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Cuentos
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z ▼ inicio a üöö,ä .- Alí Hasan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzbergi. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamecon la vigilia del Ramadán. Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín. Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té a.""menizada por una reñida partida de ajedrez. —Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos. —No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números. Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos. Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire. Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión: —¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará. Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz. —¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente! Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas. Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno. Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital. —¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas. —¿Qué dicen los médicos? —Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo! Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo. —¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar! —¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía? —Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo. Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar. Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva. —¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo! Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo». Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos. Yo, Adan, mis memorias del Paraiso A algunos lectores les sorprenderá el título de este relato, ¡no me extraña! Que después de tantos años me haya decidido a escribir mis memorias tiene que tener una buena razón, y la tiene. De Eva y de mí se han contado tantas cosas absurdas y sin sentido que se impone un poco de seriedad, y ¿quién mejor que yo mismo para contar mi verdadera historia y mis penalidades? No es fácil para nadie ser el primer hombre de este mundo, pero pese a las dificultades salimos adelante y ¡ahí está la humanidad, con cerca de siete mil millones de descendientes y sigue creciendo! No es necesario que me presente, pero para algunos despistados de culturas remotas todavía pendientes de civilizar como Dios manda, mi nombre es Adán. Obviamente no tengo apellido porque tampoco tuve un padre natural reconocido, pero para entendernos se me puede llamar Adán del Paraíso o Adán del Barro, que da lo mismo, pues ambas ideas tienen relación con mis orígenes. Mis biógrafos aseguran que me creó Dios a partir de una figura de barro a la que sopló con su aliento, y no voy a discutir lo fundamental, que fui creado por Dios, pero lo del barro es necesaria una importante aclaración. Yo nací en el interior del océano, y no especifico cuál porque en mis tiempos sólo había uno y todo lo demás era tierra. Al parecer ya teníamos por entonces problemas de contaminación en la atmósfera, pese a que no sabría decir por qué, ya que por entonces no había ni coches ni fábricas, por no haber no había nada más que lodo viscoso y fuertemente contaminado. No sé quién lo arregló ni cuantos millones costó, porque entre otras cosas no habíamos inventado todavía el dinero, pero tan pronto como la atmósfera fue respirable, puede decirse que volví a nacer pero fuera, sobre la tierra, de ahí la idea de mis biógrafos. Todavía recuerdo mi tierna infancia, cuando no era más que una insignificante ranita, que empezaba sus aventuras por tierra firme. Lo que sucedió después es muy largo de contar, por tanto lo resumiré diciendo que un buen día me vi adulto viviendo en un paradisíaco lugar al que Dios llamaba el Jardín del Edén. ¿Qué cómo era? Yo no sé mucho sobre este asunto porque nunca he destacado por mis conocimientos de botánica, pero recuerdo que había muchos árboles, ya que en mi juventud puede decirse que no pisaba el suelo. Nada me divertía más que saltar de rama en rama, de árbol en árbol y recorrer en un santiamén los límites del Paraíso terrenal. Aunque no esté bien el que yo mismo me elogie, ¡era una monada de criatura! El clima debía ser como el de Canarias, entre 25 y 30 grados centígrados, porque recuerdo que debido a ello ni se me ocurrió inventar los vestidos. Eso vino después de la tragedia. Además, ¿para qué los quería? ¿Quién podía verme si Eva ni siquiera existía? Por entonces era estrictamente vegetariano, auque por error de vez en cuando me comía algún bicho por su manía de camuflarse entre el follaje. ¡Como iba yo a saber las costumbres de los camaleones! Había ríos normales, donde solía darme buenos chapuzones y de paso mantener la higiene, porque eso sí, limpio siempre he sido; pero otros eran de miel, auque tal vez sea algo exagerado llamarlos ríos, más bien eran arroyos, y ni siquiera eso, digamos que chorreaba miel por todas partes, porque había abundancia de paneles de abejas silvestres. ¡Por supuesto que las abejas del Edén no picaban como las de ahora! De comer no digamos; puede decirse que no había nada dentro del Paraíso que no fuera comestible. Las legumbres y las verduras no eran como las de ahora, todas eran orgánicas por supuesto, y tan tiernas y suaves que no había necesidad alguna de cocerlas. ¡Claro que, por otro lado, todavía no se había inventado el fuego! En cuanto a los otros animales, a los que de ninguna manera podía llamar salvajes, porque todos eran dóciles como corderos, puede decirse que había de todos. De hecho por esa razón años más tarde Noe tuvo bastante trabajo para reunirlos a todos en su barcaza, cuando lo del Diluvio. Mi animal predilecto era un león africano, bueno es un decir, porque África por entonces tampoco existía, como digo a todo se le llamaba con el mismo nombre de Pangea, a pesar de que tengo mis dudas de si para entonces no habría ya algún que otro conteniente. Era un león tranquilo y bien enseñado, cuya finalidad fundamental era servirme de almohada para mis sueños normales y la siesta. ¿Nadie ha probado lo cómoda y calentita que es la melena de un león africano? Bueno, a decir verdad, después del Paraíso a los leones les molesta hacer estos y otros favores al ser humano. Puede decirse que en el Jardín del Edén no me faltaba de nada y todo estaba a la mano, no como ahora. ¡Por entonces las cosas eran como Dios manda! Y hablando de Dios, desde luego que desde el primer momento nos entendimos de maravilla. No se vayan a creer que Dios se conformaba con cualquier cosa, que era en extremo exigente en todo. No hubo nada de lo que creara antes de mí que no le diera su visto bueno después de ver como funcionaba. Los cielos los hizo tan grandes que hasta hoy no se sabe el final. La Tierra le salió algo más pequeña, pero también tiene sus distancias, que ninguno de mis primeros descendientes se pudo hacer una idea cabal de las distancias, y hubo uno que hizo mal los cálculos, y menos mal que descubrió América porque de otro modo no quiero ni pensar lo que le hubiera sucedido. Al principio yo creía que la Tierra era plana, ¡como iba yo a imaginar que era redonda! Aún hoy me sigo preguntando qué movió a Dios para semejante idea, con lo sencillo que hubiera sido hacerla plana. En fin, sus razones tendría. Como digo, después de ver cómo me comportaba, pasada mi adolescencia y mi locura por lo árboles y otras barbaridades propias de la edad, parece que se sintió plenamente satisfecho. Durante bastante tiempo las cosas en el Paraíso funcionaron a las mil maravillas. No hubo ni el más motivo de queja por ambas partes. Desde luego que yo no me hubiera quejado, pues siempre he sabido actuar con discreción y guardar las distancias. Tengo que decir, en honor a la verdad, que nunca llegamos a encontrarnos cara a cara y todavía no sé la razón, pero sospecho que Dios es demasiado grande para caber en el mundo que Él mismo ha creado. Por eso decía que le había quedado algo pequeño, al contrario de los cielos, que como dije son inmensos y Él debe de moverse en ellos como en su casa. A decir verdad, el cielo es su casa, como está escrito en todos los manuales de religiónpesar de las primeras dificultades para comunicarnos, Él siempre se las apañaba para ponerse en contacto conmigo e interesarse por mis cosas. Mi salud le traía sin cuidado porque las enfermedades no se conocían todavía. Unas veces lo hacía a través de algún animal, desde luego que no utilizaba las serpientes por la razón de todos ya conocida, de la que hablaré más adelante, otras provocando un vendaval con voz en off, como se dice ahora, y las más de las veces se me aparecía en sueños. Durante estas amenas charlas de Creador a criatura Él solía hacerme preguntas a veces difíciles de responder dada mi ignorancia de la vida, por las que trataba de interesarse por mi bienestar, pues puede decirse que no hacía otra cosa que estar al tanto de mis deseos y, por supuesto, controlar los otros aspectos de su creación. Pero tengo que aclarar que mientras la Creación en sí misma no le preocupaba en absoluto, porque la había dotado de medios propios para su supervivencia y estabilidad, yo le preocupaba de forma especial. Era como si no estuviera completamente seguro de haber hecho un buen trabajo conmigo. Creo que sospechaba que estaba tramando algo contra Él, cuando es obvio que ni me pasaba por la cabeza tal idea. ¿Por qué razón habría yo de rebelarme contra Dios si me proporcionaba todo cuando deseaba y era feliz? Pero Él insistía una y otra vez: —¿Estás seguro, Adán, de que no echas a faltar nada? —¡Nada en absoluto! —Bueno, me refiero a si hay algo que te molesta; algo que no te gusta… —La verdad es que, ahora que lo dices, si pudieras hacer los elefantes algo más pequeños… ¡Es que ocupan demasiado sitio y este jardín no es muy grande! Además está el riesgo de un pisotón, sin mala intención, desde luego. —No, yo no me refiero a eso; me refiero a si hechas algo de menos; si hay algo en tu naturaleza humana que no funciona como debería. —La verdad es que si no hablas claro, ¡no te entiendo! Si te refieres a que hago mis necesidades en cualquier sitio cuando me vienen las ganas, la próxima vez buscaré un lugar más apartado… —¡No es eso, alma de Dios! —¡Pues no te entiendo! —¿Pero es que no observas a los otros animales? —Bueno, a decir verdad hecho de menos mis habilidades de cuando era joven de subirme a los árboles como hacen los monos, pero eso ya pasó porque he sentado la cabeza… —Bueno, está bien, te lo diré claramente: ¿Es que no hechas de menos alguien más de tu especie para charlar, pasear y… bueno, que narices, ¡gozar de los placeres de la naturaleza!? ¡Y así cada día! Lo cierto es que no había sueño en que no charláramos de esta nueva idea que se le había metido en la cabeza, porque la verdad es que yo no echaba nada de menos. Poco a poco empecé a comprender sus motivos. Tal vez le aburría mi conversación, y como no hablaba de esta misma forma con el resto de la Creación, se le debió de ocurrir la idea de que fuéramos más para tener también más motivos de charla y otros temas de conversación. Pero a mí la idea, para ser sinceros, no me gustaba en absoluto, porque presentía que sería sencillamente un error, además de terminar con la tranquilidad del Paraíso terrenal. Pero por entonces no sabía razonar este presentimiento, así es que Dios seguía empeñado en que le diera mi aprobación, porque como digo, no vivía para otra cosa que para complacerme, como si fuera yo un hijo mimado, ¡claro, era el único! Tanto insistió Dios sobre la idea de crear una humanidad que poblara la Tierra y dominara sobre el resto de los pobres animales y las infelices plantas, que acabé cediendo a regañadientes. Pero lo que no hizo ninguna gracia fue el medio en que se proponía utilizar para su propósito. ¡Nada menos que utilizar una de mis costillas! No es que yo supiera por entonces cuántas costillas eran necesarias para una existencia normal, y si sobreviviría con una menos, pero lo que yo me preguntaba era que habiendo tanto barro como había, ¿por qué no utilizar el mismo sistema, con lo que fuera que estuviera pensando en crear, tal y como hizo conmigo? ¿Es que se le había acabado el aliento divino? ¿Es que no estaba seguro de que la criatura que fuera le saliera siquiera tan bien como sucedió conmigo? —¿Por qué de mi costilla? —me atreví a preguntarle en uno de los sueños en el que volvimos sobre el tema. —¡Porque es mi voluntad! —¿Hay alguna segunda intención que te callas? —¡La hay, quiero que tenga claro el lugar subordinado que debe de ocupar en el mundo según fue creada de tu costilla! —No le veo la gracia. —¡Ya lo entenderás cuando la veas! —¿Es una sorpresa? —¡No te lo puedes ni imaginar! Y ésa fue toda la conversación que tuvimos sobre la nueva criatura que tenía proyectado extraer de una de mis costillas. Afortunadamente debido a sus poderes especiales la operación no revestiría riesgo alguno para mi salud ni sería dolorosa. Es más, ni me enteraría, porque tenía previsto hacer esta delicada operación mientras durmiera. Así es que un buen día, ¡no sé si es correcto decirlo así!, al levantarme una brumosa mañana de primavera ¡allí estaba eso! La primera impresión fue decepcionante. Era evidente que aquello, porque no sé cómo calificarlo, no se parecía a mí en nada; le faltaban cosas y le sobraban otras. Por ejemplo en la parte baja de la ingle no tenía con que desahogar las ganas de orinar y a la altura del pecho le salían dos bultohorribles y deformes. Con semejante cuerpo no era posible tomarse en serio la idea de que eso era «humano», y lo digo por la alusión de Dios de crear una humanidad. La cosa al principio no dijo nada, pero ya desde el primer instante noté cierto aire de superioridad, y sin duda que, pese a sus notables y evidentes defectos, para sus adentros ya se debía creer hermosa. ¡Qué equivocación! ¡Ya sabía yo que si no utilizaba otra vez el barro, Dios metería la pata! Inmediatamente fui con la queja a Dios pero aquel día le tocaba descansar, así es que tuve que afrontar los hechos y hacerme a la idea de que al menos me tocaría pasar el fin de semana con aquella deforme criatura. Ya desde el primer momento de su existencia esa cosa no cumplió las previsiones de Dios sobre su posición social, y sin que le diera permiso para dirigirme la palabra, se puso a hablar de un montón de cosas incongruentes. —¡Eeeh, pero mira quién está aquí, el tipazo de Adán! Ah, pero no creas que yo voy a ser fácil, no; ¡vete haciéndote a la idea, guapo, de que yo no soy de ésas! —¿De cuáles? —no era mi intención seguirle la charla, pero a penas abrió la boca por primera vez y ya me sacó de quicio. —Como ésas de los árboles. ¡Aquí se acabó lo del macho dominante y todas esas tonterías! Yo no sabía de qué me estaba hablando y tuve que soportar un sinfín de impertinencias y reivindicaciones de todo tipo hasta que por fin, aquella noche, pasado el descanso dominical, pude presentar mi queja a Dios, a ver si aquello tenía todavía remedio. —¡Ya te harás a ella, Adán! —¡Pero es un ser monstruoso! —le contesté con unos modales poco habituales en mí, pero estaba tan furioso que no me controlé—. Además, le faltan cosas y le abultan demasiado otras, ¡no creo que sobreviva! —Adán, Adán, criatura, ¿pero es que no lo comprendes? ¡En esas diferencias está la gracia! Pero Dios no quiso darme más detalles, tan sólo me planteó el argumento de que debía ser distinta entre otras buenas razones para evitar la homosexualidad, o por lo menos hasta que hubiera siquiera un par de docenas más de seres humanos en la Tierra, tarea que me había encomendado a mí, ¡pero sin molestarse en darme una pista de cómo se hacía! Naturalmente que desde el primer momento intentó organizar mi vida, decirme lo que debía comer y lo que no; corregir algunos de mis modales, algo animales desde luego, a la hora de comer; decidir dónde debíamos pasear y qué lugares no debíamos frecuentar porque según ella, no eran propios de seres humanos. Se empeñó en que viviéramos en una gruta en particular, que a ella le parecía segura, cuando en el Paraíso no había nada que temer, pero debía de llevar eso de la seguridad como una tara genética, porque desde el primer día la obsesionaba. Me prohibió terminantemente que me subiera a los árboles, o que durmiera junto al león africano, al que no permitió entrar en la gruta porque decía que esos animales traían bichos y lo ponía todo perdido de orín, además de pelos y otras cosas indeseables. Me dijo a qué hora debía levantarme y acostarme, cuando y cómo debía lavarme, sobre todo las orejas, que yo detestaba. También se metió con mi barba y mis largos y hermosos cabellos, que me llegaban ya a la cintura, porque decía que no me hacían varonil, ¡cómo si yo supiese a qué se refería! En fin, que en apenas dos o tres días puso patas para arriba el Jardín del Edén, ¡que ya no fue lo mismo después de su llegada! Pero con todo lo peor fue llevar a cabo la tarea que se me había encomendado de poblar el mundo. Al principio, atareada como estaba poniendo orden en la gruta, limpiando obsesivamente cada rincón, colocando cosas raras en los rincones que ella decía que creaban ambiente, y fabricando un lecho de heno, que a decir verdad era más confortable que el duro suelo donde yo solía dormir, no me prestaba la mínima atención. Entre los artilugios que inventó por aquella época el más curioso fue un palo con ramas en un extremo con el que limpiaba el suelo, al que con el tiempo llamamos escoba, sin duda una de sus ideas más geniales, además de la cama, claro está. Por todo esto, en realidad poco a poco empecé a darme cuenta de las ventajas de su peculiar manera de ser, pues era obvio que a ella se le ocurrían más ideas que a mí, que si vamos a ser sincero, por aquel entonces no tuve ninguna. Resignado a tener que compartir mi vida con tal persona, al menos debería conocer su nombre, porque no le gustaba que la llamara «cosa», como solía hacerlo al principio de nuestras relaciones, y Dios no me dejó dicho como se llamaba. —¡Eva, me llamo Eva; Eva del Paraíso! Y no se te ocurra volver a llamarme «cosa», y menos con ese despectivo y prepotente nombre de «mi costilla». Eso ya es historia, ahora los dos somos iguales ante la sociedad. Y la verdad ahora que te conozco, no sé en qué estaba pensando Dios para haberte creado de esa manera. ¡Sin duda que debería de estar un poco cansado después de crear tantas cosas buenas y útiles, como es la Creación! Por que yo sirvo para muchas cosas, pero tú, ¡ya me dirás de qué sirve un hombre en este mundo! Ella siempre tenía palabras de crítica contra mi persona, a la que no veía nada bueno ni positivo. De haber sido por ella habría intrigado para convencer a Dios de mi inutilidad, y aprovechando que era el único en toda la Tierra, me destruyera. Pero sea por la razón que fuera, lo cierto es que Dios no solía dirigirse directamente a ella en sus apariciones, sino que se dirigía directamente a mí. Creo que por entonces Dios debió comprender el error de haber creado semejante criatura, pero las cosas en la Creación son irreversibles, así es que tuve que aprender a convivir con ella. Al cabo de algunas semanas Dios se me apareció otra vez en sueños, y por el tono de su voz sabía que no estaba de buen humor. —¿Cómo van las cosas con Eva? —me preguntó. —Regular, pero supongo que será cosa de dar tiempo al tiempo. ¡No es fácil acostumbrarse a sus manías por la limpieza! —¿Y sobre mi humanidad? —¿A qué te refieres? —¿A qué quieres que me refiera? ¿Crees que he creado a Eva para que sea tu criada? ¡A vuestra descendencia! —¿Qué descendencia? —¿Pero es que todavía no…? ¿Es que Eva no te atrae sexualmente?Pues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo… —¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya? —¿Hacer el qué? —¡El amor, hombre de Dios, el amor! —¡Si no hablas más claro! —¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás! —No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro! —Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes… —Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león! —Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras! —Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches! —¡Tú siempre tan ocurrente! —La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón! —Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén. —¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas! —Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado! Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva. —¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró. —¿Y qué es esa cosa tan importante? —Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural. —¿No se lo habrás contagiado tú? —Puede… —Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios? —¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales! —Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo! —Y ¿quién lo ha dicho? —¡Dios, por supuesto! —¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza? —¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado! —Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes? Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones. —¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla! Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor. —¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día! —Pero ¿qué te sucede, mujer? —¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes! —Enséñame… —No estoy de humor. —Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo! —¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios? Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean. De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan.. Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla. —Buenos días, serpiente. —Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí? —Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro! —Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas. —Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que… —¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas! —¿Y Dios no los castiga? —¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios! Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias. —¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho! —Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada. —Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene! —¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral! —¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya. Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón. —¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada! —Es verdad, AdáPues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo… —¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya? —¿Hacer el qué? —¡El amor, hombre de Dios, el amor! —¡Si no hablas más claro! —¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás! —No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro! —Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes… —Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león! —Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras! —Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches! —¡Tú siempre tan ocurrente! —La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón! —Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén. —¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas! —Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado! Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva. —¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró. —¿Y qué es esa cosa tan importante? —Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural. —¿No se lo habrás contagiado tú? —Puede… —Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios? —¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales! —Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo! —Y ¿quién lo ha dicho? —¡Dios, por supuesto! —¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza? —¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado! —Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes? Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones. —¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla! Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor. —¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día! —Pero ¿qué te sucede, mujer? —¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes! —Enséñame… —No estoy de humor. —Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo! —¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios? Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean. De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan. Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla. —Buenos días, serpiente. —Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí? —Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro! —Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas. —Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que… —¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas! —¿Y Dios no los castiga? —¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios! Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias. —¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho! —Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada. —Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene! —¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral! —¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya. Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón. —¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada! —Es verdad, Adán, eso de la prohibición no era más que para poner a prueba nuestra ingenuidad de primerizos. Pero comiendo le demostramos que hemos madurado y tenemos ideas propias; que ya no somos unos críos a los que se les puede decir: «No comas eso, no comas lo otro», etc. ¡Toma, demuéstrale a Dios que tú también eres un adulto; come también tú de mi manzana! —¡Ni lo sueñes! —repliqué yo convencido de que, pese a todo, si Dios nos lo había prohibido sus razones tendría. —¡Hombres! ¡Mucho presumir de machos, sexo fuerte y todo eso, pero a la hora de la verdad son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, y sin que nadie se lo mande! —me reprochó despectivamente. Ya desde el principio Eva sabía como provocarme poniendo en entredicho mi hombría a la menor oportunidad. Pero por otro lado, ella llevaba razón, había cosas que debíamos hacer por nosotros mismos, según nuestro propio entendimiento, que para eso lo teníamos, y lo de la prohibición, como decía, no tenía mucho sentido. Por último estaba la circunstancia de que yo debía de convivir con Eva y no con Dios. Dios estaba en sus alturas, tranquilamente, haciendo sus cosas de dioses, pero yo tenía que soportar los cambios de humor de Eva, convivir con ella cada día, cada hora y hasta cada minuto, porque en el Paraíso terrenal no existían las oficinas, ni los empleos donde uno pudiera pasar unas horas lejos de su mujer, y relajarse con los compañeros de trabajo, y no digamos cosas tan necesarias como el fútbol de los domingos o la partidita de póquer de los jueves por la noche; en fin, excusas para librarse de ella al menos por unas horas al día. Pero en el Jardín del Edén eso era imposible, porque allí no había nada de lo expuesto y todo se reducía a pasear por ahí, sestear bajo los árboles o charlar con los animales que tenía la habilidad del habla, que no eran muchos. Por todo eso comprendí que si no mordía la manzana a partir de aquel mismo día mi vida, incluso en el Paraíso, sería un infierno. Ella me reprocharía una y otra vez, durante nuestra eternidad, porque por entonces no moríamos, el que no hubiera tenido el valor de morder aquella dichosa manzana, ya que, después de todo, ¡ella lo había hecho y no había sucedido nada! No sé por qué tuve ese momento de debilidad, ¡para desgracia de mi descendencia y del resto de los inocentes animales y plantas!, que sin duda fue influenciado por las circunstancias expuestas y la complicidad de la serpiente. Lo cierto es que acepté la manzana que me ofrecía Eva, y le di un bocado con gusto. En efecto, se trataba de la manzana más jugosa y dulce que he comido jamás. ¡Pero, como era de temer, sucedió la tragedia! De pronto el cielo se oscureció con oscuros nubarrones y se desató una impresionante tormenta, algo totalmente desconocido en aquellas latitudes, por eso supe que era cosa del enfado de Dios por morder la manzana. No cayó una gota de agua, pero se desataron todas las fuerzas ciegas de la naturaleza. Sopló un viento huracanado seguido de rayos y truenos y estaba esperando que de un momento a otro se apareciera el mismo Dios para reprenderme por mi mala acción. Cuando amainó el temporal enseguida me di cuenta de que algo había cambiado radicalmente, y la reacción inmediata fue buscar la hoja de parra más grande que pude encontrar para cubrirme con ella el sexo. Pero, ¿por qué aquella extraña reacción? Debía ser sin duda uno de los efectos secundarios del pecado cometido. Eva al principio se lo tomó a risa, pero a juzgar por el color sonrojado de sus mejillas, estaba también avergonzada, y se buscó otra hoja para cubrir el suyo. ¡Era cómico vernos con una mano delante y otra detrás, sin saber muy bien por qué lo hacíamos! Pero sin duda que había una razón: hasta ese momento no me había dado cuenta de lo atractiva que era Eva, y ahora la veía con otros ojos, razón por la cual sentíamos vergüenza el uno del otro. ¡Porque por primera vez nos deseábamos! Bueno, al menos yo la deseaba, si ella sentía lo mismo que yo la verdad es que no estoy seguro. En medio de la confusión por las nuevas emociones, escuchamos los pasos característicos y familiares de Dios, dando su paseo habitual por el Jardín del Edén, y por primera vez sentimos deseos de ocultarnos, más por vergüenza que por otra cosa. No queríamos que Dios nos viera desnudos. Dios, extrañado de no verme, me llamó: —¿Dónde estás, Adán? La verdad es que la pregunta me desconcertó, porque yo siempre había creído que Dios lo veía y lo sabía todo. Pero todavía fue más sorprendente el resto de nuestra conversación: —Disculpa que me ocultara de ti, pero me avergüenza el estar desnudo y no he tenido tiempo de fabricarme algo más decente. —¿Por qué te avergüenzas? —¡Vaya pregunta para hacerla Dios! Ya deberías saber que hemos comido del manzano prohibido, porque se supone que Tú lo ves y lo oyes todo. —No sólo me has desobedecido sino que además pretendes pasarte de listo. —¡Yo sólo comento lo que he oído decir por ahí! —¡Bien dicho, Adán! —interrumpió Eva, que se ocultaba detrás de una palmera. —¡Tú eres la culpable, mujer! Yo te maldigo y maldigo tu descendencia por haberme desobedecido… —Yo no tengo la culpa, fue la serpiente, que también es una criatura de Dios, bueno, quiero decir, tuya. —¿No te estás pasando un poco, Dios? Pero ya te advertí que no era una buena idea crear a la mujer. ¡Y ahora la pagas conmigo! —¡Es verdad, Adán, la mujer es peor que las serpientes, pero esto no quedará así! A partir de hoy no lo va a tener fácil. Parirá con dolor… —¿Qué significa «parir»? —¡No me interrumpas, Adán! Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás cada día de tu vida… —¿Y yo qué…? —Por haber caído en la tentfaltaba! —Y prepárate porque tendrás que aprender un oficio. ¡Se acabó el chollo del Paraíso de vivir sin trabajar! —Bueno, eso no es tan malo. En realidad esto del Paraíso era algo aburrido. —¡Aún no he terminado! —¿Todavía hay más por darle un simple mordisco a una manzana? —¡De polvo te hice y en polvo te convertirás! —¿Qué significa eso? —Adán, creo que Dios quiere decir que ya somos mortales. Y así fue como terminó aquel engorroso asunto. Después envió a uno de sus querubines armado con una espada de fuego para que hiciera el trabajo sucio. —¡Andando; estáis desterrados! Y con malos modales nos amenazó con su espada indicándonos el camino de salida del Jardín del Edén. —No os preocupéis —tuvo el cinismo de decirnos la serpiente, quien por cierto, se vino con nosotros—. ¡Ahora que habéis tenido el valor de rebelaros contra el mismo Dios no me cabe la menor duda de que saldréis adelante! —Sí, muy graciosa, pero, ¿cómo es la vida ahí afuera? —Ahí tendréis que trabajar duro desde el primer momento que pongáis los pies en el mundo real, y andaros con cuidado conmigo y libraros de mis mordiscos, porque una vez fuera no respondo de mis actos, ¡y pudiera suceder la desgracia de que la humanidad ni siquiera empiece! Por fortuna vivíamos cerca de la salida, creo que del lado norte, y llegamos pronto a los linderos. Una vez allí el ángel que nos expulsó del Paraíso nos dio los últimos consejos, yo creo que por iniciativa propia, compadecido por nuestra desgracia. —Tan pronto como salgáis del Paraíso notareis cosas raras, como que se os cansan las piernas en las cuestas arriba, o frío en las manos, bueno en todo el cuerpo, porque estáis desnudos. Tendréis algo tan desconocido como es el dolor de cabeza y de muelas, que son los peores, aunque los dolores más insoportables los padecerá Eva, pues parirá con dolor, y, para colmo, siendo como es primeriza. Tendréis sentimientos nuevos, como la vergüenza de ir desnudos y el miedo a la oscuridad. También os asaltará la duda, el desencanto, la desdicha y la desilusión, y todo eso es debido a que a partir de entonces seréis mortales, ¡y ya no os digo más, el resto tenéis que aprenderlo por vosotros mismos! Y ahora, adiós, salir ya del Edén al que no podréis volver jamás, porque tengo orden de cerrar las puertas a cal y canto ¡por los siglos de los siglos, amén! ¡Y nos puso de patitas en el mundo real! Nunca me perdonaré mi debilidad y el tremendo dolor que ha causado a mis descendientes. Pero, a decir verdad, junto con infinitas cosas malas, aprendí unas cuantas buenas que ahora, después de todos estos siglos transcurridos, no sé si pensar que pese a todo valió la pena desobedecer a Dios. La primera cosa buena es que descubrí el placer sexual, pues en el Paraíso no existía, razón por la cual al principio no tuvimos descendencia, lo que ahora pienso que fue la verdadera razón por la que Dios nos mandó expulsar, pues ¿cómo íbamos a tener descendencia si no existía el deseo? Lo segundo es que Eva, orgullosa de mí y contrariamente a las previsiones de Dios, me tomó verdadero afecto y descubrimos el amor, la amistad y el compañerismo, y por tanto, gozamos de la felicidad, pero la humana y no esa felicidad celestial que aquí en la Tierra no tiene utilidad, además se acabaron sus ataques de histeria del Paraíso. Por último, decir que Eva tuvo la peor parte, pero al mismo tiempo las mayores satisfacciones, pues vio cumplidos sus deseos naturales de tener un hijo, Caín, una encantadora criatura nacida de su seno y no con trucos de costillas, como fue su caso. ¡Lástima que nos saliera una calamidad, pero eso ya es otra historia! Y esta es la verdadera historia de mis orígenes y de mi vida en el Paraíso, confío en que les haya entretenido. Ah, por cierto, me han enviado un e-mail de Hollywood interesándose por mi historia, pero creo que han pasado los tiempos para este tipo de películas sobre estos temas, ni quedan ya buenos actores para estos papeles tan comprometidos. En fin, ya veré que hago, les he dicho que me lo estoy pensando. Eva Eva está despierta desde algo más de las 5 de la madrugada. Está angustiada y no puede conciliar el sueño porque ese era uno de últimos despertar en su lujoso apartamento en la zona más codiciada de la ciudad. Dentro de una semana ingresará en una residencia que ella misma ha elegido, para ingresarla para volver salir de allí en una hornacina, convertida en cenizas, y esparcirlas en cualquier lugar donde solo haya naturaleza, como es su deseo. Tiene 82 años y necesita alguien a su lado para que le ayude a hacer cualquier cosa, como ir al baño, vestirse, llevarse los alimentos a la boca, caminar del salón al dormitorio, llamar a alguien por teléfono, levantarse de mullido sofá del salón, peinarse, ducharse, incluso, en el colmo de las vanidades, pintarse sus ajados labios, y ponerse un poco de rimel en sus caídos parpados. Eva fue una bellísima modelo, que se disputaban modistos y pasarelas de todo el mundo donde se cotizaba la ropa de alta costura. Tenía el salón de su casa convertido en un museo de sí misma. Tal vez un centenar de fotografías, la mayoría en blanco y negro o ese color velado imperceptible de las primeras fotos en color de Kodachrome. Las que tenían vivos colores le disgustaban, porque eran actuales y mostraban una Eva envejecida, que ella detestaba. Por eso las fotos recientes estaban amontonadas en un cajón, en el fondo de un armario, en el que no guardaba nada de interés. Las fotos enmarcadas y colocadas sobre la cómoda y cualquier mueble que pudiera servir de base o colgadas en las paredes, con escasos espacios libres, eran de una Eva admirada por su belleza y estilo inconfundible. Sus movimientos en las pasarelas no eran estudiados ni ensayados, sino espontáneos y naturales. En su perfecto cuerpo la ropa alcanzaba un impresionante valor, como si fuera necesario comprar sus costosos vestidos para sentirse atractiva y deseada, como era