿Cómo sabes mi nombre? — Recuerda que soy tu conciencia. Lo supe desde el mismo día en que lo supiste tú. ¡Suerte en tu largo viaje, Hermann. Recuerda: solo alguien que te ayude puede sacarte de este lugar. La voz de mi conciencia no dijo nada más, y me dejó sumido en una angustiosa perplejidad. Entonces me asaltaron cientos de imágenes y pensamientos que me deprimieron todavía más. Si realmente estaba muerto, ¿quién descubriría mi cadáver? ¿Se inquietarían mis colegas de la biblioteca y vendrían a mi apartamento para interesarse por mí? Por suerte dejé una copia de mi llave a la encargada del edificio y no tendrán que tirar la puerta abajo. Bueno, al menos mis pobres padres ya fallecidos se ahorrarán este disgusto. Y ¿dónde me enterrarán? Seguro que me incinerarán y arrojarán mis cenizas al contenedor de las basuras del crematorio. Pero ¿y mi cuenta del banco? ¿Quién se quedará con mis ahorros? ¿Y qué pasará con mi cuenta de correo electrónico? Nadie más que yo conoce la clave. Debí apuntarla en algún sitio fácil de encontrar. ¿Se extrañarán mis más de ciento cincuenta amigos de Facebook de que ya no postee? ¿Quién de ellos dará la noticia de mi muerte, y qué dirán en sus comentarios? ¡Menos mal que, al menos, no tengo cuenta en Twitter! Pero, ¿en qué estoy pensando? ¡Me acabo de morir y me preocupo por esas estúpidas nimiedades! Debo calmarme, afrontar los hechos, despreocuparme de cuanto he dejado atrás, y concentrarme en mi salvación. ¡Estas tinieblas son insoportables! ¿Cómo voy a vagar por esta tenebrosa oscuridad durante mil o dos mil años? ¡Ni siquiera podré tener la noción del tiempo! Aquel viejo loco lleva aquí ya casi quinientos años y sigue igual que el día de su muerte, convencido de que sigue vivo. Aquí no hay días ni noches; no hay un tiempo para la vigilia y otro para el sueño. Entonces, ¿cómo voy a hacerme una idea del paso del tiempo? Pero ¿quién puede ayudarme a salir de aquí, y qué tiene que hacer por mí? Mi conciencia está ofuscada y no puedo pensar con claridad, es mejor dejar descansar la mente y no pensar en nada, en nada en absoluto. ¿No es absurdo estar muerto y seguir pensando? 4. Durante unos instantes logré librarme de mis angustiosos pensamientos concentrando mi atención en la contemplación de una de las galaxias más espectaculares que tenía a la vista. Tenía una forma en espiral, pero con irregularidades. El centro era de un blanco intenso y brillante, y a medida que se expandía los tonos iban cambiando del rosáceo al violeta, y los jirones de densas nebulosas de los extremos eran de color azul pálido. Probablemente la leve claridad que me iluminaba provenía principalmente de aquella fantástica galaxia. Me hubiera gustado conocer su nombre, seguramente que era familiar entre los astrónomos de la tierra. Cuando había logrado calmar mis excitados ánimos con aquella extraordinaria visión, volvió a sobresaltarme porque creí ver, perfilándose en el resplandor de la galaxia, una figura humana, e instantes después no salía de mi asombro al encontrarme frente a una joven ataviada al estilo de las antiguas campesinas alemanas, con una camisola blanca y un corpiño rojo con primorosos bordados; unas largas sayas hasta los tobillos, cubiertas con un delantal. Llevaba sus pequeños pies descalzos. Tal vez no tendría más de veinte años, de larga cabellera rubia hasta la cintura, que recogía en dos largas trenzas, y cubría con una cofia blanca, sujeta con un broche probablemente de plata en forma de rosa con los pétalos abiertos. Sus facciones eran agradables pero tristes. Pero lo más asombroso era que llevaba en cada mano uno de mis zapatos, los que le había regalado al viejo loco hacía apenas unos instantes. Se acercó a mí con cierta timidez y embarazo, y alargándome los zapatos me dijo: — Tenga, señor, sus zapatos. Mi abuelo no debió pedírselos, y usted fue muy bueno al dárselos. — ¿Su abuelo? ¿Aquel viejo chiflado es su abuelo? — Así es, señor. Pero no está chiflado, solo algo confundido. Eso es todo. Bueno… adiós, señor, y le pedimos disculpas, pero ahora tengo que volver con mi abuelo. Con cierta indecisión, como si esperase que yo la retuviera, se dio media vuelta y pude ver una horrible herida en su espalda, que le desgarraba parte del vestido. Entonces comprendí que tal vez el viejo y ella murieron por las misma causa, traspasados por la picas de los mercenarios católicos de Carlos V. — ¡Espere, espere! No se vaya sin decirme quién es usted y como ha llegado hasta aquí. — ¿Qué quiere que le diga? No puedo entretenerme mucho. Mi abuelo ya me estará echando de menos. — Solo desearía saber cómo…, cómo…, quiero decir, ¡cómo ha muerto usted! — Ah, eso. A mi abuelo y a mí nos mataron los católicos el mismo día. Yo trataba de huir, corrí cuanto pude, pero me clavaron una lanza por la espalda. No fallecí en el acto, y pude arrastrarme hasta donde estaba mi abuelo, que intentó socorrerme. Entonces el mismo soldado lo mató despiadadamente a él también, clavándole la lanza en el pecho cuando me sostenía en sus brazos… — ¡Malvado! — Sí, eran muy crueles estos mercenarios católicos. — Entonces, ¿son ustedes protestantes? — Sí señor; luteranos, y solo por eso nos mataban. — ¿Y dónde sucedió? — Vivíamos en la hermosa ciudad de Magdeburgo. — Ah, fue durante el sitio de Magdeburgo. — Sí señor; lo arrasaban todo. Mataban niños, mujeres y ancianos, sin ninguna clemencia. ¡Y se decían cristianos! Ambos permanecimos unos instantes en silencio, sobrecogidos por la imagen de aquellas horribles matanzas. — Fue algo espantoso, sin duda… — ¿Fue? ¿Es que los católicos ya no matan a los protestantes? — ¡Por supuesto que no! Hace siglos que viven en paz unos con otros. — ¿Es cierto eso? ¡Mi abuelo debería saberlo! Es una gran noticia y puede que le devuelva el juicio. — Según parece él todavía no es consciente de que está muerto. — Eso es lo malo. Cree que está vivo y sigue con su rutina, como si estuviera en Magdeburgo. Sabe, recogía cosas que la gente le daba por inservibles y las vendía en el mercado. Así sacaba algunas monedas que ayudaban en casa. Yo estaba empleada de criada en casa del Burgomaestre, ¡Una buena persona, que los católicos debieron matar también! — ¿Y sus padres? — Murieron durante la última epidemia de peste. Ahora seguro que deben estar en el cielo. Si pudiera convencer usted a mi abuelo, podría dejar este horrible lugar y subir también al cielo. En el fondo es una buena persona, pero está lleno de odio contra el emperador. — Si lo cree así, puedo intentarlo. — ¿Hará eso por mí? ¿De verás lo intentará? — Claro; por supuesto. No me cuesta nada. La pobre criatura se frotó las manos llena de júbilo, y, por primera vez desde que la conocí, vi una sonrisa en sus labios y su expresión se hizo más graciosa y juvenil. — ¡Espere aquí, no tardaremos ni un minuto! — Dime antes como te llamas. — Eloísa; eso creo, porque así me llama mi abuelo. Y se perdió en las tinieblas por las que había aparecido. Por un momento pensé que aquella dulce criatura nunca había estado allí y que había sido una aparición causada por mi alterada conciencia, que, desde que me lo advirtiera su voz, buscaba desesperadamente alguien que me ayudara a salir de aquel purgatorio. Pero cuando vi que tenía mis zapatos en la mano me alegré, porque era la prueba de que aquella joven había estado allí, y seguramente volvería con el abuelo, tal y como me había prometido. La paradoja es que iba a ser yo quien ayudara a alguien a salir de aquel tenebroso lugar. 5. Se hizo de nuevo un pavoroso silencio, aunque por instantes creí percibir un extraño sonido, como si fueran las notas agudas de un órgano, con cierta armonía, pero sin que formara una frase musical concreta. Era un tono monótono, a veces mas grave y otras más agudo. El sonido era agradable y solemne, pero al mismo tiempo aterrador, porque parecía provenir de las galaxias. A veces se desvanecía totalmente y reinaba el más absoluto silencio. ¿Tendría que escuchar aquella música espectral los mil o dos mil años que permaneciera en aquel purgatorio? Por suerte la llegada del viejo y la joven Eloísa me sacaron de aquella angustiosa suposición. — Señor, dígale a mi abuelo lo que me ha dicho a mí. A usted debe creerle. El viejo me observaba incrédulo, pero parecía inquieto y expectante. Yo traté de hablar con aplomo y ser lo más convincente posible. La joven empujó suavemente al anciano para que se acercase más a mí y le descargó de su voluminoso saco. — Es cierto, señor, y debe creerme. Hace años que los católicos y los protestantes conviven juntos en paz y armonía. — No puedo creerlo; usted debe ser católico y trata de engañarme, pero yo no renunciaré a mi fe, ¡antes prefiero mil veces la muerte! — ¡Abuelo, no sea tan obstinado! — le recriminó la joven. — Ya no hay guerras religiosas en Alemania. ¡Carlos V ha muerto, y sus sucesores también! — ¿El emperador ha muerto? — ¡Completamente! ¡Hace ya casi cinco siglos! — Pero, ¿quién es usted, y por qué sabe todo eso? ¿Es un emisario de la Liga protestante? — No, no; de eso hace ya muchos años. Pero yo también estoy muerto. Lleva usted mucho tiempo en este purgatorio y yo acabo de llegar del mundo de los vivos. Las cosas han cambiado mucho en el mundo desde que usted está muerto. — Debe creerle, abuelo, se lo dice con buena intención. Este señor no quiere herirle. Es una buena persona; ¡le regaló sus zapatos! — intercedió nuevamente la joven. El viejo pareció afectado, como si mantuviera una profunda lucha interior. Cambió una interrogante mirada con su nieta y ella hizo un enérgico gesto de afirmación con la cabeza. — Entonces, estoy muerto, y de nada me sirve recoger cosas inservibles por ahí… — No, abuelo, ya no le sirve de nada; ya nunca podrá venderlas en el mercado. Todo ha terminado para nosotros. Ahora solo nos queda ganar el cielo, y este buen hombre puede ayudarnos. El viejo permanecía confuso. Le temblaban las pantorrillas y seguía intercambiando angustiosas miradas con su nieta. Por fin me pareció que había aceptado los hechos, porque se acercó a su nieta, estrechó su mano, y exclamó desolado: — Entonces, aquel soldado nos mató a los dos el mismo día… — Sí, abuelo. — ¡Y tú lo has sabido todo este tiempo! — Muchas veces he intentado convencerle, pero usted se obstinaba. El anciano parecía sereno y resignado. Se volvió hacia mí y me preguntó si sabía como había muerto el emperador. — Enfermo y cansado de pelear contra todos los príncipes de Europa se retiró a un monasterio en España… — ¿Se hizo monje ese Anticristo? — Oh, no; en absoluto. Él siguió siendo el mismo arrogante y fanático personaje de siempre, como todos los Habsburgo de aquellos tiempos. Pero en sus últimos años la gente le perdió el respeto. Incluso los monjes y lugareños del monasterio le hacían la vida imposible. Ni siquiera el hijo le tenía mucho respeto. — ¿El joven Felipe? — Sí, el mismo. Finalmente falleció después de una dolorosa agonía, víctima del paludismo, aunque desde muy joven ya padecía de la dolorosa enfermedad de la gota, tan frecuente entre los príncipes de entonces. — ¡Dios le castigó! — En sus últimos días debió padecer de grandes remordimientos, porque prácticamente perdió el juicio. Hizo que los monjes del monasterio celebrasen sus exequias mientras estaba todavía vivo y permanecía dentro de su propio ataúd. — Ha debido ir directamente al infierno — me interrumpió la joven. — ¡Sin duda alguna! — ¿Y qué sucedió después? — Desgraciadamente su hijo Felipe no se comportó mejor que él, y provocó una larga guerra entre católicos y protestantes. Pero finalmente se firmó un acuerdo de paz por el que se decidió que el norte de Alemania profesaría mayoritariamente el protestantismo y el sur el catolicismo, pero con libertad religiosa en ambas partes. Hoy las iglesias católicas y protestantes están unas al lado de las otras y las dos confesiones conviven pacíficamente. — ¡Alabado sea Dios! — exclamó el viejo, y después pareció sumirse en una profunda reflexión. — ¡Yo le perdono! Si Dios ya le ha castigado, yo debo perdonarle, pues el Señor nos dijo que debíamos perdonar a nuestros enemigos, y yo no tengo más enemigo que el emperador. Lo que sucedió inmediatamente después fue asombroso. El anciano pareció caer en un beatífico estado de trance. Su tenue figura empezó a desvanecerse al tiempo que adquiría un leve resplandor, que fue en aumento hasta que se convirtió en una pequeña luz blanca de una deslumbrante intensidad, que nos iluminó como si se tratará de una diminuta estrella. Un instante después de esta extraordinaria metamorfosis, la luz fue vertiginosamente absorbida en dirección a la gran galaxia blanca que lucía sobre nuestras cabezas, y supongo que fue a fundirse con ella. ¿Era aquello el cielo de que habló mi conciencia? 6. Después de aquel extraordinario suceso, la joven Eloísa parecía estar profundamente conmocionada. Como si el extraño desvanecimiento de su abuelo la hubiera alegrado, pero al, mismo tiempo, entristecido. Parecía como si no fuera capaz de poner orden en su conciencia. Cambió una expresiva mirada conmigo, esperando que yo le diera una razonable explicación. Pero yo me encontraba en su misma situación, y tampoco sabía cómo debía reaccionar. Me preguntaba qué sentido tenía la vida para, después de esforzarnos por mantener nuestra conciencia limpia de remordimientos y de pasar por el amargo trance de la muerte, terminar convertido en una diminuta porción de energía y ser atraído por una estrella, contando, claro está, con no pasar previamente por el penoso purgatorio. No tenía mucho sentido espiritual, pero si había sucedido debía ser así. Por otro lado, la expresión final del anciano parecía serena y feliz, como si estuviera experimentando una beatífica paz espiritual, sin duda un sentimiento lógico para quién se prepara para subir al cielo. Entonces, ¿la energía misma es el cielo y la causa de la felicidad? ¡Qué decepción para los teólogos! — Creo que su abuelo ha subido al cielo — me atreví a sugerir, no sin tener serias dudas sobre el sentido de aquel fenómeno. — ¿Lo cree usted? — Sin duda; cuando se desvaneció parecía muy feliz. — ¿Y se reunirá con mis padres? — Así debe ser. — Es extraño, yo esperaba que subir al cielo era algo distinto. — ¿Cómo lo esperabas? — No sé muy bien, pero tendría que haber aparecido algún ángel y habérselo llevado con él, porque los ángeles deben saber el camino del cielo… — Sí, hubiera sido más poético y espiritual, pero los seres humanos tenemos demasiada imaginación. Las cosas deben ser más simples en la realidad. — Entonces mi pobre abuelo descansa ya en paz. — Eso creo. — Sabe, yo también creo que sea así, y le doy encarecidamente las gracias por su ayuda. De no haber sido por usted sabe Dios el tiempo que hubiéramos permanecido todavía en esta oscuridad. Ahora yo también podré irme y descansar en paz, junto a mi familia; sí, por fin nos reuniremos todos otra vez… Al escuchar sus deseos sentí una indescriptible amargura, porque, a pesar del poco tiempo que hacía que la conocía, ya sentía un paternal afecto por aquella dulce criatura. Además, me aterraba la idea de volver a estar solo en aquel pavoroso abismo. Tal vez inconscientemente había creído que ella era la persona que me ayudaría a salir del purgatorio, como me había advertido la voz de mi conciencia. Y si fuera así, ¿qué sería de mí si ella se desvanecía también? Creo que me comporté como un auténtico egoísta que no merecía salir de aquel lugar, y le comuniqué mis temores sin pensar en su propia salvación. — ¡Por favor, Eloísa, no te vayas! Ahora soy yo quién necesita tu ayuda. — ¿Mi ayuda? Pero, ¿qué puedo hacer yo por usted? — No lo sé; no estoy seguro. — Si puedo ayudarle lo haré, pero yo… — ¡Hechas de menos a tu familia! — Sí, señor, pero también siento cariño por usted. Dígame lo que debo hacer y lo haré encantada. He pasado tanto tiempo en este lugar que un poco más no tiene importancia. Sentí que mi conciencia se retorcía dentro de mí espíritu, y por aquel chantaje merecía ir directamente al infierno. No era justo retenerla si no era su deseo, debería dejarla marchar. Era lo más justo y honrado. Por otro lado, no fue un gran sacrificio lo que hice por su abuelo. Pero antes de que tuviera tiempo de mostrar mi arrepentimiento, noté como su figura se iluminaba levemente. Sí, se estaba transformando en energía y pronto desaparecería como su abuelo en aquella majestuosa galaxia blanca. No deseaba que se fuera con remordimientos, y me apresuré a sincerarme. — En realidad, Eloísa, ya me has ayudado bastante al permitirme hacer una buena acción con tu abuelo. Ya puedes marchar también tú sin remordimientos. Reúnete con tu familia, que es lo que más deseas. — Me hace usted muy feliz, pero yo no le olvidaré. Rezaré por usted cuando esté en el cielo. Su querida figura se fue volviendo más luminosa, y, antes de desaparecer completamente, se quitó el pequeño broche que sujetaba su cofia y me lo ofreció. — ¡Tome, para que no se olvide tampoco usted de mí! En el cielo ya no lo necesito. Apenas cogí el broche, se desvaneció completamente y su pequeña luz ascendió rápidamente hacia la gran galaxia blanca, como instantes antes había hecho su abuelo, dejando un leve rastro luminoso en aquella tenebrosa oscuridad. Después se hizo de nuevo el silencio, y yo volví a encontrarme solo, flotando en aquel espacio desconocido, con el alma destrozada, pero con la conciencia serena, pues había hecho lo que debía y no lo que quería. 7. Pasaron unos angustiosos momentos en los que no pude apartar mi vista de la gran galaxia blanca donde, de alguna manera, Eloísa se habría ya reunido con sus seres queridos. Me preguntaba qué debería hacer yo para poder reunirme también con ellos, pero no fui capaz de encontrar en mi conciencia la falta que me retenía en aquel purgatorio. — Hermann, ya has hecho méritos suficientes para merecer también subir al cielo, pero tu hora no ha llegado todavía. Como te dije en la otra ocasión, el cielo puede esperar. — ¿Eres otra vez la voz de mi conciencia? — Tu misma voz interior. — ¿Qué quieres decir con que no ha llegado mi hora? — Por esta vez te salvarás, pero has estado muerto unos instantes. Tu corazón volverá a latir. — ¿Y todo lo que he visto y hecho ha sucedido en solo unos instantes? — Así es, el tiempo aquí es relativo. — Sabes, ahora no estoy seguro de si deseo volver a la vida. Allí abajo hay demasiadas contradicciones y tentaciones para obrar injustamente, y ahora sé lo importante que es vivir con la conciencia tranquila. — Hermann, has aprendido mucho en muy poco tiempo. — Ha sido una gran experiencia, que nunca hubiera conocido de no haber pasado por este trance. Los teólogos han escrito tantos disparates… Además, esté donde esté, hecho de menos a la joven Eloísa. — Tu joven amiga Eloísa está en el cielo. — Entonces el cielo… — Es la energía. — Y el infierno… — Simplemente la materia. — Y el purgatorio debe ser un estado intermedio. — Así es. Aquellos que mueren con mala conciencia su espectro no puede elevarse y permanece adherido a su cadáver, incluso si es incinerado. — ¡Como si fuera un zombi; un muerto viviente! — Un alma en pena, aferrada a la misma materia que tanto deseaban en vida. Y así permanecerán por siglos hasta que colapse el mismo universo, pues no tienen ninguna oportunidad de transfigurarse en energía. Pero los que fallecen con la conciencia en paz, se transfiguran inmediatamente en pura energía, lo que les produce una gloriosa sensación de felicidad y alegría. — Y los que tenemos algo pendiente con nuestra conciencia nos quedamos atrapados en este vacío tenebroso. — En efecto, pero de aquí se puede salir, del infierno no. — ¿Y eso es todo? ¿Es ése el sentido de nuestra existencia? — Así de simple y natural. Es la interacción entre el cuerpo y el alma y su conciencia, pero solo se produce entre los seres con entendimiento, los inconscientes y sin entendimiento van directamente al cielo. Solo a los humanos se nos plantea el dilema moral de juzgar nuestros actos y obrar con justicia y con moralidad. — ¡Entonces, el mundo debe de estar atestado de zombis! — Lo está, por desgracia para ellos. Sobre todo en los cementerios y sus alrededores. — Aclárame algunas cosas más. ¿Existen los ángeles? — ¡Por supuesto! Son pequeñas entidades de energía que vagan por el espacio y que eventualmente llegan a mundos habitados. — ¿Mundos habitados? ¿Hay otros planetas habitados? — ¡Millones! Casi tantos como estrellas. Rara es la estrella que no tiene alguno. — Sigue con lo de los ángeles. — Tienen la habilidad de transformarse en la imagen que le sugestiona a quien se aproxima a ellos. Por lo general son personajes bíblicos, sobre todo en la forma de una virgen o del mismo Jesucristo, pero normalmente se aparecen como seres alados, ¡de alguna manera tienen que sostenerse en el aire! — ¿Y Dios? ¿Quién es Dios? ¿Es también alguna forma de energía? — Puedo responderte a todo lo sea un fenómeno natural, pero no me preguntes a cerca de lo sobre-natural. ¡Solo Dios sabe quién es Dios, lo demás es pura fantasía! Dios es inconcebible. La conciencia no puede alcanzar una respuesta. Es una cuestión de fe. Se cree o no se cree en Él, pero no pretendas probar su existencia.. — ¡Ni en el purgatorio hay una respuesta! En fin, me resigno a volver a la vida y sus tentaciones, pero ¡ahora ya no temeré a la muerte! 8. De pronto volvió la luz a mi apartamento y me sobresaltó el agudo pitido del radio-reloj despertador que se había desprogramado. También la impresora, que había quedado encendida, se volvió como loca, tratando de estar nuevamente en línea. Era como si aquellos aparatos también sintieran que la energía que fluía por sus circuitos los vivificaba. Me desperté sin la menor sensación de dolor o molestia, y mi corazón, pasado el primer sobresalto, parecía volver a latir con normalidad. No quería que se desvaneciera los vivos recuerdos de mi experiencia en el purgatorio, pero lentamente me fui dando cuenta de la situación y empecé a dudar de que hubiera sucedido en realidad. Lo más razonable es que hubiera sido un sueño, pero al menos no debía considerarlo una pesadilla. Tenía su lección moral y algunas explicaciones interesantes. En tiempos de gran espiritualidad lo hubiera considerado como una visión, y hasta me hubiera servido para fundar una nueva religión, pero afortunadamente esos tiempos habían pasado, y este tipo de experiencias siempre tenían un razonable explicación. También se fue desvaneciendo la imagen de la joven Eloísa, e incluso me pareció simplemente un disparate que un espectro de hace casi quinientos años pudiera vagar por el espacio para desvanecerse y convertirse en una diminuta bola de energía luminosa y ser absorbida por una galaxia, y pretender, además, que aquello era el cielo. Seguramente que lo habría leído en alguna parte, y lo tenía guardado en el subconsciente. — "Pero ¿por qué un ateo como yo he soñado con criaturas que van al cielo y voces que me explican la naturaleza de los ángeles? — pensé en voz alta —. ¿Qué habrá en mi subconsciente que me causa este tipo de sueños? En adelante tengo que poner más atención en lo que leo. Nada de seres metafísicos e incorpóreos, y mucho menos lecturas teológicas, por disparatadas que me parezcan." Finalmente me convencí a mí mismo de que simplemente había sido un sueño y me había dejado sugestionar por la súbita oscuridad en que había quedado sumido el apartamento. Pero, al recordar, ya de forma imprecisa y brumosa, a la joven Eloísa, en el fondo deseaba que hubiera sido real. — "En fin, sea como sea, ha sido un buen sueño — me reconforté a mí mismo —. Ahora tendré que reprogramar este dichoso radio-reloj, y buscar otra vez todas las emisoras que tenía ya memorizadas." Pero al intentar coger el reloj, cayó de mi mano un pequeño broche de plata con la forma de una rosa con los pétalos abiertos. Todos mis cabellos se erizaron, y el corazón me latió con tanta intensidad y precipitación que por un momento creí que esta vez moriría verdaderamente. — “Entonces, ¿no ha sido un sueño, sino que ha sucedido en realidad?" — me dije angustiado. — En efecto, Hermann, ha sido real, y ahora ya sabes por qué fuiste arrojado al purgatorio. — ¡Tú otra vez! — ¡Por tu incredulidad! III. CRÓNICA DE LAS GUERRAS CELESTIALES Recientemente he recibido un extraño correo electrónico firmado por un tal «Luzi», en el que me envía algunos datos relativamente nuevos sobre lo que sucedió en el principio de los tiempos, durante la rebelión de los ángeles y arcángeles del Paraíso celestial. Lo más significativo y novedoso no es la crónica en sí de los hechos, que tampoco tiene desperdicio, pero que me parecen interesados y partidistas, sino la descripción que hace del escenario de los acontecimientos. Dado que se trata de unas fechas remotas, he considerado que hacer público estas notas puede ser de gran utilidad para la astrofísica, y para la ciencia en general, pues habla de las características del Cielo y del Abismo, dos ideas que siguen sin estar totalmente aclaradas, así como de los confusos orígenes de la humanidad. Quiero advertir que personalmente no comparto muchas de sus opiniones, pues yo tengo las mías propias sobre estos particulares, y que por tanto si alguna persona se siente ofendida debido a sus creencias religiosas sobre este delicado asunto no es por culpa mía, sino, como digo, de mi amable comunicante, sea quien sea. Este es el relato con puntos y comas según lo he recibido: «Estimado señor Despree, Como he visto por el título de alguno de sus libros que usted se atreve con asuntos delicados, he creído que es la persona adecuada para hacerle estas confidencias. No crea, no obstante, que es usted la única persona a quien he enviado estas notas. Con anterioridad envié copias por correo certificado (antes de que se inventara Internet) a las altas magistraturas de la Iglesia católica y del mundo académico del ámbito cultural del cristianismo, pero en ambos casos me han tratado de lunático, así sin más, y sin molestarse en contrastar mis opiniones con documentos históricos o discutir los aspectos científicos de mis sugerencias a cerca del origen y la composición de universo. La razón es que he utilizado metáforas poco afortunadas, como por ejemplo comparar el universo con una sandía, pero, señor Despree, yo no tengo estudios universitarios, por la simple razón de que en mi tiempo no había universidades, pero como protagonista de los hechos, pese a utilizar metáforas tan desafortunadas, me creo con el derecho de defender mis tesis a toda costa. Espero que usted, que sospecho que tampoco es muy letrado, las comprenda y las tenga en consideración. Empecemos por el principio. Como es natural la idea que tenemos del Cielo es muy ambigua y no es ni mucho menos ese espacio indeterminado que vemos por encima de la Tierra. Si fuera así bastaría con subir en un globo para ir al Cielo, y no le cito los aviones porque no me resultan familiares y podría meter la pata. No, el Cielo es otra cosa más compleja. Al mismo tiempo me apresuro a decirle que esa otra idea de que el Infierno es un lugar en llamas, donde ciertas personas se abrasan pero no se consumen, es, así mismo, una idea totalmente equivocada, porque no hay tales llamas ni siquiera tales personas condenadas por su mala vida. Todo eso surgió en un momento en que la humanidad era ingenua como chiquillos, y a falta de razón les sobraba imaginación. Pero ahora, ¡con todos esos adelantos técnicos y esas mentes privilegiadas que han desentrañado muchos de los misterios del mundo gracias a la filosofía, ya no hay lugar a esas teorías tan inconcebibles! Se lo digo porque mantener estas teorías del más allá, tan ingenuas e irracionales, les está perjudicando enormemente y poniendo en entredicho el desarrollo mental de futuras generaciones, por lo que sería conveniente que las superasen de una vez por todas y admitan que no son más que ingeniosas metáforas pasadas de moda y de tono, y que ahora se impone un poco más de rigor científico, ¡sobre todo después de que ese señor judío que les argumentó la teoría por la que se demuestra que todo, en este y en el otro mundo, es muy relativo, y que ahora no me viene a la memoria cómo se llamaba! Empecemos por el Cielo. Usted debe saber que yo conozco el Cielo desde siempre, pues, pese a que sea una inmodestia por mi parte, yo soy un ángel, y ahora no es el momento de entrar en detalles ni sobre mi identidad en particular ni sobre mi estatus, simplemente quiero que quede claro que conozco a Dios perfectamente, de ahí que me atreva a comentarle ciertas cosas sobre Él, sus hábitos y sus costumbres, así como detalles del lugar donde mora. Y eso es el primer problema que confunde las mentes de los humanos, y sin duda que también la suya, pues no puede haber excepción. Ustedes los humanos son así; incapaces de hacerse una idea precisa de Dios por las razones que paso a explicarle. La primera es la magnitud de Dios. Simplemente es demasiado grande para hacerse una idea precisa. Ni considerando la magnitud de todo el espacio conocido tendría una medida precisa de su tamaño. Dios es más grande que el universo actual, del que le hablaré más adelante, porque es el espacio en su totalidad; el que es y el que será. De manera que ya se hace usted una idea de la dificultad de imaginar cómo es Dios «realmente», y le entrecomillo lo de real para que no crea que hablo en sentido figurado, como se suele hacer en sus libros que tocan este controvertido tema. La otra dificultad es que, en el supuesto caso de hacerse una somera idea de su magnitud, no se puede concebir, inmediatamente después, el súper espacio que ocupa Dios, puesto que si como le he dicho Dios es todo el espacio que es y que será, ¿cómo pueden ustedes concebir que haya además otro espacio donde está el espacio en su totalidad, presente y futuro? ¡No le de vueltas al asunto, porque el acertijo no tiene solución! Pero sólo le diré que puede ser porque de otro modo ¿cómo iba yo a conocerlo y estar hablándole de Él? Pero lo que interesa para el caso es saber la razón por la cual a Dios se le ocurrió crear el mundo, y qué pintábamos nosotros los ángeles, arcángeles, querubines, los tronos, las dominaciones, las virtudes, etc., a su lado. Para que nos entendamos Dios vivía en la nada, totalmente solo, y gozaba de una extraordinaria calma, tanto es así que prácticamente no hacía nada en todo el día, y es un decir, porque no había ni día ni noche, pero de alguna manera tengo que expresarme para hacérselo ver usted. El Cielo, por tanto, es un no-lugar. En términos filosóficos, y no es que con esto me las dé de académico, una utopía. Como es una utopía, sólo puede ser visto con la imaginación, pero no puede ser concebido con la razón, ya que para llagar a la utopía no hay caminos razonables o de otro modo dejaría de serlo. ¡Ya ve usted cómo lo poco que sé de filosofía me hace buen servicio! La cuestión es que por alguna razón que los ángeles desconocemos, un buen no-día, porque el tiempo no se medía en días, pues como ya el he dicho no había días ni siquiera tiempo, decidió crear el mundo, naturalmente que estoy hablando de este mundo, para no complicar más las cosas de lo necesario. Como Dios no podía abandonar el Cielo bajo ningún concepto, lo que sería simplemente impensable, decidió que necesitaba de algunos ayudantes de confianza, y por esa sencilla razón, antes de dar comienzo la creación, creó un auténtico ejército de arcángeles y ángeles dotados de ciertos poderes, pero sin superar los de Él mismo naturalmente, y nos encomendó ciertas misiones, pues el que le escribe fue uno de los ángeles al que le fueron encargadas importantes misiones en el transcurso de la Creación. Lo primero que creó fue la luz, claro, puesto que de otro modo no hubiéramos sabido por donde íbamos. ¡No me haga caso, que estoy de broma! Lo que pretendo decir es que creó una considerable cantidad de energía positiva que se manifestó en forma lumínica, como si se tratara de una gran hoguera espacial, y acto seguido dejó a uno de sus arcángeles, Miguel, que era el de más confianza, a su cuidado. No voy a ser más claro en los detalles porque usted seguramente que no lo entendería, pero debe de comprender que todo lo que no estaba iluminado por aquella deslumbrante luz estaba, obviamente en las tinieblas. De manera que al crear la luz la separó de las tinieblas. Pero usted se dirá ¿qué eran las tinieblas? ¡Ahí es a donde yo quería llegar, y que para el caso tiene importancia vital! A esas tinieblas se las llamó también abismos, y no crea que voy a hacer el chiste de decir que se llamaba así porque al estar a oscuras no se veía el final; no, no era por eso. Las tinieblas, o el abismo, era el límite de la luz del mundo, que para que nos entendamos también era el espacio donde Dios tenía pensado crear el universo. Por tanto es necesario que le ponga algún ejemplo que usted comprenda. Y es ahora cuando le citaré la metáfora de la sandía que tan malos resultados me ha dado entre académicos y teólogos. Vera usted. Suponga que el universo tiene, en realidad, la forma de una sandía descomunal, y que dentro de esa sandía está el planeta Tierra. Como ya se puede imaginar nuestro planeta dentro de la sandía es una millonésima parte de la décima de milímetro, si es que se puede expresar así. De manera que en el supuesto de que nuestro planeta (dentro de la sandía) estuviera más o menos en el centro y dispusiéramos de una moderna nave espacial sería imposible alcanzar los límites de la sandía, es decir, del universo. ¡Pero ese no es problema ni a lo que yo quería ir al referirme al abismo! Suponga usted que después de todo dispusiéramos de una nave capaz de alcanzar los límites de la sandía, ¡sería imposible salir de ella! ¿Por qué? Por una sencilla razón: ¡por el tiempo! No, no me refiero al tiempo meteorológico, porque el los abismos ni llueve ni nieva ni nada parecido, sino al otro, al de los relojes. Se lo explicaré. Si la sandía, que es el supuesto universo, tiene una duración aproximada de unos seis meses desde que se planta hasta que se pudre y se desintegra (en el supuesto de no utilizar medios artificiales de conservación), usted, que vive dentro de la sandía, no dura ni una millonésima de décima de segundo con respecto al tiempo de la sandía. Ahora viene lo asombroso. Puesto que la sandía de la que hablamos está, a su vez dentro del universo real que nosotros conocemos, y puede que sea otra sandía, la relación tiempo-espacio entre ambas es abismal, ¡que es la expresión correcta!, es decir de 0,5 a 30.000.000.000 años aproximadamente, ya que nuestro universo es de mediana edad. Por lo tanto, si usted saliera de la sandía pequeña a la sandía grande, apenas traspasara a la nueva dimensión su existencia se esfumaría devorada por el gigantesco valor del tiempo del espacio exterior. ¿Comprende? O sea, que al traspasar a la nueva dimensión usted en realidad no tendría duración. Esto para entendernos es ¡caer en el abismo! Y espero que ahora lo haya entendido perfectamente. Por esta razón Dios dejó en los abismos parte del mundo que le sobraba porque no casaba bien ni se sostenía adecuadamente. También era ese el lugar donde Dios arrojaba a los ángeles díscolos, de manera que los sacaba de este mundo sin apelativos ni miramientos de ninguna clase. Y le digo a usted todo esto porque yo fui uno de los ángeles que fue arrojado, injustamente, creo yo, al abismo. Por tanto espero que se haga usted cargo de lo mucho que me ha costado meterme otra vez en su espacio-tiempo para enviarle este correo, pero lo hago por advertirles de que van ustedes otra vez por el mal camino. Pero no nos anticipemos. No se crea usted que los hombres de ahora han sido los únicos, que es una ingenuidad pensar algo así. Sobre este particular sabían mucho más los antiguos griegos que ustedes. ¡Aquél si que fue un pueblo listo! Precisamente la causa de nuestras discusiones y peleas celestiales se debió a que cada ángel y arcángel tenía su propia idea sobre cómo debería ser un ser humano, y como Dios no terminó de aclararnos estas características, se armó un verdadero guirigay de opiniones en el Cielo. Para que lo entienda le diré de forma muy resumida que ha habido nada menos que cuatro diferentes formas de hombres y, por desgracia, la más perfecta, la que yo defendía, cayó en desgracia y Dios la exterminó, y a mí me mandó a los abismos, de los que he tenido la habilidad de salir para mandarle a usted este correo. La primera forma fue totalmente acuática, ya que no había ninguna posibilidad de acceder a la atmósfera, que era irrespirable, más o menos como sucede ahora en algunas ciudades rusas o chinas. No me pregunte cuanto duró ese ser humano porque me pierdo en asunto de fechas, pero sólo sé que uno de sus reyes más conocidos se llamó Neptuno. Usted ya debe saber los mitos que corren por ahí con respecto de este pueblo marino, por los cuentos de sirenas y todo eso. Este primer hombre tuvo sus defensores en el cielo, ¡inútilmente, puesto que era evidente que no tenía posibilidad alguna de dominar el mundo al no poder respirar fuera de agua! Pero ya por entonces empezó el tira y afloja entre las criaturas celestiales al cuidado de la humanidad, y tuvimos las primeras discusiones serias, aunque todavía no eran violentas. Cuando Dios tomó la decisión de exterminar este primer proyecto fallido de humanidad les envió una catástrofe natural, que en la mayoría de los casos se trataba de tirarles una piedra desde el cielo, pero dado su tamaño, producía consecuencias catastróficas en la Tierra, y prácticamente no quedaba ser con vida, excepto, claro está, la especie que tomara el relevo. ¡Y vuelta a empezar! Entonces llegó mi oportunidad. Yo siempre había soñado con un ser humano versátil, que pudiera vivir tanto en el mar como en la tierra para aprovecharse de los alimentos disponibles en ambos medios. Un ser anfibio, resistente, bien protegido por una piel escamosa pero no tanto como los anteriores hombres marinos. Al principio la idea no tuvo oposición en el Cielo, pero cuando este nuevo hombre excepcional fue tomando cuerpo empezaron las quejas y las protestas por parte de ciertos ángeles celosos de mi obra. Que si tenían un aspecto espantoso; que si la cabeza no era noble y más bien monstruosa; que si la cola era antiestética y rudimentaria; que si la lengua era demasiado larga y pastosa. ¡En fin, que a todo le ponían peros! En especial fue el arcángel Miguel, quien tenía otras ideas para la forma final de la humanidad, el que más se opuso e intrigó para que fuera nuevamente destruida y a mí me arrojaran al abismo. No crea usted que los anfibios de entonces eran como los de ahora, no, ¡ni mucho menos! No tenían nada que ver con esos despreciables sapos o incluso sus descendientes directos los reptiles de ahora. Eso no quiere decir que corra por ahí la leyenda de que fue un reptil la causa de la perdición de la humanidad actual. Eso es una manera de culparme a mi de todos los males actuales relativamente injustificada por las razones que le explicaré a usted más adelante. Es cierto que desde que fui arrojado al abismo, a mi entender injustamente, no he hecho otra cosa que volver a revindicar mi especie, como digo, extinguida, ¡pero de eso a que me culpen a mi de todo hay un abismo, y nunca mejor dicho! Es decir, que según ustedes todos los seres diabólicos tienen más o menos mi aspecto. ¡Qué injusticia! Bueno, pues como le contaba, finalmente tuvimos que llegar a las manos, porque yo no estaba decidido a transigir así por las buenas. Se armó un jaleo en el Cielo del demonio, pero como no fui capaz de reunir a más de un tercio de los ángeles y arcángeles para que se pusieran de mi lado, finalmente fuimos derrotados. Las técnicas de lucha eran bastante rudimentarias y no como las de ahora. El arma predilecta pero muy escasa era la espada de fuego, de las que sólo ellos disponían de alguna, en particular el arcángel Miguel, pero que manejaban con poca habilidad por lo novedoso. Por todo esto desde el primer momento estaba claro que nos llevaban bastante ventaja. Pero también nos tirábamos piedras, que no eran sino restos inservibles de planetas y de sus satélites. Las más de las veces nos limitábamos a darnos empujones y alguna que otra bofetada, pero sin mala intención, ¡pues en el fondo todos éramos ángeles! Poco a poco, con toda clase de estrategias que nosotros desconocíamos, nos fueron empujando hasta los confines del universo y, finalmente, nos vimos obligados a salir de él, cayendo, como ya le he dicho, al abismo, ¡y ahí seguimos todavía! ¡Y de eso hace ya cerca de 400 millones de años! Entonces le tocó el relevo a otra especie ya extinguida: los hombres alados. A decir verdad en un primer momento fue un gran éxito en el Cielo, hasta el extremo de que la mayoría de los ángeles adoptaron su morfología, ¡porque no se crea usted que los ángeles siempre hemos tenido alas! En realidad yo sigo oponiéndome a ellas, y sigo teniendo mi aspecto tradicional, que para ustedes es algo monstruoso y demoníaco. Dios felicitó al arcángel encargado de esta nueva clase de hombres y hasta le impuso una medalla, pero no trascurrieron muchos siglos sin que se dieran cuenta de su peor defecto: su excesivo amor por la libertad. La verdad es que no consiguieron sentar la cabeza e instalarse con sus familias en algún lugar en concreto. Por eso no fueron capaces de inventar las naciones ni los estados y el mundo se convirtió en un verdadero caos, es decir, que no se civilizaron. ¡Con decirle que no llegaron a inventar el habla y se pasaban el día cantando alegremente! Llegaron a agruparse millones de hombres alados que cada año recorrían enormes distancias de norte a sur del planeta en busca de alimentos y lugares más o menos seguros para anidar y sacar adelante sus precarias descendencias, tanto o más liberales y gregarios que ellos mismos, pues cada generación era más liberal que la anterior. Finalmente la situación se hizo insostenible y millones de hombres alados gregarios se amontonaban en los mismos lugares, dando lugar a horrendos delitos, matándose unos a otros por un mal pescado o por un sitio disponible para incubar. ¡Fue un desastre! ¡Tanta libertad se convirtió el libertinaje y los volvió inviables, y, a decir verdad, se volvieron medio locos! Usted seguramente habrá oído hablar del mito de Ícaro, o historias de hombres pájaro, pues son versiones interesadas del drama de los hombres alados. Finalmente, no sin sentirlo de veras, Dios les volvió a enviar otra catástrofe, haciendo imposible que se alimentaran o que anidaran, por lo que se extinguieron. Pero a diferencia de mi caso, los ángeles responsables no fueron castigados, debido, sobre todo, a que como le dije con anterioridad, se habían puesto de moda entre las criaturas celestiales, y ya todas llevaban alas y les imitaban. Claro que en el Cielo no tenían ninguna necesidad de alimentarse ni de anidar, razón por la que allí no tuvieron los mismos problemas. Como es lógico, yo me alegré de este nuevo fracaso, pero, aún así, Dios no reconsideró a mi ser humano híbrido para reemplazarlos y decidió darle otra oportunidad a un nuevo arcángel. Esta vez les tocó el turno a los mamíferos. Ya sabe, esas criaturas frágiles y prácticamente inservibles que despreciaron algo tan razonable como tener descendencia por medio de huevos. No, ellos quería ser más rápidos y hacerlo todo directamente y por sí mismos. Bueno, no se vaya usted a ofender por este comentario, que también es mamífero, pero francamente a mí me parece un atraso en la evolución, ¡pero Dios sabrá por qué lo hizo! Al principio, como siempre sucedía, todo iba bien y el arcángel promotor no paraba de recibir elogios por todas partes, ¡claro, como habían eliminado del Cielo toda oposición crítica! Los primeros, no obstante, eran bastante monstruosos, mucho menos agraciados en todos los sentidos que los míos, además eran escandalosos y poco hábiles, excepto para trepar por los árboles. Pero poco a poco fueron mostrando nuevas habilidades, como sacar hormigas de sus hormigueros con un palito, o cascar nueces con un tronco seco. En fin, nada del otro mundo, ¡pero hacían gracia, porque según ellos, eran monos! Por cierto, que se quedaron con este nombre. Yo estaba tranquilo porque semejante proyecto de ser humano no podría prosperar, pero con el paso de los siglos, aquellas primeras habilidades les transformaron la morfología de tal manera que cada vez se parecían más al mismo Dios, aunque todavía estaba muy lejos de ser totalmente iguales. No obstante Dios les cogió afecto y les echó una manita, creándoles un lugar de residencia permanente donde poder seguir adelante con su especie sin apenas problemas, a ver si así alcanzaban a ser a su imagen y semejanza. Como puede comprender, y perdone usted mi intromisión por la parte que le toca, yo me indigné, porque si aquella especie prosperaba, la suya, era evidente que Dios se olvidaría definitivamente de mi opción y yo permanecería en el abismo toda la eternidad, ¡que no le quiero contar lo larga y aburrida que es! Por esa razón, y ya no me queda más remedio que reconocerlo, atenté contra ellos tan pronto como supe que Dios les había prohibido comer de un determinado manzano del Jardín del Edén. ¡Aquella era mi última oportunidad y no la desperdicié! Por otro lado, la tarea no fue difícil, porque Dios, a última hora, le dio por crear un ser humano de sexo femenino, fácil de convencer y de sugestionar con cualquier fantasía o cuento chino. De manera que adoptando, como usted ya sabe, la forma de una serpiente me las apañé para que se condenaran, para que con el tiempo simplemente se extinguieran, ¡lo que sucederá inevitablemente! ¡Y ahora ya lo sabe usted todo sobre mi y mis luchas celestiales! Pero usted se preguntará, ¿es que no puede haber seres humanos perfectos en la Tierra? Perfectos desde luego que no, pero si Dios me hubiera hecho caso mi especie hoy dominaría el planeta y al menos seguiría prácticamente intacto, sin autopistas, ciudades contaminadas, arsenales de bombas atómicas, centrales nucleares, y todas esas técnicas antinaturales con las que ustedes ingenuamente creen que pueden perdurarse. ¡Que ignorantes! Como no quiero dejarle con la duda, le diré que en el cielo se está hablando ya de un reemplazo de la especie humana, porque la de ustedes es evidente que no tiene futuro. ¡Demasiadas contradicciones! Pero no creo que a usted le parezca bien el nuevo proyecto. Se habla de darle una oportunidad a los insectos, los últimos que quedan como potenciales especies humanas. Ya se han hecho algunas pruebas con el hombre-mosca, que ha fracasado, pero la del hombre-araña ha tenido bastante éxito y se está pensando en esa aberrante clase de nuevo ser humano. Ah, se me olvidaba, para evitar que pase otra vez lo del Paraíso terrenal, en el Cielo están pensando que sea hermafrodita. Sin otro particular, y con la esperanza de que haga usted lo posible para hacer públicos estos comentarios, aprovecho la oportunidad para enviarle a usted un cordial saludo. Suyo afectísimo, Luzi. IV. EL DEBATE SOBRE EL APOCALIPSIS Recientemente escuché un interesantísimo debate en la televisión con cuatro invitados excepcionales, ¡nada menos que los cuatro jinetes del Apocalipsis! Lástima que conecté la televisión cuando ya había comenzado y me perdí los preámbulos y las presentaciones. Supe inmediatamente que eran ellos por sus trazas, indiscutiblemente antiguas, probablemente al estilo de la Roma de los años 80 ó 90 de nuestra era, y además porque llevaban un ridículo sombrero emplumado con los colores simbólicos con los que son representados, es decir, el blanco, el rojo, el negro y el amarillo. Como me interesaba el tema me tomé la molestia de grabarlo en video, y en este corto relato les transcribo lo más destacado del debate. Para hacerlo simple, delante de cada comentario escribiré la inicial del jinete, como por ejemplo, «B» para el blanco, etc., y «M» para el moderador. Como decía, la trascripción no es completa, y comienza cuando el moderador del debate pregunta al jinete «N», es decir, el negro: M:—¿Es ésta última crisis financiera apocalíptica, es decir, la definitiva, o la superaremos como las demás sin que pase nada? N:—Es bastante apocalíptica, pero no, ¡ésta no es la oficial! M:—¿Y cómo sabremos cuál será la oficial? N:—¡Eso se sabrá cuando llegue, porque vendrá precedida del sonido de las trompetas de los ángeles encargados! M:—Eso es tranquilizador, porque desde luego que por el momento no hemos escuchado más que lamentos de banqueros, noticias de despidos y buenos propósitos de los gobiernos. Pero, lo que yo me pregunto es: ¿por qué razón es inevitable que ustedes se pongan a cabalgar en un momento dado y provoquen el fin del mundo? ¿Es que no cabe la posibilidad de que se acabe sin tantos jaleos, dolores, plagas y sufrimientos de todo tipo; es decir, sin ustedes? R:—¿A quién dirige usted la pregunta? M:—Al amarillo, desde luego, el jinete de la muerte y del fin de los tiempos. A:—Bueno, este asunto tienes muchos flecos. Cuando el apóstol Juan escribió el Apocalipsis las expectativas de que el ser humano se civilizara eran mínimas. Al contrario, desde la caída de Grecia, en lugar de avanzar por el camino de la razón y del progreso, volvió el fanatismo y la sinrazón, es decir, a la barbarie anterior a Grecia. M:—Pero los romanos eran, en cierta manera, depositarios de los buenos principios filosóficos y morales de los griegos conquistados. A:—¡En absoluto! B:—No, de los griegos sólo tomaron lo que les interesaba, cosas relativas al derecho y la propiedad privada, pero eran tan bárbaros y crueles como sus ancestros. A:—Juan tenía claro que eran incapaces de admitir las enseñanzas de Jesucristo y predijo el fin del mundo y de la raza humana con cierta precipitación y alarmismo. M:—O sea, que el Apocalipsis es algo sensacionalista. A:—¡Sin duda alguna, pero estaba justificado! B:—Como experto en conquistas, tengo que decir que los romanos eran, sobre todo, un pueblo entregado en cuerpo y alma a las conquistas. ¡Todo lo querían conquistar! ¿Con qué objeto? ¡Con ninguno en particular, porque les sobraba de todo! Pero se aburrían soberanamente, y no eran capaces de quedarse tranquilamente en sus confortables casas, con sus familias y concubinas, y disfrutar de la vida y de los placeres de Roma, o de la Toscana, que queda a un paso de Roma. No; tenían la misma manía que en los tiempos de Alejandro el Magno: ¡conquistar el mundo! Desde que tuvieron la idea de que el mundo no era plano, idea que tomaron de los griegos, comprendieron que si sus legiones se ponían en marcha hacía el Este, por ejemplo, terminaría en el punto de partida ¡después de haber conquistado el mundo entero dándole toda la vuelta! Pero se encontraron por la parte ibérica con el océano Atlántico y por el otro lado con desiertos infranqueables, así es que ya sólo les quedaba intentar la conquista del mundo de norte a sur, pasando por los polos, lo que era un disparate, porque, ¡a ver como podía cruzar el Polo norte tan mal equipados para el invierno como estaban! R:—Mi colega quiere decir que los romanos no tenían ninguna posibilidad de cristianizarse, y por eso Juan pensó que el fin del mundo era cosa de años, tal vez treinta o cuarenta. M:—¿Estaba el apóstol Juan paranoico? B:—¡Hombre, que cosas dice usted! R:—¡Esa es una enfermedad mental moderna, en aquellos tiempos no existía! B:—Claro, ustedes los de ahora, no pueden ni hacerse una idea aproximada de lo que significaba ser cristianos en tiempos de Nerón, por citar al más satánico y sanguinario de todos los emperadores. Me hubiera gustado verle a usted en medio de un anfiteatro romano y que le soltaran un par de leones hambrientos y enfurecidos por el jaleo que se armaba en aquellos circos. Entonces comprendería las razonables previsiones de Juan sobre el fin del mundo. M:—No crea que ahora somos angelitos con los temas de religión, que se siguen persiguiendo a la gente por sus creencia religiosas. Es más, hay lugares que se siguen lapidando las adúlteras, ¡como en sus tiempos! A:—¿Y le extraña a usted que cualquier día de estos nos presentemos en el mundo para cumplir nuestra misión? M:—¡Pero eso ya son casos aislados! Considerando la historia de la humanidad en su conjunto, creo que hemos mejorado mucho moralmente. ¿Cree usted que si Juan viviera en este tiempo revisaría sus predicciones apocalípticas? B:—Sí, sin duda alguna, les haría algún que otro retoque. A:—Sin ir más lejos, nosotros no vendríamos a caballo, sino en acorazados blindados, o en súper cazas bombarderos, armados de misiles con cabezas atómicas. ¡Lo cortes no quita lo valiente! M:—Ya; eso de los jinetes desde luego sirve para hacer películas fantásticas, como El Señor de los anillos, y video-juegos, pero no es muy realista dados los adelantos de hoy en día. Siguiente pregunta: ¿No podría ser que el apóstol Juan se equivocara en sus predicciones fatalistas y el mundo no tuviera un final previsible? R:—¡Imposible, porque sus fuentes son totalmente fidedignas! M:—Ya, claro, son reveladas por el mismo Dios. Pero ahí quería yo ir, ¿creen ustedes que Dios revela sus intenciones a simples mortales? ¡Porque el apóstol Juan no era, como Jesucristo, de condición divina! R:—Según como se mire. M:—¿Qué tenía de especial? R:—¡Su santidad, desde luego! Pero en términos más comprensibles, su capacidad mental para percibir mensajes del más allá; de interpretar ciertas sensaciones y emociones, y, sobre todo, ¡una gran imaginación para describir con imágenes esas percepciones extra sensoriales! M:—Pero esas son las cualidades propias de todo buen escritor. ¿Quieren decir que el apóstol Juan fue un gran novelista? A:—Lo fue, sin duda, pero él no consideró el Apocalipsis como una novela, sino como un manual para moralizar el mundo. M:—Pero también hay novelas profanas que son manuales de moralidad. Ahí está «Resurrección» de Tolstoi, o sin ir más lejos, «El Quijote» de Cervantes. R:—¡No se pueden comparar! B:—En los escritos de Juan el protagonista es Dios, en los otros son personajes de ficción. M:—¿Y no será Dios también un personaje de ficción? N:—¡Si vamos a decir herejías no vale la pena continuar con este debate! M:—Era una suposición. Mucha gente lo piensa así… A:—¡Por esa razón finalmente nos obligarán a cabalgar y acabar con el mundo! M:—Bueno, sin excitarse, todo el mundo tiene derecho a dar su opinión, ¡éste es un país libre! A:—Se puede ser libre y creyente, ¡pero Dios no nos dio la libertad para que fuéramos herejes! M:—¿Usted cree que también la libertad la ha creado Dios? A:—¡Dios lo ha creado todo! M:—Entonces, ¿de qué nos sirve la libertad si no podemos negar a Dios? N:—¡Eso es libertinaje! M:—Bueno, bueno; eso es muy discutible. Pero volviendo al tema del libro del Apocalipsis, Juan lo escribió en el destierro, ¿no influiría esta circunstancia en su tono catastrofista? También Napoleón, cuando fue desterrado a Santa Elena, tuvo visiones raras. Eso es normal que pase. Uno siempre tiende a creer que el mundo se va a acabar precisamente cuando nos sentimos desahuciados. Nos sabe mal irnos de este mundo y que se queden los demás tan tranquilos para disfrutarlo. ¿No puede haber algo de esto? B:—Él sabía que resucitaría, porque tenía la marca de Dios en la frente, ¿por qué había de saberle mal morirse? Además, no era la primera vez que se había enfrentado a la muerte, ¡que salio ileso de una caldera de aceite hirviendo! M:—Bueno eso es muy discutible y no está documentado históricamente. Es más realista pensar que le fuera conmutada la pena de morir abrasado por la del exilio en Samos. Domiciano sabía que si lo martirizaba crearía una leyenda. N:—¡Juan era ya una leyenda! M:—Domiciano no creía una palabra de la divinidad de Jesús. Para él se trató de un judío agitador político y Juan su acólito, tanto o más agitador con sus amenazas del nuevo advenimiento de Jesús, que terminaría con su imperio. Además tenía sus razones personales: Juan era llamado «Hijo del trueno» por el propio Jesús debido a su carácter violento. A:—¡Diga usted impetuoso, pero no violento! M:—Viene a ser lo mismo, pero como lo prefiera usted. Pero insisto en que Juan no concede ninguna oportunidad al ser humano por la que sea posible el redimirse aquí en la Tierra y evitar que ustedes cuatro vengan a complicarnos la vida con sus plagas y desastres. ¿Pueden decirme alguno de ustedes por qué Juan era tan desconfiado? N:—¡Juzgue por usted mismo como están las cosas en la actualidad! M:—Sin duda que están revueltas y todavía no somos angelitos, pero comparen ustedes las cosas cómo son ahora a cómo eran en su tiempo, y tendrán que reconocer conmigo que hemos mejorado… A:—¡Dígalo usted todo! Han mejorado mucho, eso es verdad, pero ¿a qué precio? Tienen ustedes suficientes armas atómicas almacenadas como para destruir el mundo en 24 horas. Lanzan ustedes a la atmósfera suficientes gases contaminantes como para cambiar en un par de décadas el clima y provocar desastres irreversibles. Las finanzas mundiales están en manos de un centenar de especuladores sin escrúpulos, a los que les tiene sin cuidado los sufrimientos ajenos si sus cuentas bancarias suizas crecen cada día. ¿A eso lo llama usted mejorar? B:—¿Cree usted, además, que la causa de esas mejoras son una mayor moralidad social, o no será simplemente que es buena para los negocios? R:—¿Piensan acaso que nosotros no seguimos siendo necesarios? M:—¿Es una amenaza? R:—¡Es una advertencia! M:—¿Y de qué nos advierten, si se puede saber? R:—¡No estamos capacitados para responder a esa pregunta! ¡Para eso está el Apocalipsis! Léalo y sepa cómo interpretarlo. M:—Bueno, ése es el problema, que cada cuál lo interpreta a su manera, según sea su estado de ánimo. Pero dejemos estas suspicacias a un lado y volvamos a lo que interesa a nuestros espectadores. ¿Para cuándo el fin del mundo? R:—Para dentro de doce mil trescientos veinticuatro millones de años, ¡si los cálculos no me fallan! M:—¿Quiere una calculadora? R:—¡Es la memoria, que no me responde como hace dos mil años! M:—¡Claro, son muchos años, a cualquiera le pasaría! Entonces, todo ese alarmismo de algunas sectas, sobre todo norteamericanas… R:—Usted me ha preguntado cuándo se acabará el mundo, ¡pero no la raza humana! M:—¡Cierto! Es una importante matización. Entonces ¿para cuando el fin de la raza humana? A:—¡Tampoco podemos revelar este dato; no estamos autorizados para no alarmar antes de tiempo a la gente crédula! M:—¿Por quién? R:—¡Por Dios, obviamente! M:—Bueno, si no puede ser concreto en fechas, al menos dígame si vale o no la pena que me meta en una hipoteca a veinticinco años vista. R:—Eso depende de su banco, dudo que dados los tiempos que corren se la concedan. M:—¡Muy hábil! Pero debo de insistir, ¿se acabará la raza humana al mismo tiempo que el mundo? R:—Eso puedo contestarlo: ¡no, desde luego que no!; la raza humana se extinguirá mucho antes del fin del mundo, pero el ser humano, que está hecho a imagen y semejanza de Dios, permanecerá siempre, porque… M:—¡Perdone que le interrumpa! ¿He entendido bien? ¿Duraremos tantos millones de años? R:—Usted no lo entiende. La raza humana no existe sólo en este mundo, sino que existe, ha existido y seguirá existiendo en el otro mundo. M:—¿Es una información en exclusiva? R:—Considérelo como quiera. M:—Pero ¿cómo podemos confirmarla? R:—¡No es posible! M:—Es una de sus informaciones reveladas. A:—¡Eso es obvio! M:—Entonces, lamento decirle, pero no nos sirve. R:—Si usted no cree en las revelaciones, ¿qué pintamos nosotros aquí? M:—Es una buena pregunta, pero yo no tengo la respuesta; sólo soy el moderador. Sería necesario preguntarle al productor del programa, y no sé si ahora… R:—A nosotros nos dijeron que esto era un nuevo Concilio y veníamos de testigos. Alguien nos ha liado. M:—Pues de verdad que lo siento, pero es evidente que han venido ustedes engañados. Aquí no hay cardenales, ni obispos, ni siquiera curas párrocos. Esto es un «Reality show», como se dice ahora, para gente de a pie, de lo más normal y sin grandes inquietudes teológicas. A:—¿Y cuándo piensa el Papa celebrar un nuevo Concilio? M:—No tengo ni idea, pero mientras tanto pueden aprovechar la oportunidad que les ha brindado nuestro productor para ir calentándose. Un poco de ejercicio mental no le viene mal a nadie. ¡Después de tantos años inactivos nos les vendrá mal un poco de acción! A:—Hombre, si lo vemos de ese modo a lo mejor tiene usted razón. M:—Me alegra que se lo tomen ustedes así. ¡Al final va a resultar que no es tan fiero el león como lo pintan! R:—No entiendo muy bien la metáfora, pero me imagino que se refiere usted a que hemos perdido mucho de nuestro antiguo aspecto terrorífico. M:—Hombre, ahora que lo menciona, sí, la verdad. Pero hágase cargo que ahora con la realidad virtual y todas esas nuevas técnicas, les sacan a ustedes hasta en los anuncios de gaseosas. Y no digamos los niños de ahora, ¡puede decirse que les han perdido el respeto! R:—¡Es una pena! A:—¡Razón de más para que se celebre otro Concilio! N:—¡No se nos debe tomar a guasa! R:—Porque si nos tratan de cualquier manera y sin respeto ¡podemos cambiar nuestra agenda de trabajo y anticipar el Apocalipsis! M:—¡No, por favor, no se alteren! ¡Todo a su tiempo! A lo que íbamos, de manera que al mundo le quedan todavía una pila de años, pero a nosotros, los humanos, no tanto; pero ustedes no quieren revelar esta fundamental información. A:—Hágase usted cargo de lo que sucedería si le diéramos esta fecha, ¡el caos! M:—Pero algunas sectas religiosas hablan ya de décadas… A: —No les hagan el menor caso, es puro marketing para vender sus cosas. Aquí sobre el fin del mundo los únicos que sabemos algo concreto somos nosotros, los demás ¡ni la más remota idea! M:—¿Conocen ustedes las profecías sobre el fin del mundo de los mayas? ¡Para ellos el fin está como aquel que dice a la vuelta de la esquina! A:—¿Y qué sabían ellos de los designios de Dios si no eran cristianos? M:—¡Hombre, un poco de respeto para otras creencias y tradiciones! ¿Quieren decir que sólo los cristianos entienden los asuntos del fin del mundo? R:—¡Somos los más capacitados para el tema de la predestinación! M:—¿Y qué me dice de Malaquías, o de Nostradamus? A:—¡Pero si en tiempos de Nostradamus el años tenía 10 meses! ¿Cómo iba a hacer bien los cálculos? M:—¿Y sobre Malaquías? ¡Ya sólo falta un Papa para el fin del mundo! A:—¡Son simples conjeturas e interpretaciones subjetivas! M:—Entonces la verdad de este delicado asunto sólo la saben ustedes, ¡pero se la callan! Bueno, pasemos a otro tema, ¿qué hay sobre la Nueva Jerusalén? Porque por aquí se comenta que se tratará de una nave espacial proveniente de otros mundos habitados; es decir, de una invasión de extraterrestres. R:—¿Quién les ha dicho eso? M:—Algunas personas del mundo de la ciencia-ficción, pero con inquietudes teológicas. Parece razonable que no vivamos solos en nuestra galaxia, y si tenemos vecinos, puede que un día de estos les de por hacernos alguna visita sorpresa. R:—¡Eso es un disparate! En el Cielo, que es el universo, sólo vive Dios y su corte celestial, y Dios tiene previsto descender en una ciudad amurallada, según está escrito y profetizado, ¡por muy raro que les parezca! M:—Sospecho que ustedes no están muy al corriente de los últimos adelantos en tecnología espacial. ¿Saben acaso lo que es una nave espacial? N:—¡Ni lo sabemos ni nos interesa saberlo! ¡Deben ser cosas de herejes! M:—¡No hombre, no sean ustedes extremistas, que hay científicos creyentes que ayudan a diseñar y construir esas naves! Como no debe saberlo, le doy la noticia de que ya hemos estado en la Luna… Veo por sus gestos que se extrañan. ¿Sabe que les digo?, me parece que ustedes han sido ya ampliamente superados. Yo soy de la opinión de que ni el mundo se va a acabar, al menos en los próximos quinientos años, y cuando se acabe, tampoco será necesaria su presencia. Creo, además, que ustedes son contraproducentes y peligrosos para la salud mental de la gente. A decir verdad, resultan hasta patéticos con esas ropas pasadas de moda, esos gorros de colores y esas armas inútiles para los tiempos que corren. Creo que ya va siendo hora de superar ciertas cosas, por muy reveladas que sean, que tienden a hacer creer que el ser humano está condenado irremediablemente al Infierno tras sufrir qué sé yo cuantos tormentos, guerras y plagas horribles de todo tipo. La tendencia, amigos míos, es totalmente opuesta. El ser humano ha evolucionado positivamente; ha adquirido plena conciencia de su personalidad libre e individual, pero al mismo tiempo, somos cada vez más conscientes que el mundo se está quedando pequeño, y estamos condenados a entendernos; nos hemos vuelto más morales, más justos, y perseguimos el logro de un mundo razonable, sin necesidad de creer en leyendas o mitos patéticos, propios de la mentalidad ingenua y catastrofista de otros tiempos, ¡a Dios gracias superados! ¡Porque no me cabe la menor duda de que Dios es parte del este proyecto de un ser humano razonable y lógico y libre de todo fanatismo religioso! A:—Si tenía previsto insultarnos, ¿por qué nos ha invitado a su programa? M:—¡Ni yo ni nuestro productor les ha invitado, ustedes se han invitado solos! Llevan ya demasiados siglos intentando atemorizar el mundo con sus augurios y no desaprovechan la oportunidad para entrar en la mente de la gente ingenua, que por desgracia siguen habiendo millones en todo el mundo. ¡Y ahora se meten hasta en la televisión! A:—¡Vámonos, compañeros, que aquí ya no pintamos nada! M:—Sí, váyanse y no vuelvan ¡que ya no nos hacen ninguna falta! Por cierto, ya que mencionaron lo del Concilio, ¿saben qué les digo?, que no estaría de más que en el Vaticano hicieran otra Perestroica y que se celebre otro Concilio clarificador y anti dogmático, en el que se diga claramente que no debe interpretarse literalmente nada de lo escrito, tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento, sino que debe darse a la física, tanto la teórica como la experimental, la oportunidad de explicar las causas del mundo y de su probable final de forma lógica y razonable, y terminemos con todas las ideas improbables y dogmáticas contenidas en todos los texto que ustedes llaman sagrados. A:—¡Adiós, hereje! M:—¡Hasta nunca, creyentes fanáticos! Y de esta manera tan accidental terminó esté increíble debate. He leído por la prensa que al presentador lo despidieron al día siguiente y que la emisora envió una carta de disculpa al Vaticano, que fue aceptada. En cuanto a los jinetes, siguen en sus trece, y ahora es frecuente verlos por Internet y en YouTube. Yo he visitado alguna páginas y siguen insistiendo en lo de la Nueva Jerusalén, las trompetas de los ángeles, los marcados por Dios como elegidos y todo eso, y millones de ingenuos ciudadanos, sobre entre los desempleados de larga duración o que no han tenido un empleo como Dios manda en toda su vida, así como los jóvenes desencantados, con problemas familiares y personales, se están enganchado en masa a estas catastrofista sectas y pseudos religiones. Creo que algunos gobiernos, como el alemán, están tratando de controlar sus peligrosas actividades para ver si se las puede prohibir sin conculcar el derecho a la libre expresión y de creencias religiosas. Veremos a ver en qué queda este delicado asunto… V. YO ADÁN, MIS MEMORIAS DEL PARAÍSO A algunos lectores les sorprenderá el título de este relato, ¡no me extraña! Que después de tantos años me haya decidido a escribir mis memorias tiene que tener una buena razón, y la tiene. De Eva y de mí se han contado tantas cosas absurdas y sin sentido que se impone un poco de seriedad, y ¿quién mejor que yo mismo para contar mi verdadera historia y mis penalidades? No es fácil para nadie ser el primer hombre de este mundo, pero pese a las dificultades salimos adelante y ¡ahí está la humanidad, con cerca de siete mil millones de descendientes y sigue creciendo! No es necesario que me presente, pero para algunos despistados de culturas remotas todavía pendientes de civilizar como Dios manda, mi nombre es Adán. Obviamente no tengo apellido porque tampoco tuve un padre natural reconocido, pero para entendernos se me puede llamar Adán del Paraíso o Adán del Barro, que da lo mismo, pues ambas ideas tienen relación con mis orígenes. Mis biógrafos aseguran que me creó Dios a partir de una figura de barro a la que sopló con su aliento, y no voy a discutir lo fundamental, que fui creado por Dios, pero lo del barro es necesaria una importante aclaración. Yo nací en el interior del océano, y no especifico cuál porque en mis tiempos sólo había uno y todo lo demás era tierra. Al parecer ya teníamos por entonces problemas de contaminación en la atmósfera, pese a que no sabría decir por qué, ya que por entonces no había ni coches ni fábricas, por no haber no había nada más que lodo viscoso y fuertemente contaminado. No sé quién lo arregló ni cuantos millones costó, porque entre otras cosas no habíamos inventado todavía el dinero, pero tan pronto como la atmósfera fue respirable, puede decirse que volví a nacer pero fuera, sobre la tierra, de ahí la idea de mis biógrafos. Todavía recuerdo mi tierna infancia, cuando no era más que una insignificante ranita, que empezaba sus aventuras por tierra firme. Lo que sucedió después es muy largo de contar, por tanto lo resumiré diciendo que un buen día me vi adulto viviendo en un paradisíaco lugar al que Dios llamaba el Jardín del Edén. ¿Qué cómo era? Yo no sé mucho sobre este asunto porque nunca he destacado por mis conocimientos de botánica, pero recuerdo que había muchos árboles, ya que en mi juventud puede decirse que no pisaba el suelo. Nada me divertía más que saltar de rama en rama, de árbol en árbol y recorrer en un santiamén los límites del Paraíso terrenal. Aunque no esté bien el que yo mismo me elogie, ¡era una monada de criatura! El clima debía ser como el de Canarias, entre 25 y 30 grados centígrados, porque recuerdo que debido a ello ni se me ocurrió inventar los vestidos. Eso vino después de la tragedia. Además, ¿para qué los quería? ¿Quién podía verme si Eva ni siquiera existía? Por entonces era estrictamente vegetariano, auque por error de vez en cuando me comía algún bicho por su manía de camuflarse entre el follaje. ¡Como iba yo a saber las costumbres de los camaleones! Había ríos normales, donde solía darme buenos chapuzones y de paso mantener la higiene, porque eso sí, limpio siempre he sido; pero otros eran de miel, auque tal vez sea algo exagerado llamarlos ríos, más bien eran arroyos, y ni siquiera eso, digamos que chorreaba miel por todas partes, porque había abundancia de paneles de abejas silvestres. ¡Por supuesto que las abejas del Edén no picaban como las de ahora! De comer no digamos; puede decirse que no había nada dentro del Paraíso que no fuera comestible. Las legumbres y las verduras no eran como las de ahora, todas eran orgánicas por supuesto, y tan tiernas y suaves que no había necesidad alguna de cocerlas. ¡Claro que, por otro lado, todavía no se había inventado el fuego! En cuanto a los otros animales, a los que de ninguna manera podía llamar salvajes, porque todos eran dóciles como corderos, puede decirse que había de todos. De hecho por esa razón años más tarde Noe tuvo bastante trabajo para reunirlos a todos en su barcaza, cuando lo del Diluvio. Mi animal predilecto era un león africano, bueno es un