ella. No había político de la época o actor de moda que no se hubiera fotografiado junto a ella, para sentirse importante y merecedor de su compañía, ni gigoló o play-boy que no deseara ser su amante. Su fotografía favorita, que resaltaba de las demás por su tamaño, y su espléndido marco, con incrustaciones de oro, elaborado para ella en exclusiva, era la que le tomaron junto a los Beatles, a quienes ella admiraba apasionadamente. En la que Jhon Lennon estrechaba calurosamente la mano de una sonriente y emocionada Eva. Pero el dinero le obsesionaba. Detrás de aquella simpática y bella mujer se ocultaba un corazón insensible, egoísta y calculador. Regateaba hasta el último céntimo en el pago de sus servicios; exigía recibos de lo que compraba, incluso aunque se tratase de una sencilla barra de pan, y, antes de abandonar los comercios, comprobaba que lo que había pagado se correspondía con lo que había comprado y con el precio marcado. Jamás daba propinas, porque consideraba como un abusivo impuesto más, pero encubierto. De las muchas ofertas de matrimonio que tuvo, solo aceptó la de un multimillonario, ex-traficante de todo lo ilegal y prohibido, del que se aseguró que dada su edad y sus dolencias, no sobreviviría más de 5 ó 6 años. Su desamor y frialdad precipitó la muerte del desgraciado esposo, y falleció tres años después. De ese lucrativo matrimonio heredó su lujoso apartamento y un sin fin de valores que todavía no había podido conocer. Se limitaba a recibir sus cuantiosos beneficios, y a estampar su temblorosa firma en decenas de documentos que su abogado de confianza le daba a firmar para mantener o incrementar la cuantía de sus elevadas rentas, al mismo tiempo que crecían las del fiel e interesado abogado. Si antes la acosaban sus pretendientes por su belleza, ahora la acosaban por su riqueza. Se convirtió en la joven viuda más deseada del país. Pero Eva ya tenía lo que deseaba, dinero y libertad, y prefirió la compañía de Cuca, una alegre y gruñona perrita terrier a un nuevo marido. Ella fue una de las primeras mujeres en presentarse en público vistiendo la provocativa minifalda inventada por Mary Quant, y fue también la modelo que más influyó en la aceptación de la novedosa y colorista moda pop de los años 60. Combatía el hastío y el aburrimiento de una vida sin ambiciones ni objetivos en la ruleta de los casinos, donde solía perder fabulosas cantidades de dinero, o en los tres clubes sociales a los que pertenecía: uno en su ciudad, exclusivo para VIPs, otro ubicado en un campo de golf, a escasos kilómetros de la ciudad, deporte al que se había aficionado, y un club marítimo en una conocida localidad costera frecuentada por millonarios. Así pasaron los años sin que tuviera conciencia del paso del tiempo, hasta el nefasto día en que al proponerse subir por una de escaleras automáticas de unos grandes almacenes, alguien comentó a sus espaldas: “Deja pasar a esta anciana”. Solo entonces se hizo cargo del derroche que había hecho de su preciado e irrecuperable tiempo perdido. Desde ese mismo día empezó a pensar en la muerte, al principio solo como una curiosidad, pero poco tiempo después se convertiría en una obsesión. Como viene sucediendo en las últimas semanas, hoy a vuelto a tener la misma pesadilla, por eso ha deducido que alguien del otro mundo trata de enviarle un mensaje, pero que ella no puede entender -¡Josefina, Josefina, ven rápido o este hombre me llevará al infierno! ¡No, suélteme; yo no quiero ir al infierno! ¡Josefina líbrame de este odioso hombre! ¡No, no, suéltame y déjame en paz! -gritaba presa del pánico. Josefina, su enfermera y cuidadora, acudía a su habitación sabiendo que su enferma volvía a tener las alucinaciones como en las últimas semanas, en las que un hombre sin rostro, la cogía por el brazo y con una extraordinaria fuerza la obligaba a seguirle por un angosto y oscuro pasillo, iluminado solo por el resplandor de las de una gigantesca en el fondo del túnel. Josefina entra en la habitación, enciende la luz y encuentra a Eva tendida sobre la cama, como si alguien la hubieran arrastrado realmente hasta allí, porque sabe que ella no podía por si misma adoptar aquella posición. -¡Ah, por fin llegas! Mira cómo huye; la luz le molesta. Se vuelve a su infierno, ¡Pero mañana volverá! Y no cejará hasta que no le haga compañía en sut maldito infierno! Pero no se saldrá tenía un amigo de confianza, que incomprensiblemente lo conservaba desde la infancia. Ya era un anciano achacoso y de extrañas aficiones, y la más notable era su afición por los misterios de la cábala y su empeño en descubrir la piedra filosofal, que fransfromase el plomo en oro, porque compartía con Eva su pasión por el dinero, y en especial por el codiciado metal amarillo. -Otra vez el cabrito de mi ex-marido ha intentado arrastrarme a su maldito infierno, pero yo se lo he impedido! ¿Tú me crees, verdad? ¡No pensarás que estoy loca! Le comentó Eva a su anciano amigo durante una de sus habituales encuentros para echar una partida de brisca. - Me cuesta creerlo, pero he leído muchos libros de magia negra y creo que en determinadas situaciones es posible que se aparezca el espíritu de los muertos para vengarse de los vivos a quienes odian. - ¡Y él me odia! Tú eres un experto en magia negra y apariciones de espíritus malignos. ¿Cómo podría¿ librarse de este diablo de mi ex-marido? _ En los tiempos en que eran frecuentes estas apariciones, se libraban de ellos con conjuros… - ¡Pues hagamos un conjuro! Tú debes saber cómo hacerlos. Mi querida amiga, sabes que haría por ti lo que fuera, pero me pides algo muy delicado y peligroso. Los demonios adquieren grandes poderes y no es fácil librarse de ellos. Sí, he leído en alguno de mis incunables varios conjuros con los malignos, pero no sé… - No me importa lo peligroso que sea, porque tengo que liberarme de él o acabará arrastrándome al infierno! Acordaron hacer el conjuro el siguiente domingo, en que Josefina tenía el día libre. De regreso a su apartamento, el fiel amigo se encerró en su valiosa biblioteca y buscó en sus esotéricos libros un conjuro adecuado para el caso. Tras una laboriosa búsqueda encontró uno adecuado y acudió el domingo tal como estaba previsto, a la casa de una excitada Eva. Esta noche no me ha molestado -comentó con su amigo-. Debe saber que estamos preparando un conjuro que me librará de su maligna presencia. El incunable que contenía el conjuro, había sido escrito a mano por los monjes de Cluny, en latín y con impresionantes ilustraciones de las diversas formas en que puede presentarse el maligno, pero estaba muy deteriorado y apenas era legible. Esperaron a la hora crepuscular, tal como indicaba el procedimiento, entraron en dormitorio, carraspeo para asegurar que su voz sonase fuerte y clara , y recito el temido conjuro. Eva esperaba ver como su maléfico ex-marido era fulminado y arrojado a las tinieblas, de donde no pudiera salir para perseguirla y atemorizarla en lo que le quedara de vida. Pero no sucedía nada extraño ni sobrenatural, porque según el conjuro, se abriría la puerta del infierno y verían caer al endemoniado ex-marido a las tinieblas. Amigo mío, creo que ese libro tuyo debe estar desfasado -comentó Eva visiblemente contrariada.-¡ Nunca conseguiré librarme de él! Pero apenas volvieron al salón, la parez del dormitorio comenzó a vibrar y se abrió de nuevo el túnel que conducía a las llamas del infierno. Como las veces anteriores, surgió el endemoniado ex-marido, y con voz tenebrosa gritó a la asustada Eva: Tú me has convocado y ya no podrás librarte de mí. Te arrastraré conmigo al infierno! En vano Eva trató de zafarse de su ganchudas manos y la arrastró al tunel entre gritos y lamentos de la infortunada Eva. Atónito el amigo que había hecho el conjuro se preguntó qué había salido mal y repasó el éxito manuscrito prácticamente ilegible, se dió cuenta de que al pie del pergamino, había una no que apenas era ilegible: "Christiani invocatis servare potente diabolo fascinavit dominica die, quia contrarium habebit" (Guardensé los cristianos de invocar al diablo con este poderoso conjuro en el día del Señor, porque tendrá un efecto contrario) La historia –Me he divertido mucho en tu fiesta, Ivette. Tienes una mamá genial. Nadie cuenta historias como ella. –Sí, sabe muchas bonitas historias; ¡es escritora! Recuerdo este sencillo diálogo con una de mis mejores amigas al final en mi fiesta de cumpleaños, cuando cumplí siete años, esa delicada edad cuando empezamos a distinguir lo real y lo fantástico, mezclando lo uno con lo otro. Ese mismo día, en que parecía que todo eran alegrías y sonrisas, comenzó para mí un verdadero calvario. Soy una escritora y he imaginado muchas historias, pero es cierto que la realidad supera la fantasía, porque lo que me sucedió en los días siguientes supera cualquier historia fantástica que pudiera imaginar. También fue ese el día que fui consciente de lo que significaba ser escritora, en especial de cuentos infantiles, al contemplar las expresiones de felicidad de mis amigos, que escuchaban embelesados los relatos de mi madre. Ella me enseñó la importancia de nuestro laborioso, sacrificado y creativo oficio de escritores, pero npodré llegar a estar a su altura, porque mi madre era una persona genial, de las que nacen solo una entre un millón. Cuando me despedí de todos losc invitados con felicitaciones y elogios a mi madre, la encontré pos–trada en el sofá, con un alarmante gesto de dolor en el pecho, que había reprimido durante toda la fiesta. –Mamá, te sucede algo; ¿no estás bien? c No, cariño;v solo es un ligero mareo por el jaleo de tu fiesta, esos diablillos te agotan. ¿les ha gus–tado tu fiesta? Pero yo no pude concentrarme en la respuesta, porque ya entonces tuve el presentimiento de que mi madre estaba muy enferma, pero no podía imaginar su gravedad. Otras veces, durante nuestros habituales paseos dominicales en bicicleta por las orillas del río que atraviesa nuestra ciudad, me rogaba que nos detuvieramos a descansar unos instantes, y de nuevo el mismo gesto de dolor y el esfuerzo que hacía para disimularlo. Yo no solo admiraba a mi madre por su talento, dulzura y su clara inteligencia, sino que estaba muy unida a ella, porque prácticamente vivíamos solas las dos en nuestro enorme apartamento de Berlín. Mi padre es un renombrado arquitecto y tenía que supervisar los muchos edificios que había proyectado y que estaban todavía en construcción, diseminados por todo el país. Solo tpodíamos reunirnos en familia los fines de semana, que mi padre aprovechaba para descansar, darse un relajante baño, sin prestar mucha atención a lo que se estaba gestando en mi madre. Pero los efectos de su grave enfermedad fueron notorios, por la alarmante palidez de su sudoroso rostro y un permanente rictus de dolor en sus labios. La alarma que hizo prestar atención a mi padre sobre su estado de salud, fue el día que dejó de escribir su relato semanal que radicaba por una emisora de radio local. – Mami, qué te pasa, tú nunca has dejado de escribir los cuentos para la radio… – Ivette, cielo, no me pasa nada, pero todos los escritores tenemos días malos en los que no nos funciona la imaginación. – Pero, mami, todos los niños de mi colegio escuchan tus cuentos… Sí, mi madre estaba sufriendo la mayor tragedia de un escritor: ¡no poder escribir! Como yo había presentido, una trágica mañana mi madre sufrió un violento ataque al corazón cuando yo me disponía a salir para ir al colegio, y cayó desplomada sobre el suelo, llevándose las manos al pecho donde tenía su inmenso corazón dañado. Yo no supe cómo reaccionar, solo se me ocurrió abrazarme a ella y exclamar aterrorizada. –¡Mami, mami, qué te pasa, por qué no me hablas. Mami, yo no quiero que estés así; mami, tengo miedo y tú no dices nada ni te mueves, mami dime algo, por favor, dime algo… Yo no sabía qué hacer, era demasiado pequeña para asumir aquella dramática situación, rompí a llorar sin dejar de abrazar su cuerpo con un corazón paralizado. Así permanecí no sé cuánto tiempo hasta que vino a nuestra casa una asistenta que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. La pobre mujer sufrió un ataque de nervios al contemplar aquella escena: ¡una niña llorosa abrazaba a su madre muerta! Si yo hubiera reaccionado y salido en busca de alguien que me ayudara a llevarla al hospital llamado a una ambulancia tal vez se hubiera salvado. Fueron unos minutos horribles, yo no quería separarme de mi madre, porque no podía concebir la idea de la muerte y pensaba que pronto recobraría la conciencia y todo volvería a la normalidad. Prácticamente me arrancaron de su cuerpo. Yo insistía sin dejar de temblar de pies a cabeza y sin dejar de llorar. –¡Mami, despierta, no quiero que estés así, despierta por favor…! Cuando llegó una ambulancia y la trasladaron al hospital, donde solo pudieron certificar su defunción, me tuvieron que sujetar para que no fuera corriendo detrás de los sanitarios que sacaron su cadáver de nuestra casa, y yo me quedé en estado de shock, sin apenas darme cuenta de lo que sucedió después. Mi padre nombró a uno de sus ayudantes para sustituirlo y acudió consternado por la inesperada muerte de mi madre. Yo me dejaba llevar como una autómata de un lado para otro, sin recuperarme del shock, incapaz de pensar o recordar lo que había sucedido. Mi padre se creyó el responsable de su muerte por no haberla atendido mejor, y por un tiempo se encerró en nuestra casa y no prestaba atención a sus compromisos y muchos de sus edificios tuvieron que suspender los trabajos con enormes pérdidas. Solo cuando le amenazaron con demandar .reaccionó y volvió a sus ausencias. Fue inútil que tratara de que yo comprendiera su situación y sus graves responsabilidades ineludibles, pero yo no escuchaba lo que me trataba de decir, porque seguía en estado de shock. Recurrió a una hermana de su madre, de avanzada edad, pero de espíritu alegre y jovial, que mi padre creyó la más indicada, para que se hiciera cargo de mí las 24 horas del día y que me llevara al mundo real y aceptara los hechos irremediables. Pero yo me encerré en mi habitación y como si estuviera grabado en mi cerebro, repetía en susurros la misma lamentación: -Mami, vuelve de donde te hayas ido. Seré buena, no comeré dulces a escondidas, me comeré las verduras que tu sabes que odio y no me olvidaré ningún día de lavarne los dientes; sí, mami lo haré todo sin quejarme , pero vuelve , vuelve mami… Y terminaba rompiendo a llorar desconsolada al no recibir respuesta. En vano mi cuidadora trataba con enorme afecto, paciencia y cuidado de no decir nada que pudiera hacerme revivir aquellos dramáticos sucesos. Pero yo me encerré en mi habitación repitiendo entre sollozos las mismas súplicas, porque estaba convencida que mi madre las escucharía y volvería de donde estuviera. !Y sucedió! Una mañana al despertar me encontré a mi madre sentada al borde de mi cama. La enorme alegría de su regreso me dejó sin habla solo quería abrazarla. Pero cuando me abalancé estuve a punto de caerme de la cama, porque no tenía nada que pudiera abrazar, se había vuelto transparente y vestía una horrible bata blanca con un número impreso en el lado de su corazón, que la había llevado a su súbita muerte. - Mami, ¿por qué no puedo abrazarte? ¿Qué te han hecho en el hospital? ¿Por qué… Quería hacerle mil preguntas, pero hizo un gesto con las manos para que guardara silencio, y pude escuchar su extraña voz que la escuchaba dentro de mi cabeza pero no por los oídos.. - Guarda silencio, cariño, nadie más que tú debe saber que estoy aquí. Sé que has sufrido mucho por mi muerte… -Entonces es verdad lo que dice papa, que estás muerta. - Si, estoy muerta, pero eres demasiado pequeña para dejarte sola en estos tristes momentos. Seré tu ángel de la guarda hasta que te resignes y aceptes todo sin poner objeción ni la menor duda y cada mañana al despertar estaré siempre a tu lado y cada mañana, cuando despiertes, me tendrás sentada aquí, al borde de tu cama para que me cuentes todo lo que te apena para ayudarte a superarlo. ¡Seremos muy felices! A mi tierna edad estaba dispuesta a creer cualquier cosa por extraño que pareciera y, a pesar de no ser más una visión incorpórea, acepté su propuesta. A aquellas silenciosas horas de la mañana mi conversación con mi difunta madre la escuchó mi anciana cuidadora y alarmada informó a mi padre. -Parece como si hablara con su madre y que estuviera en persona en su habitación. Creo que debes hacer algo antes de que sea demasiado tarde y pierda el juicio. El fin de semana mi padre regresó como de costumbre y a la mañana siguiente permaneció pegado a la puerta de mi habitación tratando de escuchar mi conversaciones con mi difunta madre. Cuando desperté ella estaba sentada al borde de mi cama, como me había prometido. -Buenos días, cariño ¡cómo se encuentra mi pequeña esta mañana! -Buenos días mami, estoy triste porque tú… Y no pude terminar la frase porque mi padre entró sin llamar a mi habitación. Mi madre desapareció apenas se escuchó el ruido del pestillo de la puerta. - Ivette, hija, ¿con quién estabas hablando? ¿Hablas con tu madre? Yo estaba furiosa porque había causado su desaparición, pero él creyó que si me desengañabal volvería más pronto al mundo real, y me recriminó con una agresividad impropia de él. -Hija, acepta los hechos! Tu madre está muerta y los muertos no regresan nunca con los vivos. Estás viendo alucinaciones por causa del dolor de su muerte, pero ella nunca ha estado aquí, en esta habitación ni podrá estar jamás! - ¡No es verdad, ella estaba aquí, pero tú la has asustado y se ha ido, porque nadie debe saber que ha estado aquí. Era nuestro secreto, y tú lo has estropeado todo. Ahora no vendrá nunca más. ¡Te odio! ¡Te odio! !Vete! ¡Sal de mi habitación! Y nuevamente la angustia que sentía me hizo llorar desconsolada. Tuvo que intervenir mi anciana cuidadora para poner paz en aquella violenta situación. -Ven, déjala sola y no hagas caso de lo que te dice, cuando se recupere te pedirá perdón. Mi padre estaba profundamente dolido por mi violento comportamiento, pero se resignó y me dejaron sola en la desolada habitación. SEGUNDA PARTE A pesar de mis ruegos, mi madre no apareció sobre mi cama la mañana siguiente ni en las posteriores. Estaba tan deprimida que comencé a maquinar una terrible idea para reunirme con ella: Si estaba muerta pero al mismo tiempo de alguna manera, también estaba viva, yo podría reunirme con ella allí donde se encontrará si moría yo también. En aquella tierna edad yo creía que morirse era como cambiar de casa en otro barrio. Había escuchado comentar a las madres que vienen a recoger sus hijos del colegio, que algunos famosos habían muerto por una sobredosis de sedantes, y recordé que mi madre también los tomaba y que los guardaba en un armario del cuarto de baño, !y allí estaban!, un frasco entero de pastillas blancas y rojas que parecían de caramelo. Excitada por el descubrimiento escondí el preciado frasco en mi habitación y esperé al anochecer, cuando mi cuidadora estuviera dormida. Entonces imaginé que aquella misma me reuniría con mi madre. Fueron unas terribles horas de angustia que me hacían llorar sin que lo pudiera evitar. Mi cuidadora se dio cuenta de que algo grave me estaba sucediendo, pero no podía imaginar lo que estaba tramando. - Niña estás temblando de pies a cabeza. Si es por algo que te asusta, esta noche puedes venir a dormir conmigo. Hoy tengo la certeza de que aquella alegre mujer leyó en mi agitación que estaba urdiendo algo grave. Yo no sabía qué excusa buscar para rechazar su invitación, pero después de un dramático silencio me ocurrió una buena coartada: -Como dice mi papá que mi mamá no puede estar allí, ya no tengo miedo de dormir sola. Aquella contestación le hizo creer a la pobre mujer que ya me estaba volviendo el juicio, y empezaba a resignarme y volver a la normalidad. Me encerré en mi habitación e hice ver que jugaba con mis muñecas, lo que tranquilizó todavía más a mi celosa cuidadora. Estaba firmemente decidida a seguir adelante con mi plan y fingí que estaba jugando con todas esas cosas que me gustaban y me hacían sentirme bien, como los ositos de peluche que me regalaba alguien cada cumpleaños; o los disfraces de payaso y de hada madrina que vestí en los últimos carnavales; o los póster de mis personajes de dibujos animados que me hacían reir; o la cajita de música con la melodía de “Para Elisa”, y tantos otros juguetes que no podría llevarme allí donde fuera que estuviera mi madre. Fueron unos momentos de una terrible lucha interna en los que el gran cariño que sentía por mi madre competía con todos aquellos objetos testigos de los momentos felices de mi corta vida. Pero reaccioné enérgicamente y le di prioridad a mi madre. Saqué el pequeño frasco de pastillas de donde lo tenía escondido y me pareció increíble que algo tan pequeño pudiera llevarme tan lejos. Aquella noche mi cuidadora estaba muy inquieta, porque debía tener el presentimiento de mi intento de suicidio y entró de improviso dos veces en mi habitabiacion con la excusa de preguntarme si deseaba algo. Paradójicamente ella colaboró con mí frustrado suicidio, y le pedí un vaso de leche, porque había olvidado traer algo líquido para tomar las pastillas. Pasada la medianoche ya no se escuchaba nada y supuse que mi guardiana estaría ya dormida. Yo apenas podía mantenerme despierta. Durante esas angustiosas horas mi infantil conciencia se esforzaba inútilmente en hacerme despertar de aquella pesadilla, pero yo no la escuchaba. Desparramé las pastillas sobre la colcha y durante unos angustiosos momentos en los que me impresionó la idea de que esa misma noche pudiera estar junto a mi madre, a quien volví a llamar en una dramática última súplica. - Mami, si me estás escuchando ven y no tomaré estas pastillas. Pero no apareció y entre más amargos sollozos fui ingiriendo una a una todas aquellas coloridas pastillas. Unos instantes después, en los que yo esperaba el milagro de la reunión, sentí una dolorosa punzada y como si un rayo atravesara mi cerebro y perdí el conocimiento. Al desplomarme sobre la almohada, el frasco vacío de las pastillas rodó por la colcha hasta estrellarse contra el suelo haciéndose añicos. El ruido despertó a mi guardiana y corrió a mi habitación entre lamentos, porque presentía que algo grave me había sucedido. Cuando entró en mi habitación y me vio postrada e exclamó: —¡Dios santo! ¿Qué has hecho, pequeña? Se acercó a mí y al ver que estaba inconsciente, me zarandeó tratando de reanimarme. Cuando descubrió los restos del frasco, enseguida comprendió lo que había sucedido. -!No; por el amor de Dios, no es posible que haya hecho algo así! Pero sí, lo ha hecho; ha debido ingerir todas las pastillas de este frasco. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! Tengo que llamar una ambulancia, pero ¿dónde he puesto yo el maldito móvil? En su azoramiento y nerviosismo fue incapaz de encontrar su móvil, aunque estaba a su alcance y dejó pasar un tiempo que ponía en riesgo mi vida. Desconcertada y angustiada, salió a la calle en busca de ayuda y quiso el destino que en ese preciso instante circulase una patrulla de la policía municipal de vigilancia nocturna, y unos minutos más tarde llegó una ambulancia con un médico: -No podemos hacerle aquí un lavado de estómago porque está en coma. Hay que ingresarla urgentemente en el hospital y que Dios nos ayude y no se nos muera en el trayecto. !Pobre criatura! ¿Por qué siendo tan niña ha intentado suicidarse? Ese fue el pesimista diagnóstico de quien me atendió. A mi pobre cuidadora tuvieron que inyectarle un fuerte calmante, porque no cesaba de gemir y maldecirse a sí misma por su descuido. En el hospital me trataron con todos los procesos médicos para estos casos, pero yo no reaccionaba y se pusieron en contacto con mi padre para informarle sobre mi ingreso y los resultados negativos del tratamiento. Profundamente afectado emprendió un temerario viaje de regreso. Durante el dramático viaje estuvo a punto de estrellar su automóvil y suicidarse él también, porque dos muertes en su ausencia era intolerable. Para su desesperación, los informes de los médicos que me atendieron no podían ser más negativos. -Desgraciadamente en el frasco no solo había sedantes, sino medicamentos para el tratamiento de la enfermedad cardiovascular de su esposa, y la mezcla no puede ser más nociva. Lamento tener que decirle que la vida de su hija está ya en manos de Dios y de ella misma si lucha contra la muerte, pero es muy joven y no tiene fuerzas suficientes para luchar contra la fatalida. Por si estas luctuosas declaraciones del médico que me atendió no le abrumaron lo suficiente, le previnieron que incluso en el caso de salir del coma, mi cerebro podria haber sido afectado y pasar el resto de mi vida en estado vegetativo —¿Puedo quedarme en su habitación hasta que salga del coma? -Sí, haremos una excepción. Incluso háblele usted mostrando su cariño y su deseo de que sobreviva, puede que le escuche, la medicina no es especialista de las almas solo de los cuerpos. Le acondicionaron en una cama plegable junto a la mía y permaneció pendiente de algún gesto mío que indicara mi recuperación. Pero al día siguiente continuaba sin recuperar la consciencia. Cuando ya clareaba y en el hospital había un inusual silencio, mi padre siguió los consejos del médico y se decidió a hablarme. Había estado llorando en silencio; se secó las lágrimas y se sentó en el borde de mi cama: - Hija, dicen los médicos que tal vez puedas escucharme, si es así te ruego que luches contra lo que te quiere arrastrar a la muerte y sobrevivas, porque si mueres perderé la niña con la que siempre había soñado que fuera mi hija y que me llenó de felicidad y dio sentido a mi vida. Te quiero mucho, tanto como quería a tu madre, pero de otra forma. Yo no soy un buen orador ni sé decir lo que siento como sabía hacerlo ella, solo sé proyectar casas, pero espero que para ti sea suficiente repetirte que te quiero mucho y te ruego que tengas la voluntad y la energía suficiente para que venzas a la muerte y te recuperes sin que te quede ninguna secuela. Como si nada hubiera sucedido, solo un mal sueño; una pesadilla. Eso es todo lo que deseaba decirte... Espero que me hayas escuchado. Se acercó a mí, me besó en la frente y susurro angustiado. "¡Hija, no me dejes tú también!" y volvió a su minúscula cama, donde le venció el sueño. Yo le escuchaba, pero de una forma extraña. Su voz sonaba en mi cerebro como si estuviera hablándome en el interior de una cueva. No; mi padre no me culpaba de la muerte de mi madre y cometí un grave error que estaba pagando. Intenté despertar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Algo me tenía presa como si me hubieran atado. No podía ni abrir los párpados ni sentía frío ni calor. Era evidente que mi cuerpo estaba ya inerte, posiblemente ya había muerto. - Ivette, mi pequeña, ¿por qué lo has hecho? De improviso escuché, con la misma voz extraña, a quien parecía ser mi madre. - Mamá, ¿eres tú? !Pero tú estabas muerta! - Sí Ivette, estoy muerta, y tú también estás clínicamente muerta, por eso puedo hablar contigo. Pero estás solo en el umbral, y aún puedes salvarte. - Mamá, perdóname por haber dejado que murieses, yo... - Ivette, mi pequeña, no fuiste tú sino mi destino el responsable de mi muerte. Todo está escrito en la estrella de la que venimos. Al igual que el polen viaja largas distancias en busca de una flor para fertilizar un fruto, las almas surgen de las estrellas y recorren largas distancias a través del universo para fertilizar el óvulo de un ser humano. Estaba escrito que debía morir ese día y nadie hubiera podido evitarlo. En tu destino no está escrito que mueras en este hospital. Todavía tienes que recorrer un largo camino, muchas bellas obras que escribir, porque tu también serás escritora. Solo me queda darte un consejo antes de emprender mi largo viaje de regreso a mi estrella: cuando tengas dudas sobre tu talento, alza la vista al cielo en una noche clara y verás que hay millones de estrellas, unas son grandes y otras pequeñas, pero todas brillan con luz propia. Seas una gran o pequeña escritora brilla siempre con tu propia luz. Mi pequeña Ivette, vive y despierta y recibe a tu padre con una sonrisa, para que sepa que has vencido la muerte. Y ahora tengo que marchar. No olvides nunca este consejo, no olvides que yo te lo dí… Y dejé de escuchar su voz, porque se había desvanecido Unos instantes después, sentí un fuerte dolor en el estómago, y un sabor amargo en la boca. Poco a poco se fueron activando mis sentidos hasta que pude abrir los ojos y ver a mi padre dormido. Amanecía y un rayo de sol atravesaba mi ventana y sentía su calor en las mejillas, por lo que no había duda de que recuperaba todos los sentidos. Quise llamarle y despertarle, pero no podía articular ninguna palabra. Lo intenté una y otra vez hasta que por fin tartamudeando pude llamarle. - !Pa... pa! Se despertó y al ver el rayo de sol que iluminaba mi mi rostro creyó que era una alucinación —Ivette, ¿eres tú quién me has llamado o es una alucinación? Yo no pude responder, pero le sonreí como me había pedido mi madre y mi padre comprendió que había despertado. Hace veinte años de aquellos sucesos y nunca sabré si mi madre que apareció era realmente ella o imaginaciones mías, pero cada vez que contemplo un cielo estrellado recuerdo su consejo: .«Seas grande o pequeña, brilla siempre con luz propia» Fin El perro de Frau Goldschmidt En el barrio berlinés de Charlotemburgo, no lejos de río Spree y a un paso de los jardines del palacio, vivía Frau Emma Goldschmidt, una anciana de buen carácter, ya algo torpe porque rondaba los ochenta, pero que pese a sus lógicos achaques, no paraba en casa ni un instante, pues no soportaba la soledad y le aburría la televisión. Lo normal era verla dando de comer a las hambrientas gaviotas que revoloteaban histéricas entre lastimosos graznidos, o las feroces fochas, siempre peleándose entre ellas, o los atolondrados patos, pero sus favoritos, naturalmente, eran la pareja de orgullosos y ceremoniosos cisnes, que acompañados de sus últimas crías, se hacían los dueños de río. Como se aproximaba Navidad, Frau Goldschmidt, garrota en mano y los ánimos listos, se dispuso a visitar el mercadillo de Navidad instalado en el patio del Palacio de Charlotemburgo. Desde hacía años tenía la costumbre de comprar un cuarto de kilo de jamón ahumado del Tirol a su amigo el Salzburgués, como se llamaba el tenderete, donde cada año ofrecía toda clase de ricas especialidad del Tirol. — ¡Un cuarto de lo mismo, Hans! —le dijo al mozo del puesto. — ¡Ni un gramo más, Frau Goldsmidt, y que se lo coma con salud y paz de Dios, que eso no debe faltarle! — Uno de estos años ya no me verás por aquí, y donde pienso ir ¡ya no me aprovecharán tus pancetas! — ¡No tenga usted prisa, que aquí no se está tan mal! — ¡La soledad, amigo Hans; la soledad es lo peor! ¡Hace quince años que murió mi pobre Albert y todavía no me he acostumbrado! — ¡Cómprese usted un perrillo, hacen mucha compañía! — ¡Quita, quita, que engorro! Hay que sacarlos cada día a paseo, se hacen caca por todas partes y no te dejan dormir. Un gato, todavía, pero ¡pobre animal, no tengo edad para ocuparme de ellos! Compró su jamón de cada año, lo metió en el bolso, se armó de valor, y después de despedirse hasta el año próximo (si Dios así lo quería) emprendió el regreso a su casa. No hubo salido del concurrido mercadillo, cuando tal vez atraído por el olor del jamón o por simpatía hacía la anciana, Frau Goldschmidt observó que la seguía un perro de pequeño tamaño, peludo como un bola de algodón, morro fino, orejas tiesas y mirada vivaracha. «¡Qué salado es este chucho!», pesó recordando el consejo del tendero tirolés, «¿Qué andará haciendo por aquí sin su dueño?». Pero no le dio mayor importancia y se concentró en su marcha, sobre todo al llegar al semáforo de la Otto-Suhr-Alle y la Kaiser-Frederich-Straße, que cruzaba en dos veces. Alcanzó el otro lado de la calle no sin cierto azoramiento en el último momento, pues este semáforo no está calculado para el paso lento de una anciana, y ya más tranquila, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden, ¡y allí estaba todavía el perro! —¡Anda, vete con tu amo! ¿O es que te has perdido? ¡Válgame Dios, debe de estar hambriento el pobre chucho! —Frau Goldschmidt comprendió que debía ser el aroma del jamón tirolés lo que atraía al perrillo y, no sin cierto reparo, le echó una fina loncha—. ¡Toma y adiós! ¡Anda, vete, vete; no me vengas siguiendo que se ha cerrado el restaurante! Pero el perro hizo el menor caso de sus órdenes y persistió en seguirla hasta que, una vez frente a la puerta de su casa, se vio ante el dilema de adoptarlo. —¡Bueno, sube y ya veré que hago contigo mañana! No vas a quedarte en la calle en una noche como ésta, ¡pero sin armar alboroto!, ¿entendido? El animal pareció entender la idea porque movió la cola con excitación y se plantó en medio de la puerta dispuesto a cruzarla el primero, como si se tratara de su propia casa. Al día siguiente, y a la misma hora del anterior, Frau Goldschmidt ató el perro con un improvisado collar hecho con un cordón de cortina y con la habitual parsimonia de siempre regresó al mercadillo de Navidad, por si los dueños del perro aparecían. Paseó arriba y abajo con el animal, recorrió el mercadillo varias veces, lo que le llevó algo más de una hora, y en vista de que nadie reclamaba el animal no tuvo otra opción de adoptarlo ella misma. De regreso a casa, reconoció que se alegraba por lo sucedido. —¡Venga para casa!, y a partir de ahora te llamarás Dodo, como el perrillo que teníamos en casa cuando yo era una niña. ¡Si no te gusta, te aguantas, que para algo te daré de comer! La anciana se hizo con una ramita de abeto, compró un juguete de perro, lo envolvió cuidadosamente y lo prendió de la rama, junto con otras chucherías para ella misma. —¡No vallas a abrir tu regalo antes de Navidad! —advirtió al perro. Anciana y perro pronto se hicieron el uno al otro. Para no cansarse, el animal llevaba el mismo su juguete hasta los jardines próximos, allí lo dejaba en el suelo y ella le daba un golpe con el bastón, lanzándolo unos cuantos metros. Lo recogía retozón, caracoleaba como si le hubiera costado alcanzarlo y vuelta a empezar. Al final, cuando comprendía que la anciana estaba cansada del juego, él mismo recogía su juguete y en la boca lo llevaba de nuevo a la casa. Allí hablaban de mil cosas, la mayoría eran sobre recuerdos entrañables de su otro Dodo infantil. Pasaron los meses. Se marchitaron los rosales, cayó la primera nevada y de nuevo eran días de Navidad. Como cada año, Frau Goldschmidt, ya con su perro, y provisto de un flamante collar con luz intermitente, se presentó ante el puesto del tirolés para comprar su cuarto de kilo de jamón ahumado habitual. —¡Vaya, veo que me hizo caso y se compró un perrito! —No te lo creas, Hans: ¡me ha comprado él a mí! Pero de pronto el animal tiró con tanta fuerza del collar que estuvo a punto de derribarla. —¡Tarzán; mi Tarzán! Papi, ¡es nuestro Tarzán! En efecto, el animal se abalanzó sobre un niño a quien sin duda reconocía y debía sentir gran afecto por él, porque la cola se le movía a una velocidad de vértigo. Frau Goldschmidt palideció al instante, porque enseguida comprendió la situación: ¡eran los dueños del perro! La familia residía en la vecina localidad de Oranienburg y cada año visitaban el mercado de Navidad de Charlotemburgo, y en un descuido el año anterior extraviaron el perro. Ahora lo habían recuperado. Pero Herr Haussmann, como se llamaba el cabeza de familia dueña del perro, era una persona de elevados principios y alto sentido de la justicia, por lo que se preguntó si después de tanto tiempo tenía o no derecho a reclamar el animal. —Si es suyo es junto que lo recuperen. Ha sido una buena compañía y lo voy a echar de menos, pero el niño también. ¡Qué le vamos a hacer! —comentó la dolida anciana. Herr Haussmann no creía justo tomar sin más esa decisión y optó por una solución salomónica para resolver el dilema, que el niño tardó en aceptar, pero finalmente lo encontró razonable: ¡que el perro decidiera! Fueron al parque cercano, se situaron uno frente al otro a cierta distancia y en medio dejarían el perro, sería para aquel que el animal decidiera como dueño. Herr Haussmann dejó el perro en el lugar acordado y el niño, tal vez por el nerviosismo, no pudo reprimirse y llamó al animal por su viejo nombre: ¡Tarzán, ven Tarzán! El animal no lo dudó, dio un salto y echó a correr hacia el niño. La pobre anciana parecía resignada, pues lo consideraba lo más natural. Pero, de pronto, cuando apenas había recorrido unos metros, el animal, como si comprendiera la traición que estaba a punto de cometer, se detuvo en seco, miró a la compungida anciana, y de otro salto, salió corriendo hacia ella, lo que animó a la pobre señora. Pero, otra vez frenó el animal en seco cuando apenas le faltaban unos metros para llegar donde estaba Frau Goldschmidt. Esta vez el perro se quedó indeciso, ¡el pobre animal no sabía hacia dónde ir! Entonces Herr Haussmann, hombre justo y de elevados principios, decidió poner fin al dilema de perro y tomó la única decisión posible, dadas las circunstancias: —Frau Goldschmidt, el pobre animal no sabe por quién decidirse, no hay más que una solución, ¡que se venga usted a vivir con nosotros! De esta manera el niño recuperó al mismo tiempo su perro y a una abuela, pues la suya había muerto dos años antes, ¡y ya se sabe que los niños no se sienten en familia si les faltan los abuelos! El doble milagro de Kreuzberg Alí Hassan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamente con la vigilia del Ramadán. Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia ortodoxa, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín. Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez. —Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos. —No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números. Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos. Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire. Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión: —¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará. Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz. —¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente! Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas. Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno. Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital. —¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas. —¿Qué dicen los médicos? —Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo! Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo. —¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar! —¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía? —Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo. Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar. Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva. —¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo! Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo». Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos. La increíble historia de Katherine von Stein Katherine von Stein fue una joven aristócrata perteneciente a una ilustre familia del Electorado de Holstein-Battenberg. A los 24 años fue nombrada dama de compañía de la emperatriz Isabel Cristina, esposa del Federico II de Prusia, y la familia trasladó su residencia a Postdam, donde se hicieron construir un bello palacete cercano a Sans-Souci. Pasaron los años entre elegantes fiestas en Sans-Souci, Charlottenburg o en el palacio del Príncipe en Berlín; largos y divertidos paseos campestres a caballo por el Tiergarten y los alrededores Wannsee, almuerzos campestres amenizados por los mejores músicos de cámara de la época y los poetas más renombrados de Europa, y solemnes espectáculos de ópera, entre las que había alguna obrilla del propio emperador, aficionado a la música y flautista aceptable. Pero Katherine no tenía el don de la sencillez, por el contrario era altiva, engreída y hasta un poco soberbia. Tenía suficientes motivos para su comportamiento, pues era verdaderamente hermosa, poseía una considerable fortuna familiar y prácticamente se puede decir que era la dama favorita de la misma emperatriz. Tocaba el chénvalo con sensibilidad, y no le cortaba en absoluto entonar alguna cancioncilla de moda para la pareja imperial, quienes la tenía en tanta estima que no encontraba pretendiente adecuado para tantas cualidades personales. —La señorita von Stein tiene edad de contraer matrimonio —comentaba el emperador con su serenísima esposa durante las interminables veladas invernales en Sans-Souci. —¡Déjala que disfrute de la vida! No es pieza para cualquier cazador y no quiero darla a un príncipe extranjero. La casaremos cuando Dios nos de la luz y demos con el pretendiente adecuado. Por su parte Katherine von Stein tampoco parecía interesada por su futuro y disfrutaba ofendiendo la vanidad y hombría de los más aguerridos soldados próximos a la familia imperial y a no pocos jóvenes aristócratas provincianos que residían en Berlín. En total había provocado 16 duelos, con tres muertos, seis heridos graves y siete leves. Tantas cualidades y tanta soberbia no podía pasar desapercibido al propio Diablo, y él mismo en persona decidió seducirla. La ocasión se presentó en primavera, durante el regreso de Katherine a su palacete desde Sans-Souci, que animada por las templadas temperaturas y el embriagador perfume de las madreselvas y los floridos rododendros, solía hacer a pie y sin compañía. El Diablo aprovechó la primera oportunidad, y disfrazado de capitán de Dragones, se hizo el encontradizo, montado sobre un negro y brioso corcel, preciosamente engalanado para la ocasión. Como buen experto en camuflajes el Diablo había cuidado su aspecto personal, y lucía uniforme de gala de Dragones, charretera bordada sobre el hombro, camisa de seda blanca inmaculada, espada reluciente, botas recién lustradas hasta la misma rodilla, cabello rebelde, negro y ensortijado, ojos verdes de mirada burlona y perversa, hombros sobrados y talle esbelto, ¡en fin, irresistible! Detuvo el corcel a su altura, desmontó briosamente, y de un ágil salto se puso a su vera. Katherine ni se inmutó, no era el primer capitán de Dragones que había estrangulado su caballo para admirar su belleza. —Disculpe mi impertinencia, señorita, pero al verla de lejos con ese majestuoso porte, ese andar principesco y la suave cadencia de su hermoso vestido, creí que se trataba de la mismísima emperatriz Isabel. Pero Katherine no hizo el menor gesto, y prosiguió su marcha como si el Diablo fuera el mismísimo jardinero real. —Y ahora que la veo más de cerca —prosiguió el Diablo de acuerdo a un plan largamente ensayado en infinidad de ocasiones— siento el mareo de su femenina hermosura. Es usted más bella de lo que un pobre mortal puede imaginar. ¿Que artista celestial ha podido dibujar ese rostro, fino y delicado como la porcelana de Hesse, o la seda de Pekín? El Diablo solía echar siempre mano de tópicos sagrados porque conocía el contradictorio carácter de las mujeres hermosas: les gustan los santos, pero no como maridos. Pero Katherine seguía sin inmutarse, a pesar de que la última andanada de elogios la había dejado ligeramente tocada. —Si usted se dignara dirigirme la palabra sería el Di... el Dragón más dichoso de este mundo y yo solo sería capaz de rendir París, para ponerla a sus delicados pies. Tal vez fuera la mención de París lo que debilitó las defensas de la altiva dama, porque se le escapó una traidora sonrisa, que el Diablo interpretó correctamente como la primera andanada directa al corazón de Katherine. —Pero si me rechaza me iré de cabeza al infierno... —el Diablo estuvo a punto de meter la pata, pero tuvo reflejos y evitó el desastre—, ¡donde sería más dichoso que viviendo en este mundo sin esperanzas de ser correspondido! —lo arregló bastante bien sin caer en falsedades. Por fin Katherine, derrotada y desarbolada, no pudo evitar rendir la plaza que durante más de 28 años había defendido ella solita contra una legión de fogosos pretendientes. Un mes después Katherine von Stein, bendecida por los emperadores, se casó con el Diablo, que se hizo príncipe y elector de un rico principado del Imperio. Tuvo media docena de preciosos y saludables diablillos y dicen que se fue de este mundo, ya a los 102 años, convencida de que nunca perdió su atractivo y su belleza, porque el perverso del diablo de su marido nunca dejó de adularla. Durante su dilatado y feliz matrimonio Prusia gozó de una larga época de paz y prosperidad, porque el Diablo andaba siempre ocupado con sus asuntos domésticos. El distas que acudieron para cubrir el caso. El tranvía 4056 circuló al día siguiente, año nuevo, y Mathias Klein fue enterrado dos días después. Su mujer se lamentaba de que su pobre marido, después de viajar toda su vida conduciendo un tranvía berlinés, no había tenido la oportunidad de visitar tantos y tan bonitos lugares de los que no paraba de hablar. El El perro del «punk» de Alexanderplatz Me llamo Fritz a secas y soy de la raza Bull Terrier. Mi madre sé quién fue, pero de mi padre obviamente no tengo ni idea de quién fue ni me interesa saberlo. Nací de una camada no deseada y me dieron en adopción a un punk berlinés, que pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en Alexanderplatz. A veces nos mudamos a la K'Damm, pero sólo por Navidad y fiestas importantes. La gente por aquella zona es más generosa. He aprendido bastantes trucos. Por ejemplo, sé llevar un envase de yogur en la boca y por alguna razón la gente me hecha monedas. El punk se las queda y me da palmaditas en la cabeza. También sé hacerme el cojo, poner cara de enfermo, de aburrido, de lástima, de pena y hasta sé guiñar un ojo. Mi punk dice que estos trucos son buenos para el negocio. El chico no me trata mal y no se aparta de mi lado. Me humilla la cuerda con la que me ata, pues creo que merezco algo mejor, pero dados los tiempos que corren no puedo quejarme. He visto otros perros de punk que lo pasan bastante peor que yo, pero la verdad que no saben ni la mitad de lo que yo sé, ni tienen mis habilidades. Como perro de punk paso hambre, desde luego, pero con ciertos ejercicios de relajación y respiración el hambre se puede disimular. Suelo comer entre un 10 y un 15 por ciento de las salchichas que come mi punk, que no son muchas, pero no sé cómo hacerle comprender que a mi parte no me gusta que le ponga catchup y mucho menos mostaza. Pongo cara de asco, la cojo con desgana y la sacudo en el aire, pero esa porquería sigue pegada a la salchicha. Sólo una vez en mi vida he probado un bistec, y recuerdo que sabía bien. A veces sueño con él, pero al despertar ahí está otra vez mi trozo de salchicha embadurnada de mostaza y catchup. Cuento todo esto porque no hace ni una semana que a mi punk le ha detenido la policía por armar jaleo en una manifestación anti globalización, y a mi me han llevado a una residencia de perros. No sé si me juzgarán por destrozos de mobiliario urbano, pero yo soy inocente. Es cierto que mordí a un policía, pero con tanto alboroto ¿cómo iba yo a saber que era un representante de la ley? Íbamos tan tranquilos en la manifestación. Mi punk gritaba eslógans anticapitalistas y antiglobalización y yo ladraba lo que buenamente sabía, que no tenía contenido político reivindicativo en absoluto, por lo que espero que se considere un atenuante. Entonces mi punk, armado con un bate de béisbol que se encontró en un basurero, se cargó una marquesina de autobús, donde por cierto había un anuncio de comida para perros con una perra de chuparse las patas, por lo que me dolió que se la cargara. Pero mi punk no es muy listo, y tenía a sus espaldas media docena de policías, a cual más corpulento y bien armado, así es que se abalanzaron sobre él y le calentaron las costillas por su gamberrada. ¿Qué podía hacer yo? ¡Soy un perro, y los perros somos fieles a nuestros amos, aunque sean punks! Así es que le arreé un severo mordisco en la pantorrilla al primero que le puso el bastón en las costillas a mi pobre punk. Por esta razón yo también fui detenido y aquí estoy, pendiente de juicio. Según mi abogado me pueden caer hasta seis años y un día de perrera mayor. Voy a echar de menos Alexanderplatz, su animación, sus turistas japoneses que me sacaban fotos, pues mi ropas son algo disparatadas para un perro. Los paseos por el río Spree en primavera, con mis refrescantes chapuzones; las luces de colores de Unter den Linden por Navidad, y el Marcadillo de Navidad de la K'Damm, con sus raciones extras de salchicha picante. Y no quiero ni mencionar las borracheras de cerveza de las noches veraniegas que pasábamos a la intemperie en el Tiergarten. En fin, que no me lo pasaba tan mal. Pero, no obstante, considerando las circunstancias, estoy empezando a pensar que en buena hora mordí al policía, porque no llevo ni una semana en la perrera y he ganado dos kilos, además he probado el sabor de la carne de verdad, sin salsa de tomate. Por si fuera poco he hecho amistad con una perrilla coquetona, a la que le encantan mis gracias. Un día de estos le tiraré los tejos a ver qué pasa. En fin, que como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, y la verdad es que no me puedo quejar, pues muchos pobres perros del Tercer Mundo quisieran poder disfrutar de las perreras de Berlín, que si no fuera por las rejas, podía decirse que es como un hotel. Sobre mi punk, creo que su padre le ha metido en cintura y trabaja en su fábrica de calcetines, en una pequeña localidad cercana a Berlín. Bueno, si no nos volvemos a ver, al menos estoy seguro de que el pobre ya no pasará más frío en los pies. Y esa es mi historia. Napoleón y Joshepine Ackermann El 27 de octubre de 1806, apenas concluido el «Siglo de las luces», y cuyo nuevo siglo parecía presagiar el «siglo de las sombras», Napoleón Bonaparte, montado sobre un esbelto y ágil corcel, cruzó exultante los arcos de la Puerta de Brandemburgo de Berlín, entre la desconfianza y tristeza de los berlineses. La primera guerra franco-prusiana había concluido, tras la derrota de la coalición pruso-sajona en Jena y Auerstedt. Le acompañaban varios batallones de su gloriosa «Grande Armée», compuesta por una tropa multinacional, y en parte mercenaria, de 600.000 soldados, y que tras la derrota y desintegración de sus respectivos ejércitos llegaron a alistarse voluntarios sajones y prusianos, hasta un total de 100.000 tropas de origen germano. Un día antes de su entrada triunfal Napoleón rindió homenaje en su mausoleo de Postdam a uno de sus más admirados líderes europeos, el ilustrado monarca Federico II el Grande, muerto sin descendientes directos. Para celebrar la culminación de su campaña prusiana, Napoleón ofreció un baile popular en el palacio de Berlín, abandonado días antes por el rey Federico Guillermo III, huido a Köninsberg junto con su bella esposa, la reina Luisa, en el extremo oriental de Prusia, y bajo la protección del zar de Rusia. Napoleón ordenó a sus ayudantes de cámara que buscaran por todo Berlín las jóvenes más bellas y atractivas para que le acompañaran en su baile triunfal y entretuvieran a sus oficiales, obligándolas a su comparecencia. Los ayudantes cumplieron la orden al pie de la letra y en sus correrías llegaron hasta el activo barrio berlinés de Friedrischshain, al este de la ciudad, y no muy lejos del palacio real. En un puesto de mercado, haciendo su compra habitual, y como si no se hubiera producido la ocupación de Berlín por las tropas francesas, encontraron a una joven, apenas una adolescente, que por su extraordinaria belleza y porte elegante, les pareció buena candidata incluso para ser pareja de baile del mismo Napoleón. La joven, de apenas 15 años, se llamaba Joshepine Ackermann, y era hija de Jacobs Ackermann, dueño y director del pequeño periódico local «Friedrischshain Blatt», de tendencia liberal y demócrata, contrario a la guerra con Francia, perseguido por la policía del régimen autoritario del nuevo monarca prusiano. Los ayudantes del general la pusieron al corriente de su situación y decidieron los detalles, vestimenta, hora y protocolo del baile, y a la hora prevista, un carruaje vino a recogerla a su domicilio de Friedrischshain para conducirla al palacio real, profusamente iluminado para tan festiva ocasión y presidido por una espléndida guardia de honor con los más aguerridos oficiales de la triunfante «Grande Armé». —Querida hija —le previno el padre—, pórtate con dignidad y demuestra al general francés que los prusianos somos gente laboriosa y prudente, amantes de la paz y de las libertades democráticas, pero no aprobamos la guerra como el medio para solucionar los graves problemas que padece Europa. Los enviados del general recogieron otras jóvenes, no menos atractivas, y a la hora prevista, comenzó el baile con los acordes de la gloriosa «Marsellesa». Los oficiales franceses, vestidos con sus uniformes de gala, henchidos de triunfalismo y virilidad, fueron eligiendo a sus respectivas parejas entre las asustadas muchachas berlinesas para abrir el baile inaugural. Pero antes el propio Napoleón, advertido por sus ayudantes de la belleza y discreción de Joshepine, con aires ceremoniosos pero impetuosos, como era propio de su carácter, cruzó el gran salón de baile y llegó al lugar donde la joven berlinesa ya esperaba esta invitación. —Mademoiselle Joshepine, s'il vous plait... Tengo el honor de invitarla a inaugurar este solemne baile triunfal —le rogó cortésmente Napoleón. La joven accedió gustosa y la orquesta, en su honor, interpretó una popular mazurca del gusto de los prusianos de la época. El baile se animó y la habilidad de los oficiales franceses para las artes de seducción, tan eficaces como para las de la guerra, se hicieron evidentes. Las muchachas, dóciles y todavía temblorosas, se dejaron llevar y el baile se animó de tal manera que parecían superados y olvidados todos los sufrimientos y desgracias ocasionadas por los franceses hasta su llegada a Berlín. Finalizada la mazurca, Napoleón, con muestras de cansancio, abandonó el salón, y acompañado de la joven pasearon a las orillas del canal. El aire freso del lugar, tras el agitado baile inicial, resultaba agradable de respirar en aquella noche otoñal. —Cher Mademoiselle, usted como prusiana me odiará, pero créame que su descendencia me recordará como la persona que modernizó Europa y la libró de la tiranía de un puñado de familias aristócratas poco interesadas por el bienestar de sus pueblos. —Monsieur Napoleón —dijo la joven segura de su propia opinión y sin dejarse intimidar por la mítica gloria del general—, la historia sin duda que le recordará, pero se olvidará de los miles de muertos que sin gloria ni causa alguna han quedado enterrados en los campos de batalla de toda Europa, por donde ha pasado su «Grande Armée». —Mon cher pètite! —repuso el general condescendiente—, la guerra, al igual que la revolución, son los principales impulso de la historia. ¡Si usted supiera la cantidad de buenas cosas que se han creado por causa de las guerras! El precio es elevado, pero los avances y progreso en todos los sentidos compensan el sufrimiento. Yo odio la guerra tanto como usted, mi joven prusiana, pero cuando las circunstancias la hacen necesaria, debe de hacerse como si se tratara de una obra de arte, con perfección y maestría. —¿Cree usted, Monsieur Napoleón, que es el primer francés que nos ha invadido? Antes que usted lo hizo Racine, Voltaire, Cornielle y Descartes. Sus obras también cambiaron nuestra historia, pero sin disparar una sola bala de cañón. Ellos también serán recordados, pero no desolaron las tierras ni las mentes que conquistaron. Napoleón parecía contrariado, pero la juventud e inexperiencia de la joven la justificaban, y pasó por alto su valiente opinión. —¡Cada cual a su oficio, querida niña!... Parece que refresca, volvamos al salón. Yo debo retirarme temprano, pero usted es joven y debe aprovechar ahora para divertirse. Joshepine Ackermann regresó a su casa de Friedrischshain escoltada por dos oficiales de la guardia personal de Napoleón. —¡Gracias a Dios que has vuelto sana y salva, Joshepine, tu madre y yo hemos rezado por ti y Dios nos ha escuchado! —comentó el padre aliviado—. Pero, cuenta, ¿has visto al general? —Sí, padre; incluso he bailado con él. —Y ¿cómo es? ¿Qué impresión te ha dado? —¡Es un hombre, como todos los demás! Es orgulloso, prepotente, egoísta y algo inseguro... Creo que no llegará muy lejos después de Berlín... La princesa desencantada Markus W. era un pobre desgraciado, desgarbado y taciturno. Era delgado como una vara de mimbre, alto como un álamo y barbudo como una cabra vieja. Recorría las calles de Berlín sin una idea preconcebida. Andaba todo el día, de arriba para abajo; del este al oeste. Por la mañana se le podía ver en Wedding y por la tarde en Steglitz, otras veces bordeaba el río Spree desde los jardines de Charlotemburgo hasta el parque de Treptow. A veces, sin embargo, dejaba de andar por algunas horas, se recostaba sobre un soleado banco en alguno de sus parques favoritos y dejaba pasar las horas tontamente, contemplando el paso de las nubes, el ascenso de los aviones del aeropuerto de Tegel o el vuelo majestuoso y lento de los cisnes jóvenes, preparando su migración. No tenía amigos, tampoco los quería, pero tenía un amor secreto: nada menos que una princesa misteriosa, pero Markus creía que por cuestiones de magia y encantamiento, estaba presa en la frialdad de una estatua de un frecuentado parque berlinés. Markus era muy tímido, por eso el primer año de su romance con la princesa encantada no fue fácil. Simplemente se sentaba en un banco frente a la estatua y la miraba de reojo, pero con tanto disimulo y turbación que la princesa no se daba por aludida. El segundo año ya se sentía más seguro de sí mismo, y en vista de que la princesa nunca le llamó la atención, se atrevió a mirarla cara a cara. Pero ella seguía impasible. El tercer año tomó su gran decisión: se declararía y fuera lo que Dios quisiera. Era una mañana de domingo del mes de abril. Se arregló lo mejor que supo, recogió un ramillete de flores silvestres mal combinadas, y se encaminó al parque donde le aguardaba la princesa de sus sueños. La pareja de cisnes estaban todavía reconstruyendo el nido para la puesta anual y andaban bastante atareados acarreando toda clase de ramitas. Los parterres empezaban a desperezarse y ya sentía el vigor de la primavera con nuevos brotes de petunias y margaritas. El dios Amor, armado con su infalible carcaj de flechas, y que vigila el parquecillo donde estaba la princesa, no le perdía de vista. La diosa Venus, situada al otro lado del jardín, parecía darle lecciones de romanticismo. La mañana era por tanto perfecta para el amor. Como era bastante ingenuo todavía creía en cuentos de hadas y en princesas encantadas, por esta razón estaba convencido de que con un simple beso la princesa despertaría de su encantamiento y él mismo se transformaría en un apuesto príncipe azul. Pero ¿cómo atreverse a besarla? Simplemente pidiéndoselo con educación. Se aproximó a la estatua, tosió algo nervioso, miró a un lado y a otro para estar seguro de que nadie le escuchaba, y le dijo: —Usted perdone, señorita princesa, pero como ya debe saber la única manera de desencantarla en si le doy un beso de amor, espero que no se lo tome como una grosería, porque es la normal en estos casos. —Querido Markus —le respondió la estatua, por lo que el pobre muchacho apenas podía tenerse en pie de la impresión. —a decir verdad, y después de observarte durante estos dos últimos años, si no te importa prefiero seguir encantada, pues si me besas seré una princesa ¡verdaderamente desencantada! Markus no comprendió muy bien la indirecta, pero como era bastante educado y se lo había pedido con tanta amabilidad y cortesía, desistió de su empeño. Volvió a recorrer los parques de todo Berlín para ver si daba con otra princesa encantada, pero con menos aspiraciones que aquella. Probó con otras dos docenas de estatuas, pero en el último momento todas le decían lo mismo. Y así pasó los 48 años del resto de su vida. «¡A la próxima no le pregunto!», se dijo un día antes de su muerte. La brujita de Spandau Hace ya muchos años, tantos que si todavía me acuerdo es de milagro, en los bosques cercanos a la pequeña localidad de Spandau, buenos para el carbón vegetal y las setas venenosas, vivía una bruja malcarada, porque no hay prácticamente ni una que sea biencarada. Pero antes de nada quisiera aclarar algo sumamente importante, pensando sobre todo en mis lectores infantiles. Las brujas sin duda que han existido, pero los perjuicios de la gente corriente, que no puede ni ver una ancianita sin tomarla por una bruja, han confundido la naturaleza de estas buenas personas. La verdad es que se trataba de viudas de carboneros o leñadores, que se resistían a abandonar sus cabañas, donde habían vivido toda su vida con sus respectivos carboneros o leñadores (su único error en esta vida, casarse con semejantes profesionales). El origen de sus pócimas se encuentra en la circunstancia de sus precarias existencias, puesto que no eran muy hábiles para la caza y menos para la horticultura y las aves de corral. De manera que para poder poner un plato de sopa caliente en la mesa no tenían otra opción de hervir cualquier cosa que pudiera soltar algo de sustancia, desde un sapo hasta una cucaracha. Lo habitual era que metieran la pata, y como consecuencia de semejantes pócimas, se les cayera el pelo, les salieran verrugas o les creciera la nariz, pero sólo en casos excepcionales daban con una pócima con efectos positivos para la salud. También es verdad que solían tener un cuervo como animal de compañía, pero es que en estas latitudes no es muy corriente el loro, el papagayo o el canario, y a falta de canario bueno es un cuervo. En cuanto al gato negro, era para hacer juego con el cuervo, que también era negro. Hecha esta aclaración, nuestra bruja tuvo un día bueno y dio con una de esas pócimas geniales (como la fórmula de la Coca-Cola) y descubrió el elixir de la juventud. Pero le faltó dar con el ingrediente de la eternidad, por lo que el mágico efecto sólo duraba entre una semana y quince días. —¡Mecachis en la mar! ¡Ya me dijo mi madre que en este bosque eran muy tacaños para la magia! —se lamentaba la pobre señora. Pero por fortuna había preparado un buen caldero y por ser invierno se conservaba bastante bien. De manera que apenas se percató del maravilloso efecto de su nueva pócima, hizo planes serios para su nuevo futuro. —¡Esta vez paso de carboneros y voy a por un príncipe! Por suerte en esta zona del Imperio abundaban los príncipes, la prueba es que hay miles de cuentos con príncipes y para todos hay uno disponible, y con la venta de medio litro de su pócima a un tendero local, se pudo asear y vestirse con finas ropas femeninas. No es necesario describir la mujer después de su metamorfosis porque ya se la habrán imaginado, que para eso son los cuentos. Pese a sus malas artes para los trabajos manuales, se hizo con una rueca de hilar, que era lo habitual entre las mujeres de buenas costumbres, y esperó pacientemente a que pasara un apuesto príncipe por delante de su cabaña. No tuvo que espera mucho tiempo, por lo que dije anteriormente, y el primero que pasó quedó obviamente prendado de su extraordinaria belleza, pues por alguna razón los príncipes tienen buen gusto para elegir a sus consortes, y se declaró al instante: —¿Quieres ser mi esposa? —le pidió el príncipe prácticamente sin descender del caballo. —¿Así, sin preámbulos ni peleas con dragones? —Es que éste es un cuento breve y no hay tiempo para eso. —Acepto, pero con una condición —dijo la astuta bruja. —¡Aceptaré lo que me pidas! —Que cuando sea una ancianita, decrépita y arrugada me sigas deseando como ahora. —¡Firmo! —naturalmente que el príncipe no sabía lo que firmaba. Se celebraron los esponsorios con los tradicionales bailes y banquetes populares de rigor (la única oportunidad en sus súbditos comían carne), gozaron de una breve luna de miel en el Hotel Adlon de Berlín (¡Ups! Perdonen, que todavía no se había construido), y cuando regresaron a su palacio de Spandau, la buena mujer se dio cuenta de que no le quedaba ni medio litro de pócima de la juventud. Aprovechando las ventajas del castillo, se puso manos a la obra con todos los adelantos técnicos que pudo conseguir. Para probar los efectos daba a beber sus pócimas al gato y el pobre igual le salía cabeza de cochino albino que recitaba de corrido el monólogo de Hamlet. ¡Pero nada, que no daba con la pócima! Un día, al regresar del bosquecillo después de buscar desesperada nuevos ingredientes, se encontró con un hombre viejo y achacoso sentado en el sillón del trono del palacio. Al entrar en el salón el hombre se revolvió incómodo en su regio asiento, porque no sabía como explicar su presencia. Finalmente confesó su identidad: —¡Soy yo, tu marido; y no soy príncipe sino un simple conde y arruinado! —la mujer no salía de su asombro—. Tengo que confesarte una cosa horrenda. Me quedé tan prendado de tu juventud y belleza que compré un elixir de la juventud a un tendero local con todo el tesoro condal, pero la pócima debía tener pasada la fecha de caducidad... —¡Pues buena la has hecho, chaval! —contestó airada la buena mujer, a quien en ese mismo instante, y sin duda por el disgusto, se le pasaron también los efectos. Fueron días difíciles para la pareja, pero a Dios gracias pronto encontraron una afición en común que salvó el matrimonio: la redoma. Desde entonces se les ve a todas horas alrededor de un puchero humeante tratando de dar con la dichosa fórmula de la eterna juventud. Él ya no usa zapatos, porque le han salido pezuñas y ella, afortunadamente, con su nuevo pico de aguilucho ya no puede hablar y ha dejado de quejarse. —¡Bruja desmemoriada! —le reprocha él constantemente. No hay mal que por bien no venga Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio. Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf. La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter. Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas. Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda. La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la posguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champaña de mediana calidad, pero francés. —Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseíto. —¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco! —Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra! Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio. Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champaña francés barato, pero ella insistió: —¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas? No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó: —¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino. Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió: —¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer, dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino. No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad. —¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa! —¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz! Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado. Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible. Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí. —¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha. El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla: —¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda! Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa. Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos! En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fan ática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así me la contaron! La poetisa de la calle Novalis En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán. «¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama, por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la Luz –con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–, cuando ella es el alba que despunta?». Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra: «En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...» —¡No, demasiado cursi! «Son tus ojos dos luceros del alba...» —¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo... «Con las primeras luces del alba incierta...» —¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema? —¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó. —¿Quién eres tú? —¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes. —No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía? Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato: —La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes? —Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza? —¿Romántica? ¿Qué es eso? —¡Buena pregunta para el creador del romanticismo! —¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»! —Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza? —¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»? —No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú... —A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes? —Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn? —Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos. —Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas? —Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste? —¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil? —¿Para qué sirve? —¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet... —¿Y dónde está la pluma y la tinta? —¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria... —¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema? —¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador! —Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia. Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema: «A Berlín Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical. Ha sufrido y se nota en su piel nueva, casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas. Tiene un Zoo con osito blanco que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor y los niños añoran su inocencia. Tiene tranvías largos, amarillos como canarios, discretos como viejos pensionistas, sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo. Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son esconden su cotidianidad, y beben café con leche en tazas grandes, a sorbos pequeños. Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido, bordeando el río para que les de el aire en el rostro, con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman. Tiene barcos con turistas angustiados, porque desearían que el tiempo se eternizara, así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las viejas hayas. Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro, sin saber en qué consiste el futuro, precisamente porque son jóvenes. Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos. Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio, y cada barrio está contento de ser un barrio. Tiene el orgullo de no ser importante, pero hermosa, acogedora, tolerante, y discretamente frustrada por su gran pequeñez. Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich, los años veinte y tantos otros años, el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la coronilla. Berlín tiene, en pocas palabras, el encanto de lo humano y el misterio de lo divino.» Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta! El doble milagro de Kreuzberg Alí Hasan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamecon la vigilia del Ramadán. Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín. Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez. —Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos. —No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números. Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos. Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire. Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión: —¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará. Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz. —¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente! Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas. Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno. Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital. —¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas. —¿Qué dicen los médicos? —Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo! Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo. —¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar! —¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía? —Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo. Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar. Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva. —¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo! Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo». Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos. Yo, Adan, mis memorias del Paraiso A algunos lectores les sorprenderá el título de este relato, ¡no me extraña! Que después de tantos años me haya decidido a escribir mis memorias tiene que tener una buena razón, y la tiene. De Eva y de mí se han contado tantas cosas absurdas y sin sentido que se impone un poco de seriedad, y ¿quién mejor que yo mismo para contar mi verdadera historia y mis penalidades? No es fácil para nadie ser el primer hombre de este mundo, pero pese a las dificultades salimos adelante y ¡ahí está la humanidad, con cerca de siete mil millones de descendientes y sigue creciendo! No es necesario que me presente, pero para algunos despistados de culturas remotas todavía pendientes de civilizar como Dios manda, mi nombre es Adán. Obviamente no tengo apellido porque tampoco tuve un padre natural reconocido, pero para entendernos se me puede llamar Adán del Paraíso o Adán del Barro, que da lo mismo, pues ambas ideas tienen relación con mis orígenes. Mis biógrafos aseguran que me creó Dios a partir de una figura de barro a la que sopló con su aliento, y no voy a discutir lo fundamental, que fui creado por Dios, pero lo del barro es necesaria una importante aclaración. Yo nací en el interior del océano, y no especifico cuál porque en mis tiempos sólo había uno y todo lo demás era tierra. Al parecer ya teníamos por entonces problemas de contaminación en la atmósfera, pese a que no sabría decir por qué, ya que por entonces no había ni coches ni fábricas, por no haber no había nada más que lodo viscoso y fuertemente contaminado. No sé quién lo arregló ni cuantos millones costó, porque entre otras cosas no habíamos inventado todavía el dinero, pero tan pronto como la atmósfera fue respirable, puede decirse que volví a nacer pero fuera, sobre la tierra, de ahí la idea de mis biógrafos. Todavía recuerdo mi tierna infancia, cuando no era más que una insignificante ranita, que empezaba sus aventuras por tierra firme. Lo que sucedió después es muy largo de contar, por tanto lo resumiré diciendo que un buen día me vi adulto viviendo en un paradisíaco lugar al que Dios llamaba el Jardín del Edén. ¿Qué cómo era? Yo no sé mucho sobre este asunto porque nunca he destacado por mis conocimientos de botánica, pero recuerdo que había muchos árboles, ya que en mi juventud puede decirse que no pisaba el suelo. Nada me divertía más que saltar de rama en rama, de árbol en árbol y recorrer en un santiamén los límites del Paraíso terrenal. Aunque no esté bien el que yo mismo me elogie, ¡era una monada de criatura! El clima debía ser como el de Canarias, entre 25 y 30 grados centígrados, porque recuerdo que debido a ello ni se me ocurrió inventar los vestidos. Eso vino después de la tragedia. Además, ¿para qué los quería? ¿Quién podía verme si Eva ni siquiera existía? Por entonces era estrictamente vegetariano, auque por error de vez en cuando me comía algún bicho por su manía de camuflarse entre el follaje. ¡Como iba yo a saber las costumbres de los camaleones! Había ríos normales, donde solía darme buenos chapuzones y de paso mantener la higiene, porque eso sí, limpio siempre he sido; pero otros eran de miel, auque tal vez sea algo exagerado llamarlos ríos, más bien eran arroyos, y ni siquiera eso, digamos que chorreaba miel por todas partes, porque había abundancia de paneles de abejas silvestres. ¡Por supuesto que las abejas del Edén no picaban como las de ahora! De comer no digamos; puede decirse que no había nada dentro del Paraíso que no fuera comestible. Las legumbres y las verduras no eran como las de ahora, todas eran orgánicas por supuesto, y tan tiernas y suaves que no había necesidad alguna de cocerlas. ¡Claro que, por otro lado, todavía no se había inventado el fuego! En cuanto a los otros animales, a los que de ninguna manera podía llamar salvajes, porque todos eran dóciles como corderos, puede decirse que había de todos. De hecho por esa razón años más tarde Noe tuvo bastante trabajo para reunirlos a todos en su barcaza, cuando lo del Diluvio. Mi animal predilecto era un león africano, bueno es un decir, porque África por entonces tampoco existía, como digo a todo se le llamaba con el mismo nombre de Pangea, a pesar de que tengo mis dudas de si para entonces no habría ya algún que otro conteniente. Era un león tranquilo y bien enseñado, cuya finalidad fundamental era servirme de almohada para mis sueños normales y la siesta. ¿Nadie ha probado lo cómoda y calentita que es la melena de un león africano? Bueno, a decir verdad, después del Paraíso a los leones les molesta hacer estos y otros favores al ser humano. Puede decirse que en el Jardín del Edén no me faltaba de nada y todo estaba a la mano, no como ahora. ¡Por entonces las cosas eran como Dios manda! Y hablando de Dios, desde luego que desde el primer momento nos entendimos de maravilla. No se vayan a creer que Dios se conformaba con cualquier cosa, que era en extremo exigente en todo. No hubo nada de lo que creara antes de mí que no le diera su visto bueno después de ver como funcionaba. Los cielos los hizo tan grandes que hasta hoy no se sabe el final. La Tierra le salió algo más pequeña, pero también tiene sus distancias, que ninguno de mis primeros descendientes se pudo hacer una idea cabal de las distancias, y hubo uno que hizo mal los cálculos, y menos mal que descubrió América porque de otro modo no quiero ni pensar lo que le hubiera sucedido. Al principio yo creía que la Tierra era plana, ¡como iba yo a imaginar que era redonda! Aún hoy me sigo preguntando qué movió a Dios para semejante idea, con lo sencillo que hubiera sido hacerla plana. En fin, sus razones tendría. Como digo, después de ver cómo me comportaba, pasada mi adolescencia y mi locura por lo árboles y otras barbaridades propias de la edad, parece que se sintió plenamente satisfecho. Durante bastante tiempo las cosas en el Paraíso funcionaron a las mil maravillas. No hubo ni el más motivo de queja por ambas partes. Desde luego que yo no me hubiera quejado, pues siempre he sabido actuar con discreción y guardar las distancias. Tengo que decir, en honor a la verdad, que nunca llegamos a encontrarnos cara a cara y todavía no sé la razón, pero sospecho que Dios es demasiado grande para caber en el mundo que Él mismo ha creado. Por eso decía que le había quedado algo pequeño, al contrario de los cielos, que como dije son inmensos y Él debe de moverse en ellos como en su casa. A decir verdad, el cielo es su casa, como está escrito en todos los manuales de religiónpesar de las primeras dificultades para comunicarnos, Él siempre se las apañaba para ponerse en contacto conmigo e interesarse por mis cosas. Mi salud le traía sin cuidado porque las enfermedades no se conocían todavía. Unas veces lo hacía a través de algún animal, desde luego que no utilizaba las serpientes por la razón de todos ya conocida, de la que hablaré más adelante, otras provocando un vendaval con voz en off, como se dice ahora, y las más de las veces se me aparecía en sueños. Durante estas amenas charlas de Creador a criatura Él solía hacerme preguntas a veces difíciles de responder dada mi ignorancia de la vida, por las que trataba de interesarse por mi bienestar, pues puede decirse que no hacía otra cosa que estar al tanto de mis deseos y, por supuesto, controlar los otros aspectos de su creación. Pero tengo que aclarar que mientras la Creación en sí misma no le preocupaba en absoluto, porque la había dotado de medios propios para su supervivencia y estabilidad, yo le preocupaba de forma especial. Era como si no estuviera completamente seguro de haber hecho un buen trabajo conmigo. Creo que sospechaba que estaba tramando algo contra Él, cuando es obvio que ni me pasaba por la cabeza tal idea. ¿Por qué razón habría yo de rebelarme contra Dios si me proporcionaba todo cuando deseaba y era feliz? Pero Él insistía una y otra vez: —¿Estás seguro, Adán, de que no echas a faltar nada? —¡Nada en absoluto! —Bueno, me refiero a si hay algo que te molesta; algo que no te gusta… —La verdad es que, ahora que lo dices, si pudieras hacer los elefantes algo más pequeños… ¡Es que ocupan demasiado sitio y este jardín no es muy grande! Además está el riesgo de un pisotón, sin mala intención, desde luego. —No, yo no me refiero a eso; me refiero a si hechas algo de menos; si hay algo en tu naturaleza humana que no funciona como debería. —La verdad es que si no hablas claro, ¡no te entiendo! Si te refieres a que hago mis necesidades en cualquier sitio cuando me vienen las ganas, la próxima vez buscaré un lugar más apartado… —¡No es eso, alma de Dios! —¡Pues no te entiendo! —¿Pero es que no observas a los otros animales? —Bueno, a decir verdad hecho de menos mis habilidades de cuando era joven de subirme a los árboles como hacen los monos, pero eso ya pasó porque he sentado la cabeza… —Bueno, está bien, te lo diré claramente: ¿Es que no hechas de menos alguien más de tu especie para charlar, pasear y… bueno, que narices, ¡gozar de los placeres de la naturaleza!? ¡Y así cada día! Lo cierto es que no había sueño en que no charláramos de esta nueva idea que se le había metido en la cabeza, porque la verdad es que yo no echaba nada de menos. Poco a poco empecé a comprender sus motivos. Tal vez le aburría mi conversación, y como no hablaba de esta misma forma con el resto de la Creación, se le debió de ocurrir la idea de que fuéramos más para tener también más motivos de charla y otros temas de conversación. Pero a mí la idea, para ser sinceros, no me gustaba en absoluto, porque presentía que sería sencillamente un error, además de terminar con la tranquilidad del Paraíso terrenal. Pero por entonces no sabía razonar este presentimiento, así es que Dios seguía empeñado en que le diera mi aprobación, porque como digo, no vivía para otra cosa que para complacerme, como si fuera yo un hijo mimado, ¡claro, era el único! Tanto insistió Dios sobre la idea de crear una humanidad que poblara la Tierra y dominara sobre el resto de los pobres animales y las infelices plantas, que acabé cediendo a regañadientes. Pero lo que no hizo ninguna gracia fue el medio en que se proponía utilizar para su propósito. ¡Nada menos que utilizar una de mis costillas! No es que yo supiera por entonces cuántas costillas eran necesarias para una existencia normal, y si sobreviviría con una menos, pero lo que yo me preguntaba era que habiendo tanto barro como había, ¿por qué no utilizar el mismo sistema, con lo que fuera que estuviera pensando en crear, tal y como hizo conmigo? ¿Es que se le había acabado el aliento divino? ¿Es que no estaba seguro de que la criatura que fuera le saliera siquiera tan bien como sucedió conmigo? —¿Por qué de mi costilla? —me atreví a preguntarle en uno de los sueños en el que volvimos sobre el tema. —¡Porque es mi voluntad! —¿Hay alguna segunda intención que te callas? —¡La hay, quiero que tenga claro el lugar subordinado que debe de ocupar en el mundo según fue creada de tu costilla! —No le veo la gracia. —¡Ya lo entenderás cuando la veas! —¿Es una sorpresa? —¡No te lo puedes ni imaginar! Y ésa fue toda la conversación que tuvimos sobre la nueva criatura que tenía proyectado extraer de una de mis costillas. Afortunadamente debido a sus poderes especiales la operación no revestiría riesgo alguno para mi salud ni sería dolorosa. Es más, ni me enteraría, porque tenía previsto hacer esta delicada operación mientras durmiera. Así es que un buen día, ¡no sé si es correcto decirlo así!, al levantarme una brumosa mañana de primavera ¡allí estaba eso! La primera impresión fue decepcionante. Era evidente que aquello, porque no sé cómo calificarlo, no se parecía a mí en nada; le faltaban cosas y le sobraban otras. Por ejemplo en la parte baja de la ingle no tenía con que desahogar las ganas de orinar y a la altura del pecho le salían dos bultohorribles y deformes. Con semejante cuerpo no era posible tomarse en serio la idea de que eso era «humano», y lo digo por la alusión de Dios de crear una humanidad. La cosa al principio no dijo nada, pero ya desde el primer instante noté cierto aire de superioridad, y sin duda que, pese a sus notables y evidentes defectos, para sus adentros ya se debía creer hermosa. ¡Qué equivocación! ¡Ya sabía yo que si no utilizaba otra vez el barro, Dios metería la pata! Inmediatamente fui con la queja a Dios pero aquel día le tocaba descansar, así es que tuve que afrontar los hechos y hacerme a la idea de que al menos me tocaría pasar el fin de semana con aquella deforme criatura. Ya desde el primer momento de su existencia esa cosa no cumplió las previsiones de Dios sobre su posición social, y sin que le diera permiso para dirigirme la palabra, se puso a hablar de un montón de cosas incongruentes. —¡Eeeh, pero mira quién está aquí, el tipazo de Adán! Ah, pero no creas que yo voy a ser fácil, no; ¡vete haciéndote a la idea, guapo, de que yo no soy de ésas! —¿De cuáles? —no era mi intención seguirle la charla, pero a penas abrió la boca por primera vez y ya me sacó de quicio. —Como ésas de los árboles. ¡Aquí se acabó lo del macho dominante y todas esas tonterías! Yo no sabía de qué me estaba hablando y tuve que soportar un sinfín de impertinencias y reivindicaciones de todo tipo hasta que por fin, aquella noche, pasado el descanso dominical, pude presentar mi queja a Dios, a ver si aquello tenía todavía remedio. —¡Ya te harás a ella, Adán! —¡Pero es un ser monstruoso! —le contesté con unos modales poco habituales en mí, pero estaba tan furioso que no me controlé—. Además, le faltan cosas y le abultan demasiado otras, ¡no creo que sobreviva! —Adán, Adán, criatura, ¿pero es que no lo comprendes? ¡En esas diferencias está la gracia! Pero Dios no quiso darme más detalles, tan sólo me planteó el argumento de que debía ser distinta entre otras buenas razones para evitar la homosexualidad, o por lo menos hasta que hubiera siquiera un par de docenas más de seres humanos en la Tierra, tarea que me había encomendado a mí, ¡pero sin molestarse en darme una pista de cómo se hacía! Naturalmente que desde el primer momento intentó organizar mi vida, decirme lo que debía comer y lo que no; corregir algunos de mis modales, algo animales desde luego, a la hora de comer; decidir dónde debíamos pasear y qué lugares no debíamos frecuentar porque según ella, no eran propios de seres humanos. Se empeñó en que viviéramos en una gruta en particular, que a ella le parecía segura, cuando en el Paraíso no había nada que temer, pero debía de llevar eso de la seguridad como una tara genética, porque desde el primer día la obsesionaba. Me prohibió terminantemente que me subiera a los árboles, o que durmiera junto al león africano, al que no permitió entrar en la gruta porque decía que esos animales traían bichos y lo ponía todo perdido de orín, además de pelos y otras cosas indeseables. Me dijo a qué hora debía levantarme y acostarme, cuando y cómo debía lavarme, sobre todo las orejas, que yo detestaba. También se metió con mi barba y mis largos y hermosos cabellos, que me llegaban ya a la cintura, porque decía que no me hacían varonil, ¡cómo si yo supiese a qué se refería! En fin, que en apenas dos o tres días puso patas para arriba el Jardín del Edén, ¡que ya no fue lo mismo después de su llegada! Pero con todo lo peor fue llevar a cabo la tarea que se me había encomendado de poblar el mundo. Al principio, atareada como estaba poniendo orden en la gruta, limpiando obsesivamente cada rincón, colocando cosas raras en los rincones que ella decía que creaban ambiente, y fabricando un lecho de heno, que a decir verdad era más confortable que el duro suelo donde yo solía dormir, no me prestaba la mínima atención. Entre los artilugios que inventó por aquella época el más curioso fue un palo con ramas en un extremo con el que limpiaba el suelo, al que con el tiempo llamamos escoba, sin duda una de sus ideas más geniales, además de la cama, claro está. Por todo esto, en realidad poco a poco empecé a darme cuenta de las ventajas de su peculiar manera de ser, pues era obvio que a ella se le ocurrían más ideas que a mí, que si vamos a ser sincero, por aquel entonces no tuve ninguna. Resignado a tener que compartir mi vida con tal persona, al menos debería conocer su nombre, porque no le gustaba que la llamara «cosa», como solía hacerlo al principio de nuestras relaciones, y Dios no me dejó dicho como se llamaba. —¡Eva, me llamo Eva; Eva del Paraíso! Y no se te ocurra volver a llamarme «cosa», y menos con ese despectivo y prepotente nombre de «mi costilla». Eso ya es historia, ahora los dos somos iguales ante la sociedad. Y la verdad ahora que te conozco, no sé en qué estaba pensando Dios para haberte creado de esa manera. ¡Sin duda que debería de estar un poco cansado después de crear tantas cosas buenas y útiles, como es la Creación! Por que yo sirvo para muchas cosas, pero tú, ¡ya me dirás de qué sirve un hombre en este mundo! Ella siempre tenía palabras de crítica contra mi persona, a la que no veía nada bueno ni positivo. De haber sido por ella habría intrigado para convencer a Dios de mi inutilidad, y aprovechando que era el único en toda la Tierra, me destruyera. Pero sea por la razón que fuera, lo cierto es que Dios no solía dirigirse directamente a ella en sus apariciones, sino que se dirigía directamente a mí. Creo que por entonces Dios debió comprender el error de haber creado semejante criatura, pero las cosas en la Creación son irreversibles, así es que tuve que aprender a convivir con ella. Al cabo de algunas semanas Dios se me apareció otra vez en sueños, y por el tono de su voz sabía que no estaba de buen humor. —¿Cómo van las cosas con Eva? —me preguntó. —Regular, pero supongo que será cosa de dar tiempo al tiempo. ¡No es fácil acostumbrarse a sus manías por la limpieza! —¿Y sobre mi humanidad? —¿A qué te refieres? —¿A qué quieres que me refiera? ¿Crees que he creado a Eva para que sea tu criada? ¡A vuestra descendencia! —¿Qué descendencia? —¿Pero es que todavía no…? ¿Es que Eva no te atrae sexualmente?Pues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo… —¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya? —¿Hacer el qué? —¡El amor, hombre de Dios, el amor! —¡Si no hablas más claro! —¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás! —No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro! —Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes… —Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león! —Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras! —Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches! —¡Tú siempre tan ocurrente! —La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón! —Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén. —¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas! —Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado! Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva. —¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró. —¿Y qué es esa cosa tan importante? —Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural. —¿No se lo habrás contagiado tú? —Puede… —Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios? —¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales! —Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo! —Y ¿quién lo ha dicho? —¡Dios, por supuesto! —¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza? —¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado! —Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes? Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones. —¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla! Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor. —¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día! —Pero ¿qué te sucede, mujer? —¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes! —Enséñame… —No estoy de humor. —Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo! —¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios? Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean. De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan. Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla. —Buenos días, serpiente. —Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí? —Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro! —Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas. —Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que… —¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas! —¿Y Dios no los castiga? —¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios! Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias. —¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho! —Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada. —Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene! —¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral! —¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya. Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón. —¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada! —Es verdad, AdáPues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo… —¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya? —¿Hacer el qué? —¡El amor, hombre de Dios, el amor! —¡Si no hablas más claro! —¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás! —No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro! —Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes… —Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león! —Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras! —Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches! —¡Tú siempre tan ocurrente! —La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón! —Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén. —¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas! —Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado! Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva. —¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró. —¿Y qué es esa cosa tan importante? —Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural. —¿No se lo habrás contagiado tú? —Puede… —Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios? —¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales! —Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo! —Y ¿quién lo ha dicho? —¡Dios, por supuesto! —¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza? —¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado! —Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes? Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones. —¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla! Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor. —¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día! —Pero ¿qué te sucede, mujer? —¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes! —Enséñame… —No estoy de humor. —Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo! —¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios? Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean. De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan. Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla. —Buenos días, serpiente. —Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí? —Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro! —Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas. —Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que… —¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas! —¿Y Dios no los castiga? —¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios! Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias. —¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho! —Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada. —Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene! —¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral! —¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya. Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón. —¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada! —Es verdad, Adán, eso de la prohibición no era más que para poner a prueba nuestra ingenuidad de primerizos. Pero comiendo le demostramos que hemos madurado y tenemos ideas propias; que ya no somos unos críos a los que se les puede decir: «No comas eso, no comas lo otro», etc. ¡Toma, demuéstrale a Dios que tú también eres un adulto; come también tú de mi manzana! —¡Ni lo sueñes! —repliqué yo convencido de que, pese a todo, si Dios nos lo había prohibido sus razones tendría. —¡Hombres! ¡Mucho presumir de machos, sexo fuerte y todo eso, pero a la hora de la verdad son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, y sin que nadie se lo mande! —me reprochó despectivamente. Ya desde el principio Eva sabía como provocarme poniendo en entredicho mi hombría a la menor oportunidad. Pero por otro lado, ella llevaba razón, había cosas que debíamos hacer por nosotros mismos, según nuestro propio entendimiento, que para eso lo teníamos, y lo de la prohibición, como decía, no tenía mucho sentido. Por último estaba la circunstancia de que yo debía de convivir con Eva y no con Dios. Dios estaba en sus alturas, tranquilamente, haciendo sus cosas de dioses, pero yo tenía que soportar los cambios de humor de Eva, convivir con ella cada día, cada hora y hasta cada minuto, porque en el Paraíso terrenal no existían las oficinas, ni los empleos donde uno pudiera pasar unas horas lejos de su mujer, y relajarse con los compañeros de trabajo, y no digamos cosas tan necesarias como el fútbol de los domingos o la partidita de póquer de los jueves por la noche; en fin, excusas para librarse de ella al menos por unas horas al día. Pero en el Jardín del Edén eso era imposible, porque allí no había nada de lo expuesto y todo se reducía a pasear por ahí, sestear bajo los árboles o charlar con los animales que tenía la habilidad del habla, que no eran muchos. Por todo eso comprendí que si no mordía la manzana a partir de aquel mismo día mi vida, incluso en el Paraíso, sería un infierno. Ella me reprocharía una y otra vez, durante nuestra eternidad, porque por entonces no moríamos, el que no hubiera tenido el valor de morder aquella dichosa manzana, ya que, después de todo, ¡ella lo había hecho y no había sucedido nada! No sé por qué tuve ese momento de debilidad, ¡para desgracia de mi descendencia y del resto de los inocentes animales y plantas!, que sin duda fue influenciado por las circunstancias expuestas y la complicidad de la serpiente. Lo cierto es que acepté la manzana que me ofrecía Eva, y le di un bocado con gusto. En efecto, se trataba de la manzana más jugosa y dulce que he comido jamás. ¡Pero, como era de temer, sucedió la tragedia! De pronto el cielo se oscureció con oscuros nubarrones y se desató una impresionante tormenta, algo totalmente desconocido en aquellas latitudes, por eso supe que era cosa del enfado de Dios por morder la manzana. No cayó una gota de agua, pero se desataron todas las fuerzas ciegas de la naturaleza. Sopló un viento huracanado seguido de rayos y truenos y estaba esperando que de un momento a otro se apareciera el mismo Dios para reprenderme por mi mala acción. Cuando amainó el temporal enseguida me di cuenta de que algo había cambiado radicalmente, y la reacción inmediata fue buscar la hoja de parra más grande que pude encontrar para cubrirme con ella el sexo. Pero, ¿por qué aquella extraña reacción? Debía ser sin duda uno de los efectos secundarios del pecado cometido. Eva al principio se lo tomó a risa, pero a juzgar por el color sonrojado de sus mejillas, estaba también avergonzada, y se buscó otra hoja para cubrir el suyo. ¡Era cómico vernos con una mano delante y otra detrás, sin saber muy bien por qué lo hacíamos! Pero sin duda que había una razón: hasta ese momento no me había dado cuenta de lo atractiva que era Eva, y ahora la veía con otros ojos, razón por la cual sentíamos vergüenza el uno del otro. ¡Porque por primera vez nos deseábamos! Bueno, al menos yo la deseaba, si ella sentía lo mismo que yo la verdad es que no estoy seguro. En medio de la confusión por las nuevas emociones, escuchamos los pasos característicos y familiares de Dios, dando su paseo habitual por el Jardín del Edén, y por primera vez sentimos deseos de ocultarnos, más por vergüenza que por otra cosa. No queríamos que Dios nos viera desnudos. Dios, extrañado de no verme, me llamó: —¿Dónde estás, Adán? La verdad es que la pregunta me desconcertó, porque yo siempre había creído que Dios lo veía y lo sabía todo. Pero todavía fue más sorprendente el resto de nuestra conversación: —Disculpa que me ocultara de ti, pero me avergüenza el estar desnudo y no he tenido tiempo de fabricarme algo más decente. —¿Por qué te avergüenzas? —¡Vaya pregunta para hacerla Dios! Ya deberías saber que hemos comido del manzano prohibido, porque se supone que Tú lo ves y lo oyes todo. —No sólo me has desobedecido sino que además pretendes pasarte de listo. —¡Yo sólo comento lo que he oído decir por ahí! —¡Bien dicho, Adán! —interrumpió Eva, que se ocultaba detrás de una palmera. —¡Tú eres la culpable, mujer! Yo te maldigo y maldigo tu descendencia por haberme desobedecido… —Yo no tengo la culpa, fue la serpiente, que también es una criatura de Dios, bueno, quiero decir, tuya. —¿No te estás pasando un poco, Dios? Pero ya te advertí que no era una buena idea crear a la mujer. ¡Y ahora la pagas conmigo! —¡Es verdad, Adán, la mujer es peor que las serpientes, pero esto no quedará así! A partir de hoy no lo va a tener fácil. Parirá con dolor… —¿Qué significa «parir»? —¡No me interrumpas, Adán! Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás cada día de tu vida… —¿Y yo qué…? —Por haber caído en la tentfaltaba! —Y prepárate porque tendrás que aprender un oficio. ¡Se acabó el chollo del Paraíso de vivir sin trabajar! —Bueno, eso no es tan malo. En realidad esto del Paraíso era algo aburrido. —¡Aún no he terminado! —¿Todavía hay más por darle un simple mordisco a una manzana? —¡De polvo te hice y en polvo te convertirás! —¿Qué significa eso? —Adán, creo que Dios quiere decir que ya somos mortales. Y así fue como terminó aquel engorroso asunto. Después envió a uno de sus querubines armado con una espada de fuego para que hiciera el trabajo sucio. —¡Andando; estáis desterrados! Y con malos modales nos amenazó con su espada indicándonos el camino de salida del Jardín del Edén. —No os preocupéis —tuvo el cinismo de decirnos la serpiente, quien por cierto, se vino con nosotros—. ¡Ahora que habéis tenido el valor de rebelaros contra el mismo Dios no me cabe la menor duda de que saldréis adelante! —Sí, muy graciosa, pero, ¿cómo es la vida ahí afuera? —Ahí tendréis que trabajar duro desde el primer momento que pongáis los pies en el mundo real, y andaros con cuidado conmigo y libraros de mis mordiscos, porque una vez fuera no respondo de mis actos, ¡y pudiera suceder la desgracia de que la humanidad ni siquiera empiece! Por fortuna vivíamos cerca de la salida, creo que del lado norte, y llegamos pronto a los linderos. Una vez allí el ángel que nos expulsó del Paraíso nos dio los últimos consejos, yo creo que por iniciativa propia, compadecido por nuestra desgracia. —Tan pronto como salgáis del Paraíso notareis cosas raras, como que se os cansan las piernas en las cuestas arriba, o frío en las manos, bueno en todo el cuerpo, porque estáis desnudos. Tendréis algo tan desconocido como es el dolor de cabeza y de muelas, que son los peores, aunque los dolores más insoportables los padecerá Eva, pues parirá con dolor, y, para colmo, siendo como es primeriza. Tendréis sentimientos nuevos, como la vergüenza de ir desnudos y el miedo a la oscuridad. También os asaltará la duda, el desencanto, la desdicha y la desilusión, y todo eso es debido a que a partir de entonces seréis mortales, ¡y ya no os digo más, el resto tenéis que aprenderlo por vosotros mismos! Y ahora, adiós, salir ya del Edén al que no podréis volver jamás, porque tengo orden de cerrar las puertas a cal y canto ¡por los siglos de los siglos, amén! ¡Y nos puso de patitas en el mundo real! Nunca me perdonaré mi debilidad y el tremendo dolor que ha causado a mis descendientes. Pero, a decir verdad, junto con infinitas cosas malas, aprendí unas cuantas buenas que ahora, después de todos estos siglos transcurridos, no sé si pensar que pese a todo valió la pena desobedecer a Dios. La primera cosa buena es que descubrí el placer sexual, pues en el Paraíso no existía, razón por la cual al principio no tuvimos descendencia, lo que ahora pienso que fue la verdadera razón por la que Dios nos mandó expulsar, pues ¿cómo íbamos a tener descendencia si no existía el deseo? Lo segundo es que Eva, orgullosa de mí y contrariamente a las previsiones de Dios, me tomó verdadero afecto y descubrimos el amor, la amistad y el compañerismo, y por tanto, gozamos de la felicidad, pero la humana y no esa felicidad celestial que aquí en la Tierra no tiene utilidad, además se acabaron sus ataques de histeria del Paraíso. Por último, decir que Eva tuvo la peor parte, pero al mismo tiempo las mayores satisfacciones, pues vio cumplidos sus deseos naturales de tener un hijo, Caín, una encantadora criatura nacida de su seno y no con trucos de costillas, como fue su caso. ¡Lástima que nos saliera una calamidad, pero eso ya es otra historia! Y esta es la verdadera historia de mis orígenes y de mi vida en el Paraíso, confío en que les haya entretenido. Ah, por cierto, me han enviado un e-mail de Hollywood interesándose por mi historia, pero creo que han pasado los tiempos para este tipo de películas sobre estos temas, ni quedan ya buenos actores para estos papeles tan comprometidos. En fin, ya veré que hago, les he dicho que me lo estoy pensando. Eva Eva está despierta desde algo más de las 5 de la madrugada. Está angustiada y no puede conciliar el sueño porque ese era uno de últimos despertar en su lujoso apartamento en la zona más codiciada de la ciudad. Dentro de una semana ingresará en una residencia que ella misma ha elegido, para ingresarla para volver salir de allí en una hornacina, convertida en cenizas, y esparcirlas en cualquier lugar donde solo haya naturaleza, como es su deseo. Tiene 82 años y necesita alguien a su lado para que le ayude a hacer cualquier cosa, como ir al baño, vestirse, llevarse los alimentos a la boca, caminar del salón al dormitorio, llamar a alguien por teléfono, levantarse de mullido sofá del salón, peinarse, ducharse, incluso, en el colmo de las vanidades, pintarse sus ajados labios, y ponerse un poco de rimel en sus caídos parpados. Eva fue una bellísima modelo, que se disputaban modistos y pasarelas de todo el mundo donde se cotizaba la ropa de alta costura. Tenía el salón de su casa convertido en un museo de sí misma. Tal vez un centenar de fotografías, la mayoría en blanco y negro o ese color velado imperceptible de las primeras fotos en color de Kodachrome. Las que tenían vivos colores le disgustaban, porque eran actuales y mostraban una Eva envejecida, que ella detestaba. Por eso las fotos recientes estaban amontonadas en un cajón, en el fondo de un armario, en el que no guardaba nada de interés. Las fotos enmarcadas y colocadas sobre la cómoda y cualquier mueble que pudiera servir de base o colgadas en las paredes, con escasos espacios libres, eran de una Eva admirada por su belleza y estilo inconfundible. Sus movimientos en las pasarelas no eran estudiados ni ensayados, sino espontáneos y naturales. En su perfecto cuerpo la ropa alcanzaba un impresionante valor, como si fuera necesario comprar sus costosos vestidos para sentirse atractiva y deseada, como era ella. No había político de la época o actor de moda que no se hubiera fotografiado junto a ella, para sentirse importante y merecedor de su compañía, ni gigoló o play-boy que no deseara ser su amante. Su fotografía favorita, que resaltaba de las demás por su tamaño, y su espléndido marco, con incrustaciones de oro, elaborado para ella en exclusiva, era la que le tomaron junto a los Beatles, a quienes ella admiraba apasionadamente. En la que Jhon Lennon estrechaba calurosamente la mano de una sonriente y emocionada Eva. Pero el dinero le obsesionaba. Detrás de aquella simpática y bella mujer se ocultaba un corazón insensible, egoísta y calculador. Regateaba hasta el último céntimo en el pago de sus servicios; exigía recibos de lo que compraba, incluso aunque se tratase de una sencilla barra de pan, y, antes de abandonar los comercios, comprobaba que lo que había pagado se correspondía con lo que había comprado y con el precio marcado. Jamás daba propinas, porque consideraba como un abusivo impuesto más, pero encubierto. De las muchas ofertas de matrimonio que tuvo, solo aceptó la de un multimillonario, ex-traficante de todo lo ilegal y prohibido, del que se aseguró que dada su edad y sus dolencias, no sobreviviría más de 5 ó 6 años. Su desamor y frialdad precipitó la muerte del desgraciado esposo, y falleció tres años después. De ese lucrativo matrimonio heredó su lujoso apartamento y un sin fin de valores que todavía no había podido conocer. Se limitaba a recibir sus cuantiosos beneficios, y a estampar su temblorosa firma en decenas de documentos que su abogado de confianza le daba a firmar para mantener o incrementar la cuantía de sus elevadas rentas, al mismo tiempo que crecían las del fiel e interesado abogado. Si antes la acosaban sus pretendientes por su belleza, ahora la acosaban por su riqueza. Se convirtió en la joven viuda más deseada del país. Pero Eva ya tenía lo que deseaba, dinero y libertad, y prefirió la compañía de Cuca, una alegre y gruñona perrita terrier a un nuevo marido. Ella fue una de las primeras mujeres en presentarse en público vistiendo la provocativa minifalda inventada por Mary Quant, y fue también la modelo que más influyó en la aceptación de la novedosa y colorista moda pop de los años 60. Combatía el hastío y el aburrimiento de una vida sin ambiciones ni objetivos en la ruleta de los casinos, donde solía perder fabulosas cantidades de dinero, o en los tres clubes sociales a los que pertenecía: uno en su ciudad, exclusivo para VIPs, otro ubicado en un campo de golf, a escasos kilómetros de la ciudad, deporte al que se había aficionado, y un club marítimo en una conocida localidad costera frecuentada por millonarios. Así pasaron los años sin que tuviera conciencia del paso del tiempo, hasta el nefasto día en que al proponerse subir por una de escaleras automáticas de unos grandes almacenes, alguien comentó a sus espaldas: “Deja pasar a esta anciana”. Solo entonces se hizo cargo del derroche que había hecho de su preciado e irrecuperable tiempo perdido. Desde ese mismo día empezó a pensar en la muerte, al principio solo como una curiosidad, pero poco tiempo después se convertiría en una obsesión. Como viene sucediendo en las últimas semanas, hoy a vuelto a tener la misma pesadilla, por eso ha deducido que alguien del otro mundo trata de enviarle un mensaje, pero que ella no puede entender -¡Josefina, Josefina, ven rápido o este hombre me llevará al infierno! ¡No, suélteme; yo no quiero ir al infierno! ¡Josefina líbrame de este odioso hombre! ¡No, no, suéltame y déjame en paz! -gritaba presa del pánico. Josefina, su enfermera y cuidadora, acudía a su habitación sabiendo que su enferma volvía a tener las alucinaciones como en las últimas semanas, en las que un hombre sin rostro, la cogía por el brazo y con una extraordinaria fuerza la obligaba a seguirle por un angosto y oscuro pasillo, iluminado solo por el resplandor de las de una gigantesca en el fondo del túnel. Josefina entra en la habitación, enciende la luz y encuentra a Eva tendida sobre la cama, como si alguien la hubieran arrastrado realmente hasta allí, porque sabe que ella no podía por si misma adoptar aquella posición. -¡Ah, por fin llegas! Mira cómo huye; la luz le molesta. Se vuelve a su infierno, ¡Pero mañana volverá! Y no cejará hasta que no le haga compañía en sut maldito infierno! Pero no se saldrá tenía un amigo de confianza, que incomprensiblemente lo conservaba desde la infancia. Ya era un anciano achacoso y de extrañas aficiones, y la más notable era su afición por los misterios de la cábala y su empeño en descubrir la piedra filosofal, que fransfromase el plomo en oro, porque compartía con Eva su pasión por el dinero, y en especial por el codiciado metal amarillo. -Otra vez el cabrito de mi ex-marido ha intentado arrastrarme a su maldito infierno, pero yo se lo he impedido! ¿Tú me crees, verdad? ¡No pensarás que estoy loca! Le comentó Eva a su anciano amigo durante una de sus habituales encuentros para echar una partida de brisca. - Me cuesta creerlo, pero he leído muchos libros de magia negra y creo que en determinadas situaciones es posible que se aparezca el espíritu de los muertos para vengarse de los vivos a quienes odian. - ¡Y él me odia! Tú eres un experto en magia negra y apariciones de espíritus malignos. ¿Cómo podría¿ librarse de este diablo de mi ex-marido? _ En los tiempos en que eran frecuentes estas apariciones, se libraban de ellos con conjuros… - ¡Pues hagamos un conjuro! Tú debes saber cómo hacerlos. Mi querida amiga, sabes que haría por ti lo que fuera, pero me pides algo muy delicado y peligroso. Los demonios adquieren grandes poderes y no es fácil librarse de ellos. Sí, he leído en alguno de mis incunables varios conjuros con los malignos, pero no sé… - No me importa lo peligroso que sea, porque tengo que liberarme de él o acabará arrastrándome al infierno! Acordaron hacer el conjuro el siguiente domingo, en que Josefina tenía el día libre. De regreso a su apartamento, el fiel amigo se encerró en su valiosa biblioteca y buscó en sus esotéricos libros un conjuro adecuado para el caso. Tras una laboriosa búsqueda encontró uno adecuado y acudió el domingo tal como estaba previsto, a la casa de una excitada Eva. Esta noche no me ha molestado -comentó con su amigo-. Debe saber que estamos preparando un conjuro que me librará de su maligna presencia. El incunable que contenía el conjuro, había sido escrito a mano por los monjes de Cluny, en latín y con impresionantes ilustraciones de las diversas formas en que puede presentarse el maligno, pero estaba muy deteriorado y apenas era legible. Esperaron a la hora crepuscular, tal como indicaba el procedimiento, entraron en dormitorio, carraspeo para asegurar que su voz sonase fuerte y clara , y recito el temido conjuro. Eva esperaba ver como su maléfico ex-marido era fulminado y arrojado a las tinieblas, de donde no pudiera salir para perseguirla y atemorizarla en lo que le quedara de vida. Pero no sucedía nada extraño ni sobrenatural, porque según el conjuro, se abriría la puerta del infierno y verían caer al endemoniado ex-marido a las tinieblas. Amigo mío, creo que ese libro tuyo debe estar desfasado -comentó Eva visiblemente contrariada.