decir, porque África por entonces tampoco existía, como digo a todo se le llamaba con el mismo nombre de Pangea, a pesar de que tengo mis dudas de si para entonces no habría ya algún que otro conteniente. Era un león tranquilo y bien enseñado, cuya finalidad fundamental era servirme de almohada para mis sueños normales y la siesta. ¿Nadie ha probado lo cómoda y calentita que es la melena de un león africano? Bueno, a decir verdad, después del Paraíso a los leones les molesta hacer estos y otros favores al ser humano. Puede decirse que en el Jardín del Edén no me faltaba de nada y todo estaba a la mano, no como ahora. ¡Por entonces las cosas eran como Dios manda! Y hablando de Dios, desde luego que desde el primer momento nos entendimos de maravilla. No se vayan a creer que Dios se conformaba con cualquier cosa, que era en extremo exigente en todo. No hubo nada de lo que creara antes de mí que no le diera su visto bueno después de ver como funcionaba. Los cielos los hizo tan grandes que hasta hoy no se sabe el final. La Tierra le salió algo más pequeña, pero también tiene sus distancias, que ninguno de mis primeros descendientes se pudo hacer una idea cabal de las distancias, y hubo uno que hizo mal los cálculos, y menos mal que descubrió América porque de otro modo no quiero ni pensar lo que le hubiera sucedido. Al principio yo creía que la Tierra era plana, ¡como iba yo a imaginar que era redonda! Aún hoy me sigo preguntando qué movió a Dios para semejante idea, con lo sencillo que hubiera sido hacerla plana. En fin, sus razones tendría. Como digo, después de ver cómo me comportaba, pasada mi adolescencia y mi locura por lo árboles y otras barbaridades propias de la edad, parece que se sintió plenamente satisfecho. Durante bastante tiempo las cosas en el Paraíso funcionaron a las mil maravillas. No hubo ni el más motivo de queja por ambas partes. Desde luego que yo no me hubiera quejado, pues siempre he sabido actuar con discreción y guardar las distancias. Tengo que decir, en honor a la verdad, que nunca llegamos a encontrarnos cara a cara y todavía no sé la razón, pero sospecho que Dios es demasiado grande para caber en el mundo que Él mismo ha creado. Por eso decía que le había quedado algo pequeño, al contrario de los cielos, que como dije son inmensos y Él debe de moverse en ellos como en su casa. A decir verdad, el cielo es su casa, como está escrito en todos los manuales de religión. A pesar de las primeras dificultades para comunicarnos, Él siempre se las apañaba para ponerse en contacto conmigo e interesarse por mis cosas. Mi salud le traía sin cuidado porque las enfermedades no se conocían todavía. Unas veces lo hacía a través de algún animal, desde luego que no utilizaba las serpientes por la razón de todos ya conocida, de la que hablaré más adelante, otras provocando un vendaval con voz en off, como se dice ahora, y las más de las veces se me aparecía en sueños. Durante estas amenas charlas de Creador a criatura Él solía hacerme preguntas a veces difíciles de responder dada mi ignorancia de la vida, por las que trataba de interesarse por mi bienestar, pues puede decirse que no hacía otra cosa que estar al tanto de mis deseos y, por supuesto, controlar los otros aspectos de su creación. Pero tengo que aclarar que mientras la Creación en sí misma no le preocupaba en absoluto, porque la había dotado de medios propios para su supervivencia y estabilidad, yo le preocupaba de forma especial. Era como si no estuviera completamente seguro de haber hecho un buen trabajo conmigo. Creo que sospechaba que estaba tramando algo contra Él, cuando es obvio que ni me pasaba por la cabeza tal idea. ¿Por qué razón habría yo de rebelarme contra Dios si me proporcionaba todo cuando deseaba y era feliz? Pero Él insistía una y otra vez: —¿Estás seguro, Adán, de que no echas a faltar nada? —¡Nada en absoluto! —Bueno, me refiero a si hay algo que te molesta; algo que no te gusta… —La verdad es que, ahora que lo dices, si pudieras hacer los elefantes algo más pequeños… ¡Es que ocupan demasiado sitio y este jardín no es muy grande! Además está el riesgo de un pisotón, sin mala intención, desde luego. —No, yo no me refiero a eso; me refiero a si hechas algo de menos; si hay algo en tu naturaleza humana que no funciona como debería. —La verdad es que si no hablas claro, ¡no te entiendo! Si te refieres a que hago mis necesidades en cualquier sitio cuando me vienen las ganas, la próxima vez buscaré un lugar más apartado… —¡No es eso, alma de Dios! —¡Pues no te entiendo! —¿Pero es que no observas a los otros animales? —Bueno, a decir verdad hecho de menos mis habilidades de cuando era joven de subirme a los árboles como hacen los monos, pero eso ya pasó porque he sentado la cabeza… —Bueno, está bien, te lo diré claramente: ¿Es que no hechas de menos alguien más de tu especie para charlar, pasear y… bueno, que narices, ¡gozar de los placeres de la naturaleza!? ¡Y así cada día! Lo cierto es que no había sueño en que no charláramos de esta nueva idea que se le había metido en la cabeza, porque la verdad es que yo no echaba nada de menos. Poco a poco empecé a comprender sus motivos. Tal vez le aburría mi conversación, y como no hablaba de esta misma forma con el resto de la Creación, se le debió de ocurrir la idea de que fuéramos más para tener también más motivos de charla y otros temas de conversación. Pero a mí la idea, para ser sinceros, no me gustaba en absoluto, porque presentía que sería sencillamente un error, además de terminar con la tranquilidad del Paraíso terrenal. Pero por entonces no sabía razonar este presentimiento, así es que Dios seguía empeñado en que le diera mi aprobación, porque como digo, no vivía para otra cosa que para complacerme, como si fuera yo un hijo mimado, ¡claro, era el único! Tanto insistió Dios sobre la idea de crear una humanidad que poblara la Tierra y dominara sobre el resto de los pobres animales y las infelices plantas, que acabé cediendo a regañadientes. Pero lo que no hizo ninguna gracia fue el medio en que se proponía utilizar para su propósito. ¡Nada menos que utilizar una de mis costillas! No es que yo supiera por entonces cuántas costillas eran necesarias para una existencia normal, y si sobreviviría con una menos, pero lo que yo me preguntaba era que habiendo tanto barro como había, ¿por qué no utilizar el mismo sistema, con lo que fuera que estuviera pensando en crear, tal y como hizo conmigo? ¿Es que se le había acabado el aliento divino? ¿Es que no estaba seguro de que la criatura que fuera le saliera siquiera tan bien como sucedió conmigo? —¿Por qué de mi costilla? —me atreví a preguntarle en uno de los sueños en el que volvimos sobre el tema. —¡Porque es mi voluntad! —¿Hay alguna segunda intención que te callas? —¡La hay, quiero que tenga claro el lugar subordinado que debe de ocupar en el mundo según fue creada de tu costilla! —No le veo la gracia. —¡Ya lo entenderás cuando la veas! —¿Es una sorpresa? —¡No te lo puedes ni imaginar! Y ésa fue toda la conversación que tuvimos sobre la nueva criatura que tenía proyectado extraer de una de mis costillas. Afortunadamente debido a sus poderes especiales la operación no revestiría riesgo alguno para mi salud ni sería dolorosa. Es más, ni me enteraría, porque tenía previsto hacer esta delicada operación mientras durmiera. Así es que un buen día, ¡no sé si es correcto decirlo así!, al levantarme una brumosa mañana de primavera ¡allí estaba eso! La primera impresión fue decepcionante. Era evidente que aquello, porque no sé cómo calificarlo, no se parecía a mí en nada; le faltaban cosas y le sobraban otras. Por ejemplo en la parte baja de la ingle no tenía con que desahogar las ganas de orinar y a la altura del pecho le salían dos bultos horribles y deformes. Con semejante cuerpo no era posible tomarse en serio la idea de que eso era «humano», y lo digo por la alusión de Dios de crear una humanidad. La cosa al principio no dijo nada, pero ya desde el primer instante noté cierto aire de superioridad, y sin duda que, pese a sus notables y evidentes defectos, para sus adentros ya se debía creer hermosa. ¡Qué equivocación! ¡Ya sabía yo que si no utilizaba otra vez el barro, Dios metería la pata! Inmediatamente fui con la queja a Dios pero aquel día le tocaba descansar, así es que tuve que afrontar los hechos y hacerme a la idea de que al menos me tocaría pasar el fin de semana con aquella deforme criatura. Ya desde el primer momento de su existencia esa cosa no cumplió las previsiones de Dios sobre su posición social, y sin que le diera permiso para dirigirme la palabra, se puso a hablar de un montón de cosas incongruentes. —¡Eeeh, pero mira quién está aquí, el tipazo de Adán! Ah, pero no creas que yo voy a ser fácil, no; ¡vete haciéndote a la idea, guapo, de que yo no soy de ésas! —¿De cuáles? —no era mi intención seguirle la charla, pero a penas abrió la boca por primera vez y ya me sacó de quicio. —Como ésas de los árboles. ¡Aquí se acabó lo del macho dominante y todas esas tonterías! Yo no sabía de qué me estaba hablando y tuve que soportar un sinfín de impertinencias y reivindicaciones de todo tipo hasta que por fin, aquella noche, pasado el descanso dominical, pude presentar mi queja a Dios, a ver si aquello tenía todavía remedio. —¡Ya te harás a ella, Adán! —¡Pero es un ser monstruoso! —le contesté con unos modales poco habituales en mí, pero estaba tan furioso que no me controlé—. Además, le faltan cosas y le abultan demasiado otras, ¡no creo que sobreviva! —Adán, Adán, criatura, ¿pero es que no lo comprendes? ¡En esas diferencias está la gracia! Pero Dios no quiso darme más detalles, tan sólo me planteó el argumento de que debía ser distinta entre otras buenas razones para evitar la homosexualidad, o por lo menos hasta que hubiera siquiera un par de docenas más de seres humanos en la Tierra, tarea que me había encomendado a mí, ¡pero sin molestarse en darme una pista de cómo se hacía! Naturalmente que desde el primer momento intentó organizar mi vida, decirme lo que debía comer y lo que no; corregir algunos de mis modales, algo animales desde luego, a la hora de comer; decidir dónde debíamos pasear y qué lugares no debíamos frecuentar porque según ella, no eran propios de seres humanos. Se empeñó en que viviéramos en una gruta en particular, que a ella le parecía segura, cuando en el Paraíso no había nada que temer, pero debía de llevar eso de la seguridad como una tara genética, porque desde el primer día la obsesionaba. Me prohibió terminantemente que me subiera a los árboles, o que durmiera junto al león africano, al que no permitió entrar en la gruta porque decía que esos animales traían bichos y lo ponía todo perdido de orín, además de pelos y otras cosas indeseables. Me dijo a qué hora debía levantarme y acostarme, cuando y cómo debía lavarme, sobre todo las orejas, que yo detestaba. También se metió con mi barba y mis largos y hermosos cabellos, que me llegaban ya a la cintura, porque decía que no me hacían varonil, ¡cómo si yo supiese a qué se refería! En fin, que en apenas dos o tres días puso patas para arriba el Jardín del Edén, ¡que ya no fue lo mismo después de su llegada! Pero con todo lo peor fue llevar a cabo la tarea que se me había encomendado de poblar el mundo. Al principio, atareada como estaba poniendo orden en la gruta, limpiando obsesivamente cada rincón, colocando cosas raras en los rincones que ella decía que creaban ambiente, y fabricando un lecho de heno, que a decir verdad era más confortable que el duro suelo donde yo solía dormir, no me prestaba la mínima atención. Entre los artilugios que inventó por aquella época el más curioso fue un palo con ramas en un extremo con el que limpiaba el suelo, al que con el tiempo llamamos escoba, sin duda una de sus ideas más geniales, además de la cama, claro está. Por todo esto, en realidad poco a poco empecé a darme cuenta de las ventajas de su peculiar manera de ser, pues era obvio que a ella se le ocurrían más ideas que a mí, que si vamos a ser sincero, por aquel entonces no tuve ninguna. Resignado a tener que compartir mi vida con tal persona, al menos debería conocer su nombre, porque no le gustaba que la llamara «cosa», como solía hacerlo al principio de nuestras relaciones, y Dios no me dejó dicho como se llamaba. —¡Eva, me llamo Eva; Eva del Paraíso! Y no se te ocurra volver a llamarme «cosa», y menos con ese despectivo y prepotente nombre de «mi costilla». Eso ya es historia, ahora los dos somos iguales ante la sociedad. Y la verdad ahora que te conozco, no sé en qué estaba pensando Dios para haberte creado de esa manera. ¡Sin duda que debería de estar un poco cansado después de crear tantas cosas buenas y útiles, como es la Creación! Por que yo sirvo para muchas cosas, pero tú, ¡ya me dirás de qué sirve un hombre en este mundo! Ella siempre tenía palabras de crítica contra mi persona, a la que no veía nada bueno ni positivo. De haber sido por ella habría intrigado para convencer a Dios de mi inutilidad, y aprovechando que era el único en toda la Tierra, me destruyera. Pero sea por la razón que fuera, lo cierto es que Dios no solía dirigirse directamente a ella en sus apariciones, sino que se dirigía directamente a mí. Creo que por entonces Dios debió comprender el error de haber creado semejante criatura, pero las cosas en la Creación son irreversibles, así es que tuve que aprender a convivir con ella. Al cabo de algunas semanas Dios se me apareció otra vez en sueños, y por el tono de su voz sabía que no estaba de buen humor. —¿Cómo van las cosas con Eva? —me preguntó. —Regular, pero supongo que será cosa de dar tiempo al tiempo. ¡No es fácil acostumbrarse a sus manías por la limpieza! —¿Y sobre mi humanidad? —¿A qué te refieres? —¿A qué quieres que me refiera? ¿Crees que he creado a Eva para que sea tu criada? ¡A vuestra descendencia! —¿Qué descendencia? —¿Pero es que todavía no…? ¿Es que Eva no te atrae sexualmente? —Pues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo… —¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya? —¿Hacer el qué? —¡El amor, hombre de Dios, el amor! —¡Si no hablas más claro! —¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás! —No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro! —Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes… —Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león! —Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras! —Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches! —¡Tú siempre tan ocurrente! —La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón! —Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén. —¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas! —Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado! Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva. —¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró. —¿Y qué es esa cosa tan importante? —Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural. —¿No se lo habrás contagiado tú? —Puede… —Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios? —¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales! —Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo! —Y ¿quién lo ha dicho? —¡Dios, por supuesto! —¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza? —¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado! —Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes? Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones. —¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla! Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor. —¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día! —Pero ¿qué te sucede, mujer? —¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes! —Enséñame… —No estoy de humor. —Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo! —¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios? Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean. De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan. Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla. —Buenos días, serpiente. —Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí? —Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro! —Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas. —Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que… —¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas! —¿Y Dios no los castiga? —¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios! Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias. —¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho! —Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada. —Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene! —¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral! —¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya. Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón. —¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada! —Es verdad, Adán, eso de la prohibición no era más que para poner a prueba nuestra ingenuidad de primerizos. Pero comiendo le demostramos que hemos madurado y tenemos ideas propias; que ya no somos unos críos a los que se les puede decir: «No comas eso, no comas lo otro», etc. ¡Toma, demuéstrale a Dios que tú también eres un adulto; come también tú de mi manzana! —¡Ni lo sueñes! —repliqué yo convencido de que, pese a todo, si Dios nos lo había prohibido sus razones tendría. —¡Hombres! ¡Mucho presumir de machos, sexo fuerte y todo eso, pero a la hora de la verdad son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, y sin que nadie se lo mande! —me reprochó despectivamente. Ya desde el principio Eva sabía como provocarme poniendo en entredicho mi hombría a la menor oportunidad. Pero por otro lado, ella llevaba razón, había cosas que debíamos hacer por nosotros mismos, según nuestro propio entendimiento, que para eso lo teníamos, y lo de la prohibición, como decía, no tenía mucho sentido. Por último estaba la circunstancia de que yo debía de convivir con Eva y no con Dios. Dios estaba en sus alturas, tranquilamente, haciendo sus cosas de dioses, pero yo tenía que soportar los cambios de humor de Eva, convivir con ella cada día, cada hora y hasta cada minuto, porque en el Paraíso terrenal no existían las oficinas, ni los empleos donde uno pudiera pasar unas horas lejos de su mujer, y relajarse con los compañeros de trabajo, y no digamos cosas tan necesarias como el fútbol de los domingos o la partidita de póquer de los jueves por la noche; en fin, excusas para librarse de ella al menos por unas horas al día. Pero en el Jardín del Edén eso era imposible, porque allí no había nada de lo expuesto y todo se reducía a pasear por ahí, sestear bajo los árboles o charlar con los animales que tenía la habilidad del habla, que no eran muchos. Por todo eso comprendí que si no mordía la manzana a partir de aquel mismo día mi vida, incluso en el Paraíso, sería un infierno. Ella me reprocharía una y otra vez, durante nuestra eternidad, porque por entonces no moríamos, el que no hubiera tenido el valor de morder aquella dichosa manzana, ya que, después de todo, ¡ella lo había hecho y no había sucedido nada! No sé por qué tuve ese momento de debilidad, ¡para desgracia de mi descendencia y del resto de los inocentes animales y plantas!, que sin duda fue influenciado por las circunstancias expuestas y la complicidad de la serpiente. Lo cierto es que acepté la manzana que me ofrecía Eva, y le di un bocado con gusto. En efecto, se trataba de la manzana más jugosa y dulce que he comido jamás. ¡Pero, como era de temer, sucedió la tragedia! De pronto el cielo se oscureció con oscuros nubarrones y se desató una impresionante tormenta, algo totalmente desconocido en aquellas latitudes, por eso supe que era cosa del enfado de Dios por morder la manzana. No cayó una gota de agua, pero se desataron todas las fuerzas ciegas de la naturaleza. Sopló un viento huracanado seguido de rayos y truenos y estaba esperando que de un momento a otro se apareciera el mismo Dios para reprenderme por mi mala acción. Cuando amainó el temporal enseguida me di cuenta de que algo había cambiado radicalmente, y la reacción inmediata fue buscar la hoja de parra más grande que pude encontrar para cubrirme con ella el sexo. Pero, ¿por qué aquella extraña reacción? Debía ser sin duda uno de los efectos secundarios del pecado cometido. Eva al principio se lo tomó a risa, pero a juzgar por el color sonrojado de sus mejillas, estaba también avergonzada, y se buscó otra hoja para cubrir el suyo. ¡Era cómico vernos con una mano delante y otra detrás, sin saber muy bien por qué lo hacíamos! Pero sin duda que había una razón: hasta ese momento no me había dado cuenta de lo atractiva que era Eva, y ahora la veía con otros ojos, razón por la cual sentíamos vergüenza el uno del otro. ¡Porque por primera vez nos deseábamos! Bueno, al menos yo la deseaba, si ella sentía lo mismo que yo la verdad es que no estoy seguro. En medio de la confusión por las nuevas emociones, escuchamos los pasos característicos y familiares de Dios, dando su paseo habitual por el Jardín del Edén, y por primera vez sentimos deseos de ocultarnos, más por vergüenza que por otra cosa. No queríamos que Dios nos viera desnudos. Dios, extrañado de no verme, me llamó: —¿Dónde estás, Adán? La verdad es que la pregunta me desconcertó, porque yo siempre había creído que Dios lo veía y lo sabía todo. Pero todavía fue más sorprendente el resto de nuestra conversación: —Disculpa que me ocultara de ti, pero me avergüenza el estar desnudo y no he tenido tiempo de fabricarme algo más decente. —¿Por qué te avergüenzas? —¡Vaya pregunta para hacerla Dios! Ya deberías saber que hemos comido del manzano prohibido, porque se supone que Tú lo ves y lo oyes todo. —No sólo me has desobedecido sino que además pretendes pasarte de listo. —¡Yo sólo comento lo que he oído decir por ahí! —¡Bien dicho, Adán! —interrumpió Eva, que se ocultaba detrás de una palmera. —¡Tú eres la culpable, mujer! Yo te maldigo y maldigo tu descendencia por haberme desobedecido… —Yo no tengo la culpa, fue la serpiente, que también es una criatura de Dios, bueno, quiero decir, tuya. —¿No te estás pasando un poco, Dios? Pero ya te advertí que no era una buena idea crear a la mujer. ¡Y ahora la pagas conmigo! —¡Es verdad, Adán, la mujer es peor que las serpientes, pero esto no quedará así! A partir de hoy no lo va a tener fácil. Parirá con dolor… —¿Qué significa «parir»? —¡No me interrumpas, Adán! Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás cada día de tu vida… —¿Y yo qué…? —Por haber caído en la tentación, a ti te enemistaré con ella y con su linaje. —¡Lo que me faltaba! —Y prepárate porque tendrás que aprender un oficio. ¡Se acabó el chollo del Paraíso de vivir sin trabajar! —Bueno, eso no es tan malo. En realidad esto del Paraíso era algo aburrido. —¡Aún no he terminado! —¿Todavía hay más por darle un simple mordisco a una manzana? —¡De polvo te hice y en polvo te convertirás! —¿Qué significa eso? —Adán, creo que Dios quiere decir que ya somos mortales. Y así fue como terminó aquel engorroso asunto. Después envió a uno de sus querubines armado con una espada de fuego para que hiciera el trabajo sucio. —¡Andando; estáis desterrados! Y con malos modales nos amenazó con su espada indicándonos el camino de salida del Jardín del Edén. —No os preocupéis —tuvo el cinismo de decirnos la serpiente, quien por cierto, se vino con nosotros—. ¡Ahora que habéis tenido el valor de rebelaros contra el mismo Dios no me cabe la menor duda de que saldréis adelante! —Sí, muy graciosa, pero, ¿cómo es la vida ahí afuera? —Ahí tendréis que trabajar duro desde el primer momento que pongáis los pies en el mundo real, y andaros con cuidado conmigo y libraros de mis mordiscos, porque una vez fuera no respondo de mis actos, ¡y pudiera suceder la desgracia de que la humanidad ni siquiera empiece! Por fortuna vivíamos cerca de la salida, creo que del lado norte, y llegamos pronto a los linderos. Una vez allí el ángel que nos expulsó del Paraíso nos dio los últimos consejos, yo creo que por iniciativa propia, compadecido por nuestra desgracia. —Tan pronto como salgáis del Paraíso notareis cosas raras, como que se os cansan las piernas en las cuestas arriba, o frío en las manos, bueno en todo el cuerpo, porque estáis desnudos. Tendréis algo tan desconocido como es el dolor de cabeza y de muelas, que son los peores, aunque los dolores más insoportables los padecerá Eva, pues parirá con dolor, y, para colmo, siendo como es primeriza. Tendréis sentimientos nuevos, como la vergüenza de ir desnudos y el miedo a la oscuridad. También os asaltará la duda, el desencanto, la desdicha y la desilusión, y todo eso es debido a que a partir de entonces seréis mortales, ¡y ya no os digo más, el resto tenéis que aprenderlo por vosotros mismos! Y ahora, adiós, salir ya del Edén al que no podréis volver jamás, porque tengo orden de cerrar las puertas a cal y canto ¡por los siglos de los siglos, amén! ¡Y nos puso de patitas en el mundo real! Nunca me perdonaré mi debilidad y el tremendo dolor que ha causado a mis descendientes. Pero, a decir verdad, junto con infinitas cosas malas, aprendí unas cuantas buenas que ahora, después de todos estos siglos transcurridos, no sé si pensar que pese a todo valió la pena desobedecer a Dios. La primera cosa buena es que descubrí el placer sexual, pues en el Paraíso no existía, razón por la cual al principio no tuvimos descendencia, lo que ahora pienso que fue la verdadera razón por la que Dios nos mandó expulsar, pues ¿cómo íbamos a tener descendencia si no existía el deseo? Lo segundo es que Eva, orgullosa de mí y contrariamente a las previsiones de Dios, me tomó verdadero afecto y descubrimos el amor, la amistad y el compañerismo, y por tanto, gozamos de la felicidad, pero la humana y no esa felicidad celestial que aquí en la Tierra no tiene utilidad, además se acabaron sus ataques de histeria del Paraíso. Por último, decir que Eva tuvo la peor parte, pero al mismo tiempo las mayores satisfacciones, pues vio cumplidos sus deseos naturales de tener un hijo, Caín, una encantadora criatura nacida de su seno y no con trucos de costillas, como fue su caso. ¡Lástima que nos saliera una calamidad, pero eso ya es otra historia! Y esta es la verdadera historia de mis orígenes y de mi vida en el Paraíso, confío en que les haya entretenido. Ah, por cierto, me han enviado un e-mail de Hollywood interesándose por mi historia, pero creo que han pasado los tiempos para este tipo de películas sobre estos temas, ni quedan ya buenos actores para estos papeles tan comprometidos. En fin, ya veré que hago, les he dicho que me lo estoy pensando. VI. HISTORIA DEL FIN DEL MUNDO Para los habitantes de las Galaxias Centrales, que visitaron nuestro planeta en los años 127.321.824, 58.640.000 y 11.230 a. C. A pesar de que según mis informes los terrícolas no eran muy listos (digo eran, porque les hablo desde el futuro) estoy seguro de que algunos de ustedes, excluidos los académicos, porque al referirme a ustedes lo hago al ciudadano de a pie, los más dotados e inteligentes, se habrán dado cuenta de que en el título de esta historia hay una aparente contradicción: ¿cómo es posible hablar de la historia del mundo si ha terminado? Pero no hay ninguna contradicción porque, como ya les había advertido, les estoy escribiendo desde el futuro. Es muy probable que no puedan hacerse una idea de qué futuro les estoy hablando, pero no obstante les proporciono la cifra concreta para que si pueden lo entiendan, vivo a 19,9x1010 años de su tiempo. Y ahora les paso a explicar los detalles. He tenido la suerte de que mis padres eligieran como residencia el pequeño planeta Heperión, que está situado en un sistema solar de una de las pocas constelaciones de la última galaxia del universo, Galatea. Digo que es una suerte porque es el planeta de moda, donde sólo vivimos unos cuantos privilegiados. No sé que pasará en los próximos años, pero por el momento gozamos de una naturaleza joven y virgen, y además no hay insectos. Aquí todavía no había seres humanos cuando llegamos nosotros, razón por la cual el medio ambiente está intacto. Claro que hemos tenido que hacer algunas obras de acondicionamiento, como cambiar el curso de algunos ríos para que desembocaran en otros océanos, porque hemos eliminado un par de ellos para conseguir más terreno urbanizable, y taponar algún que otro volcán que amenazaba con complicarnos la vida. Por el momento bien puede decirse que este planeta es el paraíso, aunque sospecho que no durará mucho, porque está corriendo la voz de su buen clima y características por la galaxia y pronto seremos demasiados para un planeta tan pequeño. Antes de que les proporcione más detalles de mi mundo, quiero explicarles un poco por encima, hasta el punto que crea que ustedes están capacitados para entenderlo, la razón por la cual están leyendo algo escrito a 163.000 millones de años luz de su planeta (cuando existía) y en el tiempo futuro que les había mencionado con anterioridad. Tanto el tiempo como el espacio son relativos y su posición depende del momento presente en que se mire. Para entendernos, todos los momentos presentes está a disposición de cualquiera, desde el principio al final de los tiempos. Para que lo entiendan con un ejemplo de su época, es como un video de ese sitio tan popular que tienen ustedes en Internet, creo que se llama YouTube o algo así. Cuando ustedes pinchan en el botón del comienzo se abre una barra que contiene toda la duración del video y pueden, si lo desean, ver el video en el momento presente que elijan, pudiendo ir directamente al futuro y volver luego al pasado. Pues el tiempo espacial es igual. Lo que no puedo revelarles son los detalles de la máquina que hemos inventado para pinchar en un punto o en otro del tiempo real, sencillamente porque esta terminantemente prohibido utilizarla sin autorización oficial. Como sé que ustedes no están capacitados para revelar mi secreto, habida cuenta de que son ya del pasado, les diré que mi padre es un pez gordo, y tiene acceso a las claves para viajar por el tiempo, así es que ya se estarán figurando cuál es la faena. ¡En efecto, le he birlado las claves para enviarles a ustedes este relato, que estoy seguro les va a interesar! No les digo mi nombre porque no es de su interés el saberlo, ni quiero créditos ni popularidad ni nada de eso. Lo hago un poco por divertirme y también porque mis ancestros eran de su planeta, aunque en casa prácticamente no hablamos nunca de este asunto. Al parecer ustedes, los terrícolas, fueron una de las especies de seres humanos más complicadas y contradictorias del universo, y la que tardó más tiempo en civilizarse y entenderse, ¡y no exagero! Aunque en mi clase de historia no se habla mucho de ustedes, yo por mi cuenta he consultado la hemeroteca universal, la que hemos podido salvar después de tantos viajes y mudanzas de una galaxia a otra, y me hace gracia las ideas que tenían ustedes sobre el fin del mundo. Por cierto que como no manejo muy bien esta complicada máquina de enviar mensajes en el tiempo, no sé en qué siglo estarán ustedes cuando la reciban. Yo he leído mucho sobre el siglo XXX, pero es bastante aburrido. Lo más interesante es lo que les sucedía a ustedes hacia el siglo X, con todas esas absurdas predicciones apocalípticas y ese fanatismo religioso que, a decir verdad, a mí me parece casi gracioso si no fuera por esa afición que tenían a quemar científicos y supuestas brujas en la hoguera. Naturalmente que me sorprende que durante tantos siglos se mantuvieran ustedes en sus trece, y siguieran creyendo esas ideas tan imaginativas y disparatadas. Menos mal que el siglo XXI empezaron a cambiar las cosas y les entró un poco de sentido común, y, aunque con dificultades y violencias, lo fueron superando poco a poco. Pero, como les decía, no fue hasta el siglo XXX que ustedes se civilizaron completamente y consiguieron llevarse bien y entenderse. Lo que sucedió en los siglos siguientes es más o menos bien conocido, porque entra ya en nuestros planes de estudio, dentro de la asignatura de «Historia de los planetas habitados del universo», una de las materias que más me gustan y en la que espero doctorarme. Por cierto, tal vez les alegre saber que por aquí seguimos escuchando a Bach, ¡uno de los pocos músicos de la Tierra que siguen actuales después de esta pila de años! Lo que pasa es que su música, especialmente los Oratorios, es verdaderamente celestial, en todos los sentidos de la palabra. ¡Pero a lo que iba! Cómo según mis cálculos deberán recibir ustedes este mensaje a principios o mediados del siglo XXI, veo por mis apuntes que siguen ustedes sin saber mucho a cerca de la composición y forma del universo, pero que ya tienen teorías bastante aproximadas. Seguramente que lo que yo pueda decirles a cerca de este asunto sea limitado y muy por encima, pues la asignatura de astrofísica nunca la he tragado, y, para colmo, detesto la química, así es que me limitaré a exponerles las ideas básicas muy por encima. El universo, el nuestro desde luego, es esférico. Forma adoptada por efecto de la gravitación, ya que este universo gravita con relación a otros universos, cuyo número es todavía desconocido, pero se habla de cantidades astronómicas y difíciles de cuantificar. En cuanto a la formación, se trata de un verdadero «choque» de dos universos paralelos que dieron origen a una gigantesca descarga de energía positiva y una partícula de energía negativa. Esta polaridad inicial de la energía se fue organizando creando sustancias aparentes capaces de contener masa y dar comienzo a la gravitación, y, por consiguiente, a su formación y posterior desarrollo. Al mismo tiempo, gracias a la información contenida en la energía positiva, fue desarrollando ciertos organismos latentes, junto a las sustancias inorgánicas, las que gravitaban, dando así origen en el tiempo a los astros y a sus naturalezas, viables en algunos de los posteriores planetas de sus billones de estrellas. Naturalmente que tanto los universos creadores como el creado permanecen en lo que llamamos el «exouniverso», que no es más que otro universo que, ¡espero que lo entiendan!, contiene los billones de universos menores más o menos conocidos. Esta compleja realidad espacio-temporal, de origen desconocido, permite en todo momento que las sustancias con masa se organicen dentro de las leyes inmutables de la gravitación y las fuerzas electromagnéticas consiguientes a cualquier nivel que se produzcan, y en cualquier dimensión tiempo-espacio. Y con esto ya les he resumido lo fundamental, el resto no es importante, excepto, claro está, el final, razón por la que me he arriesgado a que me pesquen enviándoles este mensaje y me cueste algunos meses de paralización integral. ¡Espero que no se enteren! Primer dato importante: a pesar de que desde su tiempo han transcurrido ya la cifra de años que les notificaba con anterioridad, el mundo en realidad todavía no ha terminado, aunque ya hemos calculado con cierta precisión los años que todavía le quedan, que serán entre 6.100 ó 6.200 años, eso si no sucede algo accidental. O sea, que no hay por qué apresurarse, porque tenemos tiempo de sobra para pensar qué haremos cuando llegue el momento final. Para que ustedes lo entiendan, aquí consideramos como mundo el universo ya perfectamente delimitado y conocido, y que, como decía, tiene forma esférica, con un radio de 134.000 millones de años luz. Bueno, tengo que puntualizar de estas cifras son de su tiempo, porque ahora es bastante más pequeño, y ni siquiera es esférico, ¡ya que parte está sumido en el caos! En su tiempo su planeta estaba a unos 53.000 millones años luz de la periferia y a unos 40.000 millones de años luz del centro. Por entonces el universo gozaba de buena salud y estaba en expansión, que duró todavía 8,400 mil millones de años. Pero a partir de ese momento, empezaron a colapsar ciertas estrellas, provocando los primeros caos gravitacionales entre sus constelaciones, para terminar afectando a toda la galaxia. La primera galaxia en colapsar fue Mimas, y sucedió hace ahora 1.232 mil millones de años, y estaba situada al borde mismo de la esfera universal, en la zona más densa, razón por la que fue una de las más afectadas, ya que el universo tiende a concentrar su energía en el centro. Por esta razón en la Vía Láctea, su galaxia, ¡ni se enteraron! De todas formas por entonces ya no había seres humanos inteligentes en su planeta, y los seres vivos que quedaban no estaban capacitados para comprender estas cosas. De manera que puede decirse que el universo estuvo sano y en plena expansión durante 22.100 mil millones de años, y a partir de ese momento, y por un periodo estimado de tan sólo 1.120 mil millones de años podemos decir que comenzó el fin del mundo. Por tanto, desde el colapso de la primera galaxia hasta el día en que les hablo, han trascurrido uno 1.060 mil millones de años, y como les decía, nos quedan tan sólo algo más de 6.000 miserables años de existencia. Hasta este preciso momento ha colapsado el 99.2% del universo, que está sumido en un caos total y ha perdido ya el 74% de su espacio, siendo ahora su estructura multiforme e impredecible, puesto que una vez que sucede el caos gravitacional cada astro hace lo que le viene en gana y se integra o desintegra sin un orden ni concierto, pero la tendencia es a perder espacio y, por tanto, tiempo, pese a que conserve su misma masa aparente, pero totalmente irregular y deforme. Puede decirse que ahora nosotros, y los otros millones de mundos habitados de nuestra galaxia, vivimos ya al borde del abismo, para entendernos, el extremo del universo y en la zona que todavía conserva gravitación y por tanto cierta forma estable, de otro modo como es natural la vida no sería posible en este hermoso planeta. Esta es una zona muy densa, porque es lo que podríamos llamar la «piel» del universo, la zona que está en contacto directo con el abismo y la más afectada por la pérdida de energía. En realidad si les pongo un ejemplo sencillo lo entenderán. Imagínense que el universo es una manzana. Nace gracias a la polinización, es decir, gracias una partícula o polen que se introduce el óvulo femenino, y este contiene una cantidad potencial de energía capaz de formar la manzana, ¡con otros aportes exteriores desde luego; es decir, con la ayuda de otros universos paralelos más viejos y los componentes vitales del exouniverso! La manzana tiene un periodo de formación estable, que responde a una especie determinada y sus estructuras molecular y atómica son también estables. Este periodo es el que tendrán ustedes en la Tierra en el tiempo en que reciban este mensaje. Es decir, la manzana es todavía joven y no ha madurado, pongamos que están en el 65% de su previsible existencia y aún le queda energía potencial para continuar su expansión o desarrollo. Cuando el universo alcanzó su madurez, 22.100 mil millones de años después, digamos que se desprendió del árbol y se inició un rápido proceso de desintegración, y como ya están cansados de experimentarlo, el proceso consiste en que la forma espacial de la manzana colapsa y poco a poco su estructura se va desintegrando adoptando formas caóticas, que no responden a ninguna prevista por la naturaleza, hasta que la manzana se pudre completamente, en cuyo caso puede decirse que pierde completamente su forma original para convertirse en una masa caótica que es diseminada en la tierra o espacio exterior que ocupa, en este caso, el exoespacio. Bien, espero que con este sencillo ejemplo lo habrán entendido, y, desde luego, que para ustedes son noticias tranquilizadoras, porque, como les he dicho, el universo en el tiempo de ustedes sigue siendo joven y está en expansión. ¡Pero no es el caso del universo nuestro actual! Para que nos entendamos, a la manzana sólo le quedan algunas partes todavía sanas, pero dentro de unos 6.000 años todo se habrá terminado. ¡Entonces es cuando realmente se acabará el mundo, algo que en su tiempo era una absurda obsesión! Y es ahora cuando les relataré lo más importante de esta historia, y la causa precisamente de esa obsesión. Como ustedes deben suponer, por muy retrasados que estén en asuntos de física astral, si la Tierra pertenece a una galaxia, la Vía Láctea, que es relativamente joven, existen otras galaxias, las situadas en el centro del universo, muchísimo más antiguas. Si en su galaxia el ser humano como tal apareció hace un millón y medio de años de su tiempo y adquirió la capacidad de concebir y reproducir imágenes hace unos 35.000 años, durante el paleolítico, deben aceptar que en las galaxias centrales el ser humano surgió con muchísima más antelación. Para entendernos, el equivalente al homo sapiens de ustedes surgió en estas galaxias con 136.000.000 de años de antelación. En el relativamente corto espacio de tiempo de 1.322.000 años llegó a disponer de una tecnología espacial capaz de realizar viajes intergalácticos. Por entonces se había constituido un Consejo Intergaláctico que abarcaba 131.472 galaxias centrales, y decidieron realizar una serie de viajes expedicionarios a planetas habitables situados en las galaxias más jóvenes y alejadas del centro para conocer sus características naturales y su estado de evolución. En un periodo de tiempo de alrededor de 128 millones de años, realizaron tres visitas a la Tierra. La primera durante la era de los dinosaurios, en el año 127.321.824, la segunda durante el dominio de los grandes primates, en el año 58.640.000, y la tercera y última, y también la más polémica, durante el Paleolítico superior, en el año 11.230, antes de Jesucristo, desde luego. Fue polémica porque en el Consejo de las Galaxias Centrales se había tomado la resolución de no intervenir en la evolución mental de los posibles seres ya humanos que hubiera en los planetas del resto del universo; es decir, decidieron no visitar aquellos planetas habitados cuyos seres humano hubieran alcanzado cierto nivel de conciencia y desarrollo cultural que les permitiera representar ideas en grabados o dibujos, precisamente para evitar que su presencia pudiera ser registrada y mal interpretada. Se discutió mucho acerca de si era o no conveniente volver al planeta Tierra tras la segunda visita, ya que sus modelos informáticos de previsión de desarrollo mental de los terrícolas parecían indicar que habrían alcanzado ya este nivel. No obstante, aprovechando el viaje a otros planetas habitados de la Vía Láctea más subdesarrollados, hicieron una última y polémica visita a su planeta. Recorrieron varios continentes, pero se entretuvieron más en lo que hoy llaman ustedes América del Sur, Oriente Medio, y la actual China, donde tomaron muestras de todo, e incluso se llevaron a 12 seres humanos de las diversas razas que encontraron y que a ellos les parecía que tenía una mentalidad más avanzada, y que no regresaron ya a la Tierra. Lo peor fue, como les decía, que su presencia fue rudimentariamente registrada en grabados y pinturas, y como desconocían su lenguaje, los ingenuos habitantes de la Tierra creyeron que se trataba de dioses, y con el tiempo idearon toda una compleja mitología de seres extraterrestres supuestamente divinos. Mitos y leyendas que dieron origen a las diversas religiones. ¡Y eso es precisamente lo que pretendía evitar el Consejo de las Galaxias Centrales, pero que en el caso de la Tierra no pudo evitar! El problema principal fue el malentendido a cerca de su falsa divinidad y su previsible nueva venida a la Tierra. Como pudieron les hicieron comprender a los atrasados humanos que ellos sólo retornarían a nuestro planeta en el caso de que se produjera alguna catástrofe natural que amenazara la supervivencia de la especie humana, como era previsible que sucediera en un razonable número de años, cuando el sol iniciara su declinar y se fuera agotando su capacidad de fusión. Esto se sabría al observar las manchas solares, pues indicaban el agotamiento de su energía. Claro, ellos señalaban el sol y los inocentes humanos creían que les estaban mostrando el lugar de donde provenía, por lo que una vez que la expedición abandonó su planeta les dio por adorar al sol, y los más hábiles se entregaron a la difícil tarea, por su escasa habilidad manual, de grabar en piedras y arcillas lo que habían visto y tratar de interpretar lo que les habían intentado contar a cerca de su misión y posible plan de evacuación futura, que fueron trasmitiéndolo de generación en generación, ¡y cada vez más deformado y exagerado! Por supuesto que a su regreso a las Galaxias Centrales los expedicionarios dejaron constancia del estado de la Tierra, e introdujeron sus datos en sus computadores para crear un modelo de tiempo que le indicara más o menos cuando deberían volver porque sería necesaria su evacuación. Naturalmente que no les voy a revelar esta fecha, pues si me pescan escribiendo este mensaje o averiguan que lo he enviado, siempre será un atenuante el no haber revelado este tipo de fechas tan cruciales. Sólo les contaré el final de esta historia y su relación con nosotros. En efecto, el sol perdió gradualmente su capacidad de fusión e iniciaba ya el proceso, dado su pequeño tamaño, de convertirse en una estrella enana. Naturalmente que este proceso dura millones de años, pero en un momento dado de su declinar, las condiciones ambientales de la Tierra se estaban haciendo cada vez más catastróficas, con grandes alteraciones climáticas que repercutían con la capacidad de la naturaleza de realizar sus funciones vitales. Esto no sucedió en uno ni en cien años, sino en miles. Es decir, que pueden estar tranquilos que para las fechas en que recibirán este mensaje las cosas están tranquilas y no hay por qué alarmarse. Tal y como tengo registrado en mi base de datos, cuando se produjeron los primeros síntomas catastróficos, asociados con los fallos en la fusión del sol, ustedes ya estaban capacitados para enviar sondas espaciales a otras galaxias, y desde luego no sólo tenían facilidad para enviar naves tripuladas a los planetas de su sistema, sino que ya había colonizado alguno de ellos, sobre todo su satélite, Luna, un lugar de vacaciones muy concurrido. Por entonces estaba planeando ya enviar una misión tripulada a otra estrella, dentro de su propia constelación, porque ya tenían informes fidedignos de que tenía planetas con alguna forma de vida. En el Centro de seguimiento de las Galaxias Centrales estaban al corriente de sus avances, pero dado que el planeta todavía no estaba en riesgo de muerte no intervinieron. Pero las cosas empezaron a cambiar en cierta manera más rápidamente de lo previsto, por la aparición de grandes manchas solares que afectaron peligrosamente a la Tierra. Ustedes comprendieron la gravedad de la situación pero tenía escasas posibilidades de encontrar una solución, dado que su capacidad para abandonar en masa el sistema solar en peligro de colapsar era prácticamente nula. Entonces en las Galaxias Centrales se tomó la decisión de intervenir, tal y como estaba previsto, para evacuar tantos terrícolas como fuera posible, y llevarlos a otros planetas de otras constelaciones, que no estuvieran en riesgo inmediato de colapsar. Pero como puede suponer, pese a la gran envergadura y capacidad de sus naves, no sería posible evacuar a toda la población, por lo que la mayor parte de ella tendría que ser abandonada a su suerte. La operación de evacuación se inició en una fecha que por razones ya expuesta no les revelaré, pero fue bastante traumática. Como es natural sólo evacuaron a aquellas personas que fueran adecuadas para ser los pioneros en la colonización de nuevos planetas, bien fuera por su preparación profesional, su estado de salud, su lucidez mental o cualquier otro aspecto que les destacara de los demás. Las pruebas de acceso no revestían problemas, dado lo complejo de los sistemas de análisis de los evacuadores, pero como es natural nadie quería quedarse en un planeta condenado. Sin embargo tampoco cundió el pánico, porque la vida en su planeta, a pesar de los bruscos cambios medio ambientales, no estaba amenazada con carácter inmediato y había tiempo suficiente para prepararse para el final, es decir, los que no pudieron o no quisieron emigrar planificaron la natalidad de manera que ya no nacieran más generaciones. Naturalmente que esta idea, aunque razonable, era triste y no agradaba a nadie, de ahí las luchas por conseguir ser evacuado. Pero la misión de la Galaxia Centrales fue extremadamente intransigente y rigurosa, y la selección fue inevitable. Afortunadamente por entonces ustedes ya habían establecido contacto con el Consejo de las Galaxias Centrales y sabían que se produciría esta evacuación en caso extremo. Esto ayudó a desterrar toda clase de fanatismos religiosos basados en mitos y leyendas, como el de la Nueva Jerusalén, cuyo origen ya conocen, y motivó un gran estímulo de superación en todos los sentidos para llegado el caso ser uno de los evacuados. Hasta un total de 10.000 naves participaron en esta primera y última operación y fueron evacuados cerca de 10.500.000 terrícolas a diversos planetas habitables, de condiciones atmosféricas similares a la Tierra, repartidos entre varios sistemas estelares de la Vía Láctea. Una comisión de notables fue enviada a las Galaxias Centrales, para que formaran parte del Consejo y pudieran participar en futuras decisiones o negociaciones de alto nivel. Bien, a grandes rasgos, eso es todo. Ahora sólo me queda contarles algo acerca de la situación actual, me refiero a la de mi tiempo. Lamentablemente somos la última zona viva del universo, es decir, donde todavía la gravitación es estable, pero estamos rodeados de los restos del universo en caos y por el abismo, a través del que por el momento no hay posibilidad alguna de viajar. Por supuesto que ya no existen las Galaxias Centrales, que están también en caos, pero sigue existiendo el Consejo en una de las estrellas más seguras de nuestra constelación, al menos por el momento. Puede decirse que ya no quedan mundos habitables por colonizar y lamentablemente estamos condenados a desaparecer, al menos que seamos capaces de navegar por el abismo, algo que dudo que pueda llegar a ser posible, dado que la estructura del tiempo y del espacio es demasiado grande para nuestra realidad natural. La verdad es que en casa somos bastante pesimistas. No obstante, nosotros moriremos mucho antes de que todo esto se termine y personalmente no estoy interesado en tener descendencia, ¿para qué? Tampoco hay que ser alarmistas, porque todo tiene un final; lo tuvo su planeta y lo tendrá el universo entero. Pese a lo traumático de la evacuación, tampoco los que se quedaron tuvieron grandes problemas para aceptar el final. De hecho la Tierra quedó deshabitada miles de años antes del colapso del sol. Ya a finales del siglo XXII el número de nacimientos no superaba al de defunciones, y eso a pesar de que para entonces la expectativa media de vida era de 150 años. Llegó un momento en su planeta en que la mayoría de la población tenía un promedio de 120 años de edad. Poco después moriría el último ser humano en la más absoluta soledad, y sólo quedaban algunos grandes primates en los zoológicos, que fueron liberados, pero ya era imposible que a partir de ellos pudiera evolucionar una nueva raza humana. Así es que, muchos siglos después de que una parte de su población fuera evacuada para colonizar otros planetas, la raza humana terrícola se extinguió por su propia voluntad y sin ninguna clase de violencia. Varios millones de años después el sol colapsó y el sistema entró en caos, como sucedería después con el resto de las constelaciones de la Vía Láctea. Y esta es la historia que deseaba contarles, y que espero no les afecte o les deprima, porque es inevitable e irreversible que suceda de esta manera. Ahora ya sólo nos queda la duda de si el ser humano como especie será o no capaz de atravesar el abismo y poblar otros universos paralelos. Pero hasta ahora todos los experimentos, pruebas y lanzamientos no tripulados que hemos realizado han resultado un fracaso y todo nos dice que no es posible, primero porque los universos estables están separados por espacios infranqueables, es decir, por abismos, y después porque los universos paralelos, incluso los más jóvenes, tienen su propia capacidad de crear vida y nuevos seres humanos, de ahí que sea innecesaria una nueva migración, que por otro lado sería ¡a ningún sitio, dado que el abismo, como digo, es infranqueable! Ah, por cierto que no les he hablado de que por aquí corre la idea de que cuando el universo colapse en su totalidad y muera la última forma de vida, es decir, el último organismo vivo, se abrirá para nosotros una nueva e imprevisible dimensión a la que los filósofos llaman «la nada». Este es el último consuelo que nos queda, pero obviamente es relativo, porque a pesar de toda nuestra avanzada tecnología y nuestra extraordinaria capacidad de raciocinio, seguimos sin tener una respuesta razonable de qué es realmente la nada. Sólo sabemos que es el origen de todas las cosas aparentes, pero, como se pueden imaginar, después de descubrir la existencia del exoespacio, y que éste a su vez está contenido en otro súper exoespacio, y así hasta el infinito, cualquier posibilidad de averiguar el origen o la causa primera de todo esto es teóricamente imposible. A esta causa inconcebible seguimos llamándola lo divino, es decir, la causa del movimiento de las cosas, ¡pues no hay duda de que se trata de una característica de la misma naturaleza, pero inconcebible para la mente del ser humano! Por supuesto que no es admisible ni razonable la idea de un dios único y concreto, como sucede en su tiempo, pues como les digo, la nada no puede tener atributos ni ser una idea concreta. Bueno, ya no me quiero extender más, no sea que venga alguien por este laboratorio y me pille enviándoles a ustedes este mensaje. Así es que me despido con el deseo de que esta historia les haya entretenido. Afectuosamente, ¡un amigo extraterrestre! VII. HERMAN EN EL PARAÍSO 1. Cuando les diga dónde me encuentro seguramente que pensarán que estoy loco, o que he fumado marihuana. Todavía peor, que he tomado algún poderoso alucinógeno, como LSD, o, tal vez, que por equivocación he comido algún hongo venenoso que me ha producido visiones raras. No he hecho nada de eso, y ni siquiera puede decirse que tenga un carácter propicio para las alucinaciones, más bien sucede todo lo contrario: soy de carácter realista, sobrio y racionalista. Me considero poco menos que ateo y no dejo que me dominen las emociones. Tampoco puede decirse que tenga una exaltada imaginación, y mi edad no es como para que mi mente me juegue estas pasadas. Pero, incomprensiblemente, aquí estoy, y ni siquiera sé cómo he podido llegar hasta este tenebroso lugar. Solo recuerdo que estaba cómodamente sentado en mi sillón, leyendo un complicado libro de metafísica, pues ya he dicho con anterioridad que soy racionalista y, por tanto, aficionado a la filosofía, saboreando una humeante taza de café, cuando de pronto se apagaron las luces de mi apartamento y me quedé completamente a oscuras. Reaccioné con absoluta calma. Primero esperé unos instantes, convencido de que era un apagón temporal. Después dejé el libro, me relajé, y reflexioné sobre los complicados razonamientos de lo que acababa de leer. Como no podía sacar mucho en claro, me levanté y, a tientas, llegué hasta la cocina, no sin tropezar con la mesita del salón. Sabía que en un cajón guardaba una pequeña linterna, pero revolví los trastos que contenía sin dar con ella. Esto me frustró y hasta consiguió ponerme de mal humor, poco habitual en mí. Me resigné a quedarme a oscuras mientras durase el apagón, y, no sin tropezar nuevamente en la mesita del salón, volví a mi sillón. Allí estuve esperando que volviera la luz, ¡pero no volvió! Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando tuve la alarmante sensación de que el sillón se desvanecía y no sentía su contacto. Instantes después fueron apareciendo, primero con palidez, pero enseguida con un extraordinario brillo e intensidad, millones de estrellas, que formaban galaxias y constelaciones. Y ahí estaba yo, flotando en el espacio, en medio de una tenebrosa oscuridad, iluminada tan solo con el pálido brillo de las estrellas, sin tener la menor idea de lo que me había sucedido, y por qué me encontraba en aquel extraordinario lugar. Tenía la sensación de haber perdido el cuerpo, porque no sentía ni frío ni calor, solo una extraña sensación de neutralidad y bienestar. Pero, como empezaba a temer, era evidente que no me había convertido en un espíritu, sino que permanecía aparentemente íntegro, tal y como estaba sentado en mi sillón. Podía caminar como si andase sobre el agua, sin tener la sensación del suelo; podía moverme, cambiar de posición, ponerme boca abajo o en posición horizontal, porque en realidad no tenía ninguna referencia para poder establecer cuál era mi posición. Mirase hacia donde mirase, solo había un inmenso espacio tenebroso, lleno de brillantes y espectaculares galaxias, porque desde el extraño lugar en que me encontraba, se podían ver en todo su esplendor sus masas y vapores de tonos azulados, púrpuras y rojos, en formas espirales y otras más deformes y caprichosas. Si me hubiera aplicado más en el colegio en el estudio de la astronomía seguramente que podía haber reconocido alguna de estas galaxias, sobre todo la Vía Láctea, y hubiera podido hacerme una idea siquiera aproximada de dónde me encontraba, pero en mi primer aturdimiento no llegué a reconocer ninguna de ellas, así es que estaba completamente perdido y desorientado. No sentía vértigo, porque no tenía la sensación de que pudiera precipitarme hacia ningún lugar en concreto. No había a mi alrededor nada sólido, ningún planeta, satélite o incluso meteorito sobre el que pudiera caer. Era como flotar dentro del agua, pero sin sentir su humedad. Intenté sacar alguna razonable conclusión y enseguida comprendí que simplemente me había quedado dormido, y me encontraba en medio de una pesadilla. Reaccioné con cierta energía, intentando despertar, porque la situación no era precisamente agradable, pero todo fue inútil. Supuse que había entrado en un sueño profundo del que me costaba despertar y que solo era cuestión de tener paciencia y dejar que transcurriera aquel mal sueño y ver hasta que más situaciones absurdas me llevaría. Pasaron lo que tal vez fueran varias horas, porque tampoco tenía una clara sensación del tiempo, y, cosa extraña para ser un sueño, pues flotando en medio de aquella nada ¡finalmente me quedé dormido! 2. —¡Señor, señor; despierte señor! Alguien, con una extraña voz aguda pero apagada, me estaba zarandeando. Me desperté convencido de que mi pesadilla había concluido, y volvería a encontrarme en mi confortable apartamento de Berlín, y antes de hacerme cargo de la situación me prometí a mí mismo que jamás volvería a leer un libro de metafísica, al que culpaba de aquel mal sueño. Pero no fue así y Berlín tendría que esperar. La pesadilla continuaba y seguía suspendido en ninguna parte, rodeado del mismo tenebroso espectáculo abismal. A pesar de la oscuridad pude distinguir a quien me había despertado y, aunque siempre he tolerado a la gente rara, este individuo me provocó un instintivo rechazo. Era un enjuto anciano, encorvado y tembloroso, vestido con lo que parecía un jubón como los que había visto en algunos grabados del siglo XV ó XVI, de un color pardo indescriptible, ceñido con un grueso cordón anudado en la cintura. Los calzones le llegaban hasta la rodilla y cubría sus esqueléticas pantorrillas con unas medias blancas, pero oscurecidas seguramente por la suciedad. Se cubría la cabeza con un pequeño gorro de fieltro, tan descolorido como los demás vestidos, con el que cubría un cráneo blanquecino, mientras que sus escasos cabellos se confundían con una larga barba canosa y apelmazada que le llegaba hasta la cintura. Pero, a pesar de su estrafalario aspecto, su mirada era bondadosa y sus movimientos eran lentos y temblorosos, por lo que, pese a su horrible aspecto, me sugerían que se trataba posiblemente de una buena persona. No he mencionado que cargaba con un enorme saco, donde al parecer debía guardar algo de gran valor, porque ni siquiera se molestó en descargarse de él, que, por otro lado, tampoco había ningún lugar donde dejarlo. — ¿Tiene algo que no le sirva que pueda darme? —me preguntó sin esperar a que hiciéramos algún tipo de presentaciones. Pero yo no quise desaprovechar la inesperada presencia de aquella extraña persona para indagar en dónde me encontraba, y me salieron un torrente de preguntas apresuradas y sin demasiado orden: — ¿Pero, dónde estamos? ¿Quién es usted? ¿Por qué flotamos en el espacio? ¿De dónde diablos ha salido usted? No es más que una pesadilla, ¿no es verdad? El anciano no pareció inmutarse, y como si no me hubiera escuchado, insistió en su demanda: — Puede darme cualquier cosa, ya veré después para qué me sirve. Sin embargo yo insistí: — Pero, dígame al menos quién es usted y de dónde ha salido. — Ah, quiere saber eso. Pero ¿es que no lo ve? ¡Soy un pobre anciano que se gana la vida mendigando por ahí! ¿Qué más quiere saber? Ah, sí; dónde estamos, ¡y qué sé yo; pregúntele a alguien que tenga más cultura que yo! Pero, algo tendrá que no le haga falta. ¿Por qué no me da sus zapatos? Aquí no son necesarios los zapatos. Era evidente que no sacaría nada en claro con aquella conversación, pero no me resignaba a desaprovechar aquella oportunidad para aclarar en alguna medida mi absurda situación. — Está bien, está bien; le daré mis zapatos si me contesta a una última pregunta, a fin de cuentas en las pesadillas uno puede regalar los zapatos y lo que le de la gana, porque no es más que un mal sueño y ya está. Pero, dígame al menos cómo se llama y de qué lugar procede. — Le agradeceré que me de sus zapatos, pero me es imposible contestar a su pregunta. Hace tiempo que lo he olvidado. Solo recuerdo al soldado que me clavó la lanza en el pecho, ¿quiere ver la herida? Era un maldito mercenario católico del Anticristo, en mala hora nacido, del emperador Carlos, pero no me pregunte más. ¿Me dará ahora sus zapatos? — ¿El emperador Carlos? ¿Se refiere usted a Carlos V? El viejo hizo un gesto de asco e intentó escupir sin que le saliera saliva. — ¡El mismo bastardo! Entonces aquel viejo andrajoso debía tener cerca de quinientos años, ¡y estaba muerto! ¿Y yo, no estaría también muerto? Como pesadilla había llegado muy lejos. Normalmente en otros malos sueños anteriores solía despertarme cuando estaba en riesgo mi vida, bien porque fuera a ser atropellado, por caerme por un precipicio o ser violentamente atacado por alguien. Pero ahora había sufrido el mismo sobresalto y agitación emocional, pero ¡no me había despertado! — Entonces… está usted muerto, y yo debo estarlo también. El viejo no me sacó de dudas ni parecía haber escuchado, e insistió una vez más en sus ruegos: — Ya le he dicho todo lo que sé, y usted me ha prometido que… — Esta bien, le daré mis zapatos, ¡maldita la falta que me hacen ya si estoy muerto! El viejo parecía complacido y con extrema dificultad se descargó del enorme saco, para poder meter en él mis zapatos. Aunque sabía que resultaría inútil, me atreví ha hacerle una última pregunta. — Pero, por el amor de Dios, ¿qué lleva usted en ese saco? — Ya se lo he dicho, cosas con las que me gano honradamente la vida. — ¿En un sitio como éste? — En cualquier parte es preciso ganarse la vida. — ¡Pero usted está muerto! — ¿Muerto yo? ¡Qué absurdo! Harían falta cien picas como las que me atravesó el pecho para acabar conmigo. — Entonces yo… — Si ha prometido darme sus zapatos, no me haga perder más tiempo. Sin duda que el viejo estaba perturbado y no era consciente de su estado. Lo peor era que yo mismo estaba a punto también de perder el juicio. Era preciso que intentara calmarme, darle mis dichosos zapatos, y que me dejara solo para tratar de reflexionar sobre aquella extraña situación, si eso era posible. — Gracias, y que Dios se lo pague. Apenas me dio las gracias, metió mis zapatos en el saco, se lo cargó de nuevo sobre sus encorvadas espaldas y, con paso inseguro pero decidido, vi como se alejaba hasta perderse en las tinieblas. 3. Aquel viejo misterioso me dejó sumido en una angustiosa confusión mental. Algo verdaderamente grave me había sucedido, pero ¿qué? Yo no podía estar muerto, porque no había ninguna razón que lo justificara. Mi salud es razonablemente buena. Tal vez padezca de una úlcera de estómago por mis frecuentes ardores, que ya debería de haber acudido al médico para salir de dudas de una vez. Pero eso no es causa de muerte. Es cierto que abuso de la mostaza en las salchichas, pero es superior a mis fuerzas el evitarlo. Puede que abuse también del café y fumo más de lo que desearía yo mismo, pero me falta voluntad para dejarlo. A lo mejor sin yo saberlo mi corazón estaba debilitado. O tal vez tenía la tensión muy alta y he padecido un infarto, pero la última vez que me la tomaron parecía normal. Además, estas cosas no suceden así por las buenas; tendría que haber tenido algún síntoma previo; unas palpitaciones; un dolor en el pecho, ¡algo, digo yo! Pero anoche me encontraba perfectamente bien, tan solo sucedió aquel inesperado apagón, y si no me hubiera tropezado con la mesa podría pensar que quien se levantó en busca de la linterna era ya un espíritu. Pero tropecé dos veces, así es que todavía estaba vivo. Y después, todo sucedió rápidamente. ¿Sería entonces cuando me sobrevino la muerte de forma súbita e insensible? ¡No es posible; no, eso no ha podido sucederme a mí! — Lamentablemente sí te ha sucedido. Tuviste en efecto una muerte súbita cardiaca. — ¿Quién…? — No preguntes quién te habla, porque no puedo responderte. Te hablo a través de tu conciencia. Empieza a hacerte la idea porque estás muerto y no eres más que un anticuerpo, el espectro de lo que eras físicamente en el momento de tu muerte. Tal vez lo entiendas mejor si te digo que estas compuesto de anti-materia. Una materia sutil previa a la energía. Eres similar en todo a lo que eras en el instante de tu muerte, excepto que ahora careces de sensaciones, porque eres todo espíritu y mente; es decir, tienes plena conciencia del bien y del mal, pero careces de sensibilidad. Como deseas saber donde te encuentras, no te sorprendas si te digo que estás en el purgatorio, un espacio intermedio entre el cielo y la tierra. Algo, que no es tan grave como para merecer el infierno, debe pesar sobre tu conciencia cuando no has ido directamente al cielo. No te alarmes, de aquí se puede salir, pero alguien tiene que ayudarte para que puedas librarte del sentimiento de culpa de tu conciencia. No obstante, te prevengo que esto puede llevarte años o tal vez siglos. Aquí el tiempo es cósmico y mil años es un periodo relativamente breve de tiempo. — ¡De modo que estoy muerto! — Desgraciadamente, así es. — Y tú eres la voz de mi conciencia. — Cierto. — Y estoy en el Purgatorio. — Al menos por el momento, aquí estás. — Por alguna falta cometida que todavía pesa en mi conciencia. — Esa es la razón. — Pero ¿qué falta es esa, si puedo saberlo? — Eso es cosa tuya el averiguarlo, para eso tienes la conciencia. — Pero yo habré cometido miles de faltas en el transcurso de mi vida, ¿cómo saber cuál de ellas es la causa de que me encuentre en el purgatorio? — Solo tú mismo tienes la respuesta. Ahora tendrás tiempo de sobra para averiguarlo. El cielo puede esperar. — ¿El cielo? Pero ¿qué es el cielo? — Lo sabrás tan pronto como te libres de tu culpa. — Para ser la voz de mi conciencia, no eres muy habladora. — Adios, Hermann. — ¿Cómo sabes mi nombre? — Recuerda que soy tu conciencia. Lo supe desde el mismo día en que lo supiste tú. ¡Suerte en tu largo viaje, Hermann. Recuerda: solo alguien que te ayude puede sacarte de este lugar. La voz de mi conciencia no dijo nada más, y me dejó sumido en una angustiosa perplejidad. Entonces me asaltaron cientos de imágenes y pensamientos que me deprimieron todavía más. Si realmente estaba muerto, ¿quién descubriría mi cadáver? ¿Se inquietarían mis colegas de la biblioteca y vendrían a mi apartamento para interesarse por mí? Por suerte dejé una copia de mi llave a la encargada del edificio y no tendrán que tirar la puerta abajo. Bueno, al menos mis pobres padres ya fallecidos se ahorrarán este disgusto. Y ¿dónde me enterrarán? Seguro que me incinerarán y arrojarán mis cenizas al contenedor de las basuras del crematorio. Pero ¿y mi cuenta del banco? ¿Quién se quedará con mis ahorros? ¿Y qué pasará con mi cuenta de correo electrónico? Nadie más que yo conoce la clave. Debí apuntarla en algún sitio fácil de encontrar. ¿Se extrañarán mis más de ciento cincuenta amigos de Facebook de que ya no postee? ¿Quién de ellos dará la noticia de mi muerte, y qué dirán en sus comentarios? ¡Menos mal que, al menos, no tengo cuenta en Twitter! Pero, ¿en qué estoy pensando? ¡Me acabo de morir y me preocupo por esas estúpidas nimiedades! Debo calmarme, afrontar los hechos, despreocuparme de cuanto he dejado atrás, y concentrarme en mi salvación. ¡Estas tinieblas son insoportables! ¿Cómo voy a vagar por esta tenebrosa oscuridad durante mil o dos mil años? ¡Ni siquiera podré tener la noción del tiempo! Aquel viejo loco lleva aquí ya casi quinientos años y sigue igual que el día de su muerte, convencido de que sigue vivo. Aquí no hay días ni noches; no hay un tiempo para la vigilia y otro para el sueño. Entonces, ¿cómo voy a hacerme una idea del paso del tiempo? Pero ¿quién puede ayudarme a salir de aquí, y qué tiene que hacer por mí? Mi conciencia está ofuscada y no puedo pensar con claridad, es mejor dejar descansar la mente y no pensar en nada, en nada en absoluto. ¿No es absurdo estar muerto y seguir pensando? 