-¡ Nunca conseguiré librarme de él! Pero apenas volvieron al salón, la parez del dormitorio comenzó a vibrar y se abrió de nuevo el túnel que conducía a las llamas del infierno. Como las veces anteriores, surgió el endemoniado ex-marido, y con voz tenebrosa gritó a la asustada Eva: Tú me has convocado y ya no podrás librarte de mí. Te arrastraré conmigo al infierno! En vano Eva trató de zafarse de su ganchudas manos y la arrastró al tunel entre gritos y lamentos de la infortunada Eva. Atónito el amigo que había hecho el conjuro se preguntó qué había salido mal y repasó el éxito manuscrito prácticamente ilegible, se dió cuenta de que al pie del pergamino, había una no que apenas era ilegible: "Christiani invocatis servare potente diabolo fascinavit dominica die, quia contrarium habebit" (Guardensé los cristianos de invocar al diablo con este poderoso conjuro en el día del Señor, porque tendrá un efecto contrario) La historia –Me he divertido mucho en tu fiesta, Ivette. Tienes una mamá genial. Nadie cuenta historias como ella. –Sí, sabe muchas bonitas historias; ¡es escritora! Recuerdo este sencillo diálogo con una de mis mejores amigas al final en mi fiesta de cumpleaños, cuando cumplí siete años, esa delicada edad cuando empezamos a distinguir lo real y lo fantástico, mezclando lo uno con lo otro. Ese mismo día, en que parecía que todo eran alegrías y sonrisas, comenzó para mí un verdadero calvario. Soy una escritora y he imaginado muchas historias, pero es cierto que la realidad supera la fantasía, porque lo que me sucedió en los días siguientes supera cualquier historia fantástica que pudiera imaginar. También fue ese el día que fui consciente de lo que significaba ser escritora, en especial de cuentos infantiles, al contemplar las expresiones de felicidad de mis amigos, que escuchaban embelesados los relatos de mi madre. Ella me enseñó la importancia de nuestro laborioso, sacrificado y creativo oficio de escritores, pero npodré llegar a estar a su altura, porque mi madre era una persona genial, de las que nacen solo una entre un millón. Cuando me despedí de todos losc invitados con felicitaciones y elogios a mi madre, la encontré pos–trada en el sofá, con un alarmante gesto de dolor en el pecho, que había reprimido durante toda la fiesta. –Mamá, te sucede algo; ¿no estás bien? c No, cariño;v solo es un ligero mareo por el jaleo de tu fiesta, esos diablillos te agotan. ¿les ha gus–tado tu fiesta? Pero yo no pude concentrarme en la respuesta, porque ya entonces tuve el presentimiento de que mi madre estaba muy enferma, pero no podía imaginar su gravedad. Otras veces, durante nuestros habituales paseos dominicales en bicicleta por las orillas del río que atraviesa nuestra ciudad, me rogaba que nos detuvieramos a descansar unos instantes, y de nuevo el mismo gesto de dolor y el esfuerzo que hacía para disimularlo. Yo no solo admiraba a mi madre por su talento, dulzura y su clara inteligencia, sino que estaba muy unida a ella, porque prácticamente vivíamos solas las dos en nuestro enorme apartamento de Berlín. Mi padre es un renombrado arquitecto y tenía que supervisar los muchos edificios que había proyectado y que estaban todavía en construcción, diseminados por todo el país. Solo tpodíamos reunirnos en familia los fines de semana, que mi padre aprovechaba para descansar, darse un relajante baño, sin prestar mucha atención a lo que se estaba gestando en mi madre. Pero los efectos de su grave enfermedad fueron notorios, por la alarmante palidez de su sudoroso rostro y un permanente rictus de dolor en sus labios. La alarma que hizo prestar atención a mi padre sobre su estado de salud, fue el día que dejó de escribir su relato semanal que radicaba por una emisora de radio local. – Mami, qué te pasa, tú nunca has dejado de escribir los cuentos para la radio… – Ivette, cielo, no me pasa nada, pero todos los escritores tenemos días malos en los que no nos funciona la imaginación. – Pero, mami, todos los niños de mi colegio escuchan tus cuentos… Sí, mi madre estaba sufriendo la mayor tragedia de un escritor: ¡no poder escribir! Como yo había presentido, una trágica mañana mi madre sufrió un violento ataque al corazón cuando yo me disponía a salir para ir al colegio, y cayó desplomada sobre el suelo, llevándose las manos al pecho donde tenía su inmenso corazón dañado. Yo no supe cómo reaccionar, solo se me ocurrió abrazarme a ella y exclamar aterrorizada. –¡Mami, mami, qué te pasa, por qué no me hablas. Mami, yo no quiero que estés así; mami, tengo miedo y tú no dices nada ni te mueves, mami dime algo, por favor, dime algo… Yo no sabía qué hacer, era demasiado pequeña para asumir aquella dramática situación, rompí a llorar sin dejar de abrazar su cuerpo con un corazón paralizado. Así permanecí no sé cuánto tiempo hasta que vino a nuestra casa una asistenta que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. La pobre mujer sufrió un ataque de nervios al contemplar aquella escena: ¡una niña llorosa abrazaba a su madre muerta! Si yo hubiera reaccionado y salido en busca de alguien que me ayudara a llevarla al hospital llamado a una ambulancia tal vez se hubiera salvado. Fueron unos minutos horribles, yo no quería separarme de mi madre, porque no podía concebir la idea de la muerte y pensaba que pronto recobraría la conciencia y todo volvería a la normalidad. Prácticamente me arrancaron de su cuerpo. Yo insistía sin dejar de temblar de pies a cabeza y sin dejar de llorar. –¡Mami, despierta, no quiero que estés así, despierta por favor…! Cuando llegó una ambulancia y la trasladaron al hospital, donde solo pudieron certificar su defunción, me tuvieron que sujetar para que no fuera corriendo detrás de los sanitarios que sacaron su cadáver de nuestra casa, y yo me quedé en estado de shock, sin apenas darme cuenta de lo que sucedió después. Mi padre nombró a uno de sus ayudantes para sustituirlo y acudió consternado por la inesperada muerte de mi madre. Yo me dejaba llevar como una autómata de un lado para otro, sin recuperarme del shock, incapaz de pensar o recordar lo que había sucedido. Mi padre se creyó el responsable de su muerte por no haberla atendido mejor, y por un tiempo se encerró en nuestra casa y no prestaba atención a sus compromisos y muchos de sus edificios tuvieron que suspender los trabajos con enormes pérdidas. Solo cuando le amenazaron con demandar .reaccionó y volvió a sus ausencias. Fue inútil que tratara de que yo comprendiera su situación y sus graves responsabilidades ineludibles, pero yo no escuchaba lo que me trataba de decir, porque seguía en estado de shock. Recurrió a una hermana de su madre, de avanzada edad, pero de espíritu alegre y jovial, que mi padre creyó la más indicada, para que se hiciera cargo de mí las 24 horas del día y que me llevara al mundo real y aceptara los hechos irremediables. Pero yo me encerré en mi habitación y como si estuviera grabado en mi cerebro, repetía en susurros la misma lamentación: -Mami, vuelve de donde te hayas ido. Seré buena, no comeré dulces a escondidas, me comeré las verduras que tu sabes que odio y no me olvidaré ningún día de lavarne los dientes; sí, mami lo haré todo sin quejarme , pero vuelve , vuelve mami… Y terminaba rompiendo a llorar desconsolada al no recibir respuesta. En vano mi cuidadora trataba con enorme afecto, paciencia y cuidado de no decir nada que pudiera hacerme revivir aquellos dramáticos sucesos. Pero yo me encerré en mi habitación repitiendo entre sollozos las mismas súplicas, porque estaba convencida que mi madre las escucharía y volvería de donde estuviera. !Y sucedió! Una mañana al despertar me encontré a mi madre sentada al borde de mi cama. La enorme alegría de su regreso me dejó sin habla solo quería abrazarla. Pero cuando me abalancé estuve a punto de caerme de la cama, porque no tenía nada que pudiera abrazar, se había vuelto transparente y vestía una horrible bata blanca con un número impreso en el lado de su corazón, que la había llevado a su súbita muerte. - Mami, ¿por qué no puedo abrazarte? ¿Qué te han hecho en el hospital? ¿Por qué… Quería hacerle mil preguntas, pero hizo un gesto con las manos para que guardara silencio, y pude escuchar su extraña voz que la escuchaba dentro de mi cabeza pero no por los oídos.. - Guarda silencio, cariño, nadie más que tú debe saber que estoy aquí. Sé que has sufrido mucho por mi muerte… -Entonces es verdad lo que dice papa, que estás muerta. - Si, estoy muerta, pero eres demasiado pequeña para dejarte sola en estos tristes momentos. Seré tu ángel de la guarda hasta que te resignes y aceptes todo sin poner objeción ni la menor duda y cada mañana al despertar estaré siempre a tu lado y cada mañana, cuando despiertes, me tendrás sentada aquí, al borde de tu cama para que me cuentes todo lo que te apena para ayudarte a superarlo. ¡Seremos muy felices! A mi tierna edad estaba dispuesta a creer cualquier cosa por extraño que pareciera y, a pesar de no ser más una visión incorpórea, acepté su propuesta. A aquellas silenciosas horas de la mañana mi conversación con mi difunta madre la escuchó mi anciana cuidadora y alarmada informó a mi padre. -Parece como si hablara con su madre y que estuviera en persona en su habitación. Creo que debes hacer algo antes de que sea demasiado tarde y pierda el juicio. El fin de semana mi padre regresó como de costumbre y a la mañana siguiente permaneció pegado a la puerta de mi habitación tratando de escuchar mi conversaciones con mi difunta madre. Cuando desperté ella estaba sentada al borde de mi cama, como me había prometido. -Buenos días, cariño ¡cómo se encuentra mi pequeña esta mañana! -Buenos días mami, estoy triste porque tú… Y no pude terminar la frase porque mi padre entró sin llamar a mi habitación. Mi madre desapareció apenas se escuchó el ruido del pestillo de la puerta. - Ivette, hija, ¿con quién estabas hablando? ¿Hablas con tu madre? Yo estaba furiosa porque había causado su desaparición, pero él creyó que si me desengañabal volvería más pronto al mundo real, y me recriminó con una agresividad impropia de él. -Hija, acepta los hechos! Tu madre está muerta y los muertos no regresan nunca con los vivos. Estás viendo alucinaciones por causa del dolor de su muerte, pero ella nunca ha estado aquí, en esta habitación ni podrá estar jamás! - ¡No es verdad, ella estaba aquí, pero tú la has asustado y se ha ido, porque nadie debe saber que ha estado aquí. Era nuestro secreto, y tú lo has estropeado todo. Ahora no vendrá nunca más. ¡Te odio! ¡Te odio! !Vete! ¡Sal de mi habitación! Y nuevamente la angustia que sentía me hizo llorar desconsolada. Tuvo que intervenir mi anciana cuidadora para poner paz en aquella violenta situación. -Ven, déjala sola y no hagas caso de lo que te dice, cuando se recupere te pedirá perdón. Mi padre estaba profundamente dolido por mi violento comportamiento, pero se resignó y me dejaron sola en la desolada habitación. SEGUNDA PARTE A pesar de mis ruegos, mi madre no apareció sobre mi cama la mañana siguiente ni en las posteriores. Estaba tan deprimida que comencé a maquinar una terrible idea para reunirme con ella: Si estaba muerta pero al mismo tiempo de alguna manera, también estaba viva, yo podría reunirme con ella allí donde se encontrará si moría yo también. En aquella tierna edad yo creía que morirse era como cambiar de casa en otro barrio. Había escuchado comentar a las madres que vienen a recoger sus hijos del colegio, que algunos famosos habían muerto por una sobredosis de sedantes, y recordé que mi madre también los tomaba y que los guardaba en un armario del cuarto de baño, !y allí estaban!, un frasco entero de pastillas blancas y rojas que parecían de caramelo. Excitada por el descubrimiento escondí el preciado frasco en mi habitación y esperé al anochecer, cuando mi cuidadora estuviera dormida. Entonces imaginé que aquella misma me reuniría con mi madre. Fueron unas terribles horas de angustia que me hacían llorar sin que lo pudiera evitar. Mi cuidadora se dio cuenta de que algo grave me estaba sucediendo, pero no podía imaginar lo que estaba tramando. - Niña estás temblando de pies a cabeza. Si es por algo que te asusta, esta noche puedes venir a dormir conmigo. Hoy tengo la certeza de que aquella alegre mujer leyó en mi agitación que estaba urdiendo algo grave. Yo no sabía qué excusa buscar para rechazar su invitación, pero después de un dramático silencio me ocurrió una buena coartada: -Como dice mi papá que mi mamá no puede estar allí, ya no tengo miedo de dormir sola. Aquella contestación le hizo creer a la pobre mujer que ya me estaba volviendo el juicio, y empezaba a resignarme y volver a la normalidad. Me encerré en mi habitación e hice ver que jugaba con mis muñecas, lo que tranquilizó todavía más a mi celosa cuidadora. Estaba firmemente decidida a seguir adelante con mi plan y fingí que estaba jugando con todas esas cosas que me gustaban y me hacían sentirme bien, como los ositos de peluche que me regalaba alguien cada cumpleaños; o los disfraces de payaso y de hada madrina que vestí en los últimos carnavales; o los póster de mis personajes de dibujos animados que me hacían reir; o la cajita de música con la melodía de “Para Elisa”, y tantos otros juguetes que no podría llevarme allí donde fuera que estuviera mi madre. Fueron unos momentos de una terrible lucha interna en los que el gran cariño que sentía por mi madre competía con todos aquellos objetos testigos de los momentos felices de mi corta vida. Pero reaccioné enérgicamente y le di prioridad a mi madre. Saqué el pequeño frasco de pastillas de donde lo tenía escondido y me pareció increíble que algo tan pequeño pudiera llevarme tan lejos. Aquella noche mi cuidadora estaba muy inquieta, porque debía tener el presentimiento de mi intento de suicidio y entró de improviso dos veces en mi habitabiacion con la excusa de preguntarme si deseaba algo. Paradójicamente ella colaboró con mí frustrado suicidio, y le pedí un vaso de leche, porque había olvidado traer algo líquido para tomar las pastillas. Pasada la medianoche ya no se escuchaba nada y supuse que mi guardiana estaría ya dormida. Yo apenas podía mantenerme despierta. Durante esas angustiosas horas mi infantil conciencia se esforzaba inútilmente en hacerme despertar de aquella pesadilla, pero yo no la escuchaba. Desparramé las pastillas sobre la colcha y durante unos angustiosos momentos en los que me impresionó la idea de que esa misma noche pudiera estar junto a mi madre, a quien volví a llamar en una dramática última súplica. - Mami, si me estás escuchando ven y no tomaré estas pastillas. Pero no apareció y entre más amargos sollozos fui ingiriendo una a una todas aquellas coloridas pastillas. Unos instantes después, en los que yo esperaba el milagro de la reunión, sentí una dolorosa punzada y como si un rayo atravesara mi cerebro y perdí el conocimiento. Al desplomarme sobre la almohada, el frasco vacío de las pastillas rodó por la colcha hasta estrellarse contra el suelo haciéndose añicos. El ruido despertó a mi guardiana y corrió a mi habitación entre lamentos, porque presentía que algo grave me había sucedido. Cuando entró en mi habitación y me vio postrada e exclamó: —¡Dios santo! ¿Qué has hecho, pequeña? Se acercó a mí y al ver que estaba inconsciente, me zarandeó tratando de reanimarme. Cuando descubrió los restos del frasco, enseguida comprendió lo que había sucedido. -!No; por el amor de Dios, no es posible que haya hecho algo así! Pero sí, lo ha hecho; ha debido ingerir todas las pastillas de este frasco. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! Tengo que llamar una ambulancia, pero ¿dónde he puesto yo el maldito móvil? En su azoramiento y nerviosismo fue incapaz de encontrar su móvil, aunque estaba a su alcance y dejó pasar un tiempo que ponía en riesgo mi vida. Desconcertada y angustiada, salió a la calle en busca de ayuda y quiso el destino que en ese preciso instante circulase una patrulla de la policía municipal de vigilancia nocturna, y unos minutos más tarde llegó una ambulancia con un médico: -No podemos hacerle aquí un lavado de estómago porque está en coma. Hay que ingresarla urgentemente en el hospital y que Dios nos ayude y no se nos muera en el trayecto. !Pobre criatura! ¿Por qué siendo tan niña ha intentado suicidarse? Ese fue el pesimista diagnóstico de quien me atendió. A mi pobre cuidadora tuvieron que inyectarle un fuerte calmante, porque no cesaba de gemir y maldecirse a sí misma por su descuido. En el hospital me trataron con todos los procesos médicos para estos casos, pero yo no reaccionaba y se pusieron en contacto con mi padre para informarle sobre mi ingreso y los resultados negativos del tratamiento. Profundamente afectado emprendió un temerario viaje de regreso. Durante el dramático viaje estuvo a punto de estrellar su automóvil y suicidarse él también, porque dos muertes en su ausencia era intolerable. Para su desesperación, los informes de los médicos que me atendieron no podían ser más negativos. -Desgraciadamente en el frasco no solo había sedantes, sino medicamentos para el tratamiento de la enfermedad cardiovascular de su esposa, y la mezcla no puede ser más nociva. Lamento tener que decirle que la vida de su hija está ya en manos de Dios y de ella misma si lucha contra la muerte, pero es muy joven y no tiene fuerzas suficientes para luchar contra la fatalida. Por si estas luctuosas declaraciones del médico que me atendió no le abrumaron lo suficiente, le previnieron que incluso en el caso de salir del coma, mi cerebro podria haber sido afectado y pasar el resto de mi vida en estado vegetativo —¿Puedo quedarme en su habitación hasta que salga del coma? -Sí, haremos una excepción. Incluso háblele usted mostrando su cariño y su deseo de que sobreviva, puede que le escuche, la medicina no es especialista de las almas solo de los cuerpos. Le acondicionaron en una cama plegable junto a la mía y permaneció pendiente de algún gesto mío que indicara mi recuperación. Pero al día siguiente continuaba sin recuperar la consciencia. Cuando ya clareaba y en el hospital había un inusual silencio, mi padre siguió los consejos del médico y se decidió a hablarme. Había estado llorando en silencio; se secó las lágrimas y se sentó en el borde de mi cama: - Hija, dicen los médicos que tal vez puedas escucharme, si es así te ruego que luches contra lo que te quiere arrastrar a la muerte y sobrevivas, porque si mueres perderé la niña con la que siempre había soñado que fuera mi hija y que me llenó de felicidad y dio sentido a mi vida. Te quiero mucho, tanto como quería a tu madre, pero de otra forma. Yo no soy un buen orador ni sé decir lo que siento como sabía hacerlo ella, solo sé proyectar casas, pero espero que para ti sea suficiente repetirte que te quiero mucho y te ruego que tengas la voluntad y la energía suficiente para que venzas a la muerte y te recuperes sin que te quede ninguna secuela. Como si nada hubiera sucedido, solo un mal sueño; una pesadilla. Eso es todo lo que deseaba decirte... Espero que me hayas escuchado. Se acercó a mí, me besó en la frente y susurro angustiado. "¡Hija, no me dejes tú también!" y volvió a su minúscula cama, donde le venció el sueño. Yo le escuchaba, pero de una forma extraña. Su voz sonaba en mi cerebro como si estuviera hablándome en el interior de una cueva. No; mi padre no me culpaba de la muerte de mi madre y cometí un grave error que estaba pagando. Intenté despertar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Algo me tenía presa como si me hubieran atado. No podía ni abrir los párpados ni sentía frío ni calor. Era evidente que mi cuerpo estaba ya inerte, posiblemente ya había muerto. - Ivette, mi pequeña, ¿por qué lo has hecho? De improviso escuché, con la misma voz extraña, a quien parecía ser mi madre. - Mamá, ¿eres tú? !Pero tú estabas muerta! - Sí Ivette, estoy muerta, y tú también estás clínicamente muerta, por eso puedo hablar contigo. Pero estás solo en el umbral, y aún puedes salvarte. - Mamá, perdóname por haber dejado que murieses, yo... - Ivette, mi pequeña, no fuiste tú sino mi destino el responsable de mi muerte. Todo está escrito en la estrella de la que venimos. Al igual que el polen viaja largas distancias en busca de una flor para fertilizar un fruto, las almas surgen de las estrellas y recorren largas distancias a través del universo para fertilizar el óvulo de un ser humano. Estaba escrito que debía morir ese día y nadie hubiera podido evitarlo. En tu destino no está escrito que mueras en este hospital. Todavía tienes que recorrer un largo camino, muchas bellas obras que escribir, porque tu también serás escritora. Solo me queda darte un consejo antes de emprender mi largo viaje de regreso a mi estrella: cuando tengas dudas sobre tu talento, alza la vista al cielo en una noche clara y verás que hay millones de estrellas, unas son grandes y otras pequeñas, pero todas brillan con luz propia. Seas una gran o pequeña escritora brilla siempre con tu propia luz. Mi pequeña Ivette, vive y despierta y recibe a tu padre con una sonrisa, para que sepa que has vencido la muerte. Y ahora tengo que marchar. No olvides nunca este consejo, no olvides que yo te lo dí… Y dejé de escuchar su voz, porque se había desvanecido Unos instantes después, sentí un fuerte dolor en el estómago, y un sabor amargo en la boca. Poco a poco se fueron activando mis sentidos hasta que pude abrir los ojos y ver a mi padre dormido. Amanecía y un rayo de sol atravesaba mi ventana y sentía su calor en las mejillas, por lo que no había duda de que recuperaba todos los sentidos. Quise llamarle y despertarle, pero no podía articular ninguna palabra. Lo intenté una y otra vez hasta que por fin tartamudeando pude llamarle. - !Pa... pa! Se despertó y al ver el rayo de sol que iluminaba mi mi rostro creyó que era una alucinación —Ivette, ¿eres tú quién me has llamado o es una alucinación? Yo no pude responder, pero le sonreí como me había pedido mi madre y mi padre comprendió que había despertado. Hace veinte años de aquellos sucesos y nunca sabré si mi madre que apareció era realmente ella o imaginaciones mías, pero cada vez que contemplo un cielo estrellado recuerdo su consejo: .«Seas grande o pequeña, brilla siempre con luz propia» Fin El perro de Frau Goldschmidt En el barrio berlinés de Charlotemburgo, no lejos de río Spree y a un paso de los jardines del palacio, vivía Frau Emma Goldschmidt, una anciana de buen carácter, ya algo torpe porque rondaba los ochenta, pero que pese a sus lógicos achaques, no paraba en casa ni un instante, pues no soportaba la soledad y le aburría la televisión. Lo normal era verla dando de comer a las hambrientas gaviotas que revoloteaban histéricas entre lastimosos graznidos, o las feroces fochas, siempre peleándose entre ellas, o los atolondrados patos, pero sus favoritos, naturalmente, eran la pareja de orgullosos y ceremoniosos cisnes, que acompañados de sus últimas crías, se hacían los dueños de río. Como se aproximaba Navidad, Frau Goldschmidt, garrota en mano y los ánimos listos, se dispuso a visitar el mercadillo de Navidad instalado en el patio del Palacio de Charlotemburgo. Desde hacía años tenía la costumbre de comprar un cuarto de kilo de jamón ahumado del Tirol a su amigo el Salzburgués, como se llamaba el tenderete, donde cada año ofrecía toda clase de ricas especialidad del Tirol. — ¡Un cuarto de lo mismo, Hans! —le dijo al mozo del puesto. — ¡Ni un gramo más, Frau Goldsmidt, y que se lo coma con salud y paz de Dios, que eso no debe faltarle! — Uno de estos años ya no me verás por aquí, y donde pienso ir ¡ya no me aprovecharán tus pancetas! — ¡No tenga usted prisa, que aquí no se está tan mal! — ¡La soledad, amigo Hans; la soledad es lo peor! ¡Hace quince años que murió mi pobre Albert y todavía no me he acostumbrado! — ¡Cómprese usted un perrillo, hacen mucha compañía! — ¡Quita, quita, que engorro! Hay que sacarlos cada día a paseo, se hacen caca por todas partes y no te dejan dormir. Un gato, todavía, pero ¡pobre animal, no tengo edad para ocuparme de ellos! Compró su jamón de cada año, lo metió en el bolso, se armó de valor, y después de despedirse hasta el año próximo (si Dios así lo quería) emprendió el regreso a su casa. No hubo salido del concurrido mercadillo, cuando tal vez atraído por el olor del jamón o por simpatía hacía la anciana, Frau Goldschmidt observó que la seguía un perro de pequeño tamaño, peludo como un bola de algodón, morro fino, orejas tiesas y mirada vivaracha. «¡Qué salado es este chucho!», pesó recordando el consejo del tendero tirolés, «¿Qué andará haciendo por aquí sin su dueño?». Pero no le dio mayor importancia y se concentró en su marcha, sobre todo al llegar al semáforo de la Otto-Suhr-Alle y la Kaiser-Frederich-Straße, que cruzaba en dos veces. Alcanzó el otro lado de la calle no sin cierto azoramiento en el último momento, pues este semáforo no está calculado para el paso lento de una anciana, y ya más tranquila, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden, ¡y allí estaba todavía el perro! —¡Anda, vete con tu amo! ¿O es que te has perdido? ¡Válgame Dios, debe de estar hambriento el pobre chucho! —Frau Goldschmidt comprendió que debía ser el aroma del jamón tirolés lo que atraía al perrillo y, no sin cierto reparo, le echó una fina loncha—. ¡Toma y adiós! ¡Anda, vete, vete; no me vengas siguiendo que se ha cerrado el restaurante! Pero el perro hizo el menor caso de sus órdenes y persistió en seguirla hasta que, una vez frente a la puerta de su casa, se vio ante el dilema de adoptarlo. —¡Bueno, sube y ya veré que hago contigo mañana! No vas a quedarte en la calle en una noche como ésta, ¡pero sin armar alboroto!, ¿entendido? El animal pareció entender la idea porque movió la cola con excitación y se plantó en medio de la puerta dispuesto a cruzarla el primero, como si se tratara de su propia casa. Al día siguiente, y a la misma hora del anterior, Frau Goldschmidt ató el perro con un improvisado collar hecho con un cordón de cortina y con la habitual parsimonia de siempre regresó al mercadillo de Navidad, por si los dueños del perro aparecían. Paseó arriba y abajo con el animal, recorrió el mercadillo varias veces, lo que le llevó algo más de una hora, y en vista de que nadie reclamaba el animal no tuvo otra opción de adoptarlo ella misma. De regreso a casa, reconoció que se alegraba por lo sucedido. —¡Venga para casa!, y a partir de ahora te llamarás Dodo, como el perrillo que teníamos en casa cuando yo era una niña. ¡Si no te gusta, te aguantas, que para algo te daré de comer! La anciana se hizo con una ramita de abeto, compró un juguete de perro, lo envolvió cuidadosamente y lo prendió de la rama, junto con otras chucherías para ella misma. —¡No vallas a abrir tu regalo antes de Navidad! —advirtió al perro. Anciana y perro pronto se hicieron el uno al otro. Para no cansarse, el animal llevaba el mismo su juguete hasta los jardines próximos, allí lo dejaba en el suelo y ella le daba un golpe con el bastón, lanzándolo unos cuantos metros. Lo recogía retozón, caracoleaba como si le hubiera costado alcanzarlo y vuelta a empezar. Al final, cuando comprendía que la anciana estaba cansada del juego, él mismo recogía su juguete y en la boca lo llevaba de nuevo a la casa. Allí hablaban de mil cosas, la mayoría eran sobre recuerdos entrañables de su otro Dodo infantil. Pasaron los meses. Se marchitaron los rosales, cayó la primera nevada y de nuevo eran días de Navidad. Como cada año, Frau Goldschmidt, ya con su perro, y provisto de un flamante collar con luz intermitente, se presentó ante el puesto del tirolés para comprar su cuarto de kilo de jamón ahumado habitual. —¡Vaya, veo que me hizo caso y se compró un perrito! —No te lo creas, Hans: ¡me ha comprado él a mí! Pero de pronto el animal tiró con tanta fuerza del collar que estuvo a punto de derribarla. —¡Tarzán; mi Tarzán! Papi, ¡es nuestro Tarzán! En efecto, el animal se abalanzó sobre un niño a quien sin duda reconocía y debía sentir gran afecto por él, porque la cola se le movía a una velocidad de vértigo. Frau Goldschmidt palideció al instante, porque enseguida comprendió la situación: ¡eran los dueños del perro! La familia residía en la vecina localidad de Oranienburg y cada año visitaban el mercado de Navidad de Charlotemburgo, y en un descuido el año anterior extraviaron el perro. Ahora lo habían recuperado. Pero Herr Haussmann, como se llamaba el cabeza de familia dueña del perro, era una persona de elevados principios y alto sentido de la justicia, por lo que se preguntó si después de tanto tiempo tenía o no derecho a reclamar el animal. —Si es suyo es junto que lo recuperen. Ha sido una buena compañía y lo voy a echar de menos, pero el niño también. ¡Qué le vamos a hacer! —comentó la dolida anciana. Herr Haussmann no creía justo tomar sin más esa decisión y optó por una solución salomónica para resolver el dilema, que el niño tardó en aceptar, pero finalmente lo encontró razonable: ¡que el perro decidiera! Fueron al parque cercano, se situaron uno frente al otro a cierta distancia y en medio dejarían el perro, sería para aquel que el animal decidiera como dueño. Herr Haussmann dejó el perro en el lugar acordado y el niño, tal vez por el nerviosismo, no pudo reprimirse y llamó al animal por su viejo nombre: ¡Tarzán, ven Tarzán! El animal no lo dudó, dio un salto y echó a correr hacia el niño. La pobre anciana parecía resignada, pues lo consideraba lo más natural. Pero, de pronto, cuando apenas había recorrido unos metros, el animal, como si comprendiera la traición que estaba a punto de cometer, se detuvo en seco, miró a la compungida anciana, y de otro salto, salió corriendo hacia ella, lo que animó a la pobre señora. Pero, otra vez frenó el animal en seco cuando apenas le faltaban unos metros para llegar donde estaba Frau Goldschmidt. Esta vez el perro se quedó indeciso, ¡el pobre animal no sabía hacia dónde ir! Entonces Herr Haussmann, hombre justo y de elevados principios, decidió poner fin al dilema de perro y tomó la única decisión posible, dadas las circunstancias: —Frau Goldschmidt, el pobre animal no sabe por quién decidirse, no hay más que una solución, ¡que se venga usted a vivir con nosotros! De esta manera el niño recuperó al mismo tiempo su perro y a una abuela, pues la suya había muerto dos años antes, ¡y ya se sabe que los niños no se sienten en familia si les faltan los abuelos! El doble milagro de Kreuzberg Alí Hassan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamente con la vigilia del Ramadán. Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia ortodoxa, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín. Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez. —Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos. —No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números. Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos. Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire. Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión: —¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará. Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz. —¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente! Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas. Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno. Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital. —¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas. —¿Qué dicen los médicos? —Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo! Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo. —¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar! —¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía? —Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo. Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar. Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva. —¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo! Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo». Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos. La increíble historia de Katherine von Stein Katherine von Stein fue una joven aristócrata perteneciente a una ilustre familia del Electorado de Holstein-Battenberg. A los 24 años fue nombrada dama de compañía de la emperatriz Isabel Cristina, esposa del Federico II de Prusia, y la familia trasladó su residencia a Postdam, donde se hicieron construir un bello palacete cercano a Sans-Souci. Pasaron los años entre elegantes fiestas en Sans-Souci, Charlottenburg o en el palacio del Príncipe en Berlín; largos y divertidos paseos campestres a caballo por el Tiergarten y los alrededores Wannsee, almuerzos campestres amenizados por los mejores músicos de cámara de la época y los poetas más renombrados de Europa, y solemnes espectáculos de ópera, entre las que había alguna obrilla del propio emperador, aficionado a la música y flautista aceptable. Pero Katherine no tenía el don de la sencillez, por el contrario era altiva, engreída y hasta un poco soberbia. Tenía suficientes motivos para su comportamiento, pues era verdaderamente hermosa, poseía una considerable fortuna familiar y prácticamente se puede decir que era la dama favorita de la misma emperatriz. Tocaba el chénvalo con sensibilidad, y no le cortaba en absoluto entonar alguna cancioncilla de moda para la pareja imperial, quienes la tenía en tanta estima que no encontraba pretendiente adecuado para tantas cualidades personales. —La señorita von Stein tiene edad de contraer matrimonio —comentaba el emperador con su serenísima esposa durante las interminables veladas invernales en Sans-Souci. —¡Déjala que disfrute de la vida! No es pieza para cualquier cazador y no quiero darla a un príncipe extranjero. La casaremos cuando Dios nos de la luz y demos con el pretendiente adecuado. Por su parte Katherine von Stein tampoco parecía interesada por su futuro y disfrutaba ofendiendo la vanidad y hombría de los más aguerridos soldados próximos a la familia imperial y a no pocos jóvenes aristócratas provincianos que residían en Berlín. En total había provocado 16 duelos, con tres muertos, seis heridos graves y siete leves. Tantas cualidades y tanta soberbia no podía pasar desapercibido al propio Diablo, y él mismo en persona decidió seducirla. La ocasión se presentó en primavera, durante el regreso de Katherine a su palacete desde Sans-Souci, que animada por las templadas temperaturas y el embriagador perfume de las madreselvas y los floridos rododendros, solía hacer a pie y sin compañía. El Diablo aprovechó la primera oportunidad, y disfrazado de capitán de Dragones, se hizo el encontradizo, montado sobre un negro y brioso corcel, preciosamente engalanado para la ocasión. Como buen experto en camuflajes el Diablo había cuidado su aspecto personal, y lucía uniforme de gala de Dragones, charretera bordada sobre el hombro, camisa de seda blanca inmaculada, espada reluciente, botas recién lustradas hasta la misma rodilla, cabello rebelde, negro y ensortijado, ojos verdes de mirada burlona y perversa, hombros sobrados y talle esbelto, ¡en fin, irresistible! Detuvo el corcel a su altura, desmontó briosamente, y de un ágil salto se puso a su vera. Katherine ni se inmutó, no era el primer capitán de Dragones que había estrangulado su caballo para admirar su belleza. —Disculpe mi impertinencia, señorita, pero al verla de lejos con ese majestuoso porte, ese andar principesco y la suave cadencia de su hermoso vestido, creí que se trataba de la mismísima emperatriz Isabel. Pero Katherine no hizo el menor gesto, y prosiguió su marcha como si el Diablo fuera el mismísimo jardinero real. —Y ahora que la veo más de cerca —prosiguió el Diablo de acuerdo a un plan largamente ensayado en infinidad de ocasiones— siento el mareo de su femenina hermosura. Es usted más bella de lo que un pobre mortal puede imaginar. ¿Que artista celestial ha podido dibujar ese rostro, fino y delicado como la porcelana de Hesse, o la seda de Pekín? El Diablo solía echar siempre mano de tópicos sagrados porque conocía el contradictorio carácter de las mujeres hermosas: les gustan los santos, pero no como maridos. Pero Katherine seguía sin inmutarse, a pesar de que la última andanada de elogios la había dejado ligeramente tocada. —Si usted se dignara dirigirme la palabra sería el Di... el Dragón más dichoso de este mundo y yo solo sería capaz de rendir París, para ponerla a sus delicados pies. Tal vez fuera la mención de París lo que debilitó las defensas de la altiva dama, porque se le escapó una traidora sonrisa, que el Diablo interpretó correctamente como la primera andanada directa al corazón de Katherine. —Pero si me rechaza me iré de cabeza al infierno... —el Diablo estuvo a punto de meter la pata, pero tuvo reflejos y evitó el desastre—, ¡donde sería más dichoso que viviendo en este mundo sin esperanzas de ser correspondido! —lo arregló bastante bien sin caer en falsedades. Por fin Katherine, derrotada y desarbolada, no pudo evitar rendir la plaza que durante más de 28 años había defendido ella solita contra una legión de fogosos pretendientes. Un mes después Katherine von Stein, bendecida por los emperadores, se casó con el Diablo, que se hizo príncipe y elector de un rico principado del Imperio. Tuvo media docena de preciosos y saludables diablillos y dicen que se fue de este mundo, ya a los 102 años, convencida de que nunca perdió su atractivo y su belleza, porque el perverso del diablo de su marido nunca dejó de adularla. Durante su dilatado y feliz matrimonio Prusia gozó de una larga época de paz y prosperidad, porque el Diablo andaba siempre ocupado con sus asuntos domésticos. El distas que acudieron para cubrir el caso. El tranvía 4056 circuló al día siguiente, año nuevo, y Mathias Klein fue enterrado dos días después. Su mujer se lamentaba de que su pobre marido, después de viajar toda su vida conduciendo un tranvía berlinés, no había tenido la oportunidad de visitar tantos y tan bonitos lugares de los que no paraba de hablar. El El perro del «punk» de Alexanderplatz Me llamo Fritz a secas y soy de la raza Bull Terrier. Mi madre sé quién fue, pero de mi padre obviamente no tengo ni idea de quién fue ni me interesa saberlo. Nací de una camada no deseada y me dieron en adopción a un punk berlinés, que pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en Alexanderplatz. A veces nos mudamos a la K'Damm, pero sólo por Navidad y fiestas importantes. La gente por aquella zona es más generosa. He aprendido bastantes trucos. Por ejemplo, sé llevar un envase de yogur en la boca y por alguna razón la gente me hecha monedas. El punk se las queda y me da palmaditas en la cabeza. También sé hacerme el cojo, poner cara de enfermo, de aburrido, de lástima, de pena y hasta sé guiñar un ojo. Mi punk dice que estos trucos son buenos para el negocio. El chico no me trata mal y no se aparta de mi lado. Me humilla la cuerda con la que me ata, pues creo que merezco algo mejor, pero dados los tiempos que corren no puedo quejarme. He visto otros perros de punk que lo pasan bastante peor que yo, pero la verdad que no saben ni la mitad de lo que yo sé, ni tienen mis habilidades. Como perro de punk paso hambre, desde luego, pero con ciertos ejercicios de relajación y respiración el hambre se puede disimular. Suelo comer entre un 10 y un 15 por ciento de las salchichas que come mi punk, que no son muchas, pero no sé cómo hacerle comprender que a mi parte no me gusta que le ponga catchup y mucho menos mostaza. Pongo cara de asco, la cojo con desgana y la sacudo en el aire, pero esa porquería sigue pegada a la salchicha. Sólo una vez en mi vida he probado un bistec, y recuerdo que sabía bien. A veces sueño con él, pero al despertar ahí está otra vez mi trozo de salchicha embadurnada de mostaza y catchup. Cuento todo esto porque no hace ni una semana que a mi punk le ha detenido la policía por armar jaleo en una manifestación anti globalización, y a mi me han llevado a una residencia de perros. No sé si me juzgarán por destrozos de mobiliario urbano, pero yo soy inocente. Es cierto que mordí a un policía, pero con tanto alboroto ¿cómo iba yo a saber que era un representante de la ley? Íbamos tan tranquilos en la manifestación. Mi punk gritaba eslógans anticapitalistas y antiglobalización y yo ladraba lo que buenamente sabía, que no tenía contenido político reivindicativo en absoluto, por lo que espero que se considere un atenuante. Entonces mi punk, armado con un bate de béisbol que se encontró en un basurero, se cargó una marquesina de autobús, donde por cierto había un anuncio de comida para perros con una perra de chuparse las patas, por lo que me dolió que se la cargara. Pero mi punk no es muy listo, y tenía a sus espaldas media docena de policías, a cual más corpulento y bien armado, así es que se abalanzaron sobre él y le calentaron las costillas por su gamberrada. ¿Qué podía hacer yo? ¡Soy un perro, y los perros somos fieles a nuestros amos, aunque sean punks! Así es que le arreé un severo mordisco en la pantorrilla al primero que le puso el bastón en las costillas a mi pobre punk. Por esta razón yo también fui detenido y aquí estoy, pendiente de juicio. Según mi abogado me pueden caer hasta seis años y un día de perrera mayor. Voy a echar de menos Alexanderplatz, su animación, sus turistas japoneses que me sacaban fotos, pues mi ropas son algo disparatadas para un perro. Los paseos por el río Spree en primavera, con mis refrescantes chapuzones; las luces de colores de Unter den Linden por Navidad, y el Marcadillo de Navidad de la K'Damm, con sus raciones extras de salchicha picante. Y no quiero ni mencionar las borracheras de cerveza de las noches veraniegas que pasábamos a la intemperie en el Tiergarten. En fin, que no me lo pasaba tan mal. Pero, no obstante, considerando las circunstancias, estoy empezando a pensar que en buena hora mordí al policía, porque no llevo ni una semana en la perrera y he ganado dos kilos, además he probado el sabor de la carne de verdad, sin salsa de tomate. Por si fuera poco he hecho amistad con una perrilla coquetona, a la que le encantan mis gracias. Un día de estos le tiraré los tejos a ver qué pasa. En fin, que como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, y la verdad es que no me puedo quejar, pues muchos pobres perros del Tercer Mundo quisieran poder disfrutar de las perreras de Berlín, que si no fuera por las rejas, podía decirse que es como un hotel. Sobre mi punk, creo que su padre le ha metido en cintura y trabaja en su fábrica de calcetines, en una pequeña localidad cercana a Berlín. Bueno, si no nos volvemos a ver, al menos estoy seguro de que el pobre ya no pasará más frío en los pies. Y esa es mi historia. Napoleón y Joshepine Ackermann El 27 de octubre de 1806, apenas concluido el «Siglo de las luces», y cuyo nuevo siglo parecía presagiar el «siglo de las sombras», Napoleón Bonaparte, montado sobre un esbelto y ágil corcel, cruzó exultante los arcos de la Puerta de Brandemburgo de Berlín, entre la desconfianza y tristeza de los berlineses. La primera guerra franco-prusiana había concluido, tras la derrota de la coalición pruso-sajona en Jena y Auerstedt. Le acompañaban varios batallones de su gloriosa «Grande Armée», compuesta por una tropa multinacional, y en parte mercenaria, de 600.000 soldados, y que tras la derrota y desintegración de sus respectivos ejércitos llegaron a alistarse voluntarios sajones y prusianos, hasta un total de 100.000 tropas de origen germano. Un día antes de su entrada triunfal Napoleón rindió homenaje en su mausoleo de Postdam a uno de sus más admirados líderes europeos, el ilustrado monarca Federico II el Grande, muerto sin descendientes directos. Para celebrar la culminación de su campaña prusiana, Napoleón ofreció un baile popular en el palacio de Berlín, abandonado días antes por el rey Federico Guillermo III, huido a Köninsberg junto con su bella esposa, la reina Luisa, en el extremo oriental de Prusia, y bajo la protección del zar de Rusia. Napoleón ordenó a sus ayudantes de cámara que buscaran por todo Berlín las jóvenes más bellas y atractivas para que le acompañaran en su baile triunfal y entretuvieran a sus oficiales, obligándolas a su comparecencia. Los ayudantes cumplieron la orden al pie de la letra y en sus correrías llegaron hasta el activo barrio berlinés de Friedrischshain, al este de la ciudad, y no muy lejos del palacio real. En un puesto de mercado, haciendo su compra habitual, y como si no se hubiera producido la ocupación de Berlín por las tropas francesas, encontraron a una joven, apenas una adolescente, que por su extraordinaria belleza y porte elegante, les pareció buena candidata incluso para ser pareja de baile del mismo Napoleón. La joven, de apenas 15 años, se llamaba Joshepine Ackermann, y era hija de Jacobs Ackermann, dueño y director del pequeño periódico local «Friedrischshain Blatt», de tendencia liberal y demócrata, contrario a la guerra con Francia, perseguido por la policía del régimen autoritario del nuevo monarca prusiano. Los ayudantes del general la pusieron al corriente de su situación y decidieron los detalles, vestimenta, hora y protocolo del baile, y a la hora prevista, un carruaje vino a recogerla a su domicilio de Friedrischshain para conducirla al palacio real, profusamente iluminado para tan festiva ocasión y presidido por una espléndida guardia de honor con los más aguerridos oficiales de la triunfante «Grande Armé». —Querida hija —le previno el padre—, pórtate con dignidad y demuestra al general francés que los prusianos somos gente laboriosa y prudente, amantes de la paz y de las libertades democráticas, pero no aprobamos la guerra como el medio para solucionar los graves problemas que padece Europa. Los enviados del general recogieron otras jóvenes, no menos atractivas, y a la hora prevista, comenzó el baile con los acordes de la gloriosa «Marsellesa». Los oficiales franceses, vestidos con sus uniformes de gala, henchidos de triunfalismo y virilidad, fueron eligiendo a sus respectivas parejas entre las asustadas muchachas berlinesas para abrir el baile inaugural. Pero antes el propio Napoleón, advertido por sus ayudantes de la belleza y discreción de Joshepine, con aires ceremoniosos pero impetuosos, como era propio de su carácter, cruzó el gran salón de baile y llegó al lugar donde la joven berlinesa ya esperaba esta invitación. —Mademoiselle Joshepine, s'il vous plait... Tengo el honor de invitarla a inaugurar este solemne baile triunfal —le rogó cortésmente Napoleón. La joven accedió gustosa y la orquesta, en su honor, interpretó una popular mazurca del gusto de los prusianos de la época. El baile se animó y la habilidad de los oficiales franceses para las artes de seducción, tan eficaces como para las de la guerra, se hicieron evidentes. Las muchachas, dóciles y todavía temblorosas, se dejaron llevar y el baile se animó de tal manera que parecían superados y olvidados todos los sufrimientos y desgracias ocasionadas por los franceses hasta su llegada a Berlín. Finalizada la mazurca, Napoleón, con muestras de cansancio, abandonó el salón, y acompañado de la joven pasearon a las orillas del canal. El aire freso del lugar, tras el agitado baile inicial, resultaba agradable de respirar en aquella noche otoñal. —Cher Mademoiselle, usted como prusiana me odiará, pero créame que su descendencia me recordará como la persona que modernizó Europa y la libró de la tiranía de un puñado de familias aristócratas poco interesadas por el bienestar de sus pueblos. —Monsieur Napoleón —dijo la joven segura de su propia opinión y sin dejarse intimidar por la mítica gloria del general—, la historia sin duda que le recordará, pero se olvidará de los miles de muertos que sin gloria ni causa alguna han quedado enterrados en los campos de batalla de toda Europa, por donde ha pasado su «Grande Armée». —Mon cher pètite! —repuso el general condescendiente—, la guerra, al igual que la revolución, son los principales impulso de la historia. ¡Si usted supiera la cantidad de buenas cosas que se han creado por causa de las guerras! El precio es elevado, pero los avances y progreso en todos los sentidos compensan el sufrimiento. Yo odio la guerra tanto como usted, mi joven prusiana, pero cuando las circunstancias la hacen necesaria, debe de hacerse como si se tratara de una obra de arte, con perfección y maestría. —¿Cree usted, Monsieur Napoleón, que es el primer francés que nos ha invadido? Antes que usted lo hizo Racine, Voltaire, Cornielle y Descartes. Sus obras también cambiaron nuestra historia, pero sin disparar una sola bala de cañón. Ellos también serán recordados, pero no desolaron las tierras ni las mentes que conquistaron. Napoleón parecía contrariado, pero la juventud e inexperiencia de la joven la justificaban, y pasó por alto su valiente opinión. —¡Cada cual a su oficio, querida niña!... Parece que refresca, volvamos al salón. Yo debo retirarme temprano, pero usted es joven y debe aprovechar ahora para divertirse. Joshepine Ackermann regresó a su casa de Friedrischshain escoltada por dos oficiales de la guardia personal de Napoleón. —¡Gracias a Dios que has vuelto sana y salva, Joshepine, tu madre y yo hemos rezado por ti y Dios nos ha escuchado! —comentó el padre aliviado—. Pero, cuenta, ¿has visto al general? —Sí, padre; incluso he bailado con él. —Y ¿cómo es? ¿Qué impresión te ha dado? —¡Es un hombre, como todos los demás! Es orgulloso, prepotente, egoísta y algo inseguro... Creo que no llegará muy lejos después de Berlín... La princesa desencantada Markus W. era un pobre desgraciado, desgarbado y taciturno. Era delgado como una vara de mimbre, alto como un álamo y barbudo como una cabra vieja. Recorría las calles de Berlín sin una idea preconcebida. Andaba todo el día, de arriba para abajo; del este al oeste. Por la mañana se le podía ver en Wedding y por la tarde en Steglitz, otras veces bordeaba el río Spree desde los jardines de Charlotemburgo hasta el parque de Treptow. A veces, sin embargo, dejaba de andar por algunas horas, se recostaba sobre un soleado banco en alguno de sus parques favoritos y dejaba pasar las horas tontamente, contemplando el paso de las nubes, el ascenso de los aviones del aeropuerto de Tegel o el vuelo majestuoso y lento de los cisnes jóvenes, preparando su migración. No tenía amigos, tampoco los quería, pero tenía un amor secreto: nada menos que una princesa misteriosa, pero Markus creía que por cuestiones de magia y encantamiento, estaba presa en la frialdad de una estatua de un frecuentado parque berlinés. Markus era muy tímido, por eso el primer año de su romance con la princesa encantada no fue fácil. Simplemente se sentaba en un banco frente a la estatua y la miraba de reojo, pero con tanto disimulo y turbación que la princesa no se daba por aludida. El segundo año ya se sentía más seguro de sí mismo, y en vista de que la princesa nunca le llamó la atención, se atrevió a mirarla cara a cara. Pero ella seguía impasible. El tercer año tomó su gran decisión: se declararía y fuera lo que Dios quisiera. Era una mañana de domingo del mes de abril. Se arregló lo mejor que supo, recogió un ramillete de flores silvestres mal combinadas, y se encaminó al parque donde le aguardaba la princesa de sus sueños. La pareja de cisnes estaban todavía reconstruyendo el nido para la puesta anual y andaban bastante atareados acarreando toda clase de ramitas. Los parterres empezaban a desperezarse y ya sentía el vigor de la primavera con nuevos brotes de petunias y margaritas. El dios Amor, armado con su infalible carcaj de flechas, y que vigila el parquecillo donde estaba la princesa, no le perdía de vista. La diosa Venus, situada al otro lado del jardín, parecía darle lecciones de romanticismo. La mañana era por tanto perfecta para el amor. Como era bastante ingenuo todavía creía en cuentos de hadas y en princesas encantadas, por esta razón estaba convencido de que con un simple beso la princesa despertaría de su encantamiento y él mismo se transformaría en un apuesto príncipe azul. Pero ¿cómo atreverse a besarla? Simplemente pidiéndoselo con educación. Se aproximó a la estatua, tosió algo nervioso, miró a un lado y a otro para estar seguro de que nadie le escuchaba, y le dijo: —Usted perdone, señorita princesa, pero como ya debe saber la única manera de desencantarla en si le doy un beso de amor, espero que no se lo tome como una grosería, porque es la normal en estos casos. —Querido Markus —le respondió la estatua, por lo que el pobre muchacho apenas podía tenerse en pie de la impresión. —a decir verdad, y después de observarte durante estos dos últimos años, si no te importa prefiero seguir encantada, pues si me besas seré una princesa ¡verdaderamente desencantada! Markus no comprendió muy bien la indirecta, pero como era bastante educado y se lo había pedido con tanta amabilidad y cortesía, desistió de su empeño. Volvió a recorrer los parques de todo Berlín para ver si daba con otra princesa encantada, pero con menos aspiraciones que aquella. Probó con otras dos docenas de estatuas, pero en el último momento todas le decían lo mismo. Y así pasó los 48 años del resto de su vida. «¡A la próxima no le pregunto!», se dijo un día antes de su muerte. La brujita de Spandau Hace ya muchos años, tantos que si todavía me acuerdo es de milagro, en los bosques cercanos a la pequeña localidad de Spandau, buenos para el carbón vegetal y las setas venenosas, vivía una bruja malcarada, porque no hay prácticamente ni una que sea biencarada. Pero antes de nada quisiera aclarar algo sumamente importante, pensando sobre todo en mis lectores infantiles. Las brujas sin duda que han existido, pero los perjuicios de la gente corriente, que no puede ni ver una ancianita sin tomarla por una bruja, han confundido la naturaleza de estas buenas personas. La verdad es que se trataba de viudas de carboneros o leñadores, que se resistían a abandonar sus cabañas, donde habían vivido toda su vida con sus respectivos carboneros o leñadores (su único error en esta vida, casarse con semejantes profesionales). El origen de sus pócimas se encuentra en la circunstancia de sus precarias existencias, puesto que no eran muy hábiles para la caza y menos para la horticultura y las aves de corral. De manera que para poder poner un plato de sopa caliente en la mesa no tenían otra opción de hervir cualquier cosa que pudiera soltar algo de sustancia, desde un sapo hasta una cucaracha. Lo habitual era que metieran la pata, y como consecuencia de semejantes pócimas, se les cayera el pelo, les salieran verrugas o les creciera la nariz, pero sólo en casos excepcionales daban con una pócima con efectos positivos para la salud. También es verdad que solían tener un cuervo como animal de compañía, pero es que en estas latitudes no es muy corriente el loro, el papagayo o el canario, y a falta de canario bueno es un cuervo. En cuanto al gato negro, era para hacer juego con el cuervo, que también era negro. Hecha esta aclaración, nuestra bruja tuvo un día bueno y dio con una de esas pócimas geniales (como la fórmula de la Coca-Cola) y descubrió el elixir de la juventud. Pero le faltó dar con el ingrediente de la eternidad, por lo que el mágico efecto sólo duraba entre una semana y quince días. —¡Mecachis en la mar! ¡Ya me dijo mi madre que en este bosque eran muy tacaños para la magia! —se lamentaba la pobre señora. Pero por fortuna había preparado un buen caldero y por ser invierno se conservaba bastante bien. De manera que apenas se percató del maravilloso efecto de su nueva pócima, hizo planes serios para su nuevo futuro. —¡Esta vez paso de carboneros y voy a por un príncipe! Por suerte en esta zona del Imperio abundaban los príncipes, la prueba es que hay miles de cuentos con príncipes y para todos hay uno disponible, y con la venta de medio litro de su pócima a un tendero local, se pudo asear y vestirse con finas ropas femeninas. No es necesario describir la mujer después de su metamorfosis porque ya se la habrán imaginado, que para eso son los cuentos. Pese a sus malas artes para los trabajos manuales, se hizo con una rueca de hilar, que era lo habitual entre las mujeres de buenas costumbres, y esperó pacientemente a que pasara un apuesto príncipe por delante de su cabaña. No tuvo que espera mucho tiempo, por lo que dije anteriormente, y el primero que pasó quedó obviamente prendado de su extraordinaria belleza, pues por alguna razón los príncipes tienen buen gusto para elegir a sus consortes, y se declaró al instante: —¿Quieres ser mi esposa? —le pidió el príncipe prácticamente sin descender del caballo. —¿Así, sin preámbulos ni peleas con dragones? —Es que éste es un cuento breve y no hay tiempo para eso. —Acepto, pero con una condición —dijo la astuta bruja. —¡Aceptaré lo que me pidas! —Que cuando sea una ancianita, decrépita y arrugada me sigas deseando como ahora. —¡Firmo! —naturalmente que el príncipe no sabía lo que firmaba. Se celebraron los esponsorios con los tradicionales bailes y banquetes populares de rigor (la única oportunidad en sus súbditos comían carne), gozaron de una breve luna de miel en el Hotel Adlon de Berlín (¡Ups! Perdonen, que todavía no se había construido), y cuando regresaron a su palacio de Spandau, la buena mujer se dio cuenta de que no le quedaba ni medio litro de pócima de la juventud. Aprovechando las ventajas del castillo, se puso manos a la obra con todos los adelantos técnicos que pudo conseguir. Para probar los efectos daba a beber sus pócimas al gato y el pobre igual le salía cabeza de cochino albino que recitaba de corrido el monólogo de Hamlet. ¡Pero nada, que no daba con la pócima! Un día, al regresar del bosquecillo después de buscar desesperada nuevos ingredientes, se encontró con un hombre viejo y achacoso sentado en el sillón del trono del palacio. Al entrar en el salón el hombre se revolvió incómodo en su regio asiento, porque no sabía como explicar su presencia. Finalmente confesó su identidad: —¡Soy yo, tu marido; y no soy príncipe sino un simple conde y arruinado! —la mujer no salía de su asombro—. Tengo que confesarte una cosa horrenda. Me quedé tan prendado de tu juventud y belleza que compré un elixir de la juventud a un tendero local con todo el tesoro condal, pero la pócima debía tener pasada la fecha de caducidad... —¡Pues buena la has hecho, chaval! —contestó airada la buena mujer, a quien en ese mismo instante, y sin duda por el disgusto, se le pasaron también los efectos. Fueron días difíciles para la pareja, pero a Dios gracias pronto encontraron una afición en común que salvó el matrimonio: la redoma. Desde entonces se les ve a todas horas alrededor de un puchero humeante tratando de dar con la dichosa fórmula de la eterna juventud. Él ya no usa zapatos, porque le han salido pezuñas y ella, afortunadamente, con su nuevo pico de aguilucho ya no puede hablar y ha dejado de quejarse. —¡Bruja desmemoriada! —le reprocha él constantemente. No hay mal que por bien no venga Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio. Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf. La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter. Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas. Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda. La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la posguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champaña de mediana calidad, pero francés. —Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseíto. —¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco! —Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra! Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio. Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champaña francés barato, pero ella insistió: —¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas? No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó: —¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino. Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió: —¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer, dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino. No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad. —¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa! —¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz! Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado. Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible. Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí. —¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha. El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla: —¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda! Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa. Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos! En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fan ática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así me la contaron! La poetisa de la calle Novalis En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán. «¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama, por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la Luz –con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–, cuando ella es el alba que despunta?». Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra: «En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...» —¡No, demasiado cursi! «Son tus ojos dos luceros del alba...» —¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo... «Con las primeras luces del alba incierta...» —¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema? —¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó. —¿Quién eres tú? —¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes. —No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía? Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato: —La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes? —Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza? —¿Romántica? ¿Qué es eso? —¡Buena pregunta para el creador del romanticismo! —¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»! —Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza? —¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»? —No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú... —A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes? —Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn? —Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos. —Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas? —Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste? —¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil? —¿Para qué sirve? —¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet... —¿Y dónde está la pluma y la tinta? —¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria... —¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema? —¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador! —Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia. Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema: «A Berlín Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical. Ha sufrido y se nota en su piel nueva, casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas. Tiene un Zoo con osito blanco que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor y los niños añoran su inocencia. Tiene tranvías largos, amarillos como canarios, discretos como viejos pensionistas, sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo. Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son esconden su cotidianidad, y beben café con leche en tazas grandes, a sorbos pequeños. Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido, bordeando el río para que les de el aire en el rostro, con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman. Tiene barcos con turistas angustiados, porque desearían que el tiempo se eternizara, así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las viejas hayas. Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro, sin saber en qué consiste el futuro, precisamente porque son jóvenes. Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos. Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio, y cada barrio está contento de ser un barrio. Tiene el orgullo de no ser importante, pero hermosa, acogedora, tolerante, y discretamente frustrada por su gran pequeñez. Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich, los años veinte y tantos otros años, el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la coronilla. Berlín tiene, en pocas palabras, el encanto de lo humano y el misterio de lo divino.» Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta! Por qué vivo en Berlín Bueno, uno nace accidentalmente en tal o cual país del mundo, y se pasa el resto de su vida tratando de dar con el país en el que le hubiera gustado nacer. Hay quien tiene oportunidad de viajar por el mundo y comparar unos países con otros y sacar sus conclusiones. Yo soy de esos afortunados y he recorrido medio mundo. Por ejemplo, durante mi estancia en los Estados Unidos tuve al principio una agradable impresión. Prime fue San Francisco, con su fascinación cosmopolita, su ambiente hippy, sus interesantes cafés, el encanto de sus barrios victorianos, sus tranvías, las brumosas playas del Pacífico y la soleada Área de la Bahía interior, su inquietante barrio chino y el latino, con sus graffitis políticos e imágenes de Frida Kahlo y Paco Rivera, o del Día de los muertos mejicanos. Luego residí algún tiempo en Los Ángeles, tan cinematográfica y tan sugerente. Con su letrero de Hollywood en la ladera, sus barrio súper lujoso de Beverly Hill, y Sunset Boulevard, con sus altas y cimbreantes palmeras; los ríos de tráfico de sus inmensas autopistas con dirección a las playas de Santa Mónica o Long Beach, llenas de surfistas y bellísimas patinadoras, sus animados cafés playeros, sus lujosas mansiones en los arenosos acantilados que bordean la costa. De Los Ángeles me fui a Nueva York, con su poderoso atractivo cosmopolita, su Manhattan desconcertante y a la vez impresionante, su lujosa Quinta avenida, su inmenso y medio salvaje Central Park, los ferris canarios de Staten Island, la animación callejera del Harlem latino y afro-americano y, en fin, tantos excitantes lugares rebosantes de energía creadora. Pero la primera buena impresión pasó y quedó la cruda y simple realidad de sus cientos de mendigos indigentes, ocultos en sus parques durantes las frías noches de invierno en enormes cajas de cartón de embalajes de neveras, sus barrios sucios y degradados y desangelados, su estresante ritmo de vida, su frialdad urbana, su loca persecución del éxito económico y la tragicómica vanidad de las candilejas de Broadway. ¡No, ése no era mi país soñado! Aunque confieso que estuve a punto de dejarme seducir por sus cantos de sirena y su «sueño americano», que ahora sé que no es más que un mal sueño, o mejor, una angustiosa pesadilla americana. Por eso me fui de allí tan pronto como el primer neoyorquino al que le comenté mis últimas impresiones me contestó: «¡Pues si no le gusta, váyase a su país!» Pero seguí vagando por ahí, de un país a otro, buscando algo que no tenía ni idea de qué era, pero que lo sabría tan pronto como lo viera. ¡Y sucedió en Berlín! Por eso estoy aquí. No es que Berlín sea el paraíso. A decir verdad es una ciudad algo desdichada, pero no triste. Es desdichada por su pasado, pero sobre todo porque por culpa de ese pasado se ha rehecho como una ciudad modelo, tanto que yo creo que sus habitantes viven agobiados por un exceso de orden, respeto, tolerancia y buena educación, que está lejos de estimular su imaginación, como sucede en Londres, en Roma o en París. Ese comportamiento cívico tan ejemplar resulta en ciertas ocasiones algo agobiante. Sólo rara vez los berlineses dejan volar su imaginación y hacen lo que les viene en gana. Prácticamente carecen de fiestas locas. La vida nocturna es tan discreta que parece que no exista, salvo las noches de cabaret para turistas y jubilados del Friedrichstadt Palace. Mientras tanto las calles se llenan de sórdidas salas de juego, póquer sobre todo, un desdichado pasatiempo que da una idea de su languidez y falta de espontaneidad e imaginación artística ciudadana. Tal vez por esta razón los espectáculos callejeros espontáneos son por lo general pobres, poco inspirados, y en su mayoría vulgares, como esos grupos de rock descamisados, sudorosos y desafinados que suelen tocar, quiero decir armar escándalo, en la Pariser Platz. Y ahí están sus estatuas vivientes con los típicos iconos de la ex RDA, URSS y USA juntos, para satisfacer el morbo de turistas con escasa sensibilidad artística, como son casi todos los turistas del mundo, ávidos de tópicos y estereotipos, según los traen en la cabeza, inculcados por las agencias de viajes, las malas guías de turismo o algunos nefastos blogs de Internet. Entonces, se dirán, ¿cuál es el encanto de Berlín que me ha seducido desde que puse los pies en ella? Es difícil de explicar y me ahorraría mucho trabajo si supiera que han leído «El lobo estepario» del Hermann Hesse, como creo yo que lo hemos leído casi todos los de mi generación. Esta ciudad es una estepa perfectamente urbanizada, por supuesto llena de lobos esteparios, potenciales suicidas que nunca atentarán contra sus vidas, de una languidez bellísima, que se demuestra en la melancólica mirada de sus mujeres, tan inteligentes que ha renunciado a entender el mundo que les rodea para limitarse a bebérselo con abundante cerveza o café hasta intoxicarse. Es, por tanto, una ciudad centro europea; es decir, limpia, ordenada y pequeño burguesa, pero habitada por lobos esteparios con un alma derrotada por las terribles contradicciones que tienen que soportar día a día, desde la mañana a la noche. Y ese vivir intensamente las contradicciones de este mundo es lo que la hace encantadoramente desdichada. Desdicha que, puestos a ser contradictorios, encierra cierta alegría, la de sentirse salvados de inocencias perjudiciales, fantasías sin fundamento o ilusiones sin esperanza de ninguna clase. Por eso Berlín es la gran atalaya del mundo, desde donde se contempla todo lo que es tal y como es y no como desearían que fuera. Es la conciencia de la «vieja Europa», con nuevos brotes también viejos, niños que son como adultos y adultos que no pueden ser como niños. Una mezcla de optimismo racionalista y pesimismo idealista, si se puede decir, al que le falta un poco de luz mediterránea, la suficiente como para imaginar cosas que no son. Si Berlín fuera música sería el torturado Concierto para violín de Mendelsshon, hijo de la ciudad hermana de Hamburgo, pese a que esta ciudad de «tierra adentro» goza del viento húmedo y mágico de ese Mediterráneo de los países del norte de Europa, como es el mar Báltico, aspecto que se puede sentir en este gran músico. Pero también serían los Conciertos de Brandemburgo, de Bach, antes de que fuera desdichada, o la Novena sinfonía de Beethoven, cuando fue imperial y clásica. Por todo esto siempre he sabido que Berlín era el lugar que estaba buscando y, por tanto, el que considero mi verdadero hogar. Porque yo no soy un artista imaginativo, en cuyo caso me hubiera ido en busca de la luz, el sabor y el color de la Provenza francesa o de la Toscana italiana; tampoco soy un intelectual o sociólogo, en cuyo caso me hubiera quedado en Nueva York, ni un divo, para lo que hubiera servido Los Ángeles. Tampoco soy una persona que necesite mucha animación, para lo que hubiera elegido Londres o París; no, yo soy una persona simplemente resignada, otro lobo estepario; seguramente que un potencial suicida aferrado a la vida; alguien que detesta el orden y el carácter pequeño burgués, pero que no puede vivir sin sus grandes ventajas de todo tipo; soy una persona tan complicada, desencantada y frustrada que todo el mundo me encuentra encantador, como si ellos fueran la boa del cesto y yo su flautista embaucador. Por eso ¿dónde podría vivir mejor que en Berlín? ¿Dónde puede una persona derrotada y desencantada, un simple observador compulsivo de este curioso mundo, gozar de la estima de sus conciudadanos? Allí donde seamos comprendidos y tolerados; allí donde el desencanto sea un valor social apreciable, siempre que no sea destructivo sino moderadamente creativo. Pero no esperen que en Berlín vivan muchos Picassos, Matisses o Van Goghs; no, aquí viven artistas frustrados, desencantados, desilusionados y solitarios como lobos esteparios, y por eso producen un arte desdichado, pero no triste, pues el arte nunca es triste. Y si no lo creen, ahí estaban los expresionistas de «Die Brücke», y sus desdichadas obras de arte. Por esa razón sospecho que mis notas serán también algo desdichadas, pero en ningún caso tristes. Nunca he sido más infeliz, pero he estado más contento y satisfecho. Nunca he disfrutado tanto de una ciudad tan amable y educada, donde uno puede observar sus gentes a sus anchas, porque se dejan observar, cuando en otras ciudades y culturas la observación de la gente está, sencillamente, condenada, desacreditada y por tanto mal vista y poco tolerada; aquí las cosas para los buenos observadores son distintas, y uno goza de la paz y la tranquilidad necesaria para pensar tranquilamente en aquello que observa. Esta es, sin más preámbulos, la idea de estas notas. Espero que al menos, si no les gustan les entretengan, pues hoy la mayoría de los escritores no aspiran ya a otra cosa que a entretener. Tengo la obsesión de observar a todo el mundo y pensar minuciosa y detalladamente sobre lo que observo. A veces son verdaderos disparates, otras me encanta lo que pienso. Esta obsesión tiene su lado bueno, pero también el malo. A veces es divertido porque la gente no se suele observar a sí misma y no tiene ni idea de lo gracioso, disparatado, absurdo, grotesco o ridículo que resultan. Muchos creen que no tienen nada en especial que merezca ser observado, porque carece de este tipo de ambición; quiero decir que se creen personas comunes y corrientes, con sus pequeñas manías y alguna que otra originalidad muy pasajera. Viven convencidos de que nadie les observa y por ello no ponen ni el mínimo interés en lo que hacen. Pero yo sé muy bien, porque tengo la obsesión de observar desde muy pequeño, que no hay nadie en este mundo que no tenga algo de especial; algo que llama la atención y que los distingue de los demás, a pesar de que vistan con una camiseta de un club de fútbol y un pantalón tejano descolorido, que es la ropa más adecuada para pasar desapercibido. Lo malo es que la mayoría, pese a tener algo especial, no son ni mucho menos interesantes, sino todo lo contrario, aburridos, por lo que uno se cansa pronto de observarlos. Creo ser una persona afortunada y tengo tendencia a observar personas con algún interés especial, razón por la cual he mantenido esta obsesión durante más de veinte años. Lo frustrante es que a veces descubro verdaderas joyas; personas interesantísimas que merecían que alguien las descubriera y hablara de ellas en público, y no que se queden en un pensamiento pasajero y personal, más o menos original e interesante. No hace mucho comenté mi caso con una buena amiga mía y me sugirió que sería una buena idea escribir sobre mis obsesivas observaciones. —¿Que escriba yo sobre lo que observo? —le comenté. —Por ejemplo… —Bueno, después de todo es una idea; tal vez me anime. ¡Y me animé! Pero no he completado todo sobre mí. Mi amiga me sugirió que si me decidía a escribir sobre mis obsesivas observaciones que no firmase con mi nombre, porque es poco literario. —Wolfgang Weber. ¡Exacto! —me volvió a comentar mi amiga. —¡Pero yo no soy alemán! ¿Cómo voy a tener un apellido alemán? —¡Y a quién le importa! ¿Vives en Alemania, no? ¿Te imaginas este libro?: «Memorias de un observador compulsivo de Berlín», por Wolfgang Weber. ¡Arrasaría en España! No acepté su sugerencia porque, aunque yo no entiendo mucho de marketing literario, ya que lo mío, como he dicho, es simplemente observar a la gente y pensar para mis adentros cosas sobre lo que observo, tampoco es ésta una obra literaria. Así es que firmo con mi nombre. ¿Que por qué lo hago? Quiero decir, ¿por qué mi obsesión por observar a la gente? No tengo ni idea, pero sospecho que tiene algo que ver con mi traumática infancia. No recuerdo mucho, excepto cuando sueño con algo relacionado con ella, y siempre sucede lo mismo: allí estoy yo con pantalones cortos observando a los demás niños como juegan a guerras a pedradas, piratas con espadas de palo, al látigo, al burro de la ventana, o a churro, mediamanga, mangaentera, o a otros juegos para los que se requería fuerza y hasta cierta dosis de violencia, porque dado mi raquítico aspecto y mi carácter retraído y tímido en mis sueños yo nunca soy aceptado en sus juegos. Pero sólo me sucede con los chicos, porque las chicas me dejan saltar a la comba con ellas, o participar en sus corros de la patata, en las prendas, o en otros juegos sencillos y divertidos para ellas, como el escondite, a pies quietos, al ratón que te pilla el gato, las comiditas, o incluso a mamás y papás, en el que yo hago el papel de papá o de hijo, y a médicos y enfermos, ¡el más interesante! Por esa razón decía que uno nunca sabe sobre su potencial homosexualidad. Pero como digo, creo que ese tema está resuelto, y para probarlo puedo contarles lo que he podido observar esta misma tarde a mi regreso de Mitte, cuando estaba a punto de cruzar uno de los semáforos de la rotonda del popular Siegesäule, el Ángel de la Victoria, para entendernos. X   Siete patitos feos y una naturaleza despiadada ¡Ya están aquí! Como cada año, puntuales como el reloj del Parlamento británico, la pareja de cisnes de parque de Charlottenburg han traído al mundo siete patitos feos. El año pasado fueron seis, creo que el anterior también fueron siete, no lo recuerdo, pero sé que pueden llegar a tener hasta diez polluelos. De momento son todo un espectáculo en el parque y los niños, por aquella afinidad generacional, sienten pasión por ellos. Los padres estoy seguro de que se preguntarán como puede la pareja sacar adelante tantas crías cada año cuando ellos tienen serias dificultades para criar dos o tres en toda una vida. Pero hay algo fundamentalmente distinto entre los padres-cisnes y los padres-humanos que permite comprender y justificar este "derroche" de vitalidad. Ahora la pareja nada unida, y los polluelos no se separan más de cinco centímetros de los padres. Cuando se cansan de nadar se suben al lomo de la madre, que los cubre con las alas y descansan. Pero como deben aprender a alimentarse, no tienen más remedio que pegarse unas soberanas palizas yendo de un lado para otro todo el día. Gracias a Dios que, como ocurre con los niños, les sobra energía. La diferencia es esta: Los cisnes no tienen conciencia del tiempo y no "saben" que les llegará, tarde o temprano, la vejez. Por esta razón estos patitos feos de esta temporada tendrán que "ahuecar el ala" hacia febrero o marzo, que es cuando el macho empieza su implacable acoso para echarlos de lago. No hay piedad, ni miramientos. El año pasado, cuando la hembra empezaba a preparar el nido quedaba una cría remolona, que como es natural no quería separarse de los padre, pero el macho se puso firme y terminó por desterrarla. Es decir: crían porque sí, con generosidad y sin esperar nada de las crías. Todo lo contrario, no quieren ni verlas cuando ya están creciditas, y ni se acordarán de ellas. Nosotros no nos paramos a pensar en este comportamiento natural pero despiadado, o de lo contrario odiaríamos a los cisnes. Lo encontramos lógico y natural tratándose de animales, pero nosotros, los padres-humanos, puesto que hemos llegado a tener conciencia de tiempo, también hemos descubierto que las crías son "útiles", pues son ellas las que proveen de todo aquellos que necesitaremos cuando somos viejos. Es decir, también criamos, pero con "sentido práctico", sin generosidad ni naturalidad. Cada hijo es un "producto" con un valor de mercado, tanto más valioso cuanto mejor educado esté, por eso nos esforzamos en que se eduquen lo mejor y más eficazmente posible. Es decir, a diferencia de los cisnes, no criamos por criar, lo que nos parecería una soberana estupidez, sino que lo hacemos con un sentido "social", que en palabras llanas quiere decir "de rentabilidad social". Cuantas más crías bien educadas mejor vejez nos espera. No es lo que se dice una actitud muy natural si tomamos como referencia el caso de los cisnes, pero es así como lo hemos montado nosotros. Ahora bien, este sistema tiene su fallo porque la naturaleza no perdona. Si el macho cisne se preocupa de que no quede una sola cría en el lago cada primavera, las crías de humanos se preocupan también ellas mismas de "ahuecar el ala" del lago donde están los padres, porque es así como está montado en la naturaleza. Es decir, el fallo está en que de todos modos las crías se marchan a otros lagos. En la sociedad tradicional la relación cría-rentabilidad era obvia y no se trataba de ocultar; se tenía muchos hijos pensando en la vejez y se procuraba mantenerlos en el mismo lago; en la sociedad llamada moderna y mejor organizada, es el Estado el encargado de "gestionar" la rentabilidad de las crías. Es decir, el Estado lo inventaron los viejos para asegurar su vejez, de otro modo no habría Estado. La moraleja de esta reflexión es confusa, pues lo natural es despiadado pero lo social es egoísta. ¿Cuál es la actitud moralmente más aceptable y ecológicamente más equilibrada? Puede que la respuesta sea "criar" sin esperar nada y agradecer lo que nos den... ¡si se acuerdan de nosotros, claro! Pero esta es una actitud que en cualquier Estado moderno simplemente estaría prohibida por decreto ley muerte del cisne. No quiero hablar del gran Ballet de Tchaikovsky sino de una noticia real: la hembra de cisne del lago del parque de Leitzensee, en el Westend de Berlín, ha muerto. Lo supe ayer domingo, cuando paseando por aLoquiero hablar del gran Ballet de Tchaikovsky sino de una noticia real: la hembra de cisne del lago del parque de Leitzensee, en el Westend de Berlín, ha muerto. Lo supe ayer domingo, cuando paseando por él me llamó a3la atención que el cisne macho estuviera solo, cuando por estas fechas no se apartaba de su hembra ni un instante.él me llamó a3la atención que el cisne macho estuviera solo, cuando por estas fechas no se apartaba de su hembra ni un instante. La lamentable noticia me la proporcionó una anciana que caminada con ayuda de muletaso y estaba hablando con el cisne macho, quien a pasar de todo parecía que sentía el vigor de la primavera y mostraba su arrogante pose con las alas huecas y curvadas, que tanto impresionó al propio Tchaikovsky. Al parecer la hembra debió morir de alguna infección que puede tener relación con la mala calidad del agua de este estanque. Según la buena mujer, el macho estuvo varios días velando el cuerpo de su compañera tratando inútilmente de reanimarla, hasta que los responsables del parque se dieron cuenta de la desgracia y retiraron el cadáver. Por cierto que esta pareja fueron los protagonistas de magnífico reportaje sobre los cisnes de la televisan local de Berlín y aún me acuerdo de ella. Los cisnes son monógamos, fieles de por vida y tremendamente celosos, además de extremadamente territoriales, pero son unos excelentes compañeros y padres protectores. No son muy inteligentes, pues he visto por la pareja del parque del Palacio de Charlotemburgo, que afortunadamente está vivos y ya encubando los huevos de esta temporada, que la hembra no tiene mucha habilidad para hacer el nido, algo destartalado y chapucero. Como padres son muy severos con las crías. Mientras son jóvenes, entre mayo y noviembre, en que los «patitos feos» siguen siendo bastante feos, los toleran, pero a partir de enero los presionan para que se busquen la vida por otras aguas. La mayoría emigran al Wannsee, un pequeño mar, como lo llaman aquí, en la confluencia del río Havel con el Spree, donde reside una colonia de machos jóvenes de entre 30 a 50 ejemplares, supongo que habrá también alguna hembra, pero éstas se buscan su propio territorio de anidación, en compañía siempre de un macho. En marzo suele quedar alguna cría hembra junto a la familia, pero cuando la mamá cisne empieza a acondicionar el nido se vuelve intolerantes, y presionan a las crías remisas para que abandonen el lago, pues no quieren ver por ahí merodeando ni a su propia descendencia cuando en mayo nazcan los nuevos polluelos. La labor de la madre es mostrar a las crías, que no cesan de piar ni un momento, todo aquello que sirve de alimento, y sienten debilidad por los brotes de hierba fresca y lo que encuentran en los fondo del lago, que remueven con las patas haciendo como si bailaran, lo que divierte a los turistas. La misión del padre es evitar que alguien se acerque a menos de un metro a las crías, y desde luego, pelearse a muerte si otro cisne osa entrar en sus aguas territoriales. Mantienen una ambigua relación con los turistas, pues jamás permiten que estos se tomen demasiadas confianzas, y cuando se enfadan los persiguen entre bufidos y picotazos, que por suerte no hacen mucho daño. Los perros los temen. No hay espectáculo más desolador que un cisne macho solitario en primavera en su estanque. Lo veo navegar ceremonioso por su lago, ahuecando las alas, como si estuviera recorriendo los lugares felices de otro tiempo, que ya no volverán; como si soñara con los días de responsable paternidad, tras sus vivaces polluelos, orgullo de su fuerza, elegancia y hermosura, incapaz de comprender la tragedia de la muerte. Dice la anciana que si navega con las alas huecas es para llamar la atención de alguna hembra que pudiera sobrevolar el lago, porque como macho territorial morirá solitario, pero no saldrá del lago e irá él mismo en busca de una nueva hembra. Las posibilidades de que vuelva a emparejarse de forma natural son remotas. Por suerte o por desgracia no podrá recurrir a una web de contactos en Internet. Esta primavera no habrá polluelos de cisne en el parque y no alegrarán a sus habituales visitantes. Los niños perderán una de sus más queridas imágenes, tan familiares para ellos, pues por sentido generacional sienten pasión por las crías de todos los animales. La anciana que me dio la noticia parecía bastante afectada, pues dar de comer a los polluelos debía ser una buena razón para aventurarse con sus muletas y darse su vueltecita diaria por el parque. En fin, que este año no habrá primavera en el lago del parque. No se porqué pero la imagen de este cisne solitario me recuerda a la de muchos berlineses y berlinesas, que se han hecho también bastante territoriales y por tanto solitarios, y pese a caminar con las alas huecas andan esta primavera tan solitarios como el pobre cisne del lago de Westend, montados en sus bicis, corriendo con sus walkmans, paseando sus perros o simplemente dándose una vuelta por el parque interesándose por los cisnes del lago, como es mi propio caso. Berlín es una ciudad amable pero algo triste, como un lago sin cisne hembra en primavera. X   Berlín, ¿la Atenas del siglo XX? Cuando en Atenas gobernaba Pericles (495 aC- 429 aC) la actual ciudad de Berlín debía ser una densa zona boscosa, atravesada por el río Havel y su afluente el Spree. Sus habitantes habituales debían ser los osos, lobos, caballos, jabalíes, etc. Tal vez ya hubiera algún asentamiento humano, chozas dentro de empalizadas para protegerse de las alimañas, formado por poblaciones migradas de latitudes más septentrionales. Por aquella época podía muy bien decirse que esta zona era las antípodas del mundo culto y civilizado de entonces, pero llamada a ser la ciudad que mejor realizaría el "sueño de Pericles", legado a la posteridad en su famoso "Discurso fúnebre". En este discurso, recogido por Tudícides, se hace mención por primera vez a una idea que será la inspiración de todo político progresista hasta nuestros días: "el Estado social y democrático". "Nuestra política no copia las leyes de los países vecinos, sino que somos la imagen que otros imitan. Se llama democracia, porque no sólo unos pocos sino unos muchos pueden gobernar. Si observamos las leyes, aportan justicia por igual a todos en sus disputas privadas; por el nivel social, el avance en la vida pública depende de la reputación y la capacidad, no estando permitido que las consideraciones de clase interfieran con el mérito. Tampoco la pobreza interfiere, puesto que si un hombre puede servir al estado, no se le rechaza por la oscuridad de su condición." Cuando en el 388 aC. Platón viaja a Siracusa para ensayar su idea de Estado basado en "La República" la Atenas "clásica", debilitada por las guerras del Peloponeso y gobernada por una sucesión de "tiranos", estaba ya en decadencia, porque había alcanzado lo máximo de sí misma según su propia concepción y en el entorno de su propia circunstancia. Como toda era clásica, se produce el agotamiento de las ideas y de las formas que la originaron: las artes en general alcanzan su máxima perfección posible, incluida la arquitectura o la literatura. La decadencia de Atenas no quiere decir el agotamiento de la idea política surgida de Atenas, sino precisamente todo lo contrario, es el comienzo. Lo que se agota es la idea de la Magna Grecia, donde no hay lugar para la nueva concepción política, idea que necesitaría 25 siglos para que fuera plenamente realizable. Desde el Renacimiento el pensamiento político progresista se ha inspirado en esta idea de Estado y fue progresando lenta pero inexorablemente hasta nuestros días, dejando un auténtico reguero de sangre idealista en su camino. Filósofos como Hegel retomaron el Derecho de Atenas para razonar su propia versión del moderno Estado de Derecho. La idea era simple pero revolucionaria: la paz social y el progreso económico sólo es posible cuando la gestión del Estado se hace de forma colegiada entre sus ciudadanos. La amplitud de la representación política y universalidad del proceso no era desde luego tan amplio en Atenas como en nuestros días, pues sólo tenían derecho de voz y voto los ciudadanos libres cabezas de familia y propietarios, ya que en realidad se trataba de regular el uso de la nueva idea de propiedad privada y su relación con las necesidades propias del Estado. Fueron los romanos y su Derecho, que en muchos aspectos prevalece en la actualidad, quienes otorgaron a la propiedad un derecho inalienable: el "dominium", base jurídica de la actual "propiedad privada y pública". Para la realización de esta idea era necesario que se cumpliera el axioma de Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no se salva ella no me salvo yo". El fracaso de Atenas fue debido a su adversa circunstancia. Veinticinco siglos después la idea es la misma, lo que ha cambiado ha sido la "circunstancia". Tras la II Guerra Mundial las circunstancias políticas, sociales y económicas internacionales son por primera vez las adecuadas para la realización de la idea que Pericles describe en su panegírico: el Estado social, democrático y de Derecho. Idea que cristalizará con su mayor "perfección posible" en la "ciudad-estado" de Berlín en este siglo XXI. No es un logro irreversible ni consolidado, pues por su propia concepción su estabilidad se fundamenta en la "precariedad" de la opinión pública, que puede cambiar. La democracia no se puede asegurar por decreto ley. La circunstancia de Atenas consiste en una serie de ciudades-estado libres y que forman parte de una confederación llamada "Liga de Delos". Como estamos tratando de justificar que Berlín es la heredera directa de Atenas en la historia de Occidente, también ésta es una ciudad-estado libre (Land), dentro de una "liga" o "confederación", la Unión Europea. Siguiendo las similitudes, Atenas "lideraba" políticamente la Liga de Delos, era exigente en sus responsabilidades compartidas y favorable al sistema democrático que regía en la propia Atenas, pero sobre todo estaba interesada en la defensa de zonas estratégicas necesarias para su supervivencia y seguridad, como era el control del Istmo de Corinto. Frente a la "Liga de Delos" estaba la "Liga del Peloponeso", liderada por Esparta, menos exigente con las responsabilidades comunes, pero contraria a las nuevas ideas democráticas de Atenas. Karl Kautsky considera el "comunismo de Esparta" como el origen histórico del socialismo, pero son muchos los intelectuales que han sugerido la comparación entre el régimen de Esparta y el comunismo de la ex Unión Soviética, sobre todo durante la era estalinista. Personalmente comparto esta comparación. Para encontrar nuevas coincidencias, Corinto, situada en la crítica zona del Istmo, pero dentro de la Liga del Peloponeso (que bien podía compararse a la zona de los Balcanes), tras una serie de enfrentamientos con su ciudad colonial, Corcira, prefiere formar parte de la Liga de Delos, opción apoyada por Atenas, por cuya causa tendrá un enfrentamiento militar con Esparta, las llamadas guerras del Peloponeso. Estas guerras serán la principal causa de su agotamiento y posterior decadencia, pues se vieron obligados a elegir "tiranos" para organizar la defensa de la ciudad y de la confederación. ¿Se puede establecer algún paralelismo entre la Atenas clásica y el Berlín actual? Lo dejo a la opinión del lector. Pero, tal y como sucedió entonces, ahora, por efecto de la globalización, nos encontramos nuevamente ante una "circunstancia adversa" que hace casi imposible progresar en la perfección de este modelo social legado por la Atenas de Pericles. Puede que tengamos que esperar otros cinco o diez siglos más para que la circunstancia sea nuevamente favorable y se alcance de una vez por todas la realización de un Estado social y democrático de ámbito global. Esa es la función política trascendental encomendada a las Naciones Unidas. 3. Mi relación histórica con "los Verdes"# La mini-revolución de la primavera del 68 p un decidido impulso a otra forma de pensar y entender la vida, sus necesidades reales, su verdadero goce y en definitiva, una nueva forma de relacionarnos con la naturaleza, no como materia prima, sino como el sustento de la misma vida, es decir, la ecología convertida en una idea relacionada con los seres humanos y su comportamiento. Ideología que se estaba debatiendo intensamente en muchos foro y encuentros en toda Europa, pero sobre todo en un Berlín cercado por un socialismo desfasado, que no admitía una profunda renovación, porque su “tempo” ya había pasado. La nueva izquierda tenía que considerar nuevos elementos más allá de la lucha de clases o su histórico enemigo, el capitalismo. ¡Y esa nueva izquierda estaba naciendo sobre todo en Berlín y yo quería ser testigo directo de su nacimiento! Por supuesto que me refiero la creación del partido verde alemán. Aquella imaginativa y espectacular sedición de la juventud contra el autoritarismo, el derroche consumidor, la doble moral de la clase burguesa y, sobre todo, la estúpida y peligrosa guerra fría, con el enfrentamiento a cara de perro entre dos potencias que en el fondo tenían la mima finalidad: la defensa de los privilegios de una oligarquía del capital o del partido comunista, fue un primer síntoma de la enfermedad del sistema. Desde el momento en que pude hacerme una idea más amplia y concisa del programa de los verdes alemanes surgido en su primer congreso, tuve la certeza que llevaría a una inevitable revolución, en la que yo tenía que ser necesariamente parte activa y comprometida. Pero tengo que hacer una importante aclaración. La revolución que provocarían los verdes, y en la que yo me sentía comprometido, sería una revolución de las conciencias, donde no habría movilizaciones dispuesta a levantar barricadas, como habían sido todas las revoluciones pasadas. Una buena excusa para que violentos y carroñeros, se divirtiesen desahogando sus probables frustraciones o problemas personales destruyendo mobiliario público y algún escaparate de negocios que por lo que fuera les caían mal, no porque tuvieran argumentos en contra, pero que en ningún caso puede recurrirse a la violencia para solucionar los problemas. ¡Esa era la revolución que me movía a la acción y por eso tenía que viajar inmediatamente a Berlín! Pero todavía tengo un argumento infinitamente más convincente. El 16 de julio de 1945, en el Centro de Investigaciones del Ejército Norteamericano en Los Álamos, Nuevo México, un grupo de científicos estrechamente vigilados por los militares, ¡firmaron el certificado de defunción de la humanidad! ´ No, no exagero ni soy un iluminado. La desintegración de los átomos del plutonio hizo algo que no estaba previsto por el mismo Dios, y que el Génesis describe en el mito de la desobediencia de nuestros primeros padres al comer los frutos prohibidos del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Einstein pueden considerarse un héroe para la comunidad científica y para la mayoría de la humanidad, pero es un villano para los muchos que condenamos la manipulación del átomo en cualquiera que sea su aplicación. Estamos muy lejos de moderar el consumo de utensilios y toda clase de vehículos eléctricos, y la competencia obliga a los fabricantes a sumarle prestaciones con el consiguiente aumento del consumo de energía eléctrica. Si seguimos creciendo a este mismo ritmo la próxima generación tendrá un planeta minado de potenciales bombas atómicas y el subsuelo rebosantes de residuos tóxicos de larga duración. ¿Berlín alternativo? Era la primera vez que cruzaba la franja de territorio del sector Oriental que separa Berlín del sector Occidental en tren, y el tétrico panorama que se observaba en cada parada no contribuía a levantar mi decaído ánimo. Era de madrugada y en los andenes pobremente iluminados había apostados policías armados con subfusiles rodeando literalmente el tren, vigilando que nadie subiera, porque el tren era territorio occidental. Sin duda una imagen que no decía mucho sobre el modelo del “socialismo científico” de la Alemania del Este. Todo fue muy deprimente en aquel accidentado viaje. Cuando al amanecer entramos nuevamente en la zona occidental de Berlín, fui consciente que me había metido en una ratonera, rodeada de gatos hambrientos por todas partes. Mi justificación para hacer aquel viaje, cuidadosamente argumentada, estaba haciendo aguas por todas partes y me aterrorizaba la idea de que allí no hubiera algo extraordinario y revolucionario con suficiente interés como para abandonar a una hija. La primera impresión que tuve cuando descendí del tren y entré en las salas de la estación no pudo ser peor. Había mucha gente joven de aspecto indigente, barbudos y sucios, merodeando por las salas. Unos pedían unos céntimos de ayuda a los estresados pasajeros y algunos permanecían sentados con la mirada ausente, como si estuvieran drogados o ebrios. ¿Era este el maravilloso Berlín alternativo que yo esperaba encontrar? No, Berlín no era lo que yo había imaginado. Fue precisamente el haberme dejado llevar por mi imaginación lo que me hizo sospechar que mi mente trabajaba inconscientemente para justificar el deseo de conservar mi libertad, incluso si quien me lo impedía era mi propia hija. El juego consistía en imaginar la existencia de grandes eventos en los que yo debía estar presente, porque estaba convencido de que yo sería algo así como la luz que alumbra el camino de la verdad; en fin, un iluminado. ¡Lo que yo criticaba a los demás! Pero como era una constante ya en mi vida, a un desengaño le seguía algún suceso para recobrar la ilusión y la confianza en mí mismo. Entré en un café para desayunar y entablé conversación con una pareja de alemanes contigua a mi mesa, interesados por la situación en España tras la muerte de Franco. —¿Franco? ¡Franco ha muerto en su cama! ¡No podemos esperar nada nuevo en España! Si hay democracia nacerá con alguna deficiencia que le impedirá caminar sin ayuda de muletas. —¿Y cómo debía haber muerto? —Como todos los que han cometido crímenes de lesa humanidad: juzgado, y, si era condenado, encarcelado, ¡como hicieron ustedes con los nazis! Después de una animada charla sobre política, me invitaron a alojarme en su casa, hasta que encontrase mi propio alojamiento, en una acogedora habitación para invitados. Sí, ahora estaba seguro que en Berlín se estaba produciendo una revolución, pero sobre todo personal, como yo mismo pude comprobar! Pero la política alternativa era un caos difícil de entender, y los Verdes, que yo daba como el partido que dominaba el escenario político alternativo, era un grupo más entre los que se habían creado tras los sucesos de mayo del 68. Lo que ocurría en el Berlín de los años 80 era que después de la construcción del muro, muchas familias que habían perdido sus empleos por el traslado de fábricas a la zona occidental, siguieron a sus empresas y evacuaron la ciudad. En su lugar fueron reemplazados por jóvenes radicalizados en alguna causa, que deseaban eludir el servicio militar obligatorio, porque los berlineses estaban exentos de esta obligación. Así, en el Berlín sitiado, donde ninguna familia deseaba vivir, se había juntado lo más radical de Alemania, pero fragmentados en grupos de diversa ideología y programas, que antes de la creación del partido verde, se presentaban a las elecciones en una lista alternativa. La imaginación de estos jóvenes berlineses no tenía límite. En los patios interiores de las casas era habitual encontrar un escenario donde se representaban obras de autores polémicos o proscritos; o un restaurante vegetariano; o un taller de cerámica y todas las actividades artísticas, lúdicas o profesionales. Además de decorar profusamente edificios en los barrios más radicales, en especial el entonces conflictivo barrio de Kreuzberg, habían convertido los solares sin construcciones en granjas, con sus animales correspondientes. Muchos edificios de viviendas habían creado una cocina y comedor colectivo, para todos los vecinos, y en los tejados se podían ver placas solares. En algunos edificios dañados por los bombardeos, pero estables, que no habían sido reconstruidos o derruidos y estaban abandonados, después de ocuparlos se crearon centros de arte alternativos, como “Tacheles”, un edificio de cinco plantas en un estado deplorable, apenas quedaban las paredes y algunas ventanas no tenían cristales, se convirtió en el centro artístico alternativo más popular de Berlín. Pero yo no fui a Berlín de turismo alternativo, sino para ver en directo el desarrollo de las ideas expuestas en sus creativos programas, panfletos y otras imaginativas publicaciones. !Sí, en parte me decepcionaron! Todo era demasiado irreal y sin un verdadero fundamento para ser viables fuera del escenario berlinés, tolerante y puede decirse que subvencionado por el Oeste, tal vez para evitar su despoblación. En plena guerra fría no era el mejor sitio para vivir. En cuanto al nuevo estilo de la gestión política, se enredaban en una agria polémica que para mí carecía de mucho sentido. El sector más radical quería que los cargos fueran rotativos, para evitar la corrupción del poder, y los realistas creían que el sistema estaba bien y la corrupción se evitaba nominando personas de probada honestidad. Ninguna facción aportaba nada verdaderamente original y revolucionario, pero realista. No se trata de elegir personas honradas, sino de crear un modelo de democracia que haga imposible la corrupción o el abuso de poder, aunque el elegido sea un sinvergüenza. Los políticos, honrados o no, siguen siendo políticos y su leitmotiv no es sacar adelante un programa, sino el ejercicio del poder por el poder mismo y su poderosa seducción. Legislar es la excusa que justifica su elección. Un buen ejemplo de que todos, verdes, amarillos o rojos, tienen en el fondo la misma actitud a pesar de su honradez y buenas intenciones, es el del eurodiputado verde, Daniel Cohn-Bendit, en los turbulentos días de Mayo del 68, alias “Dani el rojo”, que tiene una poltrona en el Parlamento Europeo prácticamente vitalicia. Es muy posible que en su momento fue partidario de la rotación. Para colmo, estaban también sumidos en otra lucha entre los realistas, favorables a entrar en el Parlamento y formar coaliciones para sacar adelante proyectos ecológicos, aunque fueran de poca importancia, y los radicales extra-parlamentarios, que optan por trabajar en las bases de la sociedad civil para cambiar todas las estructuras creadas por el capitalismo. Yo no veía en ninguna de sus propuestas un cambio radical del sistema democrático que fuera “razonable” y “lógico”, porque no era ni razonable ni lógico abandonar un cargo cuando prácticamente has podido aprender y controlar todas las gestiones y cometidos del cargo. Vivimos en una compleja sociedad fundamentada sobre la burocracia a todos los niveles, por lo que los políticos necesitan tener una dedicación en exclusiva para hacer bien su trabajo. Pero tampoco estaba de acuerdo con dejar las cosas como estaban y considerar la corrupción como uno de los males endémicos e inevitables de la democracia. Yo viajé a Berlín para aprender algo nuevo y revolucionario, y me encontré con unos berlineses amables, tolerantes y acogedores, pero un movimiento alternativo frágil y fragmentado, revolucionario en los signos externos, pero conservador en su comportamientos políticos, tan solo decorado con unas cuantas pinceladas de los colores del arco iris y muy poco más. Desde la adopción universal de la democracia parlamentaria, basada en las elecciones libres y populares, el sistema se ha deteriorado tanto que hoy se puede ganar una presidencia de una nación como los Estados Unidos con dinero. Todos lo sabemos, pero lo toleramos y no nos importa saber que nuestro voto vale solo calderilla y con toda probabilidad ha sido inducido por la publicidad del candidato multimillonario de turno. 