4. Durante unos instantes logré librarme de mis angustiosos pensamientos concentrando mi atención en la contemplación de una de las galaxias más espectaculares que tenía a la vista. Tenía una forma en espiral, pero con irregularidades. El centro era de un blanco intenso y brillante, y a medida que se expandía los tonos iban cambiando del rosáceo al violeta, y los jirones de densas nebulosas de los extremos eran de color azul pálido. Probablemente la leve claridad que me iluminaba provenía principalmente de aquella fantástica galaxia. Me hubiera gustado conocer su nombre, seguramente que era familiar entre los astrónomos de la tierra. Cuando había logrado calmar mis excitados ánimos con aquella extraordinaria visión, volvió a sobresaltarme porque creí ver, perfilándose en el resplandor de la galaxia, una figura humana, e instantes después no salía de mi asombro al encontrarme frente a una joven ataviada al estilo de las antiguas campesinas alemanas, con una camisola blanca y un corpiño rojo con primorosos bordados; unas largas sayas hasta los tobillos, cubiertas con un delantal. Llevaba sus pequeños pies descalzos. Tal vez no tendría más de veinte años, de larga cabellera rubia hasta la cintura, que recogía en dos largas trenzas, y cubría con una cofia blanca, sujeta con un broche probablemente de plata en forma de rosa con los pétalos abiertos. Sus facciones eran agradables pero tristes. Pero lo más asombroso era que llevaba en cada mano uno de mis zapatos, los que le había regalado al viejo loco hacía apenas unos instantes. Se acercó a mí con cierta timidez y embarazo, y alargándome los zapatos me dijo: — Tenga, señor, sus zapatos. Mi abuelo no debió pedírselos, y usted fue muy bueno al dárselos. — ¿Su abuelo? ¿Aquel viejo chiflado es su abuelo? — Así es, señor. Pero no está chiflado, solo algo confundido. Eso es todo. Bueno… adiós, señor, y le pedimos disculpas, pero ahora tengo que volver con mi abuelo. Con cierta indecisión, como si esperase que yo la retuviera, se dio media vuelta y pude ver una horrible herida en su espalda, que le desgarraba parte del vestido. Entonces comprendí que tal vez el viejo y ella murieron por las misma causa, traspasados por la picas de los mercenarios católicos de Carlos V. — ¡Espere, espere! No se vaya sin decirme quién es usted y como ha llegado hasta aquí. — ¿Qué quiere que le diga? No puedo entretenerme mucho. Mi abuelo ya me estará echando de menos. — Solo desearía saber cómo…, cómo…, quiero decir, ¡cómo ha muerto usted! — Ah, eso. A mi abuelo y a mí nos mataron los católicos el mismo día. Yo trataba de huir, corrí cuanto pude, pero me clavaron una lanza por la espalda. No fallecí en el acto, y pude arrastrarme hasta donde estaba mi abuelo, que intentó socorrerme. Entonces el mismo soldado lo mató despiadadamente a él también, clavándole la lanza en el pecho cuando me sostenía en sus brazos… — ¡Malvado! — Sí, eran muy crueles estos mercenarios católicos. — Entonces, ¿son ustedes protestantes? — Sí señor; luteranos, y solo por eso nos mataban. — ¿Y dónde sucedió? — Vivíamos en la hermosa ciudad de Magdeburgo. — Ah, fue durante el sitio de Magdeburgo. — Sí señor; lo arrasaban todo. Mataban niños, mujeres y ancianos, sin ninguna clemencia. ¡Y se decían cristianos! Ambos permanecimos unos instantes en silencio, sobrecogidos por la imagen de aquellas horribles matanzas. — Fue algo espantoso, sin duda… — ¿Fue? ¿Es que los católicos ya no matan a los protestantes? — ¡Por supuesto que no! Hace siglos que viven en paz unos con otros. — ¿Es cierto eso? ¡Mi abuelo debería saberlo! Es una gran noticia y puede que le devuelva el juicio. — Según parece él todavía no es consciente de que está muerto. — Eso es lo malo. Cree que está vivo y sigue con su rutina, como si estuviera en Magdeburgo. Sabe, recogía cosas que la gente le daba por inservibles y las vendía en el mercado. Así sacaba algunas monedas que ayudaban en casa. Yo estaba empleada de criada en casa del Burgomaestre, ¡Una buena persona, que los católicos debieron matar también! — ¿Y sus padres? — Murieron durante la última epidemia de peste. Ahora seguro que deben estar en el cielo. Si pudiera convencer usted a mi abuelo, podría dejar este horrible lugar y subir también al cielo. En el fondo es una buena persona, pero está lleno de odio contra el emperador. — Si lo cree así, puedo intentarlo. — ¿Hará eso por mí? ¿De verás lo intentará? — Claro; por supuesto. No me cuesta nada. La pobre criatura se frotó las manos llena de júbilo, y, por primera vez desde que la conocí, vi una sonrisa en sus labios y su expresión se hizo más graciosa y juvenil. — ¡Espere aquí, no tardaremos ni un minuto! — Dime antes como te llamas. — Eloísa; eso creo, porque así me llama mi abuelo. Y se perdió en las tinieblas por las que había aparecido. Por un momento pensé que aquella dulce criatura nunca había estado allí y que había sido una aparición causada por mi alterada conciencia, que, desde que me lo advirtiera su voz, buscaba desesperadamente alguien que me ayudara a salir de aquel purgatorio. Pero cuando vi que tenía mis zapatos en la mano me alegré, porque era la prueba de que aquella joven había estado allí, y seguramente volvería con el abuelo, tal y como me había prometido. La paradoja es que iba a ser yo quien ayudara a alguien a salir de aquel tenebroso lugar. 5. Se hizo de nuevo un pavoroso silencio, aunque por instantes creí percibir un extraño sonido, como si fueran las notas agudas de un órgano, con cierta armonía, pero sin que formara una frase musical concreta. Era un tono monótono, a veces mas grave y otras más agudo. El sonido era agradable y solemne, pero al mismo tiempo aterrador, porque parecía provenir de las galaxias. A veces se desvanecía totalmente y reinaba el más absoluto silencio. ¿Tendría que escuchar aquella música espectral los mil o dos mil años que permaneciera en aquel purgatorio? Por suerte la llegada del viejo y la joven Eloísa me sacaron de aquella angustiosa suposición. — Señor, dígale a mi abuelo lo que me ha dicho a mí. A usted debe creerle. El viejo me observaba incrédulo, pero parecía inquieto y expectante. Yo traté de hablar con aplomo y ser lo más convincente posible. La joven empujó suavemente al anciano para que se acercase más a mí y le descargó de su voluminoso saco. — Es cierto, señor, y debe creerme. Hace años que los católicos y los protestantes conviven juntos en paz y armonía. — No puedo creerlo; usted debe ser católico y trata de engañarme, pero yo no renunciaré a mi fe, ¡antes prefiero mil veces la muerte! — ¡Abuelo, no sea tan obstinado! — le recriminó la joven. — Ya no hay guerras religiosas en Alemania. ¡Carlos V ha muerto, y sus sucesores también! — ¿El emperador ha muerto? — ¡Completamente! ¡Hace ya casi cinco siglos! — Pero, ¿quién es usted, y por qué sabe todo eso? ¿Es un emisario de la Liga protestante? — No, no; de eso hace ya muchos años. Pero yo también estoy muerto. Lleva usted mucho tiempo en este purgatorio y yo acabo de llegar del mundo de los vivos. Las cosas han cambiado mucho en el mundo desde que usted está muerto. — Debe creerle, abuelo, se lo dice con buena intención. Este señor no quiere herirle. Es una buena persona; ¡le regaló sus zapatos! — intercedió nuevamente la joven. El viejo pareció afectado, como si mantuviera una profunda lucha interior. Cambió una interrogante mirada con su nieta y ella hizo un enérgico gesto de afirmación con la cabeza. — Entonces, estoy muerto, y de nada me sirve recoger cosas inservibles por ahí… — No, abuelo, ya no le sirve de nada; ya nunca podrá venderlas en el mercado. Todo ha terminado para nosotros. Ahora solo nos queda ganar el cielo, y este buen hombre puede ayudarnos. El viejo permanecía confuso. Le temblaban las pantorrillas y seguía intercambiando angustiosas miradas con su nieta. Por fin me pareció que había aceptado los hechos, porque se acercó a su nieta, estrechó su mano, y exclamó desolado: — Entonces, aquel soldado nos mató a los dos el mismo día… — Sí, abuelo. — ¡Y tú lo has sabido todo este tiempo! — Muchas veces he intentado convencerle, pero usted se obstinaba. El anciano parecía sereno y resignado. Se volvió hacia mí y me preguntó si sabía como había muerto el emperador. — Enfermo y cansado de pelear contra todos los príncipes de Europa se retiró a un monasterio en España… — ¿Se hizo monje ese Anticristo? — Oh, no; en absoluto. Él siguió siendo el mismo arrogante y fanático personaje de siempre, como todos los Habsburgo de aquellos tiempos. Pero en sus últimos años la gente le perdió el respeto. Incluso los monjes y lugareños del monasterio le hacían la vida imposible. Ni siquiera el hijo le tenía mucho respeto. — ¿El joven Felipe? — Sí, el mismo. Finalmente falleció después de una dolorosa agonía, víctima del paludismo, aunque desde muy joven ya padecía de la dolorosa enfermedad de la gota, tan frecuente entre los príncipes de entonces. — ¡Dios le castigó! — En sus últimos días debió padecer de grandes remordimientos, porque prácticamente perdió el juicio. Hizo que los monjes del monasterio celebrasen sus exequias mientras estaba todavía vivo y permanecía dentro de su propio ataúd. — Ha debido ir directamente al infierno — me interrumpió la joven. — ¡Sin duda alguna! — ¿Y qué sucedió después? — Desgraciadamente su hijo Felipe no se comportó mejor que él, y provocó una larga guerra entre católicos y protestantes. Pero finalmente se firmó un acuerdo de paz por el que se decidió que el norte de Alemania profesaría mayoritariamente el protestantismo y el sur el catolicismo, pero con libertad religiosa en ambas partes. Hoy las iglesias católicas y protestantes están unas al lado de las otras y las dos confesiones conviven pacíficamente. — ¡Alabado sea Dios! — exclamó el viejo, y después pareció sumirse en una profunda reflexión. — ¡Yo le perdono! Si Dios ya le ha castigado, yo debo perdonarle, pues el Señor nos dijo que debíamos perdonar a nuestros enemigos, y yo no tengo más enemigo que el emperador. Lo que sucedió inmediatamente después fue asombroso. El anciano pareció caer en un beatífico estado de trance. Su tenue figura empezó a desvanecerse al tiempo que adquiría un leve resplandor, que fue en aumento hasta que se convirtió en una pequeña luz blanca de una deslumbrante intensidad, que nos iluminó como si se tratará de una diminuta estrella. Un instante después de esta extraordinaria metamorfosis, la luz fue vertiginosamente absorbida en dirección a la gran galaxia blanca que lucía sobre nuestras cabezas, y supongo que fue a fundirse con ella. ¿Era aquello el cielo de que habló mi conciencia? 6. Después de aquel extraordinario suceso, la joven Eloísa parecía estar profundamente conmocionada. Como si el extraño desvanecimiento de su abuelo la hubiera alegrado, pero al, mismo tiempo, entristecido. Parecía como si no fuera capaz de poner orden en su conciencia. Cambió una expresiva mirada conmigo, esperando que yo le diera una razonable explicación. Pero yo me encontraba en su misma situación, y tampoco sabía cómo debía reaccionar. Me preguntaba qué sentido tenía la vida para, después de esforzarnos por mantener nuestra conciencia limpia de remordimientos y de pasar por el amargo trance de la muerte, terminar convertido en una diminuta porción de energía y ser atraído por una estrella, contando, claro está, con no pasar previamente por el penoso purgatorio. No tenía mucho sentido espiritual, pero si había sucedido debía ser así. Por otro lado, la expresión final del anciano parecía serena y feliz, como si estuviera experimentando una beatífica paz espiritual, sin duda un sentimiento lógico para quién se prepara para subir al cielo. Entonces, ¿la energía misma es el cielo y la causa de la felicidad? ¡Qué decepción para los teólogos! — Creo que su abuelo ha subido al cielo — me atreví a sugerir, no sin tener serias dudas sobre el sentido de aquel fenómeno. — ¿Lo cree usted? — Sin duda; cuando se desvaneció parecía muy feliz. — ¿Y se reunirá con mis padres? — Así debe ser. — Es extraño, yo esperaba que subir al cielo era algo distinto. — ¿Cómo lo esperabas? — No sé muy bien, pero tendría que haber aparecido algún ángel y habérselo llevado con él, porque los ángeles deben saber el camino del cielo… — Sí, hubiera sido más poético y espiritual, pero los seres humanos tenemos demasiada imaginación. Las cosas deben ser más simples en la realidad. — Entonces mi pobre abuelo descansa ya en paz. — Eso creo. — Sabe, yo también creo que sea así, y le doy encarecidamente las gracias por su ayuda. De no haber sido por usted sabe Dios el tiempo que hubiéramos permanecido todavía en esta oscuridad. Ahora yo también podré irme y descansar en paz, junto a mi familia; sí, por fin nos reuniremos todos otra vez… Al escuchar sus deseos sentí una indescriptible amargura, porque, a pesar del poco tiempo que hacía que la conocía, ya sentía un paternal afecto por aquella dulce criatura. Además, me aterraba la idea de volver a estar solo en aquel pavoroso abismo. Tal vez inconscientemente había creído que ella era la persona que me ayudaría a salir del purgatorio, como me había advertido la voz de mi conciencia. Y si fuera así, ¿qué sería de mí si ella se desvanecía también? Creo que me comporté como un auténtico egoísta que no merecía salir de aquel lugar, y le comuniqué mis temores sin pensar en su propia salvación. — ¡Por favor, Eloísa, no te vayas! Ahora soy yo quién necesita tu ayuda. — ¿Mi ayuda? Pero, ¿qué puedo hacer yo por usted? — No lo sé; no estoy seguro. — Si puedo ayudarle lo haré, pero yo… — ¡Hechas de menos a tu familia! — Sí, señor, pero también siento cariño por usted. Dígame lo que debo hacer y lo haré encantada. He pasado tanto tiempo en este lugar que un poco más no tiene importancia. Sentí que mi conciencia se retorcía dentro de mí espíritu, y por aquel chantaje merecía ir directamente al infierno. No era justo retenerla si no era su deseo, debería dejarla marchar. Era lo más justo y honrado. Por otro lado, no fue un gran sacrificio lo que hice por su abuelo. Pero antes de que tuviera tiempo de mostrar mi arrepentimiento, noté como su figura se iluminaba levemente. Sí, se estaba transformando en energía y pronto desaparecería como su abuelo en aquella majestuosa galaxia blanca. No deseaba que se fuera con remordimientos, y me apresuré a sincerarme. — En realidad, Eloísa, ya me has ayudado bastante al permitirme hacer una buena acción con tu abuelo. Ya puedes marchar también tú sin remordimientos. Reúnete con tu familia, que es lo que más deseas. — Me hace usted muy feliz, pero yo no le olvidaré. Rezaré por usted cuando esté en el cielo. Su querida figura se fue volviendo más luminosa, y, antes de desaparecer completamente, se quitó el pequeño broche que sujetaba su cofia y me lo ofreció. — ¡Tome, para que no se olvide tampoco usted de mí! En el cielo ya no lo necesito. Apenas cogí el broche, se desvaneció completamente y su pequeña luz ascendió rápidamente hacia la gran galaxia blanca, como instantes antes había hecho su abuelo, dejando un leve rastro luminoso en aquella tenebrosa oscuridad. Después se hizo de nuevo el silencio, y yo volví a encontrarme solo, flotando en aquel espacio desconocido, con el alma destrozada, pero con la conciencia serena, pues había hecho lo que debía y no lo que quería. 7. Pasaron unos angustiosos momentos en los que no pude apartar mi vista de la gran galaxia blanca donde, de alguna manera, Eloísa se habría ya reunido con sus seres queridos. Me preguntaba qué debería hacer yo para poder reunirme también con ellos, pero no fui capaz de encontrar en mi conciencia la falta que me retenía en aquel purgatorio. — Hermann, ya has hecho méritos suficientes para merecer también subir al cielo, pero tu hora no ha llegado todavía. Como te dije en la otra ocasión, el cielo puede esperar. — ¿Eres otra vez la voz de mi conciencia? — Tu misma voz interior. — ¿Qué quieres decir con que no ha llegado mi hora? — Por esta vez te salvarás, pero has estado muerto unos instantes. Tu corazón volverá a latir. — ¿Y todo lo que he visto y hecho ha sucedido en solo unos instantes? — Así es, el tiempo aquí es relativo. — Sabes, ahora no estoy seguro de si deseo volver a la vida. Allí abajo hay demasiadas contradicciones y tentaciones para obrar injustamente, y ahora sé lo importante que es vivir con la conciencia tranquila. — Hermann, has aprendido mucho en muy poco tiempo. — Ha sido una gran experiencia, que nunca hubiera conocido de no haber pasado por este trance. Los teólogos han escrito tantos disparates… Además, esté donde esté, hecho de menos a la joven Eloísa. — Tu joven amiga Eloísa está en el cielo. — Entonces el cielo… — Es la energía. — Y el infierno… — Simplemente la materia. — Y el purgatorio debe ser un estado intermedio. — Así es. Aquellos que mueren con mala conciencia su espectro no puede elevarse y permanece adherido a su cadáver, incluso si es incinerado. — ¡Como si fuera un zombi; un muerto viviente! — Un alma en pena, aferrada a la misma materia que tanto deseaban en vida. Y así permanecerán por siglos hasta que colapse el mismo universo, pues no tienen ninguna oportunidad de transfigurarse en energía. Pero los que fallecen con la conciencia en paz, se transfiguran inmediatamente en pura energía, lo que les produce una gloriosa sensación de felicidad y alegría. — Y los que tenemos algo pendiente con nuestra conciencia nos quedamos atrapados en este vacío tenebroso. — En efecto, pero de aquí se puede salir, del infierno no. — ¿Y eso es todo? ¿Es ése el sentido de nuestra existencia? — Así de simple y natural. Es la interacción entre el cuerpo y el alma y su conciencia, pero solo se produce entre los seres con entendimiento, los inconscientes y sin entendimiento van directamente al cielo. Solo a los humanos se nos plantea el dilema moral de juzgar nuestros actos y obrar con justicia y con moralidad. — ¡Entonces, el mundo debe de estar atestado de zombis! — Lo está, por desgracia para ellos. Sobre todo en los cementerios y sus alrededores. — Aclárame algunas cosas más. ¿Existen los ángeles? — ¡Por supuesto! Son pequeñas entidades de energía que vagan por el espacio y que eventualmente llegan a mundos habitados. — ¿Mundos habitados? ¿Hay otros planetas habitados? — ¡Millones! Casi tantos como estrellas. Rara es la estrella que no tiene alguno. — Sigue con lo de los ángeles. — Tienen la habilidad de transformarse en la imagen que le sugestiona a quien se aproxima a ellos. Por lo general son personajes bíblicos, sobre todo en la forma de una virgen o del mismo Jesucristo, pero normalmente se aparecen como seres alados, ¡de alguna manera tienen que sostenerse en el aire! — ¿Y Dios? ¿Quién es Dios? ¿Es también alguna forma de energía? — Puedo responderte a todo lo sea un fenómeno natural, pero no me preguntes a cerca de lo sobre-natural. ¡Solo Dios sabe quién es Dios, lo demás es pura fantasía! Dios es inconcebible. La conciencia no puede alcanzar una respuesta. Es una cuestión de fe. Se cree o no se cree en Él, pero no pretendas probar su existencia.. — ¡Ni en el purgatorio hay una respuesta! En fin, me resigno a volver a la vida y sus tentaciones, pero ¡ahora ya no temeré a la muerte! 8. De pronto volvió la luz a mi apartamento y me sobresaltó el agudo pitido del radio-reloj despertador que se había desprogramado. También la impresora, que había quedado encendida, se volvió como loca, tratando de estar nuevamente en línea. Era como si aquellos aparatos también sintieran que la energía que fluía por sus circuitos los vivificaba. Me desperté sin la menor sensación de dolor o molestia, y mi corazón, pasado el primer sobresalto, parecía volver a latir con normalidad. No quería que se desvaneciera los vivos recuerdos de mi experiencia en el purgatorio, pero lentamente me fui dando cuenta de la situación y empecé a dudar de que hubiera sucedido en realidad. Lo más razonable es que hubiera sido un sueño, pero al menos no debía considerarlo una pesadilla. Tenía su lección moral y algunas explicaciones interesantes. En tiempos de gran espiritualidad lo hubiera considerado como una visión, y hasta me hubiera servido para fundar una nueva religión, pero afortunadamente esos tiempos habían pasado, y este tipo de experiencias siempre tenían un razonable explicación. También se fue desvaneciendo la imagen de la joven Eloísa, e incluso me pareció simplemente un disparate que un espectro de hace casi quinientos años pudiera vagar por el espacio para desvanecerse y convertirse en una diminuta bola de energía luminosa y ser absorbida por una galaxia, y pretender, además, que aquello era el cielo. Seguramente que lo habría leído en alguna parte, y lo tenía guardado en el subconsciente. — "Pero ¿por qué un ateo como yo he soñado con criaturas que van al cielo y voces que me explican la naturaleza de los ángeles? — pensé en voz alta —. ¿Qué habrá en mi subconsciente que me causa este tipo de sueños? En adelante tengo que poner más atención en lo que leo. Nada de seres metafísicos e incorpóreos, y mucho menos lecturas teológicas, por disparatadas que me parezcan." Finalmente me convencí a mí mismo de que simplemente había sido un sueño y me había dejado sugestionar por la súbita oscuridad en que había quedado sumido el apartamento. Pero, al recordar, ya de forma imprecisa y brumosa, a la joven Eloísa, en el fondo deseaba que hubiera sido real. — "En fin, sea como sea, ha sido un buen sueño — me reconforté a mí mismo —. Ahora tendré que reprogramar este dichoso radio-reloj, y buscar otra vez todas las emisoras que tenía ya memorizadas." Pero al intentar coger el reloj, cayó de mi mano un pequeño broche de plata con la forma de una rosa con los pétalos abiertos. Todos mis cabellos se erizaron, y el corazón me latió con tanta intensidad y precipitación que por un momento creí que esta vez moriría verdaderamente. — “Entonces, ¿no ha sido un sueño, sino que ha sucedido en realidad?" — me dije angustiado. — En efecto, Hermann, ha sido real, y ahora ya sabes por qué fuiste arrojado al purgatorio. — ¡Tú otra vez! — ¡Por tu incredulidad! CUENTOS BERLINESES Dedicatoria En este pequeño libro yo no he puesto más que un poco de imaginación y algunas horas de agradable trabajo, lo importante lo han aportado aquellas personas que con su estímulo y ayuda lo han hecho posible. Estas personas son, sin seguir un orden de importancia, las siguientes: «Pelirroja», de quien sólo sé su alias, pues me contactó desde España a través de mi blog en Internet. Desde un primer momento me sugirió, y hasta rogó, que le contara cosas de Berlín. Así surgió el primer cuento de este libro, «Cosas de duendes de Berlín», y después surgirían todos los demás. Pero, además de este libro le debo algo que para mí es de suma importancia. Al escribir este cuento me di cuenta de que suponía un decisivo paso en mi carrera literaria, ya que después de tres agradables años de estancia en Berlín, era la primera vez que escribía «en Berlín y sobre Berlín», es decir, de la noche a la mañana, y gracias a su insistencia y estímulo, me convertí en lo que creía difícil y laborioso que llegara a suceder: en un escritor berlinés que escribe en español. Lucia Naiscemento, una amiga y vecina portuguesa que prueba dos cosas importantes: la primera que la inteligencia no entiende de sexo ni nacionalidad, la segunda que la amistad es un estímulo más provechoso y duradero que el amor. Sin su ayuda, su confianza y su lealtad este libro no hubiera sido posible. Berlín está de suerte por contar con una persona tan encantadora y brillante como Lucia, que además desarrolla una importante labor de investigación de una de sus prestigiosas universidades. Todos mis entrañables y súper amables vecinos, incluida mi paciente «Hausmeisterin», Frau Buhla, y la sensata y extraordinaria mujer propietaria de mi apartamento, Christa Klein, a quien debo un emotivo regalo que recibí esta pasada Navidad. En su amable carta me decía que «Dios nos envía toda clase de problemas, pero también el talento necesario para resolverlos». No puedo estar más de acuerdo. Aunque pueda parecer que intento congraciarme con las «autoridades», me veo en la obligación moral de dedicar también este breve libro de cuentos berlineses a los responsables del departamento de «Asuntos sociales» de mi embajada en Berlín, quienes en un delicado momento, especialmente crítico y coincidiendo con las fechas navideñas, me «echaron una manita», lo que me permitió gozar de la tranquilidad y el sosiego necesario para escribir estos cuentos prácticamente de un tirón. Por último, quiero dedicar también este libro a quienes he tenido en la mente, y también en el corazón, durante su redacción, y sin cuyas vivencias anteriores, afectos, respeto y cortesía, simplemente hubiera sido impensable; es decir, ¡a los berlineses! ¡Gracias a todos! Berlín, 24 de diciembre de 2007 Cosas de los duendes de Berlín Dedicado a «Pelirroja» Como las cosas que se piden con educación y por favor no se pueden negar, te voy a contar una breve historia que se me ha ocurrido así, de pronto. ¿Quiénes saben del color de las hojas en el otoño berlinés mejor que los duendes del Tiergarten? No hace mucho tuve la suerte de encontrarme con uno, y eso que lo habitual es que aparezcan durante el equinoccio de invierno. —¡Preciso otoño! —le comenté, extrañado de que siguiera fumando su pipa como si tal cosa, apoyado en un viejo nogal cerca del puentecillo que lleva al jardín zoológico. —¡Hermoso! —contestó (los duendes son gente de pocas palabras y normalmente detestan a los turistas) Uno nunca sabe cuál puede ser la conversación adecuada para ganarse la confianza de los duendes, así es que me entretuve dando pataditas a las bellotas y haciéndome el interesado por su bosquecillo. —¿Tabaco cubano? —le dije para despistar. —¡Turco! —Si no es mucho molestar, ¿vive usted por estos alrededores? —En esta misma haya, desde hace más de trescientos años! —¡Guau! —le contesté en inglés. Mal hecho, porque sospechó que era turista. —¿Es usted turista? —(¡lo que me temía!) —A medias; sólo escritor. Murmuró algo, como dándome a entender que me perdonaba. —Yo conocí a los Grimm —¿A los hermanos Grimm? ¿Los de Blancanieves? —asintió, no sin cierta arrogancia. —¿Escribe usted también cuentos? —me preguntó a su vez, pero sin poner demasiado interés por la respuesta. —No siempre, pero tengo un encarguillo de una pelirroja española. Ya sabe como son las chicas cuando se empeñan en algo. ¡Saben cómo pedirlo! —¿Y que piensa contarle? —¡Pchsss, lo primero que se me ocurra! —Yo me sé un cuento muy gracioso, a lo mejor le sirve. —¡Cuente! —le rogué con la excitante sensación de poder salvar mi compromiso. —Había una vez una niña que vestía siempre una caperuza roja... —Perdone —le interrumpí—, pero ahora recuerdo que me he dejado el gato encerrado en el microondas. ¡Si no le importa seguimos mañana! No le gustó la idea y sospechó que en realidad yo era un turista camuflado de escritor. —¡Usted se lo pierde! —me dijo sin dejar de mirarme por encima del hombro, lo que no era fácil dado su pequeña estatura. Me vine a casa, saqué el gato del microondas, y me puse a escribir este cuento. En cuanto al rojo de las hojas, puedo decirte que no hay palabras para definirlo. Si puedo te enviaré una un día de estos. Cuento de hadas del Grunewald Durante el equinoccio de primavera y en especial las noches de luna nueva, despejadas y estrelladas, los niños y los artistas pueden gozar de la grata presencia de las hadas del Grunewald. No son muchas, tal vez no lleguen a la media docena, y debido a su carácter nervioso e inconstante, suele ser raro el poder cambiar más de unas cuantas frases de cortesía con ellas. Suelen aparecer en los lugares más insospechados, como por ejemplo, tenerlas prácticamente pegadas a tu espalda sin que te des ni cuenta, y permanecer así un buen rato. Sólo sus risitas las denuncian, pero es necesario que haya un completo silencio, porque por su reducido tamaño no tienen una voz muy potente. La más grande que he podido ver no era mayor que la palma de mi mano. Son relucientes, visten por lo general una ligera túnica blanca hasta las rodillas, sujeta con un lazo, casi siempre de color rosa, pero las más veteranas (no hay hadas viejas) prefieren el azul. Van dejando un cierto destello tras de sí, por lo que se las puede ver ya desde lejos, pero no confundirlas con las luciérnagas, con las que no acaban de entenderse, y normalmente todas llevan una pequeña varita que algunas manejan con bastante destreza, y con la que suele hacer ciertos prodigios si tienen un día bueno. Digo todo esto porque como ando metido en la redacción de un nuevo libro de cuentos berlineses y por desgracia no soy berlinés más que de corazón, no estoy muy inspirado. Un buen amigo experto en hadas y duendes berlineses, que trabaja para una conocida editorial infantil, me comentó que las hadas del Grunewald saben centenares de cuentos, pero se los cuentan sólo entre ellas o a ciertos niños de imaginación fuera de lo común. La mayoría son divertidos, pero también saben cuentos con moraleja, que suelen contar a las hadas más jóvenes, para que sienten la cabeza y dejen de hacer prodigios sin sentido común. Hoy es una de esas noches que citaba al principio. He cogido mi bicicleta, un discreto bloc de notas, y me he aventurado en la espesura de este bosquecillo, a ver si tengo suerte y doy con alguna que me eche una mano. Varias veces me he vuelto por si me seguían pegadas a mi espalda, pero todo lo más que he visto a sido alguna de sus odiadas luciérnagas, por lo que he tenido que cambiar de lugar varias veces. Suerte que me he preparado un bocadillo y he echado en el macuto un par de plátanos, porque ya son más de las dos de la madrugada y aquí no aparece hada ninguna. Si dentro de una hora no hay novedades, me vuelvo a Berlín, pero no dejaré de hacer una visita a mi informador, que sin duda se ha aprovechado de mi necesidad para tomarme bien el pelo. Lo que yo no sabía era que las hadas suelen reunirse en lugares frescos, junto a riachuelos o pequeños estanques. También les gustan los matorrales floridos y frondosos, porque al ser tan pequeñas pueden meterse por donde les de la gana sin problemas. —¡Hola! Por el tono de voz débil y cantarina, deduje que me había jugado la broma de costumbre y tenía a un hada pegada a la espalda un buen rato y yo sin darme cuenta. —¡Ah, hola! Vaya, por fin apareces, ¡que llevo más de tres horas dando vueltas como un tonto! —Lo sé, te he visto entrar en el bosque, pero no estaba seguro de si eras un artista, por eso te he seguido. —¿Y cómo sabes ahora que soy un artista? —Por que tienes paciencia y fe en ti mismo. —¡Muchas gracias, muy amable, pero he estado a punto de perderla! Pero, ¿no puedes quedarte quieta ni un momento? ¡No sé ni dónde tengo que mirar para saber que estoy hablando contigo! —No; no puedo. Las hadas somos algo nerviosas —Me recuerdas a un colibrí. —¿Qué es un colibrí? —Un pájaro pequeño como tú y que también es muy nervioso. Habitualmente se alimentan del néctar de las flores. —¡Hummm, que rico! Aquí no hay pájaros de esos. —En mi país sí —¿Y también hay hadas? —Supongo que sí, pero la verdad yo no las he visto. En aquella época no escribía cuentos. —¿Y ahora si? —Estoy empezando, pero ando algo torpe todavía. Precisamente por eso... había pesando... Pero ¿dónde te has metido? ¡Ah, estas aquí!... Bueno, como te decía, tal vez tú... —¡Yo sé muchos, pero sólo se los cuento a los niños! Tú eres ya un poco mayor para cuentos... —Te equivocas, hay muchos mayores a los que nos encantan los cuentos. —También me sé algún cuento para mayores —No quiero parecer exigente... pero... ¡tiene que ser un cuento berlinés! Es que si no la editorial no lo quiere... —¡Que exigentes! ¡Sí, me sé uno muy gracioso! —No es necesario que sea gracioso, también puede ser serio, les da igual. Conseguí lo increíble para un hada de su carácter, pues se sentó sobre la rama de un pino joven, se colocó la túnica sobre las rodillas, dejó por un rato tranquila la varita sobre la rama y tosiendo un par de veces para aclarar la voz me contó este cuento: «—Había una vez en el bonito barrio berlinés de San Nikolas un pintor de gran talento, Wofgang Cornelius se llamaba. Le encantaban los cuadros de hadas, en paisajes bucólicos y llenos de colorido, magia y encanto. Pero a la gente mayor sus cuadros no les gustaban y no lo pasaba muy bien. Su situación económica empeoró de tal manera que llegó al punto de no poder comprar nuevas pinturas y ya ni siquiera podía pintar. Pero como estaba desesperado y hacía dos o tres días que no comía, se le ocurrió la tontería de visitar al dueño de la tienda de cuadros que hay justo frente a la iglesia, llevándole una tela en blanco. —Buenos días —le dijo Wolfgang—, le traigo una estupenda obra de arte, que espero la venda en un instante. —Veamos esa maravilla— contestó el merchante con cierta sorna. Wolfgang desenvolvió la tela y se las mostró desde cierta distancia, para que se hiciera mejor a la idea de la composición. —¡Pero si está en blanco! —¿En blanco? ¿Cuánto hace que no se hace revisar la vista? —Tengo una vista excelente y no veo otra cosa que un tela en blanco—, insistió el merchante, sin perder la flema, pues en el fondo sentía gran respeto por los artistas y sus opiniones. Wolfgang dejó la tela sobre el escaparate y se armó de imaginación para sugestionar al buen señor, que seguía receloso. Pero en esto que se detuvo un lujoso carruaje frente a la tienda de cuadros, y de él descendieron dos personas ricamente trajeadas. Una de ellas era de aspecto imponente, con capa de fieltro sobre sus nobles hombros, chaleco bordado en oro, sombrero de copa, manejaba con soltura su bastón y llevaba unos impresionantes anteojos oscuros que le daban aire misterioso e interesantes. Tras señalar varias veces el cuadro expuesto por Wolfgang, sonó la campanilla y ambos caballeros entraron en la tienda. —Buenos días señores —le dijeron al marchante, tras una respetuosas reverencia— desearía comprar un bonito cuadro para mi estudio. Mi ayudante me ha comentado que el del escaparate parece interesante. El merchante no salía de su asombro. Cambió alguna cómplice mirada con el atónito Wofgang, se encogió de hombros, y como su trabajo consistía en complacer al cliente, le siguió la corriente. —Sin duda, noble y entendido señor, es de uno de los pintores más afamados de Berlín, ¡Wolfgang Cornelius! Mire por donde casualmente está él mismo aquí en persona, ¡y no tenga en consideración su aspecto algo desmejorado, pero así son los buenos artistas! —Es un honor, y ya que está aquí ¿podía él mismo describir su obra? Wolfgang se puso algo nervioso, pues temió que su juego había llegado demasiado lejos, pero ante la insistencia del caballero y su creciente necesidad, se la jugó y le describió el imaginario cuadro. —Como puede ver es la imagen de una bella hada, con toda probabilidad del Grunewald, subida sobre un cisne que sobrevuela el río Havel. Al fondo aparece un cielo pálidamente iluminado por las últimas luces del crepúsculo, y el disco rojo de un sol de poniente. Otros cisnes acompañan su vuelo en ordenada formación. Abajo brilla el agua del Havel, bordeado de bosquecillos ya en el inicio del otoño, de color amarillo, ocre y rojo aterciopelado. Sobre el agua navegan varios veleros de porte esbelta, dejando una brillante estela de espuma blanca. En las orillas, los pescadores lazan sus sedales en busca de las suculentas carpas y decenas de casas solariegas bordean el río, con sus bien cuidados jardines, donde no falta la réplica de un duedecillo barbudo y rechoncho... —¡Se lo compro! —exclamó de pronto el caballero. —¡Pero, noble señor, es que en realidad... —intentó protestar Wolfgang. —¡No hablemos más, le doy 5.000 marcos! —¡Muy agradecido, pero yo creo que antes!... —¡Está bien, 10.000 marcos, pero ni uno más! Tan firme era su decisión y tan de sorpresa cogió al pobre pintor y al asombrado marchante, que accedieron a la venta. Envolvieron cuidadosamente el cuadro y se lo entregaron al que parecía su criado. —Sólo una impertinente pregunta —se atrevió a decir Wolfgang—, ¿puedo saber quién es usted? —Por supuesto, soy Marcus Schlosstein, conde de Schlosstein. Soy ciego de nacimiento, y este es el cuadro más bonito que he visto en mi vida!» —¿Qué, ¿te ha gustado el cuento? —me preguntó el hada. —Pchsss, no se si les gustará —en realidad todavía no había salido de mi asombro. —Dicen que cada vez que pasaba sus dedos por la tela en blanco veía el hada volando sobre el cisne blanco y el resto del paisaje.... ¡Bueno, si no te ha gustado no lo escribas y en paz! Y ahora me voy, que mis compañeras ya me andarán buscando. Nunca suelo perder tanto tiempo con un mortal, ¡y menos tan crecidito! Y visto y no visto desapareció. Como no tenía otra cosa mejor que hacer ni se me ocurría un cuento mejor, lo pasé a limpio y aquí está. Espero que les haya gustado, aunque sólo sea por no hacer el feo al hada que me lo contó. Cuento de Navidad Tadeus Shultz decidió suicidarse por Navidad, a la hora del ángelus, porque tenía pensado tirarse desde el Ángel de la Victoria. —Es el mejor día —se dijo fumando tranquilamente una de las últimas colillas que se había encontrado en la boca del metro de la estación del tren de Zoologischer Garten de Berlín—. Si me espero a primeros de año casi seguro que se me pasan las ganas. Bebía vino barato, comía de los restos que encontraba en las papeleras, eso cuando los cuervos dejaban algo, paseaba todo el día por los alrededores de la estación, excepto lo domingos que los pasaba dormitando en los bancos de las orillas del río Spree, y pernoctaba, si la policía no le molestaban, bajo el puente de la vía que hay en el Tiergarten, junto a la esclusa. Allí tenía su casa: un colchón grasiento, una silla de oficina sin ruedas, un parasol roto, una mesa vieja con dos patas y un árbol de navidad por el que había pagado 10 euros, adornado con papeles de colores y que los turistas le hacían muchas fotografías, las luces se las imaginaba. —De este año no pasará —insistía machaconamente—. El año pasado me eché atrás en el último minuto, pero este año tengo más experiencia y sabré como suicidarme sin la menor duda. Llegó el día señalado por su destino. Se camufló hábilmente de turista e invirtió su último euro en la entrada para subir por el ascensor. «No quiero matarme cansado», pensó juiciosamente. Afortunadamente era un día frío, había nevado el día anterior y los turistas ni se molestaron en subir al ángel aquel día. Al encargado de los tickets le extraño aquel turista barbudo y sucio, pero lo más sospechoso era que no llevaba cámara fotográfica, ni digital ni analógica, por eso no le perdió de vista. —¡Buenos días! —le dijo Tadeus golpeando el cristal con la moneda de euro para que viera que no era un indigente. —Buenos pero fríos —le contestó el vigilante—. ¿Uno de ascensor? —Hasta arriba, y luego ¡abajo! —La bajada está incluida en el precio —observó el portero con toda profesionalidad y que no estaba acostumbrado al lenguaje de los suicidas. —¿No estuvo usted el año pasado por esta mismas fechas? —¡Yo mismo! —¡Cómo pasa el tiempo! No quiso seguir la conversación y entró en el ascensor, pero se hizo una lógica observación a sí mismo: «¡Es el último año que me ves por aquí, burócrata mal nacido!». Le pareció algo caro tener que pagar un euro por suicidarse cuando en la vía del tren era gratis, pero Tadeus todavía tenía clase, no en vano fue un conocido escritor en su tierra natal, que ni él mismo ya recordaba cuál era, porque tampoco se acordaban en su tierra de él. Le hizo gracia que hubiera que subir tan alto para luego bajar de un golpe y para siempre, pero así eran las cosas de los suicidas. Cuando salió a la terracita al pie del ángel, el viento era gélido, como suele ser en estos casos, pues no es corriente contar cuentos de suicidas en Navidad en un día soleado y sin una mala brisa que refresque el ambiente. —Bueno, Tadeus, llegó el momento... —¡Vaya ganas de suicidarse en un día como éste! —dijo una voz algo afónica y metalizada por la falta de costumbre de hablar en público. Tadeus se sobresaltó, pero eso no quiere decir que se asustara porque estaba acostumbrado a las visiones, las alucinaciones y las pesadillas, pero este año había tomado una firme decisión y no estaba para escuchar a fantasmas. Pero la voz insistió. —Si pudiera, yo me suicidaría pasada la primavera —insistió el ángel. Tadeus comprendió la ironía y se hizo pronto a la idea de tener que cambiar impresiones con un trozo de metal alado. —¿Por qué esperar a la primavera? —No lo sé, yo no siento nada, ni en primavera ni en verano, pero la gente que viene por aquí dice que la primavera tiene un aroma especial... si pudiera sentirlo... ¡No sabes cómo te envidio! Tadeus volvió a coger el ascensor de bajada, saludó al portero para que le recordara por si volvía al año siguiente, se fue a su puente y meditó largo rato las palabras del ángel. Finalmente ¡decidió suicidarse después de la primavera! ¿Qué había ocurrido? Lo de siempre, que había pasado un ángel justo cuando estaba a punto de tirarse de cabeza contra el asfalto. Moraleja: Todos tienen un ángel de la guarda por Navidad, menos los más pobres. ¡Felices navidades a todos mis pacientes lectores! El perro de frau Goldschmidt A mi amable portera, Frau Buhla En el barrio berlinés de Charlotemburgo, no lejos de río Spree y a un paso de los jardines del palacio, vivía Frau Emma Goldschmidt, una anciana de buen carácter, ya algo torpe porque rondaba los ochenta, pero que pese a sus lógicos achaques, no paraba en casa ni un instante, pues no soportaba la soledad y le aburría la televisión. Lo normal era verla dando de comer a las hambrientas gaviotas que revoloteaban histéricas entre lastimosos graznidos, o las feroces fochas, siempre peleándose entre ellas, o los atolondrados patos, pero sus favoritos, naturalmente, eran la pareja de orgullosos y ceremoniosos cisnes, que acompañados de sus últimas crías, se hacían los dueños de río. Como se aproximaba Navidad, Frau Goldschmidt, garrota en mano y los ánimos listos, se dispuso a visitar el mercadillo de Navidad instalado en el patio del Palacio de Charlotemburgo. Desde hacía años tenía la costumbre de comprar un cuarto de kilo de jamón ahumado del Tirol a su amigo el Salzburgués, como se llamaba el tenderete, donde cada año ofrecía toda clase de ricas especialidad del Tirol. — ¡Un cuarto de lo mismo, Hans! —le dijo al mozo del puesto. — ¡Ni un gramo más, Frau Goldsmidt, y que se lo coma con salud y paz de Dios, que eso no debe faltarle! — Uno de estos años ya no me verás por aquí, y donde pienso ir ¡ya no me aprovecharán tus pancetas! — ¡No tenga usted prisa, que aquí no se está tan mal! — ¡La soledad, amigo Hans; la soledad es lo peor! ¡Hace quince años que murió mi pobre Albert y todavía no me he acostumbrado! — ¡Cómprese usted un perrillo, hacen mucha compañía! — ¡Quita, quita, que engorro! Hay que sacarlos cada día a paseo, se hacen caca por todas partes y no te dejan dormir. Un gato, todavía, pero ¡pobre animal, no tengo edad para ocuparme de ellos! Compró su jamón de cada año, lo metió en el bolso, se armó de valor, y después de despedirse hasta el año próximo (si Dios así lo quería) emprendió el regreso a su casa. No hubo salido del concurrido mercadillo, cuando tal vez atraído por el olor del jamón o por simpatía hacía la anciana, Frau Goldschmidt observó que la seguía un perro de pequeño tamaño, peludo como un bola de algodón, morro fino, orejas tiesas y mirada vivaracha. «¡Qué salado es este chucho!», pesó recordando el consejo del tendero tirolés, «¿Qué andará haciendo por aquí sin su dueño?». Pero no le dio mayor importancia y se concentró en su marcha, sobre todo al llegar al semáforo de la Otto-Suhr-Alle y la Kaiser-Frederich-Straße, que cruzaba en dos veces. Alcanzó el otro lado de la calle no sin cierto azoramiento en el último momento, pues este semáforo no está calculado para el paso lento de una anciana, y ya más tranquila, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden, ¡y allí estaba todavía el perro! —¡Anda, vete con tu amo! ¿O es que te has perdido? ¡Válgame Dios, debe de estar hambriento el pobre chucho! —Frau Goldschmidt comprendió que debía ser el aroma del jamón tirolés lo que atraía al perrillo y, no sin cierto reparo, le echó una fina loncha—. ¡Toma y adiós! ¡Anda, vete, vete; no me vengas siguiendo que se ha cerrado el restaurante! Pero el perro hizo el menor caso de sus órdenes y persistió en seguirla hasta que, una vez frente a la puerta de su casa, se vio ante el dilema de adoptarlo. —¡Bueno, sube y ya veré que hago contigo mañana! No vas a quedarte en la calle en una noche como ésta, ¡pero sin armar alboroto!, ¿entendido? El animal pareció entender la idea porque movió la cola con excitación y se plantó en medio de la puerta dispuesto a cruzarla el primero, como si se tratara de su propia casa. Al día siguiente, y a la misma hora del anterior, Frau Goldschmidt ató el perro con un improvisado collar hecho con un cordón de cortina y con la habitual parsimonia de siempre regresó al mercadillo de Navidad, por si los dueños del perro aparecían. Paseó arriba y abajo con el animal, recorrió el mercadillo varias veces, lo que le llevó algo más de una hora, y en vista de que nadie reclamaba el animal no tuvo otra opción de adoptarlo ella misma. De regreso a casa, reconoció que se alegraba por lo sucedido. —¡Venga para casa!, y a partir de ahora te llamarás Dodo, como el perrillo que teníamos en casa cuando yo era una niña. ¡Si no te gusta, te aguantas, que para algo te daré de comer! La anciana se hizo con una ramita de abeto, compró un juguete de perro, lo envolvió cuidadosamente y lo prendió de la rama, junto con otras chucherías para ella misma. —¡No vallas a abrir tu regalo antes de Navidad! —advirtió al perro. Anciana y perro pronto se hicieron el uno al otro. Para no cansarse, el animal llevaba el mismo su juguete hasta los jardines próximos, allí lo dejaba en el suelo y ella le daba un golpe con el bastón, lanzándolo unos cuantos metros. Lo recogía retozón, caracoleaba como si le hubiera costado alcanzarlo y vuelta a empezar. Al final, cuando comprendía que la anciana estaba cansada del juego, él mismo recogía su juguete y en la boca lo llevaba de nuevo a la casa. Allí hablaban de mil cosas, la mayoría eran sobre recuerdos entrañables de su otro Dodo infantil. Pasaron los meses. Se marchitaron los rosales, cayó la primera nevada y de nuevo eran días de Navidad. Como cada año, Frau Goldschmidt, ya con su perro, y provisto de un flamante collar con luz intermitente, se presentó ante el puesto del tirolés para comprar su cuarto de kilo de jamón ahumado habitual. —¡Vaya, veo que me hizo caso y se compró un perrito! —No te lo creas, Hans: ¡me ha comprado él a mí! Pero de pronto el animal tiró con tanta fuerza del collar que estuvo a punto de derribarla. —¡Tarzán; mi Tarzán! Papi, ¡es nuestro Tarzán! En efecto, el animal se abalanzó sobre un niño a quien sin duda reconocía y debía sentir gran afecto por él, porque la cola se le movía a una velocidad de vértigo. Frau Goldschmidt palideció al instante, porque enseguida comprendió la situación: ¡eran los dueños del perro! La familia residía en la vecina localidad de Oranienburg y cada año visitaban el mercado de Navidad de Charlotemburgo, y en un descuido el año anterior extraviaron el perro. Ahora lo habían recuperado. Pero Herr Haussmann, como se llamaba el cabeza de familia dueña del perro, era una persona de elevados principios y alto sentido de la justicia, por lo que se preguntó si después de tanto tiempo tenía o no derecho a reclamar el animal. —Si es suyo es junto que lo recuperen. Ha sido una buena compañía y lo voy a echar de menos, pero el niño también. ¡Qué le vamos a hacer! —comentó la dolida anciana. Herr Haussmann no creía justo tomar sin más esa decisión y optó por una solución salomónica para resolver el dilema, que el niño tardó en aceptar, pero finalmente lo encontró razonable: ¡que el perro decidiera! Fueron al parque cercano, se situaron uno frente al otro a cierta distancia y en medio dejarían el perro, sería para aquel que el animal decidiera como dueño. Herr Haussmann dejó el perro en el lugar acordado y el niño, tal vez por el nerviosismo, no pudo reprimirse y llamó al animal por su viejo nombre: ¡Tarzán, ven Tarzán! El animal no lo dudó, dio un salto y echó a correr hacia el niño. La pobre anciana parecía resignada, pues lo consideraba lo más natural. Pero, de pronto, cuando apenas había recorrido unos metros, el animal, como si comprendiera la traición que estaba a punto de cometer, se detuvo en seco, miró a la compungida anciana, y de otro salto, salió corriendo hacia ella, lo que animó a la pobre señora. Pero, otra vez frenó el animal en seco cuando apenas le faltaban unos metros para llegar donde estaba Frau Goldschmidt. Esta vez el perro se quedó indeciso, ¡el pobre animal no sabía hacia dónde ir! Entonces Herr Haussmann, hombre justo y de elevados principios, decidió poner fin al dilema de perro y tomó la única decisión posible, dadas las circunstancias: —Frau Goldschmidt, el pobre animal no sabe por quién decidirse, no hay más que una solución, ¡que se venga usted a vivir con nosotros! De esta manera el niño recuperó al mismo tiempo su perro y a una abuela, pues la suya había muerto dos años antes, ¡y ya se sabe que los niños no se sienten en familia si les faltan los abuelos! El doble milagro de Kreuzberg Alí Hassan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón de del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamente con la vigilia del Ramadán. Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia ortodoxa, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín. Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez. —Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos. —No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números. Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos. Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire. Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión: —¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará. Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz. —¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente! Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas. Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno. Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital. —¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas. —¿Qué dicen los médicos? —Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo! Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo. —¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar! —¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía? —Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo. Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar. Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva. —¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo! Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo». Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos. Las palomas mensajeras del muro de Berlín Otto y Frank Mayer eran dos hermanos berlineses que residían en el barrio de Mariendorf y Neuköln respectivamente. Los dos tenían una pasión en común: las palomas mensajeras, que cuidaban en sus pequeños bungalows de colonias en las márgenes del Tellowkanal, en sus respectivos barrios. Se intercambiaban mensajes entre ellos y competían en los principales concursos locales, quedando siempre ganadores o finalistas. Cuando en 1961 se empezaron a levantar las primeras barricadas del muro de Berlín se encontraron, de la noche a la mañana, separados sin ninguna posibilidad de volverse a reunir es sus habituales comidas campestres veraniegas en sus respectivos bungalows, o por Navidad en la casa de alguno de ellos, junto con su numerosa familia y prole. Todo lo más, y mientras las barricadas no eran más que una burda alambrada, podía verse y hablarse, casi siempre para lamentar la situación o comunicarse alguna nueva familiar. Los niños eran los que más padecían la separación, pues entre primos las relaciones eran cordiales y divertidas. Cuando por fin se levantó el muro y no era posible verse de uno a otro lado, decidieron utilizar sus palomas mensajeras para seguir enviándose mensajes, y así dio comienzo una actividad de estos nobles animales, que sobre todo por Navidad, no paraban ni un instante. «Querido Frank, mamá ha sufrido un ligero ataque de corazón, sólo una taquicardia pasajera, pero nos ha alarmado a todos. Ahora ya está bien, pero el cardiólogo nos ha prevenido, porque a su edad... bueno ya te lo imaginas... Es una desgracia que no puedas estar a su lado... Te envía recuerdos, y besos para los niños.» Este era el tipo de mensajes que se enviaban prácticamente un día sí y otro no. Pero tanta actividad de sus pájaros llamó la atención de la Stasi (la policía política de Berlín este) y decidieron seguir el rastro de las aves hasta que dieron con el palomar de Frank. Un domingo por la mañana, cuando el hermano estaba recibiendo su último mensaje, la Stasi irrumpió violentamente en su palomar y prácticamente le arrancó de las manos la paloma que traía el nuevo mensaje. Decía así: «Querido Frank. Me alegra lo que me dices en tu último mensaje, de que la situación allí no sea tan mala como imaginamos por aquí, y que el Gobierno os provea de lo esencial. Por desgracia en este lado las cosas no son tan halagüeñas. No se han reconstruido las fábricas. Las pocas buenas empresas que había antes de la guerra se han trasladado a Francfort o a Munich. Nuestra casa se está quedando vacía, pues la mayoría de los vecinos están emigrando fuera de Berlín, y si las cosas siguen así, aquí no quedarán más que los viejos. No sé qué va a ser de nosotros. Es probable que tengamos que emigrar también. Hay que pensar en el futuro de los niños.» La policía secreta estaba encantada con el mensaje y decidieron utilizarlo para su propaganda, invitando a Frank a un programa de la televisión estatal; invitación que obviamente no podía rechazar. Para dar la sensación de veracidad, trasladaron las cámaras al palomar de Frank, hicieron un montaje como dando a entender que la paloma acababa de llegar con el mensaje. Frank debía abrirlo y leerlo en directo a las cámaras de la televisión en la hora de mayor audiencia. Frank estaba nervioso porque la paloma podía hacer mal su papel y no llegar con el mensaje, tal y como estaba previsto, pero no tenía más remedio de obedecer. Soltó el pájaro, dieron la orden de «acción», las cámaras empezaron a grabar en directo y la paloma, como estaba previsto, apareció en el palomar. Frank desató el mensaje y lo leyó en directo: «Querido Frank, tengo una triste noticia para ti y lamento que tenga que comunicártela con una paloma y no de viva voz, como hubiera sido el deseo de la familia: ¡Mamá murió anoche de una ataque al corazón!» Al principio hubo cierto desconcierto, pues ese no era el mensaje previsto, sin duda que se trataba de otra paloma. Frank soltó el animal y, totalmente abatido, comentó ante las cámaras de la televisión: «Y ahora, ¿cómo voy a ir a su entierro?» El realizador, fuera de sí, dio la orden de quitar la voz y cambiar de plano, enfocando la bandada de palomas que Frank, en una arranque de ira, había decidió liberar. Todas, instintivamente, volaron hacia el oeste de Berlín. La increíble historia de Katherine von Stein Katherine von Stein fue una joven aristócrata perteneciente a una ilustre familia del Electorado de Holstein-Battenberg. A los 24 años fue nombrada dama de compañía de la emperatriz Isabel Cristina, esposa del Federico II de Prusia, y la familia trasladó su residencia a Postdam, donde se hicieron construir un bello palacete cercano a Sans-Souci. Pasaron los años entre elegantes fiestas en Sans-Souci, Charlottenburg o en el palacio del Príncipe en Berlín; largos y divertidos paseos campestres a caballo por el Tiergarten y los alrededores Wannsee, almuerzos campestres amenizados por los mejores músicos de cámara de la época y los poetas más renombrados de Europa, y solemnes espectáculos de ópera, entre las que había alguna obrilla del propio emperador, aficionado a la música y flautista aceptable. Pero Katherine no tenía el don de la sencillez, por el contrario era altiva, engreída y hasta un poco soberbia. Tenía suficientes motivos para su comportamiento, pues era verdaderamente hermosa, poseía una considerable fortuna familiar y prácticamente se puede decir que era la dama favorita de la misma emperatriz. Tocaba el chénvalo con sensibilidad, y no le cortaba en absoluto entonar alguna cancioncilla de moda para la pareja imperial, quienes la tenía en tanta estima que no encontraba pretendiente adecuado para tantas cualidades personales. —La señorita von Stein tiene edad de contraer matrimonio —comentaba el emperador con su serenísima esposa durante las interminables veladas invernales en Sans-Souci. —¡Déjala que disfrute de la vida! No es pieza para cualquier cazador y no quiero darla a un príncipe extranjero. La casaremos cuando Dios nos de la luz y demos con el pretendiente adecuado. Por su parte Katherine von Stein tampoco parecía interesada por su futuro y disfrutaba ofendiendo la vanidad y hombría de los más aguerridos soldados próximos a la familia imperial y a no pocos jóvenes aristócratas provincianos que residían en Berlín. En total había provocado 16 duelos, con tres muertos, seis heridos graves y siete leves. Tantas cualidades y tanta soberbia no podía pasar desapercibido al propio Diablo, y él mismo en persona decidió seducirla. La ocasión se presentó en primavera, durante el regreso de Katherine a su palacete desde Sans-Souci, que animada por las templadas temperaturas y el embriagador perfume de las madreselvas y los floridos rododendros, solía hacer a pie y sin compañía. El Diablo aprovechó la primera oportunidad, y disfrazado de capitán de Dragones, se hizo el encontradizo, montado sobre un negro y brioso corcel, preciosamente engalanado para la ocasión. Como buen experto en camuflajes el Diablo había cuidado su aspecto personal, y lucía uniforme de gala de Dragones, charretera bordada sobre el hombro, camisa de seda blanca inmaculada, espada reluciente, botas recién lustradas hasta la misma rodilla, cabello rebelde, negro y ensortijado, ojos verdes de mirada burlona y perversa, hombros sobrados y talle esbelto, ¡en fin, irresistible! Detuvo el corcel a su altura, desmontó briosamente, y de un ágil salto se puso a su vera. Katherine ni se inmutó, no era el primer capitán de Dragones que había estrangulado su caballo para admirar su belleza. —Disculpe mi impertinencia, señorita, pero al verla de lejos con ese majestuoso porte, ese andar principesco y la suave cadencia de su hermoso vestido, creí que se trataba de la mismísima emperatriz Isabel. Pero Katherine no hizo el menor gesto, y prosiguió su marcha como si el Diablo fuera el mismísimo jardinero real. —Y ahora que la veo más de cerca —prosiguió el Diablo de acuerdo a un plan largamente ensayado en infinidad de ocasiones— siento el mareo de su femenina hermosura. Es usted más bella de lo que un pobre mortal puede imaginar. ¿Que artista celestial ha podido dibujar ese rostro, fino y delicado como la porcelana de Hesse, o la seda de Pekín? El Diablo solía echar siempre mano de tópicos sagrados porque conocía el contradictorio carácter de las mujeres hermosas: les gustan los santos, pero no como maridos. Pero Katherine seguía sin inmutarse, a pesar de que la última andanada de elogios la había dejado ligeramente tocada. —Si usted se dignara dirigirme la palabra sería el Di... el Dragón más dichoso de este mundo y yo solo sería capaz de rendir París, para ponerla a sus delicados pies. Tal vez fuera la mención de París lo que debilitó las defensas de la altiva dama, porque se le escapó una traidora sonrisa, que el Diablo interpretó correctamente como la primera andanada directa al corazón de Katherine. —Pero si me rechaza me iré de cabeza al infierno... —el Diablo estuvo a punto de meter la pata, pero tuvo reflejos y evitó el desastre—, ¡donde sería más dichoso que viviendo en este mundo sin esperanzas de ser correspondido! —lo arregló bastante bien sin caer en falsedades. Por fin Katherine, derrotada y desarbolada, no pudo evitar rendir la plaza que durante más de 28 años había defendido ella solita contra una legión de fogosos pretendientes. Un mes después Katherine von Stein, bendecida por los emperadores, se casó con el Diablo, que se hizo príncipe y elector de un rico principado del Imperio. Tuvo media docena de preciosos y saludables diablillos y dicen que se fue de este mundo, ya a los 102 años, convencida de que nunca perdió su atractivo y su belleza, porque el perverso del diablo de su marido nunca dejó de adularla. Durante su dilatado y feliz matrimonio Prusia gozó de una larga época de paz y prosperidad, porque el Diablo andaba siempre ocupado con sus asuntos domésticos. El tranviario aventurero A Christa Klein Mathias Klein era un tranviario berlinés que desde 1956 hacía el recorrido entre Hackerscher Markt, la popular zona de cafés de Mitte, y Pankow, un laborioso barrio al norte de la ciudad. Había cumplido ya la edad del retiro obligatorio y la noche del 31 de diciembre de 2006 hacía su último viaje. —¡No vayas ahora a ponerte sentimental, Mathias, a todos nos llega el día; son cosas de la vida! —Voy a echar de menos el tranvía, pero casi me alegro por no volver a pegarme estos madrugones. ¡Si se pudieran rehacer los tranviarios como se rehacen los tranvías!... Ya están los niños lanzando petardos y ni siquiera es el medio día. —Para ser tu última noche va ha ser movida. —Espero que no tengamos ninguna desgracia. El primer recorrido fue tranquilo. Como era lunes, la viejecita de la Marienburger Straße visitaba a su hija, en Pankow, y apareció con su retraso habitual porque se le atascó una vez más el andador en el mismo hueco del pavimento de siempre. —¿Cuando se comprará usted un andador nuevo, Frau Katta? ¿No ve que este tiene las ruedas muy pequeñas y se atasca? —Mathias, que para lo que me queda de vida sería un gasto inútil. Y tú, a ver si paras este cacharro un poco más arriba, que aquí hay un escalón. —¡Es la parada, Frau Katta! Mande usted una queja al concejal o al ministro. ¿Qué, a casa de los nietos? Ya estarán hechos unos caballos de tiro. —¡Hermosos, Mathias, que sólo me duele dejar este mundo por no verlos casados y dichosos, que lo serán, pues de casta les viene su buen juicio. Su abuelo fue diputado en Weimar, y si viviera ¡las paradas de los tranvías estarían donde deben de estar, como siempre han estado! Todavía recogió a varios parroquianos habituales y se preguntó qué sería de toda esa buena gente con un nuevo tranviario. ¿Llegaría a conocer a sus viajeros por su nombre de pila? «No; estos son otros tiempos», se dijo. Al anochecer los viajes se hicieron más penosos, grupos de jóvenes ya se calentaban para la gran noche berlinesa de fin de año, invadiendo las vías sin la menor atención al paso de su tranvía, y ya le dolía el pie de tocar el timbre de aviso. Por si fuera poco la noche se volvió fea y brumosa. Desde la Tor Straße caía una densa niebla que le irritaba los ojos. «Ya me toca el retiro, cada año me cansan más lo viajes. ¡Y estos ojos!». El último viajero descendió en la Borkum Starße, y hasta el hangar donde aparcaría por última vez su tranvía haría el viaje solo. En tan corto trecho le sobrevinieron decenas de imágenes de forma abrupta y desordenada, pero la más penosa fue la del accidental atropello de un borracho, la Navidad de 1978. Recordaba el día y el año como el de su nacimiento. «No fue por mi culpa, los tranvías de entonces no frenaban como los de ahora. ¡Esté donde esté, espero que me haya perdonado el pobre diablo!». Unos metros antes del garaje le sorprendió que le cambiaran las agujas y en lugar de entrar al hangar, le devolvían a la ciudad. «¿Será que hoy tenemos servicio extra? Pero ¿por qué no me han avisado? Hubiera podido guardar un poco de café. ¡En 47 años de servicio no me había sucedido nada igual!» La niebla se hizo tan espesa que Mathias apenas sabía por dónde circulaba y ni siquiera era capaz de distinguir las paradas. A decir verdad, no circulaba por su linea habitual y no tenía ni idea de dónde estaba. No había razón alguna para detener el tranvía: ni semáforos ni paradas ni siquiera había circulación. Las calles estaban desiertas, lo que le sorprendió tratándose de Noche vieja. Como era un conductor responsable no podía dudar de sus superiores y si le habían mandado circular por ahí, por alguna razón sería. Tal vez pasaran varias horas cuando por fin la niebla despejó, casi cuando el día empezó a clarear, y por fin pudo hacerse una idea de dónde se encontraba y para sus sorpresa estaba lejos de la ciudad, y circulaba por lo que parecía una interminable estepa, salpicada de alguna densa arboleda, a la derecha un inmenso lago y al otro lado se recortaban unas lejanas montañas, blancas y brumosas. No le extrañó verse en un lugar semejante, pues siempre había pensado que el tranvía debería llegar a los más remotos lugares de la tierra, y por fin parecía que las autoridades responsables le habían dado la razón. De pronto, entre una gran arboleda cercana apareció lo que sin duda era un hermoso ejemplar de tigre siberiano. «¿Así es que estoy en Siberia? ¡Siempre había soñado poder venir a Siberia y ver estos gatos impresionantes, cuando vuelva a Berlín mi mujer no se lo va a creer!». Contento por lo atractivo de su último viaje, casi sin darse cuenta se encontró ante la Gran Muralla china, pero las autoridades habían previsto su paso y abierto un espacio para el tranvía. Apenas cruzó la muralla, y se vio dentro de un espeso bosque de bambú, sumido en una misteriosa neblina, pero eso no impidió ver una gran y solemne osa Panda con sus dos cachorros, que ni se inmutó ante el paso del tranvía de Mathias Klein. «¡Igual que la del Zoo de Berlín, pero al natural!». Mathias se empezó a animar verdaderamente y decidió que a su regreso escribiría un relato con sus aventuras, ¡nadie se lo iba a creer! Un instante después se levantó la niebla y lució un sol de rigor, desaparecieron los bambúes, y de improviso se encontró ante una caravana de camellos, en pleno desierto, afortunadamente tuvo tiempo de aminorar la marcha y evitar una desgracia, incapaz de hacerse una idea de qué desierto podía ser. Pero la visión de una gran pirámide, ya en el horizonte crepuscular, le hizo suponer que no estaba muy lejos de El Cairo. ¡Ese había sido otros de sus viajes más soñados y por fin, y sin salir de su tranvía, lo estaba realizando! Paso casi rozando la gran pirámide de Keops y tan distraído estaba en su contemplación que apenas se apercibió del nuevo cambio del paisaje, sólo comprendió lo sorpresivo del cambio cuando se cruzó con un grupo de elefantes ricamente ataviados, montados por ágiles conductores tocados de vistosos turbantes. Por suerte no se espantaron al paso de su tranvía y en un santiamén se encontró ante la impresionante silueta del Tajmahal. «¿Cómo es posibles que mis superiores me hallan mandado por los lugares que siempre había soñado visitar?». Se preguntaba Mathias una y otra vez, pero sin distraer su atención para no perderse el mínimo detalle, sobre todo ahora que había decidido escribir su relato. Todavía pasó por maravillas y otros lugares interesantes con los que siempre había soñado como el monte Fujiyama en Japón, el Golden Gate de San Francisco, el Gran Cañón de Colorado, la Quinta Avenida de Nueva York, que para su llegada había inaugurado una nueva líneas de tranvías, por lo que fue recibido en olor de multitudes, casi como lo hicieran con Charles Lindbergh. Finalmente, algo fatigado pero todavía presa de la excitación del viaje, comprendió que estaba llegando a su fin, porque se vio cruzando el puente de hierro de Colonia, lo que le indicaba que de nuevo estaba en Alemania. Lo cierto es que su corazón se llenó otra vez de júbilo cuando desde lo lejos vio la entrañable y familiar silueta de la Puerta de Brandemburgo. Sin embargo le extrañó que pudiera circular por el Tiergarten, donde hacía años que había retirado los tranvías. Para su sorpresa, en el tiempo en que duró su extraño y apasionante viaje alrededor del mundo sin salir de su querido tranvía, las autoridades berlinesas había decidió tender una nueva vía que incluso pasaba por debajo de la misma emblemática puerta. Así es que Mathias Klein se disponía a ser uno de los primeros tranviarios en cruzarla. Pero de improviso, apenas se vio en la Pariser Platz, se hizo un gran tumulto que le impidió continuar. «¿Jugará el Bayer en Berlín?», se dijo. Pero en realidad ese tumulto, que agitaba miles de banderitas con los colores de Berlín y el símbolo de la empresa municipal de transportes, ¡le estaban esperando a él, pues había sido el primero en dar la vuelta al mundo en un tranvía! La banda de música se arrancó con marchas triunfales y una delegación de responsables de los tranvías de Berlín y de toda Alemania le recibió y le invitó a que subiera a una improvisada tribuna, donde le esperaban todas las autoridades locales, incluida la canciller del Gobierno federal, Ángela Merker, quien con su habitual simpatía estrechó calurosamente su mano, posando para las cámaras de la RBB y otras cadenas, incluida la BBC, la CNN y Al-Yasira. Incluso había una delegación del libro de récords Guiness. Mathias Klein se puso muy nervioso, pues estrechar la mano de la nueva canciller, que era de su misma ciudad del este de Alemania, a quien votó en las últimas elecciones, había sido otro de sus sueños y no se podía creer que, el mismo día de su jubilación, pudiera también realizarlo. También estaba el presidente del Gobierno federal, Horst Köhler, quien sonriente como siempre y orgulloso de contar con un ciudadano tan ejemplar, se dispuso a ponerle la medalla al mérito de toda una vida de responsable dedicación laboral. «—Querido Mathias Klein —le dijo el Presidente en tono solemne pero familiar—, te condecoro en nombre de la ciudad de Berlín, a quien has servido con alegría, entusiasmo y dedicación profesional. ¡Que tu vida sea un ejemplo para la joven generación de tranviarios!». A Mathias Klein casi le saltaron las lágrimas de la emoción al escuchar el himno nacional, que interpretaban en su honor. Se puso la mano sobre el corazón y pese a sus esfuerzos no pudo evitar que se le escaparan dos o tres lagrimones de persona adulta, que corrieron por su mejilla, hasta perderse en el blanco cuello del uniforme de tranviario. El cuerpo de Mathias Klein lo encontró la señora de la limpieza del hangar de los tranvías, sobre las 6.30 de la mañana. —¡El pobre tenía la mano en el corazón! Seguro que se ha ido al otro mundo por causa de un ataque cardiaco repentino. ¡Esta vida de los tranviarios tiene tantos peligros!...—comentó al juez de paz y a los periodistas que acudieron para cubrir el caso. El tranvía 4056 circuló al día siguiente, año nuevo, y Mathias Klein fue enterrado dos días después. Su mujer se lamentaba de que su pobre marido, después de viajar toda su vida conduciendo un tranvía berlinés, no había tenido la oportunidad de visitar tantos y tan bonitos lugares de los que no paraba de hablar. El extraño caso del librero de Schöneberg Herr Karl Hellermann tenía una pequeña librería de antiguo en el barrio berlinés de Schöneberg, no muy lejos de la plaza del Ayuntamiento. Gozaba de gran reputación. Poseía una buena colección de libros de gran valor y hasta se decía que guardaba para su propio deleite un incunable publicado en los albores de la imprenta, en la noble ciudad de Halle. No tenía otra distracción que sus libros y su vida sentimental quedó truncada con el fracaso de su primer amor, que nunca superó. La amante desleal se llamaba Margarita y prefirió a un obrero metalúrgico que a un estudiante de filología alemana, cuya salida laboral ella no entendía. La verdad es que ni él mismo supo la razón por la que se enamoró de semejante mujer, pero, aún así, todavía la respetaba. No tenía mayor placer que abrir cajas de libros procedentes de sus eventuales compras de librerías familiares, por ver si aparecía algo especial. La última compra había sido reciente y estaba por abrir. Se trataba de la librería familiar de Frau Jutta Heiser, una anciana viuda reciente, que se había visto obligada a trasladarse a un pequeño estudio en la zona norte, en Reinickendorf, un lugar más tranquilo que la ruidosa Postdamerstraße, donde vivía con su letrado marido. —Mi pobre Rudolf le tenía mucho afecto a sus libros, tanto que los tenía guardados con llave y no me dejaba ni limpiarles el polvo. Sentía pasión por Goethe. Si mira por ahí verá que deben de estar todas sus obras. —¿De qué murió su pobre marido? —A decir verdad, no lo sé. Me lo trajeron a casa frío como un fiambre. Parece que debió darle un ataque en la Biblioteca, que salía visitar los viernes hasta las tantas. —Las bibliotecas las cierran a las cinco. —Pues la suya sería alguna especial, ¡qué se yo! Ya le digo que era un gran devoto de los libros, ¡sobre todo los de Goethe! —Ya entiendo... Revisó la primera caja y no vio nada especial, pero de cada libro que hojeaba caía algún grabado o fotografía, eróticas, desde luego, lo que le hizo comprender las causas de su muerte y el celo por sus libros. En efecto, estaban todas las obras de Goethe, y por fin Herr Hellermann encontró algo de relativo valor: una edición del «Fausto» de 1848, pero con una dedicatoria fechada en 1914. «A mi querido Rudolf, para que no se olvide de su Margarita, y de que ha vendido su alma al diablo». Hojeó con cuidado el libro, porque sin duda que debía de haber una foto de la tal Margarita y sentía verdadera curiosidad por conocer aquella mujer, que había sido capaz de condenar tan alegremente a uno de sus amantes. En efecto, en la página 186 apareció el grabado de una tal «Margaretha Geertruida Zelle», alias «Matha-Hari». No era el grabado habitual de los libros de historia, sino uno más privado y personal, tal vez dedicado al tal Rudolf, aunque las fechas no le coincidían. La Mata-Hari posaba completamente desnuda, mas habitual en ella que vestida, con dos botones que cubría púdicamente sus dos pezones. ¡Algo tenía que cubrirse! «¡Buena hembra!», se dijo Herr Hellermann para sus adentros, «No me extraña que tantos hombres perdieran la cabeza por ella. ¡Hasta yo vendería mi alma al diablo por pasar una noche con semejante mujer!». —¡Eso tiene fácil arreglo! —dijo una voz que Herr Hellermann interpretó como surgida de su subconsciente, pero que no era sino el fruto de su imaginación. —¡Puedo ofrecerte una semana entera! —¡Bah, imaginaciones mías! ¡No te dejes sugestionar, Karl, estas cosas suceden a cierta edad! —¡No; en serio! Hasta una semana y sin problemas con los autoridades francesas y alemanas. —¿Una semana con Matha Hari por el alma de un honrado librero berlinés? ¡Demasiado barato! —Está bien, veo que como buen tendero sabes negociar. ¡Te ofrezco todo el tiempo que quieras! —No creas que caeré tan fácilmente, pero ya que te empeñas, que la Matha-Hari se presente ahora mismo aquí en mi tienda y ya hablaremos. —Las cosas no funcionan así tienes que ser tú el que vayas a su época. ¿Qué te parece Berlín en 1914? —¡Acepto! Siempre he deseado vivir en Berlín de principios de siglo. Como por encanto las paredes de la librería empezaron a desvanecerse e instantes después se encontraba en un famoso cabaret de la Friederichstraße, en los primeros días de agosto de 1914, donde la Matha-Hari actuaba ofreciendo uno de sus exóticos bailes orientales de su invención. Terminada la actuación, la bailarina en persona se presento en su reservado y sin muchas presentaciones se rindió prácticamente a sus pies. Mefistófeles observaba la amorosa pareja desde un discreto lugar, y lo más asombroso es que para no desentonar, Herr Hellermann había recuperado su lozana juventud. La pareja disfrutó de todo cuanto la naturaleza puede dar a un hombre y una mujer, recomendados por el mismo diablo, naturalmente respetando sus responsabilidades de doble espía, que requerían ciertas ausencias que aprovechaba Herr Hellermann para visitar las librerías berlinesas de entonces, su otra pasión. Como la situación se ponían fea en Berlín, viajaron a España, donde su pasión amorosa se vio estimulada por los encantos propios de este país, en especial por la sangría. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando los celosos franceses sospecharon de la Matha-Hari, no sin razón, pues su cuenta bancaria estaba tanto en francos como en marcos, por lo que era evidente que cobraba de ambos bandos. En un descuido imperdonable, Matha-Hari fue a recoger su paga habitual a las oficinas del Elíseo y fue detenida, junto son su apasionado amante, Herr Hellermann, que siempre la acompañaba. El juicio casi no fue necesario y se acordó su fusilamiento casi por unanimidad. El 15 de octubre de 1917 (tres años duraba la el romance de Herr Hellermann con la Matha Hari), ambos fueron conducidos ante el pelotón de ejecución: —¡Pelotón, armas al hombro! ¡Apunten!... —¡Herr Hellermann, Herr Hellermann! —¿Quién?... ¡Ah, sí; voy, voy; le atiendo en seguida! —Herr Hellermann estaba sudoroso y agitado, pero reaccionó y atendió a su nuevo cliente—. ¡Gracias a Dios que sólo ha sido un sueño! —¡No mencione a Dios en estas circunstancias! —dijo el recién llegado—. ¿Es que no me reconoce? ¡Soy Mefistófeles, y vengo a por su alma para llevármela al infierno! ¡Por cierto, que fue un gran fusilamiento! Herr Hellermann no se lo explicaba. —¡No es posible; esto no me puede estar pasando a mí! —¡Eso me dije yo en 1917, y aquí estoy por tonta! —comentó malhumorada la Matha-Hari. Hace más de un año que Herr Hellermann está en el Infierno, pero su experiencia de librero le sirvió de atenuante y fue nombrado responsable de la biblioteca personal de libros malditos y prohibidos de Mefistófeles, donde había algunos ejemplares verdaderamente interesantes. El perro del «punk» de Alexanderplatz Me llamo Fritz a secas y soy de la raza Bull Terrier. Mi madre sé quién fue, pero de mi padre obviamente no tengo ni idea de quién fue ni me interesa saberlo. Nací de una camada no deseada y me dieron en adopción a un punk berlinés, que pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en Alexanderplatz. A veces nos mudamos a la K'Damm, pero sólo por Navidad y fiestas importantes. La gente por aquella zona es más generosa. He aprendido bastantes trucos. Por ejemplo, sé llevar un envase de yogur en la boca y por alguna razón la gente me hecha monedas. El punk se las queda y me da palmaditas en la cabeza. También sé hacerme el cojo, poner cara de enfermo, de aburrido, de lástima, de pena y hasta sé guiñar un ojo. Mi punk dice que estos trucos son buenos para el negocio. El chico no me trata mal y no se aparta de mi lado. Me humilla la cuerda con la que me ata, pues creo que merezco algo mejor, pero dados los tiempos que corren no puedo quejarme. He visto otros perros de punk que lo pasan bastante peor que yo, pero la verdad es que no saben ni la mitad de lo que yo sé, ni tienen mis habilidades. Como perro de punk paso hambre, desde luego, pero con ciertos ejercicios de relajación y respiración el hambre se puede disimular. Suelo comer entre un 10 y un 15 por ciento de las salchichas que come mi punk, que no son muchas, pero no sé cómo hacerle comprender que a mi parte no me gusta que le ponga catchup y mucho menos mostaza. Pongo cara de asco, la cojo con desgana y la sacudo en el aire, pero esa porquería sigue pegada a la salchicha. Sólo una vez en mi vida he probado un bistec, y recuerdo que sabía bien. A veces sueño con él, pero al despertar ahí está otra vez mi trozo de salchicha embadurnada de mostaza y catchup. Cuento todo esto porque no hace ni una semana que a mi punk le ha detenido la policía por armar jaleo en una manifestación anti globalización, y a mi me han llevado a una residencia de perros. No sé si me juzgarán por destrozos de mobiliario urbano, pero yo soy inocente. Es cierto que mordí a un policía, pero con tanto alboroto ¿cómo iba yo a saber que era un representante de la ley? Íbamos tan tranquilos en la manifestación. Mi punk gritaba eslógans anticapitalistas y antiglobalización y yo ladraba lo que buenamente sabía, que no tenía contenido político reivindicativo en absoluto, por lo que espero que se considere un atenuante. Entonces mi punk, armado con un bate de béisbol que se encontró en un basurero, se cargó una marquesina de autobús, donde por cierto había un anuncio de comida para perros con una perra de chuparse las patas, por lo que me dolió que se la cargara. Pero mi punk no es muy listo, y tenía a sus espaldas media docena de policías, a cual más corpulento y bien armado, así es que se abalanzaron sobre él y le calentaron las costillas por su gamberrada. ¿Qué podía hacer yo? ¡Soy un perro, y los perros somos fieles a nuestros amos, aunque sean punks! Así es que le arreé un severo mordisco en la pantorrilla al primero que le puso el bastón en las costillas a mi pobre punk. Por esta razón yo también fui detenido y aquí estoy, pendiente de juicio. Según mi abogado me pueden caer hasta seis años y un día de perrera mayor. Voy a echar de menos Alexanderplatz, su animación, sus turistas japoneses que me sacaban fotos, pues mi ropas son algo disparatadas para un perro. Los paseos por el río Spree en primavera, con mis refrescantes chapuzones; las luces de colores de Unter den Linden por Navidad, y el Marcadillo de Navidad de la K'Damm, con sus raciones extras de salchicha picante. Y no quiero ni mencionar las borracheras de cerveza de las noches veraniegas que pasábamos a la intemperie en el Tiergarten. En fin, que no me lo pasaba tan mal. Pero, no obstante, considerando las circunstancias, estoy empezando a pensar que en buena hora mordí al policía, porque no llevo ni una semana en la perrera y he ganado dos kilos, además he probado el sabor de la carne de verdad, sin salsa de tomate. Por si fuera poco he hecho amistad con una perrilla coquetona, a la que le encantan mis gracias. Un día de estos le tiraré los tejos a ver qué pasa. En fin, que como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, y la verdad es que no me puedo quejar, pues muchos pobres perros del Tercer Mundo quisieran poder disfrutar de las perreras de Berlín, que si no fuera por las rejas, podía decirse que es como un hotel. Sobre mi punk, creo que su padre le ha metido en cintura y trabaja en su fábrica de calcetines, en una pequeña localidad cercana a Berlín. Bueno, si no nos volvemos a ver, al menos estoy seguro de que el pobre ya no pasará más frío en los pies. Y esa es mi historia. Napoleón y Joshepine Ackermann El 27 de octubre de 1806, apenas concluido el «Siglo de las luces», y cuyo nuevo siglo parecía presagiar el «siglo de las sombras», Napoleón Bonaparte, montado sobre un esbelto y ágil corcel, cruzó exultante los arcos de la Puerta de Brandemburgo de Berlín, entre la desconfianza y tristeza de los berlineses. La primera guerra franco-prusiana había concluido, tras la derrota de la coalición pruso-sajona en Jena y Auerstedt. Le acompañaban varios batallones de su gloriosa «Grande Armée», compuesta por una tropa multinacional, y en parte mercenaria, de 600.000 soldados, y que tras la derrota y desintegración de sus respectivos ejércitos llegaron a alistarse voluntarios sajones y prusianos, hasta un total de 100.000 tropas de origen germano. Un día antes de su entrada triunfal Napoleón rindió homenaje en su mausoleo de Postdam a uno de sus más admirados líderes europeos, el ilustrado monarca Federico II el Grande, muerto sin descendientes directos. Para celebrar la culminación de su campaña prusiana, Napoleón ofreció un baile popular en el palacio de Berlín, abandonado días antes por el rey Federico Guillermo III, huido a Köninsberg junto con su bella esposa, la reina Luisa, en el extremo oriental de Prusia, y bajo la protección del zar de Rusia. Napoleón ordenó a sus ayudantes de cámara que buscaran por todo Berlín las jóvenes más bellas y atractivas para que le acompañaran en su baile triunfal y entretuvieran a sus oficiales, obligándolas a su comparecencia. Los ayudantes cumplieron la orden al pie de la letra y en sus correrías llegaron hasta el activo barrio berlinés de Friedrischshain, al este de la ciudad, y no muy lejos del palacio real. En un puesto de mercado, haciendo su compra habitual, y como si no se hubiera producido la ocupación de Berlín por las tropas francesas, encontraron a una joven, apenas una adolescente, que por su extraordinaria belleza y porte elegante, les pareció buena candidata incluso para ser pareja de baile del mismo Napoleón. La joven, de apenas 15 años, se llamaba Joshepine Ackermann, y era hija de Jacobs Ackermann, dueño y director del pequeño periódico local «Friedrischshain Blatt», de tendencia liberal y demócrata, contrario a la guerra con Francia, perseguido por la policía del régimen autoritario del nuevo monarca prusiano. Los ayudantes del general la pusieron al corriente de su situación y decidieron los detalles, vestimenta, hora y protocolo del baile, y a la hora prevista, un carruaje vino a recogerla a su domicilio de Friedrischshain para conducirla al palacio real, profusamente iluminado para tan festiva ocasión y presidido por una espléndida guardia de honor con los más aguerridos oficiales de la triunfante «Grande Armé». —Querida hija —le previno el padre—, pórtate con dignidad y demuestra al general francés que los prusianos somos gente laboriosa y prudente, amantes de la paz y de las libertades democráticas, pero no aprobamos la guerra como el medio para solucionar los graves problemas que padece Europa. Los enviados del general recogieron otras jóvenes, no menos atractivas, y a la hora prevista, comenzó el baile con los acordes de la gloriosa «Marsellesa». Los oficiales franceses, vestidos con sus uniformes de gala, henchidos de triunfalismo y virilidad, fueron eligiendo a sus respectivas parejas entre las asustadas muchachas berlinesas para abrir el baile inaugural. Pero antes el propio Napoleón, advertido por sus ayudantes de la belleza y discreción de Joshepine, con aires ceremoniosos pero impetuosos, como era propio de su carácter, cruzó el gran salón de baile y llegó al lugar donde la joven berlinesa ya esperaba esta invitación. —Mademoiselle Joshepine, s'il vous plait... Tengo el honor de invitarla a inaugurar este solemne baile triunfal —le rogó cortésmente Napoleón. La joven accedió gustosa y la orquesta, en su honor, interpretó una popular mazurca del gusto de los prusianos de la época. El baile se animó y la habilidad de los oficiales franceses para las artes de seducción, tan eficaces como para las de la guerra, se hicieron evidentes. Las muchachas, dóciles y todavía temblorosas, se dejaron llevar y el baile se animó de tal manera que parecían superados y olvidados todos los sufrimientos y desgracias ocasionadas por los franceses hasta su llegada a Berlín. Finalizada la mazurca, Napoleón, con muestras de cansancio, abandonó el salón, y acompañado de la joven pasearon a las orillas del canal. El aire freso del lugar, tras el agitado baile inicial, resultaba agradable de respirar en aquella noche otoñal. —Cher Mademoiselle, usted como prusiana me odiará, pero créame que su descendencia me recordará como la persona que modernizó Europa y la libró de la tiranía de un puñado de familias aristócratas poco interesadas por el bienestar de sus pueblos. —Monsieur Napoleón —dijo la joven segura de su propia opinión y sin dejarse intimidar por la mítica gloria del general—, la historia sin duda que le recordará, pero se olvidará de los miles de muertos que sin gloria ni causa alguna han quedado enterrados en los campos de batalla de toda Europa, por donde ha pasado su «Grande Armée». —Mon cher pètite! —repuso el general condescendiente—, la guerra, al igual que la revolución, son los principales impulso de la historia. ¡Si usted supiera la cantidad de buenas cosas que se han creado por causa de las guerras! El precio es elevado, pero los avances y progreso en todos los sentidos compensan el sufrimiento. Yo odio la guerra tanto como usted, mi joven prusiana, pero cuando las circunstancias la hacen necesaria, debe de hacerse como si se tratara de una obra de arte, con perfección y maestría. —¿Cree usted, Monsieur Napoleón, que es el primer francés que nos ha invadido? Antes que usted lo hizo Racine, Voltaire, Cornielle y Descartes. Sus obras también cambiaron nuestra historia, pero sin disparar una sola bala de cañón. Ellos también serán recordados, pero no desolaron las tierras ni las mentes que conquistaron. Napoleón parecía contrariado, pero la juventud e inexperiencia de la joven la justificaban, y pasó por alto su valiente opinión. —¡Cada cual a su oficio, querida niña!... Parece que refresca, volvamos al salón. Yo debo retirarme temprano, pero usted es joven y debe aprovechar ahora para divertirse. Joshepine Ackermann regresó a su casa de Friedrischshain escoltada por dos oficiales de la guardia personal de Napoleón. —¡Gracias a Dios que has vuelto sana y salva, Joshepine, tu madre y yo hemos rezado por ti y Dios nos ha escuchado! —comentó el padre aliviado—. Pero, cuenta, ¿has visto al general? —Sí, padre; incluso he bailado con él. —Y ¿cómo es? ¿Qué impresión te ha dado? —¡Es un hombre, como todos los demás! Es orgulloso, prepotente, egoísta y algo inseguro... Creo que no llegará muy lejos después de Berlín... La princesa desencantada Markus W. era un pobre desgraciado, desgarbado y taciturno. Era delgado como una vara de mimbre, alto como un álamo y barbudo como una cabra vieja. Recorría las calles de Berlín sin una idea preconcebida. Andaba todo el día, de arriba para abajo; del este al oeste. Por la mañana se le podía ver en Wedding y por la tarde en Steglitz, otras veces bordeaba el río Spree desde los jardines de Charlotemburgo hasta el parque de Treptow. A veces, sin embargo, dejaba de andar por algunas horas, se recostaba sobre un soleado banco en alguno de sus parques favoritos y dejaba pasar las horas tontamente, contemplando el paso de las nubes, el ascenso de los aviones del aeropuerto de Tegel o el vuelo majestuoso y lento de los cisnes jóvenes, preparando su migración. No tenía amigos, tampoco los quería, pero tenía un amor secreto: nada menos que una princesa misteriosa, pero Markus creía que por cuestiones de magia y encantamiento, estaba presa en la frialdad de una estatua de un frecuentado parque berlinés. Markus era muy tímido, por eso el primer año de su romance con la princesa encantada no fue fácil. Simplemente se sentaba en un banco frente a la estatua y la miraba de reojo, pero con tanto disimulo y turbación que la princesa no se daba por aludida. El segundo año ya se sentía más seguro de sí mismo, y en vista de que la princesa nunca le llamó la atención, se atrevió a mirarla cara a cara. Pero ella seguía impasible. El tercer año tomó su gran decisión: se declararía y fuera lo que Dios quisiera. Era una mañana de domingo del mes de abril. Se arregló lo mejor que supo, recogió un ramillete de flores silvestres mal combinadas, y se encaminó al parque donde le aguardaba la princesa de sus sueños. La pareja de cisnes estaban todavía reconstruyendo el nido para la puesta anual y andaban bastante atareados acarreando toda clase de ramitas. Los parterres empezaban a desperezarse y ya sentía el vigor de la primavera con nuevos brotes de petunias y margaritas. El dios Amor, armado con su infalible carcaj de flechas, y que vigila el parquecillo donde estaba la princesa, no le perdía de vista. La diosa Venus, situada al otro lado del jardín, parecía darle lecciones de romanticismo. La mañana era por tanto perfecta para el amor. Como era bastante ingenuo todavía creía en cuentos de hadas y en princesas encantadas, por esta razón estaba convencido de que con un simple beso la princesa despertaría de su encantamiento y él mismo se transformaría en un apuesto príncipe azul. Pero ¿cómo atreverse a besarla? Simplemente pidiéndoselo con educación. Se aproximó a la estatua, tosió algo nervioso, miró a un lado y a otro para estar seguro de que nadie le escuchaba, y le dijo: —Usted perdone, señorita princesa, pero como ya debe saber la única manera de desencantarla en si le doy un beso de amor, espero que no se lo tome como una grosería, porque es la normal en estos casos. —Querido Markus —le respondió la estatua, por lo que el pobre muchacho apenas podía tenerse en pie de la impresión. —a decir verdad, y después de observarte durante estos dos últimos años, si no te importa prefiero seguir encantada, pues si me besas seré una princesa ¡verdaderamente desencantada! Markus no comprendió muy bien la indirecta, pero como era bastante educado y se lo había pedido con tanta amabilidad y cortesía, desistió de su empeño. Volvió a recorrer los parques de todo Berlín para ver si daba con otra princesa encantada, pero con menos aspiraciones que aquella. Probó con otras dos docenas de estatuas, pero en el último momento todas le decían lo mismo. Y así pasó los 48 años del resto de su vida. «¡A la próxima no le pregunto!», se dijo un día antes de su muerte. La brujita de Spandau Hace ya muchos tos años, tantos que si todavía me acuerdo es de milagro, en los bosques cercanos a la pequeña localidad de Spandau, buenos para el carbón vegetal y las setas venenosas, vivía una bruja malcarada, porque no hay prácticamente ni una que sea biencarada. Pero antes de nada quisiera aclarar algo sumamente importante, pensando sobre todo en mis lectores infantiles. Las brujas sin duda que han existido, pero los perjuicios de la gente corriente, que no puede ni ver una ancianita sin tomarla por una bruja, han confundido la naturaleza de estas buenas personas. La verdad es que se trataba de viudas de carboneros o leñadores, que se resistían a abandonar sus cabañas, donde habían vivido toda su vida con sus respectivos carboneros o leñadores (su único error en esta vida, casarse con semejantes profesionales). El origen de sus pócimas se encuentra en la circunstancia de sus precarias existencias, puesto que no eran muy hábiles para la caza y menos para la horticultura y las aves de corral. De manera que para poder poner un plato de sopa caliente en la mesa no tenían otra opción de hervir cualquier cosa que pudiera soltar algo de sustancia, desde un sapo hasta una cucaracha. Lo habitual era que metieran la pata, y como consecuencia de semejantes pócimas, se les cayera el pelo, les salieran verrugas o les creciera la nariz, pero sólo en casos excepcionales daban con una pócima con efectos positivos para la salud. También es verdad que solían tener un cuervo como animal de compañía, pero es que en estas latitudes no es muy corriente el loro, el papagayo o el canario, y a falta de canario bueno es un cuervo. En cuanto al gato negro, era para hacer juego con el cuervo, que también era negro. Hecha esta aclaración, nuestra bruja tuvo un día bueno y dio con una de esas pócimas geniales (como la fórmula de la Coca-Cola) y descubrió el elixir de la juventud. Pero le faltó dar con el ingrediente de la eternidad, por lo que el mágico efecto sólo duraba entre una semana y quince días. —¡Mecachis en la mar! ¡Ya me dijo mi madre que en este bosque eran muy tacaños para la magia! —se lamentaba la pobre señora. Pero por fortuna había preparado un buen caldero y por ser invierno se conservaba bastante bien. De manera que apenas se percató del maravilloso efecto de su nueva pócima, hizo planes serios para su nuevo futuro. —¡Esta vez paso de carboneros y voy a por un príncipe! Por suerte en esta zona del Imperio abundaban los príncipes, la prueba es que hay miles de cuentos con príncipes y para todos hay uno disponible, y con la venta de medio litro de su pócima a un tendero local, se pudo asear y vestirse con finas ropas femeninas. No es necesario describir la mujer después de su metamorfosis porque ya se la habrán imaginado, que para eso son los cuentos. Pese a sus malas artes para los trabajos manuales, se hizo con una rueca de hilar, que era lo habitual entre las mujeres de buenas costumbres, y esperó pacientemente a que pasara un apuesto príncipe por delante de su cabaña. No tuvo que espera mucho tiempo, por lo que dije anteriormente, y el primero que pasó quedó obviamente prendado de su extraordinaria belleza, pues por alguna razón los príncipes tienen buen gusto para elegir a sus consortes, y se declaró al instante: —¿Quieres ser mi esposa? —le pidió el príncipe prácticamente sin descender del caballo. —¿Así, sin preámbulos ni peleas con dragones? —Es que éste es un cuento breve y no hay tiempo para eso. —Acepto, pero con una condición —dijo la astuta bruja. —¡Aceptaré lo que me pidas! —Que cuando sea una ancianita, decrépita y arrugada me sigas deseando como ahora. —¡Firmo! —naturalmente que el príncipe no sabía lo que firmaba. Se celebraron los esponsorios con los tradicionales bailes y banquetes populares de rigor (la única oportunidad en sus súbditos comían carne), gozaron de una breve luna de miel en el Hotel Adlon de Berlín (¡Ups! Perdonen, que todavía no se había construido), y cuando regresaron a su palacio de Spandau, la buena mujer se dio cuenta de que no le quedaba ni medio litro de pócima de la juventud. Aprovechando las ventajas del castillo, se puso manos a la obra con todos los adelantos técnicos que pudo conseguir. Para probar los efectos daba a beber sus pócimas al gato y el pobre igual le salía cabeza de cochino albino que recitaba de corrido el monólogo de Hamlet. ¡Pero nada, que no daba con la pócima! Un día, al regresar del bosquecillo después de buscar desesperada nuevos ingredientes, se encontró con un hombre viejo y achacoso sentado en el sillón del trono del palacio. Al entrar en el salón el hombre se revolvió incómodo en su regio asiento, porque no sabía como explicar su presencia. Finalmente confesó su identidad: —¡Soy yo, tu marido; y no soy príncipe sino un simple conde y arruinado! —la mujer no salía de su asombro—. Tengo que confesarte una cosa horrenda. Me quedé tan prendado de tu juventud y belleza que compré un elixir de la juventud a un tendero local con todo el tesoro condal, pero la pócima debía tener pasada la fecha de caducidad... —¡Pues buena la has hecho, chaval! —contestó airada la buena mujer, a quien en ese mismo instante, y sin duda por el disgusto, se le pasaron también los efectos. Fueron días difíciles para la pareja, pero a Dios gracias pronto encontraron una afición en común que salvó el matrimonio: la redoma. Desde entonces se les ve a todas horas alrededor de un puchero humeante tratando de dar con la dichosa fórmula de la eterna juventud. Él ya no usa zapatos, porque le han salido pezuñas y ella, afortunadamente, con su nuevo pico de aguilucho ya no puede hablar y ha dejado de quejarse. —¡Bruja desmemoriada! —le reprocha él constantemente. No hay mal que por bien no venga A mi pequeña gran amiga Hoa Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio. Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf. La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter. Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas. Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda. La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la posguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champaña de mediana calidad, pero francés. —Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseíto. —¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco! —Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra! Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio. Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champaña francés barato, pero ella insistió: —¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas? No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó: —¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino. Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió: —¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer, dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino. No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad. —¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa! —¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz! Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado. Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible. Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí. —¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha. El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla: —¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda! Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa. Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos! En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fanática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así me la contaron! La poetisa de la calle Novalis En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán. «¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama, por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la Luz –con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–, cuando ella es el alba que despunta?». Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra: «En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...» —¡No, demasiado cursi! «Son tus ojos dos luceros del alba...» —¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo... «Con las primeras luces del alba incierta...» —¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema? —¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó. —¿Quién eres tú? —¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes. —No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía? Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato: —La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes? —Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza? —¿Romántica? ¿Qué es eso? —¡Buena pregunta para el creador del romanticismo! —¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»! —Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza? —¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»? —No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú... —A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes? —Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn? —Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos. —Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas? —Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste? —¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil? —¿Para qué sirve? —¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet... —¿Y dónde está la pluma y la tinta? —¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria... —¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema? —¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador! —Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia. Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema: «A Berlín Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical. Ha sufrido y se nota en su piel nueva, casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas. Tiene un Zoo con osito blanco que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor y los niños añoran su inocencia. Tiene tranvías largos, amarillos como canarios, discretos como viejos pensionistas, sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo. Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son esconden su cotidianidad, y beben café con leche en tazas grandes, a sorbos pequeños. Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido, bordeando el río para que les de el aire en el rostro, con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman. Tiene barcos con turistas angustiados, porque desearían que el tiempo se eternizara, así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las viejas hayas. Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro, sin saber en qué consiste el futuro, precisamente porque son jóvenes. Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos. Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio, y cada barrio está contento de ser un barrio. Tiene el orgullo de no ser importante, pero hermosa, acogedora, tolerante, y discretamente frustrada por su gran pequeñez. Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich, los años veinte y tantos otros años, el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la coronilla. Berlín tiene, en pocas palabras, el encanto de lo humano y el misterio de lo divino.» Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta! OTROS CUENTOS ¡Hoy puede ser un buen día para la posteridad! Finalmente ha salió el sol y se ha despejado la niebla. Algunos cuervos se pelean sobre las antenas de la televisión. Anoche la zorra del barrio volvió a recorrer los jardines residenciales lanzando sus agudos ladridos. ¿Será porque presiente la Navidad y está deprimida? Hoy puede ser un día memorable sólo si hago algo que valga la pena memorizar. Por ejemplo puedo escribir un buen cuento. ¿Sobre qué? No tengo ni idea, pero me urge la necesidad de crear mi propia memoria. Tal vez si releo a Borges me inspire y hasta pueda llegar a superarlo. Lo más apropiado para la circunstancia es su «Memoria de la eternidad». Me pregunto por qué Borges se obsesionó por la eternidad. Bueno, para ser sincero, me pregunto por qué todos los escritores nos obsesionamos con la eternidad. Yo no iba a ser una excepción. «La eternidad es un juego, o una fatigada esperanza». Borges lleva razón, pasar a la posteridad y pretender ser eterno fatiga. Cada vez que escribimos cualquier tontería pensamos en la posteridad y tenemos sumo cuidado en lo que escribimos para no defraudar a las futuras generaciones, también de que el fichero no se borre. Resulta que dentro de 200 años cualquier firma mía mal garabateada en un libro dedicado de mala gana y por compromiso puede valer una fortuna, ¡sólo si soy capaz de pasar a la posteridad! Pero ¿cómo saberlo? Y si nunca llegaré a saberlo ¿qué me importa a mí que uno de mis libros dedicados pueda llegar a subastarse en la Christie's de Nueva York por trescientos mil euros o más? 30 El mismo Borges decía que nada le reventaría más que reencarnarse en Borges. ¡Estaba harto de su fama! Entonces ¿por qué escribir para ser famoso? ¡Es de locos! Machado tenía otro talante. En la fría y silenciosa Soria, al calor del recuerdo de su joven esposa Leonor, muerta de tuberculosis, sabía que le esperaba la gloria, pero por esa razón «no la perseguía». Así es que debe de haber dos maneras de escribir, una para uno mismo despreciando la gloria, la posteridad y hasta la eternidad y otra para los demás persiguiendo la gloria, la posteridad y hasta la eternidad. Pero ¿dónde está la diferencia? Sencillo, la posteridad no se persigue sino que te persigue ella a ti, pero hay que esperar a que sea posteridad. Ahora podría citar a Groucho Marx para cambiar de tono con aquella ocurrente frase suya de «¿Por qué preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?». Eso es lo malo, que la posteridad es desagradecida, sólo se porta bien cuando ya no hace ninguna falta. Supongamos que la posteridad se acordase de mí ¿qué utilidad tendría? Si fuera creyente ninguna, pues una vez en el Cielo ¿a quién le importa la posteridad? Pero no siendo creyente y, por tanto, sin Cielo alguno que me consuele el dejar esta vida, veo claro cuál es el sentido de la posteridad y hasta de la eternidad: ¡de los muertos sólo queda la memoria! De manera que si quieres vivir eternamente debes dejar algo que valga la pena recordar. Por ejemplo, mientras yo viva mi pobre madre también vivirá, porque sigue en mi memoria. Mientras haya libros, Shakespeare también vivirá, porque podemos recuperar su memoria con sus libros. Mientras haya historia, Napoleón siempre vivirá, porque es parte de la memoria histórica, mientras haya hermandad Jesucristo siempre vivirá porque nos hermanó a muchos de nosotros. Por tanto sólo tengo que escribir un buen cuento que ni siquiera sé cómo comenzar. No; sin duda que no estoy preparado para hacer algo por mi propia posteridad. Tal vez mañana esté más inspirado. ¡Ya veré! El correo «spam» Clara recibió un correo sospechoso. Simplemente decía: «Si todavía me amas, ábreme». Así de pronto no conocía a nadie por quien pudiera sentir un amor tan repentino. «¿Será Juan, que ha dado con mi correo electrónico? ¡Pero no, que tonta! Después de tantos años... Si debe de estar ya hasta casado. ¡Mira si no tendrá ya hasta un par de mocosos!» Repaso sus viejos amores fracasados tratando de dar con alguna pista: «¿Julio, el gallego soso compañero de la universidad?. No, aquello acabo sin haber comenzado. ¡Pero si era más apagado que el mechero de un indigente! Qué gracia. Mira tú que en el fondo hubiera sido un buen marido, Pero ¡qué ganas de cargar con semejante muermo! ¡Ay, hija, para ti todos los hombres son muermos! ¿Sergio, el playboy que conocí en Benicasim el verano del 98? ¡Va, aquello fue una tontería de verano! ¡Pero era tan guapo, eso si que es verdad! ¿Ernesto, el vecino del cuarto de cuando vivía en Chamberí y que siempre se hacía el encontradizo en el ascensor? ¡No, imposible! Sé que estaba colado por mí, pero es que era tan corto el pobre, que la única vez que rozó mi bolsa de la compra se ruborizó. ¡Pobre chaval, que será de él. Alguna lagarta le habrá pillado, que buena falta le hacía al pobre. Pero ¿por qué los hombres serán tan tontos? ¿Será de Jaime, aquel poeta engreído que se creía mejor que Gustavo Adolfo Bécquer? ¡Que va, ese ya estará calvo y con familia numerosa y se habrá comprado un chalet en Majadahonda! ¡Menudo rollo tenía el tío! ¿Y ya está? ¿Cuarenta y ocho años de existencia para media docena de amantes, y ni siquiera puedo sospechar que sea alguno de ellos? ¿Y si lo abro y salgo de dudas? Vamos, Clara, que ya no usas calcetines blancos. ¡Qué se te ha pasado la edad del pavo! Sí, claro, ahora soy una tía responsable. Dos carreras, una buena plaza en la administración pública. Asistenta social, consejera de familia, abogada del Estado, y aquí estoy, ¡sin nadie que me aconseje a mí de si debo o no abrir estúpido correo! Mira que si es una oferta de viajes de crucero, o una web de citas, que están tan de moda. Pero, vamos a ver ¿por qué dudas? ¡Bórralo y listo! ¿Así de fácil? ¿Así, sin más? ¿Será verdad que ya no me queda esperanza? ¿Ni la más remota inocencia? Si lo abro y es una tontería me voy a poner 31 de mala leche para lo que resta de semana, pero si no lo abro puede decirse que ya estoy acabada... ¿Qué hacer? ¡Me cago en el tío que inventó esta mierda de Internet! Una pequeña lección de cultura general Para los que no hayan podido ir a la escuela y no tengan tema de conversación, aquí le doy una pequeña lección de cultura general con el que si se ponen a malas hasta podía obtener el graduado escolar. Historia España la descubrió un señor bajito y calvo, de ahí que al principio casi todos éramos bajitos y calvos. En el siglo VIII, más o menos, nos invadió una tribu de ingleses nómadas del centro y norte de África que se quedaron con Gibraltar con sus monos En el año 1436 Franco y Pilar la Católica realizaron la Reconquista con bastante éxito, pero no cayeron en lo de Gibraltar, y ahí siguen los ingleses. En el siglo siguiente no pasó nada digno de mención Bueno sí, Francisco de Quevedo descubrió América, al tiempo que las sopas de ajo, de ahí que buscara especies, porque hay que ver lo malas que son las sopas de ajo sin especies. Dos siglos después, la Historia siempre va por siglos pares, llegaron los Reyes Godos de Oriente con muchos regalos, de ahí la costumbre. Como por entonces la mayoría de los españoles éramos analfabetos, los dos siglos siguiente no pudimos escribir nada de historia. En el siglo XVIII, sucedió lo irremediable, pero como ya no tiene remedio para qué lo voy a contar. Allá para el año mil ochocientos y pico, los mamelucos tomaron Granada, pero se dieron cuenta en seguida de que ni era Granada ni el año que tocaba la invasión, por lo que se volvieron a donde habían venido, y de ese asunto ya nadie se acuerda, excepto los más mamelucos. En épocas recientes han pasado cosas importantes, la mejor de todas el 16 de enero de 194X, fecha de mi nacimiento. Geografía España limita al norte con la Islas Canarias, y ya menos al norte con el océano índico; al Este con la Patagonia, pero la del Este; al oeste con Tierra Santa y al sur con Extremadura la Vieja, la nueva no tenía límites. Tiene bastantes ríos muy caudalosos y de diversas longitudes: el más corto como su nombre indica es el Po, y uno de los más largos el Guadalorce; entre el término medio están el Duero y el Ebro. En la Macha hay un canal, llamado el «Canal de la Mancha», que yo no lo he visto nunca. Pero si se dice así por algo será. La montaña más alta es el «Cerro de los Ángeles» (eso si que es altura) situado en la meseta cantábrica y le sigue el «Alto de los leones», donde solía cazar los leoneses, pero tiene otras montañas más discretas como los Andes en la cordillera ibérica y los Apeninos que no están en ninguna cordillera, sino en un alto. Su clima es variado, caluroso en verano y frío en invierno, pero con el cambio climático sucede todo lo contrario: verano en caluroso e invierno en frío. Su agricultura es mayormente agrícola, pero la de Almería ya no se sabe. La zona centro es muy seca y árida, y se crían mayormente frutos secos y pasas; en las zonas de regadío se dan las peras de agua y los aguacates. La fauna ibérica está compuesta mayoritariamente de animales y la flora de plantas, pero para ser 32 más concretos los hay salvajes y domésticos; comestibles y de compañía, y las plantas lo mismo. Las especies en peligro de extinción son el gato común y el canario amarillo. Los gatos fuera de lo común van bien, gracias a Dios, y los canarios que no son amarillos están a salvo porque pasan más desapercibidos. Personajes famosos Torquemada: Toledano, inventor de la pólvora mojada pero que no tuvo éxito porque coincidió con una época de mucha sequía. Diego Velázquez: Matemático de origen santanderino que inventó la regla de tres, pero no a la primera sino a la de tres. El Gran Capitán: Militar de origen español que combatió a Napoleón en las Alpujarras, durante la Guerra de los 30 años (y un día, para ser más exactos) al que se le atribuye una frase que molesta bastante a los vizcaínos. Juan de Austria: Aristócrata de origen austriaco que lideró las Cruzadas, y eso que para entonces Austria ni existía. Felipe II: Hijo de Felipe I, nieto de Felipe a secas, venció a los espartanos en la batalla de las Termópilas, de la que se trajo varias pilas térmicas que todavía no se han gastados de lo buenas que eran. Aníbal: No es español pero anduvo por aquí con una trupe de circo y sus elefantes, con los que conquistó el corazón de los niños españoles Nota: algunas fechas no están verificadas, pero eso no cambia el calendario gregoriano. Con estos conocimientos ya puede decirse que sabe lo necesario para el graduado escolar. ¿Quiere prepararse para el ingreso a la universidad para mayores de 25 años? ¡Venga, no me venga ahora conque no sabe lo que es una universidad! Una universidad es un centro de acogida del Gobierno para jóvenes descarriados y con riesgo potencial de contraer el Sida, pero si usted ya no es tan joven difícilmente le acogerán, porque no corre el riesgo de contraer nada, y menos el Sida. Memorias de un cajero automático Me llamo NCR X23, y soy un cajero automático ya jubilado. Dicen que nos querían rehabilitar en no sé qué país de África, pero los africanos han dicho que pobres pero no tontos, y que nos quedemos con nuestra chatarra que ellos los quieren ya con acceso a Google y a YouTube, o como se diga. Total, que aquí estoy, tratando de pasar el rato hasta que me lleven al desguace. Menos mal que tengo mis recuerdos. De todos ellos el más entrañable es de doña Engracia, era una viejecita enrollada y moderna, a la que le pagaba yo la pensión, pero tenía un punto débil: el pin. —¡Otra vez doña Engracia! —Otra vez, hijo, es que con el Bingo dichoso se me van los números al cielo —¡Que es la quinta vez esta semana, que no vamos a tener bastantes pines para usted! —¡Anda, deja de protestar y dame ya la paga que ya voy tarde para el Bingo. Total por cuatro números ¿quién se va a enterar? —¡Que no es eso, doña Engracia. Que soy una máquina pero honrada! ¿Que si se entera el jefe me desconecta? Ande vaya al mostrador y que le den otro, que yo me espero... ¡Esta mujer! Pero había otro también gracioso. Creo que era un estudiante de informática y se las daba de listo conmigo. —¡Otra vez lo mismo chaval! —Qué te pasa ahora, ¿se te han cruzado los cables? —Que esa tarjeta es el pase del comedor de la facultad; que aquí no funciona. 33 —Pero tiene banda magnética, ¿no? —Oye, ¿pero tu estudias informática o tontimática? —Pues en otras me funciona —¡Ya, pero con dinero de Monopoly! Anda deja ya de hurgar que te están viendo por la tele y no estás maquillado. También había otro con el que no había una sesión sin pelea. Creo que era un escritorcillo de mala muerte, bueno mala vida porque a juzgar por su aguante, con ese no podía ni la muerte. —¡Vaya, ya sabía yo que con la comisión de este mes me dejaban el saldo en 9,99! ¿Y ahora qué hago? Oye, ¿es que por un jodido céntimo no me vas a dar el billete? —Lo siento, yo no manejo calderilla —Entonces dame uno de cinco. —No es posible, lo mínimo son diez euros. —¡Pues dame dos de cinco! —¿Pero es que no lo entiendes?, ¡que no estoy programado para miserias! —¡Máquina capitalista! ¡O sea, que hoy no como! —Por lo que veo, ¡ni mañana tampoco! Me porté mal con el chaval, pero es que los escritores te vuelven loco para cuatro perras, a mi me gustaban los que pedían la cantidad al boleo. ¡Con los ojos cerrados y lo que saliera! ¡Esos eran buenos tiempos! Pero hubo otros casos tristes. En invierno tenía cada noche un indigente medio hippy, con dos perros que pasaban más hambre que un canario en una herrería. En una ocasión entró un tío algo borracho con la querida para que le diera más pasta y seguir la marcha. Estaba tan borracho que se dejó cincuenta euros, y yo no pude avisarle. Entre nosotros, me callé para ver si daba de comer a esos animalitos. El chaval se fue directo a un restaurante, y me dejó a las pobres bestias encerrados en el cajero. —¡Tres menús de los más caros! —le dijo al camarero. —¿Esperamos a sus compañeros? —Usted póngalos y no haga preguntas tontas, que más vale solo que mal acompañado! Del atracón no pasó de aquella noche, ¡pero se murió satisfecho! Por último, me acuerdo de aquella pareja de enamorados que se peleaban siempre porque él quería sacar el dinero se su cuenta, pero ella insistía en que fuera de la suya. Un mes después él sacaba de la de ella y ella no sacaba de ninguna porque la dejó sin blanca. La verdad es que, como cajero, he tenido una vida dichosa y llena de satisfacciones. Excepto en dos o tres apagones, jamás he dejado a la gente sin su dinero, y nunca me he quedado con un sólo euro que no hubiera ganado más o menos honradamente, que eso no depende de mí. Sólo me queda una duda que me atormenta. Después de haber manejado tanto dinero, cuando llegue el momento de mi desguace no estoy seguro si me habré ganado el cielo o iré de cabeza al infierno. ¿Alguien me podría orientar? Entrevista con la zorra de «El Principito» ¡Quién me iba a decir que en mi deambular periodístico por las Américas iba yo a dar con la zorra del cuento «El Principito», pero así fue! Uno de esos días en que andaba yo buscando el suplemento dominical del New York Times en las papeleras del bajo Manhattan para escribir mi artículo de «supervivencia» correspondiente al mes en cuestión, me vi en la penosa necesidad de reponer mis mermadas fuerzas en uno de esos comedores de beneficencia encubiertos que son los McDonalds neoyorquinos. Allí, entre indigentes reales y proletarios evidentes, más algún turista español, pues los McDonalds de nuestro país tienen aires aristocráticos no como los de aquí, encontré sospechoso que una de las camareras utilizara un «hiyab» sin ser miembro de la comunicad del Islam. Hice mis averiguaciones, consulté a un puertorriqueño muy salado que me arrojó el café sobre los pantalones en su afán de retirar cuanto antes los trastos de las mesas e irse a bailar salsa, y me informó que por escasez de personal la empresa había consentido en emplearla, porque para estos restaurantes ya casi nadie rellena aplicaciones de empleo. —¿Quiere decir que es la misma; que es la zorra del cuento? Asintió y me volvió a tirar los restos de mayonesa sobre la parte del pantalón que todavía estaba limpia en su afán por gozar del merengue. —¿Podría usted tener la amabilidad de preguntarle si no le importa que la entreviste? —Le costara 100 pavos, y si viene de «Le Fígaro» 150, está muy cabreada con los franceses. —Dígale de soy un escritor español, de los de después de Franco, ¡no se vaya a pensar que yo...! —¡Ah, bueno, haberlo dicho antes! ¿No será usted el que ha escrito esa novela sobre Nueva York donde sale ella? —¡Sí, sí; el mismo! —Entonces se lo hará gratis. ¡Oiga, que la dejó usted en buen lugar; que la pobre está más que harta de pasar calamidades sin que se diga de ella más que lo de siempre: que si domesticada, que si esto, que si lo otro! ¡Lo suyo fue un punto de vista original! —Entonces, ¿se lo preguntará? —¡Aquí la tiene, pregúnteselo usted mismo! Nunca hubiera imaginado ver a uno de mis personajes de juventud favoritos en aquel penoso estado. Como se suele decir, tenía el rimel corrido, el contorno del carmín excedía con creces sus ajados labios, el pelaje deslustrado y la porte desgarbada, para colmo chupaba la típica colilla de cigarrillo según aparece en todas las películas de Rita Hayworth y otras por el estilo. —Permítame que me presente, soy Jaime Despree, el reportero más dicharachero.... —¡Ja, y yo soy Greta Garbo! ¡Venga encanto, no me vengas con esas que una no viene a los Estados Unidos para nada! —Bueno, tal vez no sea tan dicharachero, pero me han dicho que usted es... —¡Sí, yo soy, bueno ¿y qué? Oiga, ahora que lo dice, ¿no será usted ese Despree de la novela? —¡El mismo! —Mire, que no le tenía buen ojo por lo del apellido, pero cuando leí su novela, pues que me trajo usted buenos recuerdos... ¿Y qué quiere de mí, si se puede saber? —¡Todo! —Vamos por partes, cariño, y suéltelo todo rápido que aquí no nos pagan para estar de palique con los clientes. Como no soy un reportero muy brillante la primera, la segunda y hasta la vigésimo quinta pregunta fueron las tópicas en estos casos: —¿Qué hace una zorra como usted en un sitio como éste? —¡Ay, cielo, ya veo que no sabes de la misa la mitad! ¿Crees que se puede vivir del recuerdo? Me dijeron que con mi fama me caería el papel de protagonista en alguna película de Spilberg, pero, chico, tardé algunos años en cruzar el charco y cuando llegué ni se acordaban de mí. ¡Una humillación! Me dijeron: «Un papelillo secundario podemos ofrecerle para que no haga el viaje en balde, pero desde lo de Reagan las zorras como usted ya no están de moda». Así es que hice un papel en que ni hablaba, sólo rebuscaba en el cubo de la basura en una película de Disney, en que el protagonista era el perro más lerdo que me echado a los hocicos! —¡Ya, vaya faena...! Bueno, hablemos del Principito. ¿Se enamoró usted al primer golpe de vista? —¡Hombre, qué pregunta! ¡Pues claro! ¿Cómo no sentir en esa criatura la ternura de su mirada, la ingenuidad de su mundo de rosas histéricas y volcanes peligrosos? ¿Es que se le podía confundir con un bruto e insensible cazador? —¿Y sexualmente...? —Oiga, pongamos las cosas en claro, sobre mi sexualidad no escriba ni una palabra, ¡para las zorras ese es un tema tabú! —¡Perdone, no volverá a suceder! Pero usted fue poco realista. Con toda su experiencia de la vida, ya debió comprender que aquello era un amor imposible... —¡Qué sabe usted de esas cosas! Si usted fuera una zorra, viviendo siempre de sobresalto en sobresalto, mal vista y peor considerada, que te venga del cielo un Principito y te diga que eres hermosa y digna de su confianza... ¡Oiga que eso llega muy hondo! —Entonces, por eso se dejó usted domesticar y ahora... ¡en un McDonald! No respondió. Primero creí ver una lágrima fugaz resbalar por su mejilla de zorra, después se restregó con el dorso del jersey raído y el rimel le llegaba hasta las orejas. Luego me miró con cierta ternura, como si le hubiera llegado al fondo del corazón de zorra domesticada y luego, ya totalmente recuperada, impertinente y altiva de nuevo, se levantó, escupió la colilla del cigarro y me dijo. —Se terminó la entrevista, encanto. Una tiene que seguir viviendo y no es cosa de andarse con sentimentalismo. Me ha traído usted buenos recuerdos, pero vivo en Norteamérica y aquí no se vive de recuerdos sino de dólares. Dé gracias a que le ha salido gratis la entrevista y no abuse. Y si pasa por Francia, les diga que estoy muy dolida, pero en parte agradecida, porque en el fondo me sigo sintiendo muy francesa. Pero eso de que hagan tantos negocios conmigo y no me pasen ni un euro, ¡simplemente, que no se lo perdono! ¡Au revoir, mon ami! CUENTOS CONTRA-POPULARES Caperucita Roja o el crimen perfecto La tradición nos ha legado la absurda idea de que el lobo, compañero habitual en las partidas de cinquillo de la abuelita, fue su asesino. ¡Nada más falso! Nadie sabe que las relaciones entre Caperucita y su abuela habían llegado tal extremo de tensión que terminaron en abuelicidio. Esta es la verdadera historia según un herrero de Maguncia, descendiente del abogado defensor del pobre lobo feroz, que por consideración a la inocencia de los niños, se la había callado. Pero como los niños ahora, con todo esa violencia de los video-juegos ya no tienen inocencia, la ha develado a un canal local de televisión de la Baja Renania. —Caperucita y su abuelita se llevaban fatal —dijo el herrero a la tele local—. La abuela amenazó a la niña con dejarle al lobo la casa y la finca colindante, más de 10.000 hectáreas de castañares de buena calidad, porque era el único que la hacía compañía, que hasta dejaba que hiciera trampas a las cartas sin rechistar, y eso que las prendas por perder eran abusivas y hasta obscenas. —Entonces —le preguntó el entrevistador—, fue Caperucita quien... —¡Sí señor, que se sepa de una vez! Después de empollarse decenas de cuentos en que los lobos se comían a las abuelas, urdió un plan perfecto para deshacerse de la suya. Sabía que el lobo acudía a eso de las cinco de la tarde a la partida de cartas con la abuela. Ella se adelantó, hizo el trabajo sucio y dejó una nota en la puerta: «Querido lobo, estoy de ejercicios espirituales y no volveré hasta las 7. Pasa y siéntete como en tu casa. En la nevera hay una gallina guisada. Tú mismo». El lobo esperó y esperó (inútilmente por la razón expuesta), se comió la gallina y le entró modorra, así es que se recostó sobre la mullida cama y se quedó dormido. Entonces Caperucita, haciéndose la tonta, se hizo la encontradiza con el guardabosques local y le dijo: «Para mí que hay un lobo roncando en casa de la abuelita. ¡Mira tú si se hubiera comido a la abuelita!».Y parpadeó varias veces, juntando las manos y mirándose el talón derecho. El resto del cuento ya lo conocemos. Mi antecesor cursó Derecho en una Universidad subvencionada, por eso perdió el caso. ¡Pero fue Caperucita! Moraleja: «No todo lo rojo es comunista» El sapo y la princesa morocha Había una vez en un país mas lejano que Kirikistan, una altiva princesa morochota y deslenguada, además de mentirosa. Su juguete favorito era una bola de acero de un cojinete sueco, algo pesada para su edad. En esto que una tarde aprovechando que no había escuela de princesas morochas, estaba jugando con su bola de acero a la orilla de un pozo. —¡Tiro mi bolita, tralaralarita! —cantaba alegremente. En un impulso arrebatador la bola fue a parar al pozo. Se escucho el sonido seco de la bola al pegarle en la cabeza a un sapo distraído, que indignado, pidió explicaciones a la princesa. —¡Perdona ranita! —le dijo ella pensando en ganarse la voluntad el bicho para que le consiguiera su bola. —¡No soy una ranita, soy un sapo! ¡Y no me vengas con esas que ya me he leído el cuento! —le dijo el sapo, apoyando la barbilla en su anca trasera. Se dijeron todo aquello de «si me das la bolita me caso contigo», etc., y el sapo no se creyó una palabra, pero conocía el oficio del padre, así es que bajo al pozo, cargo la pesada bola y medio deslomado la saco del pozo. —¡Rana tonta! ¡No sabes que las princesas morochas se casan con los príncipes morochos! —¡Se lo diré a tu padre y veremos quién se sale con la suya! Tal y como lo dijo lo hizo, y el padre, rey y experto en derecho internacional y conyugal, no tuvo más remedio que aprobar la boda. Dicen que el sapo le fue bastante infiel, a pesar de que por indicación de la madre aprendió a cocinar moscas al «Pil-pil». Moraleja: ¡No mientas o acabarás casada con un sapo verde y repugnante! La «Ceni», o cómo casarse con un príncipe que colecciona zapatos usados Es una bobería pensar que no hay dos jovencitas con el mismo número de zapato en todo un reino, por eso y porque ya va para la media docena de cuentos en los que he descubierto el engaño, a penas si me he puesto con éste y ya tengo el origen de la malversación. Primero la «Ceni», diminutivo de Cenicienta, era una chica de barrio totalmente normal. Era huérfana de abuela, por tanto apenas podía decirse que lo era del todo. Vestía mal porque le gustaba y era bastante perezosa con las cosas de la casa, hasta tal extremo que ese toque de ceniza del nombre le viene de esta manía suya de no limpiar la cocina como Dios manda. —¡Va, si yo me tengo que casar con un príncipe, de Mónaco o de donde sea! —se decía a sí misma convencida de sus artes femeninas. En esto que el único príncipe disponible del reino vecino, porque en el propio sólo había una princesa, otra malversación del cuento, estaba en el trance de buscar esposa y decidió pescarlo fuera como fuera e hizo sus averiguaciones. —¡Está loco por los zapatos de mujer, es su fetiche. Dicen que colecciona hasta zapatillas de cocinera de hotel barato, sudadas y grasientas! ¡Zape! ¡Ya lo tenía! Llegó el día. Se hizo con el par de zapatos más horteras que se pueden comprar en Lavapiés. Le prestaron un seiscientos trucado (ahora se dice «tuneado») y se presentó en la fiesta, dando traspiés, ¡porque los zapatitos se las traían! Fue un amor a primera vista. Apenas el príncipe divisó los zapatos sabía que serían suyos, con o sin Cenicienta. —¡Que bella noche! —le dijo disimulando fatal «Sí, sí, nochecita; tú lo que quieres es lo de todos... pero esto te cuesta firmar en la vicaría» —pensó la Ceni maliciosa pero melosamente dulzarrona. Llegaron la 12 y lo demás es de sobra conocido. Ella esperó tranquilamente en su casa con el otro par del zapatito hortera, el príncipe estuvo la borde de la muerte por la angustia, pero todo se arregló felizmente. Dicen que llegó a coleccionar más zapatos de la Imelda Marcos, algunos bastante sudados, pero a la Ceni no le importaba, ¡estaba acostumbrada a los malos olores! Moraleja: el amor en los príncipes entra por los zapatos, tanto más cuanto más horteras sean. La cigarra y la cretina de la hormiga Todos conocemos el cuento de la cigarra que se pasaba el verano cantando alegremente sin pensar en el futuro, y de la hormiga trabajadora, ahorradora y previsora que le negó un trozo de pan, por lo que sucumbió el frío y gélido invierno. Lo que no saben es que la hormiga no pasó tampoco de aquel mismo invierno, y murió de un atracón de celulosa en mal estado. De manera que las dos, cigarra y hormiga, se encontraron casi en el mismo sitio de la cola de las almas que esperan el juicio de San Pedro. —Yo a ti te conozco —insinuó la cigarra dirigiéndose a una hormiga vieja y respondona que se metía con todo el mundo, como si ella no estuviera muerta y los demás sí. —¡Va, qué vas a conocerme! ¡Yo nunca me he relacionado con bichos de tu clase! —respondió ella, dejando en la nube un abultado fardo de provisiones que tenía previsto llevarse al cielo. —Tú eres la hormiga que me negó la comida. Por tu culpa estoy en esta cola, pero como dice el refrán: «¡Arrieros somos y en el camino nos veremos!». La hormiga ni respondió. Miró a otro bicho extraño que escuchaba indiferente la conversación y le hizo un gesto como diciendo: «Este pobre diablo se cree que va de cabeza al cielo. ¡Menudo chasco se va a llevar el infeliz!». La hormiga estaba convencida de que ni siquiera sería necesario dar explicaciones, con solo verle la pinta de trabajadora le daría un pase en primera para el Paraíso. La cigarra no insistió porque el ujier de la entrada les apremiaba a que no se entretuvieran con chismorreos, que había miles de almas pendientes de los tramites celestiales. Una vez dentro, San Pedro le pregunto: —¿Profesión? —¡Artista! —contestó la cigarra sin un instante de duda —¡Al cielo! ¡Siguiente! Llegó el turno de la hormiga y San Pedro, algo cansado de repetir durante más de 2500 años la misma pregunta, se la dijo sin mucho convencimiento, porque por la pinta del bicho tenía ya la respuesta. —¡Trabajadora por cuenta ajena! —¡Al infierno! Lo peor fue el desconcierto de la pobre hormiga, que ya tenía un pie en la puerta del Paraíso, pues estaba convencida que sólo era cosa de puro trámite. La cigarra, que había contemplado la escena desde la puerta de la limousine que lleva las almas piadosas al cielo, todavía tuvo un gesto noble, ¡propio de los que van al cielo! —¡Lo siento, hermana! ¡Si puedo hacer algo por ti en el cielo...! La hormiga, rencorosa hasta en las puertas del infierno, sólo se le ocurrió decir: —¡Va, no se estará tan mal en el infierno! Y la metieron en el carro de Pedro Botero. Por el camino la desconcertada hormiga no dejaba de preguntarse en voz alta cómo pudo cometer San Pedro tamaña injusticia, y el chofer que la escuchó, saltó indignado: —¡Si por mí fuera, ni al infierno te dejaba entrar! Alarmada, la hormiga trató de imaginarse dónde se podría ir si no era al cielo o al infierno, lo que la angustió todavía más se cabe. —Pues ¿qué hay de malo en trabajar y ahorrar para la vejez? —¿Malo; malo? Pero, desgraciada, ¿para qué crees que Dios os dio la vida? —Pues, ahora que lo dices... tan ocupada estaba en trabajar y pagar los autónomos para la vejez que ni me lo había planteado... —¡Pues por eso vas de cabeza al infierno! —¿Y la perezosa de la cigarra? ¿Por qué ella va al cielo? —¡Una hormiga como tú nunca llegaría a comprender que los artistas viven siempre en gracia de Dios! ¿Es que no has visto las estampas de los ángeles que siempre llevan una lira y no paran de tocarla? ¡Ignorante! Y así fue como acaba realmente el cuento con moraleja de «La cigarra y la cretina de la hormiga». Los tres salvajes cerditos y el lobo angelical Por quedar bien con los vecinos casi nunca le damos una bofetada al crío de los del piso de arriba, cuando por hacer una gracia nos da una patada en la espinilla. ¡Cosas de niños!, decimos, disimulando el escozor con una sonrisa de chimpancé de zoológico. Los niños, esos monstruos bajitos y perversos, lo primero que aprenden es la manera de arruinarnos la salud, lo segundo es la manera de arruinarnos en todos los sentidos. Por esa razón yo nunca me creí la historia de los tres cerditos y el lobo feroz, pues como buen observador de la naturaleza, me he dado cuenta de que los chanchitos son de las crías de animales más revoltosas y juguetonas, que no sé de donde sacan la paciencia las cerdas para aguantarlos. La verdadera historia es más o menos como sigue: Había una vez una cerda que trabajaba en el sindicato de rebaños varios, y siempre estaba tan ocupada organizando huelgas y reclamando mejoras salariales a los granjeros, que apenas tenía tiempo de ocuparse de sus tres lindos cerditos. Por suerte tenía como vecino a un lobo más o menos estepario, pero culto y erudito, que hasta sabía sacar la regla de tres contando con los cuatro dedos de su pezuña. —Si no es mucha molestia, señor lobo, ¿podría usted cuidar unas horas a mis tres angelitos? Es que hoy tenemos un asunto oscuro con un fabricante de piensos compuestos de harina animal y no sé a 39 qué hora regresaré. —¡A mandar, mujer, que para eso estamos los vecinos! —le dijo el lobo, ignorando que la posteridad le condenaría por «soplón» y desalmado. La madre se fue a sus ocupaciones y el lobo angelical se quedó con los tres cerditos. La primera ocurrencia de las criaturas fue la típica en estos casos: —¡Vamos a jugar a indios y a americanos! Tú serás el indio malo y nosotros los americanos buenos —le dijeron al lobo, quien accedió gustoso, porque aunque soltero y de edad avanzaba, le seguían gustando los niños. —¡Te vamos a tirar un misil! —¿Un misil, hijos? ¡Pero eso es de otra guerra! —Bueno, ¡pues te vamos a volar con una carga de Goma 2! —¿Goma 2, hijitos? ¡Pero eso también es de otra guerra! —Pues entonces ¡te vamos a meter en un cohete y te mandaremos a la estación espacial internacional! —¿Un cohete, hijos míos? ¡Pero eso no deja de ser de otra guerra! Los tres cerditos, contrariados por la sosería del lobo, sacaron los petardos que tenían guardados para la «Nit de Sant Joan» y se los ataron al cuello al pobre lobo, que maniatado y estupefacto, no tuvo tiempo de reaccionar para salvarse. Dicen que por la noche de San Juan una reluciente cometa traspasa el espacio estelar, a la altura de Sitges. ¡Es el pobre lobo angelical, que todavía sigue en órbita espacial! Moraleja: ¡Los niños son la prueba irrefutable de nuestra avanzada edad y de nuestra incurable ingenuidad! La verdadera historia de Blancanieves y los siete carboneritos Como todos ustedes son gente ilustrada ya deben saber que los hermanos Grimm eran unos eruditos de cuidado, pues recopilaron uno de los más importantes diccionarios enciclopédicos de la lengua alemana. En su deambular por villorrios de mala muerte en busca de palabrejas, les contaban montones de historias fantásticas locales, trasmitidas de abuelas a nietos, pues los padres tienen otras ocupaciones que andar contando cuentos. Una de esas historias es la de «Blancanieves y los 7 enanitos». Como actualmente vivo en Alemania, he indagado sobre este asunto y he encontrado alguna que otra contradicción, como que no había tales enanos, sino una familia de carboneros algo canijos por la mala alimentación, que en sus ratos de ocio buscaban piedras relucientes y otras tonterías por el estilo. Por sentido de la responsabilidad, les ofrezco la verdadera historia, según ha llegado de viva voz de la última abuela que la conocía. Como era de temer, Blancanieves no era tan blanca, sino algo morena y regordeta. Es verdad que era hija de un reyezuelo local, pero era caprichosa, histérica, deslenguada y mortificante. —¡Quiero un móvil! —le dijo en cierta ocasión a su padre con su habitual tono autoritario. —¿Un móvil, hija? ¿Pero, de dónde saco yo un móvil si todavía no se han inventado? —Pues manda que lo inventen, y con cámara de 8 megapixels, MP3 y todo eso. La chica no paraba de pedir imposibles, por eso el padre creyó conveniente poner fin a su maravillosa viudez (de su última mujer salió tan escaldado que la mandó enterrar cerca de Afganistán, pero el de antes), y se casó con una beatífica mujer, que rondaba los 50 y sabía recitar el «Tirant lo'Blanc» de memoria, pues parece ser que era de origen valenciano, hija de emigrantes de los de antes. Para la boda vinieron embajadores de todos los reinos de Europa, y una delegación de la Generalitat Valenciana, que tuvo serios problemas con el idioma, pues el catalán todavía era desconocido en los reinos germanos, lo que no sucede en nuestros días. 40 Pasaron dos años con más o menos tensiones familiares hasta que al tercero estalló la crisis que dio origen al cuento: —Espejito mágico —pregunto Blancanieves a la cosa— ¿Quién es la chica más enrollada y tía buena del reino? —¡Obviamente tú, mi princesa! —contesto el decimoquinto espejo mágico, pues los anteriores los había hecho añicos sólo porque tenían deje bávaro. Así pasaron algunos días hasta que el espejo se rebeló: —¡Pero eres tonta de capirote! ¡A ver si aprendes un poco de juicio de tu madrastra! Apenas Blancanieves escuchó las últimas palabras del espejo, urdió un mortífero plan contra la pobre valencia y mandó que la decapitaran al instante. —Señorita, si no le importa vamos a degollarla fuera de casa, que las manchas de sangre no se quitan ni con aguafuerte y estropajo de raíces! —¡Sea, pero, ya! La pobre mujer se salvó de la muerte por causa de algo que me callo, y dio con sus huesos en una casita de unos carboneros algo canijos, que los hermanos Grimm confundieron con enanos. Allí se convirtió en su criada, sufriendo toda clase de explotaciones laborales imaginables, hasta que pasó lo de la manzana. Blancanieves se disfrazó de pastorcita y con un veneno de su invención casi la mata. Los carboneros no querían líos con la justicia y denunciaron el caso al «burgomaestre» local, quien se apiadó de la pobre mujer y decidió pagar el entierro de su bolsillo. Pero ya en el cementerio un mal golpe del sepulturero le sacó el veneno del gaznate y se revivió, asombrando a los presentes. —¡Volvemos a tener criada! —se dijeron los carboneros explotadores. —¡Esta mujer es mía, yo la he salvado y me la quedo! —dijo el burgomaestre —¡Nos quejaremos al sindicato! —¡Os llevaré a los tribunales por evasores de impuestos! Este tira y afloja concluyó en boda. La pobre mujer dejo de ser criada de los carboneros para ser del burgomaestre, que era más gordo y comía más. Y esta es la verdadera historia de Blancanieves, etc. Moraleja: «Cuando te haces mayor ¡todos los espejos mágicos están en tu contra!» ACERCA DEL AUTOR • España, 1947 • En los años 70 y 80 formé parte activa de los nuevos partidos políticos verdes de Madrid, Barcelona, Londres, Copenhague y Berlín. El resultado de esta larga experiencia está en mi ensayo “Ecología y sociedad civil”. • En los noventa me trasladé a los Estados Unidos, residiendo primero en San Francisco, Los Ángeles y finalmente en Nueva York, donde fui corresponsal acreditado en las Naciones Unidas. También residí por cortas temporadas en Ucrania y Bielorrusia, de cuya experiencia surgió mi novela "Tania, vida mía". • Al principio de la década de los 90 regresé a España para dedicarme enteramente a la literatura. • En el 2004 me trasladé a Berlín, donde he fijado mi residencia, y he escrito la mayor parte de mi obra, en especial la novela histórica: "Los años de rojo carmín" y la novela "Cerca del Cielo, cerca del Infierno". • He sido finalista en el Premio Internacional Jovellanos de Ensayo 2011, con mi ensayo "Filosofía de los sistemas sociales". OTRAS OBRAS DEL MISMO AUTOR NOVELAS • Los años de rojo carmín (Novela histórica ambientada en la II República y la Guerra Civil en España) • Tania, vida mía (Una historia sobre las dramáticas consecuencias de la inmigración) • Teo y Betsy (Una historia ambientada en la Transición democrática en España) CUENTOS Y RELATOS • Berlín sin muro (Impresiones y reflexiones sobre Berlín) • Cuentos berlineses (Cuentos inspirados en las vivencias del autor sobre Berlín) • Hermann en el Purgatorio (Relatos fantásticos en clave de humor sobre las metáforas de la religión) ENSAYOS • Filosofía de los sistemas sociales (Teoría de los sistemas político, económico y religioso) • ¿Qué es la realidad? (Ensayo sobre el concepto de "Realidad") • Ecología y sociedad civil (Propuestas políticas, económicas, sociales y culturales de Los Verdes) • eDemocracia para "Inignados" (Propuesta de un modelo de democracia sin partidos políticos) • El escritor y su obra. Cómo nace y se hace una novela (Ensayo dirigido a jóvenes autores. Incluye críticas de la literatura de la Transición) HISTORIA • La batalla de Sigüenza (Diario de la batalla en la localidad castellana de Sigüenza, durante la Guerra Civil en España)