4. ¡Berlín ya no es lo que era! Quienes hayan conocido la Alemania de los años 70 y la actual habrán notado una importante transformación en los hábitos personales y sociales de esta gente. Supongo yo que después de haber veraneado varias generaciones en Italia o en España algo de nosotros se les habrá pegado. Por ejemplo antes en las mesas alemanas era común la col con salsa ácida (Sauerkraut) y el entrecot de cerdo empanado, acompañado de ¡una taza de café negro! Ahora los platos más populares son las pizzas y las ensaladas aliñadas con abundante aceite de oliva, y regadas con un aceptable tinto de buena crianza. Antes a partir de las 6 de la tarde no era posible comprar una barra de pan. Ahora no hay prisa para hacer la compra del día, porque la mayoría de los supermercados cierran a las 10 de la noche y el surtido de alimentos es enorme. Hoy un español en Berlín puede seguir comiendo sus habituales bocadillos de jamón, chorizo de Pamplona, o lomo embuchado. Incluso hay pan rústico y de chapata. En aquellos años para tomarse una cerveza había que ir a un «Kneipe»; bares que tenían visillos en las ventanas, manteles en las mesas, con rosquillas saladas para acompañar las monumentales jarras de cerveza, y servidos por una camarera seria con aspecto de enfermera, con delantal blanco, y, en algunos casos, hasta cofia. Allí se bebía mucho y casi en secreto, y era frecuente ver muchos borrachos los fines de semana tambaleándose por las aceras. Hoy los alemanes frecuentan a diario cafés y restaurantes de todos los estilos y nacionalidades, con terrazas al aire libre, incluso en invierno, y están tan concurridos que es mejor reservar mesa con anticipación. Beben más vino, y las roscas saladas sólo se ven en las pausas de la Ópera y el teatro para acompañar la tradicional copa de cava. Al menos en mi barrio los fines de semana ya no se ven borrachos. En esta década los empleados se llevaban la comida al trabajo en una fiambrera, y constaba de varios bocadillos de pan moreno, untados con mantequilla y rellenos de salami y otros embutidos de cerdo por el estilo, además del termo con café negro. Hoy comen un «plato del día» (Mittagessen Dish) por 6 ó 7 euros en el «bar de la esquina», a base de pasta, ensaladas y tal vez algo de pollo o pescado. En los 70 los fines de semana la mayoría de las familias cogían su «escarabajo» y se iban a un «Biergarten» (Jardín de cerveza) de las afueras, y pasaban el rato bebiendo cerveza y comiendo salchichas asadas o entrecots empanados hasta que se cansaban, y regresaban a casa. Hoy cada uno va por su lado, y cada cual hace lo que le viene en gana. Pero el pasatiempo favorito es cenar con los amigos en un restaurante con «buen ambiente». En cuanto a los gustos musicales, no había hogar sin su tocadiscos y su par de docenas de discos de «Schlager», una especie de «Country» del Tirol, a varias voces, con resonancias de eco montañés. Ahora les apasiona la música «Techno», ¡y hasta han ganado el último Festival de Eurovisión con una canción pop! No obstante, es justo decir que el «Schlager» sigue siendo muy popular, sobre todo en la televisión. Pero algo no ha cambiado en Alemania en todos estos años y que es sin duda la clave para entender su rápida recuperación económica a pesar de su creciente «latinización»: su amor por las ideas (más bien «Konzepte»), y su pasión histórica por la técnica. Los alemanes no dan un paso si no tienen claro cuál es el «Konzept», o la idea que quieren desarrollar. Hay en mi barrio una tienda de bicis que se llama «Konzept Fahrrad» (Concepto Bici), que lo dice todo. Son incapaces de hacer algo por un simple impulso. Viven rodeados de «conceptos». Por ejemplo, en mi súper hay unos sobres de ensalada «conceptual», con su poco de todo y hasta germinados. Los medios pollos asados no se venden así sin más, sino de forma conceptual, envasados en bolsas de plástico rígido y resistente, son su asa para llevarlos cómodamente a casa sin pringarse. Y así todo. En mi opinión los alemanes no trabajan más que los españoles, pero gracias a su rigurosa mentalidad «conceptual» trabajan «mejor» y, por tanto, con mayor rendimiento económico. En cuanto a la técnica, para un alemán un Mercedes, un Audi o un Porche no son simples coches, sino algo así como la expresión más refinada, elegante y hasta podríamos decir «humanizada» de su gusto por las máquinas bien diseñadas. Pero no sólo de los mecanismos sino también del diseño, ya que ambas cosas forman parte del «Konzept». Aunque parezca una exageración, creo que el gusto por la técnica es posiblemente la más genuina expresión del carácter alemán. De ahí el prestigio internacional de todo lo que lleva la etiqueta «Made in Germany». Puede decirse que el primer «ordenador», base de la actual revolución digital, fue construido por un alemán, Wilhelm Schickard. ¡Ojos que ven, corazón que siente! Cada mañana sé que estoy vivo porque escucho el divertido canto de los mirlos del jardín de mi apartamento. Si estuviera muerto con toda probabilidad que escucharía el canto de un coro de ángeles celestiales (plan A) o la fanfarria de los diablos aficionados a la música del infierno (plan B). Realmente no sé si debemos decir que los mirlos cantan o silban. Personalmente creo que se debe decir "silban", y no lo hacen mal. Tienen un repertorio bastante extenso, que consiste en una tonadilla de tres o cuatro notas convenientemente combinadas, pero no me pregunten cómo las aprenden. Entre estas tonadillas hay una que siempre me resulta divertida y no sé como podría expresarla con palabras. Es algo así como "Tiro liro liro", que viene a sonar como ese deje infantil de "Ale, ale, ale", que supongo sabrán a qué me refiero. Sospecho que el deje se lo hemos copiado a los mirlos, que estaban en el mundo antes que nosotros. Los mirlos compiten en el canto con las urracas, las palomas, los grajos, los cuervos y los gorriones. Nadie canta o silba como los mirlos. Los cuervos son unos vanidosos irredentos, y se creen que lo hacen bien y sus graznidos tienen gracia; las palomas me sacan de quicio (más bien los palomos); las urracas para qué hablar, y los gorriones, en esta época del año le ponen a uno histérico, porque las crías están permanentemente reclamando su ración de bichos con un canto fuerte, histérico y monótono. Por eso doy gracias a Dios que se le ocurrió inventar los mirlos, de otro modo este mundo, y en especial los pequeños jardines vecinales, sería un concierto de graznidos intolerable. Pues bien, me temo que esta primavera habrá un gracioso mirlo menos, mientras un gato estúpido e impertinente se relame los hocicos, todavía con la sangre fresca del infeliz poyuelo. Resulta que como cada tarde he cogido mi bicicleta (por cierto que desde que la gasolina esta a un euro cincuenta, cuando voy en mi bici me siento un ser superior, de una raza más inteligente que la que siguen cogiendo el coche los domingos por la tarde para ir al parque), y me he ido a dar mi pedaleo habitual por el parque de Charlottemburgo. Allí suelo enfilar la avenida que lleva al panteón de la Reina Luisa, no sé si por morbo o por consideración por una reina que me cayó bien desde el primer día en que la vi en su modesta estatua de bronce, que está justo a unos metros de donde yace en polvo y huesos. Hoy he repetido el habitual paseo, pero como la tarde es oscura y amenaza lluvia, el sendero, bordeado de sombríos y altos abetos, parecía más tétrico y fúnebre que de costumbre. Cuando paso por aquí aprovecho para echar un vistazo por la hierba por si está la pareja de ardillas haciendo sus tonterías de siempre, pero no estaban. Ya iba a salir del sendero en dirección al lago, para ver si andaban por ahí los poyuelos de los cisnes, cuando vi la figura de lo que parecía una zorra. No es de extrañar ver estos animales en Berlín, pues se cree que deben de haber por lo menos una docena de ejemplares, que sobreviven de lo que cazan o merodeando los cubos de basura y las papeleras (por cierto, no sé si mis lectores han escuchado el grito de las zorras, pero la primera vez que escuché una a las tantas de la noche casi llamo a la policía, porque parecía que estaban matando a alguien). Pero no era una zorra sino un gato. Uno de esos gatos atigrados, como el Garfield, a los que la naturaleza les ha dado unas garras y unos colmillos diseñados para matar un pájaro en segundos. Inmediatamente comprendí la situación: primavera, polluelos inexpertos y malos voladores + gatos merodeando = ¡muerte segura! Sé que es una tontería interferir en las cosas de la naturaleza, pero los humanos hemos desarrollado un instinto que no está en el gato: proteger a los débiles de los fuertes, en eso consiste la sociedad pacífica y ordenada. Así es que me fui volando hacia él con la intención de sacarle a patadas si fuera preciso del parque. No obstante confieso que me fascinó su porte; su vivacidad; su atención y estrategia; es decir, que no hice lo que mi instinto de humano socializado me pedía, y preferí observar, como anestesiado, las fechorías de este cazador implacable y eficaz. Todo fue muy rápido. El gato se quedó un instante al acecho (sin duda avistó la presa), mientras una pareja de mirlos, sin duda los padres del desdichado, gritaban histéricos desde las ramas cercanas, alertados del peligro. En ese momento yo debería de haberle propinado una soberana patada al gato en lugar de quedarme embobado viendo sus maquinaciones. Entonces una cría de mirlo, a la desesperada, surgió de la maleza e intentó elevar el vuelo para ponerse a salvo. El gato dio un increíble salto en el aire y le echó la zarpa al pájaro. Yo reaccioné e intenté evitar el asesinato, pero el gato, concebido para matar, le clavó los afilados incisivos en el cuello del pobre pájaro. No obstante intervine y ahuyenté el gato. Esta es la escena final: el pajarillo, herido de muerte, se revolvía en el suelo y yo me sentí doblemente culpable: primero por no haber evitado esta muerte tonta de uno de los pájaros más divertidos del parque, y después por haber impedido que el gato lo rematara y evitara su agonía. Los humanos somos bastante tontos para reaccionar en situaciones como éstas, y siempre nos equivocamos. Me preguntaba si el animalillo sólo estaba aturdido, pero un hilillo de sangre, roja como no hay más que ese rojo en la naturaleza, me dejó claro que el gato sabía bien su oficio. En efecto, instantes después creo que fallecía. Ha sido una amarga experiencia, por eso la cuento. En ese dramático momento pasaba por allí una pareja con su crío pequeño. Les comenté el lamentable suceso y el padre tuvo la respuesta propia de quien no saca tantas conclusiones morales ante situaciones como éstas: "De algo se tiene que alimentar el gato". Es verdad, por eso en los cuentos de brujas y seres malignos los niños, es decir las crías tiernas e inexpertas, son también el menú predilecto de los ogros. Naturalmente que no les hice este comentario porque los animales-animales (incluidos los ogros) son una cosa y los animales-humanos son otra. Bueno, creo que me estoy liando, pero lo que quiero decir es que sea como sea, siempre estaré del lado de la cría de mirlo, y la próxima vez que pille a ese gato desalmado lo estampo contra la pared ¡y que eche mano de sus otras seis vidas! Berlín en otoño: sinfonía en rojo escarlata Berlín es tan arbolada y hay tantos parques y jardines que es fácil de apercibirse de la llegada del otoño por el policromado tono de las hojas de los árboles y arbustos. En la mayoría de los árboles sus hojas al perder la clorofila pasan del verde al amarillo y se marchitan, pero algunos, como los viejos robles y ciertas plantas trepadoras, se tornan de un rojo escarlata intenso y brillante, sobre todo en días lluviosos, difícil de describir. Pero éste no es un artículo de botánica sino una breve reflexión en torno al otoño y la relación de esta melancólica estación con nosotros mismos y nuestro comportamiento personal y social. A mí personalmente me gusta el otoño por su melancolía, sensación de paz, policromía natural y, sobre todo, por esa hora mágica del crepúsculo, cuando sobre los lagos de los parques se levanta una ligera bruma que convierte el paisaje en una escena típica de los cuentos de magos, hadas y encantadores, tan populares en estas latitudes. En mis habituales paseos por el parque a esa mágica hora de la tarde, acompañado de fieles e infatigables corredores (algunos demasiado mayores, que más que correr parece que se arrastran), andarinas obsesivas (la mayoría son mujeres) y alguna pareja que sabe aprovechar el romanticismo propio del ambiente, me entretengo en reflexionar sobre la relación entre el otoño de la naturaleza y el personal nuestro. Creo que el otoño de los seres humanos, tal vez entre los 55 y los 70 años, es sin duda alguna la época más interesante de nuestra existencia. ¡Lástima que sea precedida por el invierno! Hago esta afirmación por propia experiencia personal, pues sólo durante estos años he tenido la oportunidad de comportarme y actuar tal y como es mi deseo, sin hacer concesiones a convencionalismos, familia, tradiciones o cualquier otra influencia negativa. De hecho la mayoría de mis libros los he escrito durante esta época. Las claves para un “otoño feliz”, y siempre según mi propia experiencia, son éstas: . Ser capaces de reírnos de nuestra sombra por muy mala que sea; es decir, tener sentido del humor. . Ocuparnos de nuestros asuntos, pero sin “preocuparnos”, que es ocuparse dos veces. . Librarnos, si es posible, del coche y comprarnos una bicicleta, que aparca en cualquier sitio y no nos ponen multas, no paga impuestos y no hay peligro de que nos la rayen. . Comer con la cabeza y no con el paladar y los ojos; es decir, llevar una dieta natural, frugal, sin grasas y dejar de creer que padeceremos anemia si no comemos un bistec de ternera cada día. . Aunque tengamos la sensación de ahogarnos, ¡beber un litro de agua al día como mínimo! La sangre, que es nuestra más traidora enemiga, tiene que limpiarse de impurezas, y esta es la mejor manera. . Relacionarnos con gente joven, pero sin compartir los auriculares del “iPod”, sino porque nuestra conversación de personas maduras y con experiencia sea capaz de interesarles, y, sobre todo, arrancarles una sonrisa de vez en cuando; es decir, que pese a nuestra edad les parezcamos “cool”, o en castellano simple, divertidos. . Ser capaces de dejar un buen recuerdo entre aquellas personas con las que nos relacionamos, lo que quiere decir no perder la capacidad de hacer amigos, para lo que es necesario ser ameno, saber escuchar y dejar de creer que no nos comprenden porque no nos dan la razón sobre nuestras opiniones. . No marear a los demás contándoles la interminable relación de nuestros achaques propios de la edad, y si lo hacemos, con sentido del humor y desdramatizando. De todas formas, si desde los 50 ha seguido estos breves consejos, es muy probable que ahora no le duela nada. Puede que no tenga el vigor de los 20 años, pero, a menos que se lo recuerden los demás, ni se dará cuenta del paso de los años. ¡Eso mismo me ocurre a mí! Los berlineses y sus perros Aproximadamente uno de cada 25 berlineses tiene cuatro patas y ladra. En efecto, en Berlín hay algo más de 150 mil perros (5,3 millones en toda Alemania) y algunos más de gatos. ¿Por qué hay tantos perros en Berlín? No tengo una idea precisa, pero sospecho que dada la caprichosa y mortificante moralidad del alma humana, a muchos berlineses les reconforta más la fiel y bondadosa alma de un perro. También creo que muchos son individuos autoritarios, que no pueden vivir sin tener quien les obedezca servilmente y a rajatabla, y para esto nadie mejor que un perro. Desde luego que estos personajes no suelen tener gatos. Por último, están los que desean charlar con alguien sin que les contradigan, y ya está todo dicho, porque aunque no tengo perro, no admito que se me contradiga. Pero tener un perro en Berlín es un asunto caro y de gran responsabilidad, tanto que últimamente se está debatiendo en la televisión local la conveniencia de pasar un “examen de conducir perros” por la vía pública antes de conceder la licencia. El examen constaría de varias pruebas de conducción, urbanidad e higiene. Conducir un perro no es fácil, porque por su manía de olfatearlo todo, no van nunca por dónde se desea, enredándonos los pies constantemente con la correa. Y no hay excusa, la ley berlinesa exige que vayan atados a un metro de distancia en las calles y a dos en los parques. ¡Nunca pueden ir sueltos! La mayoría de las correas extensibles son ilegales. La urbanidad es la prueba más compleja. Los perros deben ladrar solo a determinadas horas del día, y nunca por la noche. Deben aprender a estar tranquilos y calladitos mientras esperan a la puerta de los supermercados. Caminar sin olfatear ni marcar el territorio en el interior de las librerías. No ponerse en medio del pasillo cuando viajan en el autobús o en el metro, y mucho menos ocupar un asiento sin pagar. No saltar sobre los pantalones del vecino cuando se encuentran en el ascensor en un día de lluvia. No ponerse frenético cuando se encuentran con una hembra en celo, y saber comportarse con urbanidad para no violentar la moralidad sexual de sus dueños, y cosas por el estilo que los promotores de la iniciativa están estudiando. Sobre la higiene destaca la prueba de recogida de cacas, sobre todo cuando el animal anda algo descompuesto. Como anecdótico existen en Berlín lo que bien podemos llamar un “Cacamóvil”, que es un pequeño y nervioso vehículo con un aspirador como una trompa de elefante, que conducido con experiencia y habilidad, no deja ni una caca que poder pisar y jugar acto seguido a la Lotto. Pero también se sugiere el control de las pulgas, el babeo o el régimen de baños, etc. De todas formas la ley exige que sean vacunados una vez al año contra la rabia. Como es natural, en Berlín ya hay academias donde pueden prepararse para el futuro examen. El método más común es premiar su obediencia con algo gustoso. Así los dueños de perros salen siempre cargados de bolas de pienso para perros. De vez en cuando les ordenan que se sienten y les dan una bola, y los perros se preguntan por qué tienen que comer siempre sentados. ¡No lo entienden, pero obedecen! No se crea que por tener un perro va a ligar con su vecina que también tiene un perro. Los dueños de perros por lo general esperan de la gente el mismo comportamiento que el de su perros, y pueden llegar al extremo de ofrecerle una bola pienso si hace lo que le manda. Quiero decir que suelen ser personas muy independientes e individualistas, y de un carácter bastante complicado, descartando a los jubilados, claro está. Si aun así cree que vale la pena intentarlo, aquí hay una dirección para conseguir un perro gratis: www.tierheim.de Y hablando de dinero, para tener un perro en Berlín tendrá que pagar un impuesto de entre 50 a 120 euros al año, dependiendo del tamaño. Tener más de un perro es casi un lujo, porque el segundo perro paga el doble de impuestos. Además es aconsejable contratar un seguro veterinario y otro de responsabilidad civil. Aun así los perros de razas agresivas deben llevar bozal. Estas razas no pueden traerse a Alemania: Pitbull Terrier, American Staffordshire Terrier, Staffordshire Bull Terrier y Bull Terrier. Hablando de razas, los berlineses no son muy exigentes y se ven bastantes “chuchos” y pocos canes aristocráticos, pero abundan los peludos Caniches y lo simpáticos Terrier australianos. Habitantes: 3.450.000 perros 200.000. Algunas claves sobre la Alemania nazi Vivo en Berlín desde hace más de catorce años. En todo este tiempo no he tenido el menor enfrentamiento, discusión o incluso malentendido con ningún alemán, todo lo contrario: siempre me han tratado con educación, respeto y simpatía. Incluso un vecino me regaló una botella de vino sólo porque le ayudé a reparar su bicicleta. Por esta razón cada vez me siento más cerca de los valores de esta nación y comparto con ellos su rica y creativa historia. También por esta razón me pregunto por las razones que les llevaron a la incompresible experiencia nazi. Imagínense lo que debe suponer para un alemán ver una película americana de los años 60, donde unos pocos americanos «buenos», metralleta en mano, liquidan a decenas de alemanes «malos», porque en estas películas no hacían concesiones: hasta los niños alemanes eran «nazis». El tema sigue siendo difícil de entender. Los alemanes de la posguerra ven esa experiencia como «la Alemania nazi», que no es la Alemania real, la de Beethoven, Schiller o Goethe. Fue una Alemania enferma y debilitada, abducida por un demente y su cuadrilla de pistoleros. Pero ¿por qué los norteamericanos en semejantes circunstancias eligieron a Roosevelt, y siguieron creyendo en la democracia? ¿Dónde estaban los social-demócratas alemanes? ¡Ésa es la cuestión, y lo incompresible de esta corta pero terrible etapa de su historia! Es tan injustificable que no pasa día sin que alguna cadena de televisión programe algún tema relacionado, y ahí está una y otra vez la imagen de aquel loco de Hitler, para que no se olviden de su discurso populista, patriotero y belicista. Tal vez movido por el afecto que inevitablemente estoy sintiendo por este pueblo, me he propuesto encontrar una «razonable explicación» a lo que me parece una soberana contradicción, pues estoy convencido de que los alemanes hoy por hoy son el pueblo menos «nazi» del mundo. Yo percibo la Alemania que debió ser durante los siglos XVII y XVIII y no veo más que una burguesía bien educada, estricta, sistemática, respetuosa con las normas de todo tipo que ellos mismos se han impuesto para una convivencia ordenada, pero sin llegar al extremo de «ahogar la creatividad e iniciativa personal», lo que en la práctica se traduce en una sociedad «inteligente y creativa» fundamentada sobre el orden, pero sin caer en el totalitarismo. Tengo la impresión de que ésta es la «Alemania clásica», por lo que me pregunto cómo pudo suceder el fenómeno tan anormal como el «nacionalsocialismo». No voy a retroceder más allá de la República de Weimar, es decir, el momento en que a la vista de las desastrosas consecuencias de una guerra promovida por la aristocracia, el país decide proclamar la República y pasar una fundamental página de su historia. La República nace, no obstante, traumatizada por los sucesos previos, con la ejecución de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, cuyo lugar del canal donde fue arroja suelo visitar con bastante frecuencia. Son los albores de los «locos años 20», teledirigidos desde los Estados Unidos, una especie de «globalización prematura» en que se exigía el final del «mercantilismo» causante en parte de la Primera Guerra Mundial. No sé mucho de este periodo histórico, pero parece evidente que se dan dos fenómenos simultáneamente: por un lado las dificultades de Alemania para hacer frente a las pendientes reparaciones de guerra, por otro el «egoísmo» de los vencedores de no proporcionar a Alemania espacio para respirar por sí misma. El resultado es que para sobrevivir Alemania necesita «liberalizar» su economía hasta extremos peligrosos, en una clara dependencia de sus clientes a los que debe dinero y está obligada a comerciar con sus reglas y de acuerdo a sus intereses, sobre todo en el sector financiero (esta situación vuelve a repetirse actualmente). En estas circunstancias sucede el «crac» financiero de la Bolsa de Nueva York de 1929. Alemania, fuertemente dependiente de la economía norteamericana, se queda sin liquidez y tiene que imprimir dinero inflacionario (la crisis actual de las hipotecas en USA tiene muchas similitudes). Pero la crisis lejos de solucionarse, se agrava y la inflación entra en una espiral imparable hasta alcanzar cifras astronómicas, haciendo inviable su economía. Es a partir de aquí donde empieza el «fenómeno nazi» y en mi opinión debe dividirse en dos etapas: desde 1929 hasta la invasión de Polonia, en 1939, el mismo año del final de nuestra guerra; y desde 1939 hasta la derrota de la Alemania nazi y el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Durante la primera etapa la ascensión de Hitler es vista por la Europa liberal como el «tipo del bigotillo que está sacando a Alemania del pozo y sin que nos cueste una libra». Es decir, en un primer momento lejos de censurar el «nacionalsocialismo» empieza a cundir la idea de que después de todo es un «socialismo sin libertad», pero capaz de recuperar Alemania, hacerle pagar sus deudas, y comerciar de nuevo comprándole sus máquinas, química, e incluso armamento, pues el marco vuelve a tener una cotización estable, la industria se rehace y, en general, se produce un auténtico «primer milagro alemán» (el segundo es el de los años 60). ¡Hitler es un buen negocio para Europa! Tan buen negocio que media Europa, afectada de una u otra manera por la misma crisis, puede decirse que «simpatizaba» con el «nacionalsocialismo» alemán y con el fascismo italiano de Mussolini. Buena parte de la aristocracia inglesa era filo-germana. La derecha francesa también era filo-germana. En España muchos eran ya filo-germanos, incluso entre la intelectualidad republicana. Hitler es un politiquillo de tres al cuarto que se apunta al único partido que admite gente tan mediocre como él, cuyo slogan es «Arriba Alemania, por las buenas o por las malas». Primero actuar y después pensar. Este partidillo no hubiera progresado sin el apoyo de empresarios y financieros desesperados por la situación en busca de un revulsivo y de gente capaz de poner orden en el Parlamento... ¡disolviéndolo! Por tanto, en un primer momento está «dirigido desde fuera». Hace su trabajo y recibe la recompensa en base a «resultados». A Europa no le preocupa que Hitler disuelva el «Reichstag» y hasta que le pegue fuego, lo que le importa son los negocios y estos no se ven afectados. Sólo que tiene que «transigir» en el rearme de Alemania. En esta primera fase el pueblo alemán comete su gran error político histórico fundamental: permitir a Hitler que disolviera el Parlamento. ¿Por qué lo hizo? La social democracia estaba desmoralizada y desorganizada. No había sido capaz de sacar de la crisis el país y para colmo se había deslegitimado con pactos «contra natura» para un partido de izquierdas para soportar la Primera Guerra mundial, y, para colmo, estaba el oscuro asunto de la represión «espartaquista». En fin, que no estaba en condiciones de enfrentarse al arrollador empuje de Hitler, su partido y la «retaguardia financiera e industrial que lo apoyaba». En 1939 Europa descubre que la vaca alemana es en realidad un auténtico toro de lidia y reacciona echando mano de grandes argumentos patrióticos y democráticos, como el trasmitido por Churchill por la BBC: «Nada tengo que ofrecer, salvo privaciones, sangre, sudor y lágrimas...». ¡Tal vez se las hubieran podido evitar si los conservadores británicos hubieran sido más activos en sus convicciones democráticas! Ahora viene la segunda parte de este auténtico drama histórico de Europa. Si bien Hitler fue un muñeco de feria en manos de financieros e industriales, Hitler, Goebbels y un grupo de militares y civiles encuadrados en la SS, ya desde 1933 empezaron a planear una estrategia de toma del poder en toda Europa de acuerdo a dos ideas fundamentales: supremacía militar y política, con la creación de un «súper partido multifacético», que incluyera una burocracia inexpugnable y el dominio y control de todos los medios de comunicación disponible en la época. Durante la primera etapa creo que el pueblo alemán no llegó a ser plenamente consciente de los propósitos del partido que apoyaba, del que sólo veía buenos resultados en todos los aspectos sociales posibles. Lo que ocurrió en 1939 fue un giro total de la situación: el partido nazi «dio un verdadero golpe de Estado» y tomó como rehenes a los 60 millones (¿?) de alemanes que le habían apoyado. Se libró de sus mentores y comenzó su propia obra de dominio según la mente enferma de sus líderes. Entonces debió ser cuando el pueblo alemán despertó del sueño «nacionalsocialista» y se encontró con una «pesadilla». Entonces debió comprender su dramática situación, cuya causa estuvo en ese error fundamental de permitir la supresión de la democracia parlamentaria nacida en la república de Weimar. ¡Pero ya era demasiado tarde! Los militares de la SS sabían que la guerra sería un paseo militar triunfal y sólo les quedaba la duda del Reino Unido y de Rusia, la primera por la dificultad de trasladar un ejército a través del canal y la segunda por las distancias y la ausencia de buenas vías de comunicación. España no hacía falta invadirla porque «ya era de los suyos». Sería el postre tras la victoria: la guinda del pastel, pues obviamente aspiraba a reemplazar a los británicos en el control del estrecho de Gibraltar. También sabían que los Estados Unidos no se volverían a movilizar por la «vieja Europa», salvo si eran invadidos sus primos los ingleses. De ahí el interés por «vencer a Inglaterra sin guerra», y convencerla de su inferioridad militar e inutilidad de un enfrentamiento, pero Inglaterra no cedió a la presión y combatió. En resumen: Hitler fue una obra de la Europa liberal e inconsciente de su tiempo. El pueblo alemán fue víctima de sus propios anhelos de paz y estabilidad, por lo que el «fenómeno Hitler» no debe ser atribuido exclusivamente a ellos. Su error creo que está totalmente asumido, y ellos son los primeros interesados en que algo así no pueda volver a suceder, y lo pusieron en práctica apenas dejaron de caer las bombas aliadas sobre sus arrasadas ciudades. Sufrimiento y frustración que exculpa su error en nuestros días. Por eso decía que Alemania, hoy por hoy, debe ser el país menos nazi de este mundo. Al menos esa es mi impresión. “Thilo Sarrazin”: ¿Nueva versión de Hitler? Nota: Este es un artículo escrito después de la publicación del libro de Thilo Sarrazin. Lo incluyo en este volumen por su interés actual. La presentación en Berlín del libro “Alemania se elimina a sí misma” del Thilo Sarrazin ha abierto el tema de la integración en uno de los países más multiculturales y tolerantes de Europa. Las reacciones de condena han sido unánimes y Sarrazin será expulsado con toda probabilidad, tanto del Banco Central, donde es consejero, como de su partido, la SPD. En este artículo tan sólo quiero exponer mi opinión como “espectador” de la realidad social de esta ciudad, donde reside la comunidad musulmana más numerosa de Alemania. El análisis de Sarrazin es alarmista e incorrecto. Los turcos, y en general los musulmanes que no se han integrado, son los que vinieron durante el “boom” económico de los años 60, cuando no existía una clara política de integración, pues se consideraban “trabajadores temporales”. Por aquellas fechas los españoles inmigrados tampoco vinieron mentalizados para integrarse y se reunían en sus “Centros españoles”, pero mientras la mayoría de españoles e italianos regresaron como estaba previsto, los turcos se quedaron. Los descendientes de aquellos inmigrantes están plenamente integrados, pero manteniendo buena parte de sus valores culturales tradicionales, que en Berlín no se considera un problema sino una virtud, pues es una ciudad multicultural. Frente a mi casa hay una escuela profesional donde la mayoría de los alumnos, que no han tenido las calificaciones necesarias para acceder a la universidad, son turcos o de origen musulmán. Ellas se cubren el cabello con pañuelos, sin duda por respeto a sus padres, pero el resto de su atuendo es perfectamente informal e incluso de marca. Sin duda que sus hijas ya no usarán pañuelo. Los cambios de mentalidad no se miden por años, sino por generaciones. La extraordinaria tolerancia berlinesa hacia lo distinto, incluso lo exótico, convierte lo que para otros países y ciudades es un problema, en un valor cultural ciudadano que enriquece y favorece la convivencia pacifica y el mutuo entendimiento. Kreuzberg es un barrio con una población mayoritariamente turca, pero donde se sienten cómodos los jóvenes berlineses más radicales. El secretario general de Die Grünen es de origen turco. Por otro lado la población musulmana de Berlín tiene un importante poder económico, y sus barrios son lugares de gran actividad, en su mayoría negocios enfocados hacia la misma comunidad, pero de cuya variedad de productos y servicios se benefician también los demás berlineses. No son monstruosos barrios periféricos marginales, sin buenas comunicaciones, servicios o comercios, como sucede en París. Integrarse no significa que le laven a uno el cerebro, sino aprender y respetar los principios fundamentales de tolerancia y respeto mutuo que hacen posible la convivencia pacífica y democrática, además de mostrar interés por aprender tanto el idioma como la historia del país que nos acoge. Yo he asistido a los cursos de alemán básicos y uno final de integración y me ha parecido excesivamente elemental. Es un curso de educación ciudadana donde se enseña cómo funciona un Estado social y de Derecho, más unos apuntes fundamentales de la historia alemana, donde por supuesto que está incluido el Holocausto. Al final del curso se hace una visita comentada al Museo de Historia alemana. Desde el final de la II Guerra mundial en Alemania no ha habido ningún partido populista, como es frecuente en el resto de Europa, y puede que el señor Sarrazin esté haciendo planes para fundar el primero. Por desgracia Hitler también escribió un libro parecido, “Mein Kampf”; también él se consideraba socialista, era racista, aunque por entonces no se conocía el genoma humano, y, por supuesto, nacionalista, y pretendía salvar Alemania del comunismo y del sionismo, pero como ya no hay comunismo, ahora el señor Sarrazin pretende salvarla del islamismo. En mi opinión, a excepción de la extrema derecha pro nazi, lo políticos alemanes ven más peligro para Alemania en un posible resurgir del nacionalismo, la xenofobia y el racismo que en el multiculturalismo. Después de todo, es más que probable que la Europa del 2050 ya no será “de las naciones” sino “de las culturas”, y la cultura del Islam tendrá que tener su lugar y su representación en las instituciones europeas. Sólo así Europa podrá dejar sin argumentos a los radicales islamistas. Con provocaciones como las del señor Sarrazin sólo se consigue radicalizar las posiciones y alimentar un odio irracional e injustificado hacia los alemanes. Por fortuna las circunstancias históricas actuales no son las mismas que en tiempos de Hitler (aunque hemos estado a punto de entrar en una nueva depresión), ni seguramente que Thilo Sarrazin sea tan exaltado, radical, inculto y ansioso de poder como era aquel. Además la sociedad alemana está mayoritariamente vacunada contra este tipo de provocaciones, y, tras dos o tres semanas encabezando los “superventas”, el libro será una anécdota editorial más y los alemanes se olvidarán de él y de su autor. Mi pelea con el alemán Este breve artículo va dirigido para aquellos que por la razón que sea, que mejor no quiero saber, estén pensando en aprender alemán. La intención es prevenirles de que según como se lo tomen el intento puede acabar en tragedia. Espero que mi propia experiencia, sumada a mi avanzada edad, más mi sentido común, adquirido hace apenas un par de años, sean suficientes referencias para que se tomen en serio mis consejos. El alemán es una lengua algo rara, pero hay muchas otras lenguas también raras, incluso más, pues las hay que no tienen ni abecedario, y por eso nadie se alarma. Quiero decir que «se puede aprender» sin que uno corra ningún peligro. Pero hay que tomar precauciones. Las tres dificultades fundamentales son por este orden: Primero: No encontrará apenas voces «familiares», como «Información, Región o Nación», porque el vocabulario es de otra familia lingüística, así es que le tocará aprender cientos de palabras nuevas, que ni por lo más remoto le recordarán alguna similar al castellano. Segundo: tendrá que acordarse de cuando declinaba en latín, si ha estudiado latín, porque lo alemanes no se han tomado la molestia de suprimirlas, como hicieron sus primos los ingleses. Tercero: tendrá que acostumbrarse a pensar al «revés» de cómo pensaba hasta ahora, ¡y eso es lo más complicado! Por ejemplo, hagamos esta frase española al estilo alemán: «La vecina de cuarto, la que esta medio sorda, tomates de los más baratos, peras que dan pena verlas, las peores verduras, y eso que dicen que tiene dinero, alguna cabeza y medio kilo de cebollas… (¿y ahora que viene?, ¡ah, sí; el verbo!), comprar quería». ¿Lo ven? De eso deseaba hablarles. Este es el tipo de ejercicios que usted tendrá que hacer en sus clases de alemán. Al principio usted se negará en redondo a hablar de forma tan rara y es probable que saque su billete de vuelta a España, porque este idioma no va con su carácter. Si supera esta primera crisis y sigue adelante, le esperan penalidades difíciles de explicar. Su mente tendrá que volverse reversible, como las cazadoras de los años setenta. Llegará un punto es que no sabrá donde tiene la mano derecha, pero cuando por fin se de cuenta de que la mano derecha en alemán es, en realidad, la izquierda, habrá superado la crisis y podrá seguir adelante. Lo mejor es buscar un «tamden-partner» poniendo anuncios en las universidades. Le contestarán unos cuantos, pero no acudirá ninguno. Así es que se lo tiene que guisar y comer usted solito. Como yo ya he pasado por todo esto le explico cuál fue mi sistema una vez superada la crisis intermedia y ser capaz de dar mis primeros pasos yo solito. Mi primer libro de lectura fue un cuento infantil para niños entre 4 a 6 años, de más edad no los entendía. Así puede enterarme de todas las clases de ángeles de la guarda que se mueven por Alemania. Pero la historia que más me interesó fue precisamente la de la manera en que surgió la idea de los ángeles custodios. Por chiripa un angelito con mal oído para la música y poca maña para el arpa, salvó a un niño. Entonces le dijo a San Pedro: «¿No sería más práctico dedicarnos a cuidar de los niños en lugar de pasarnos el día de nube en nube cantando y tocando el arpa alegremente?». «¡Humm!», dijo San Pedro, «¡Buena idea!». Y así fue como se inventaron. De no haber sido por mi empeño en aprender alemán nunca lo hubiera sabido. Al principio uno piensa que como el idioma de uno no hay nada, y que el alemán suena fatal, se escribe fatal y se lee peor. Es decir, que menos mal que a Goethe lo hemos traducido al castellano, ¡porque en alemán suena fatal! Ese es el tipo de perjuicio que hay que desterrar lo antes posible, porque cuando sea capaz leer en alemán se le caerá la cara de vergüenza, al ver lo asombrosamente expresivo que es este idioma. Y ahora les doy el último y definitivo consejo. Para librarse de este estereotipo sobre la «dureza» del alemán porque tiene muchas palabras con «k» de kilo, la «s» se suele sustituir por la «z» y muchas frases acaban en «ten», como «Tomaten», les sugiero que compren la edición más barata que encuentren de «El Principito» (Der klein Prinz«) y se lo lean tranquila y relajadamente. Entonces se dará usted cuenta de que está leyendo en una lengua tan capaz como la suya propia de emocionarle, tal como le emocionó la lectura de este breve libro, en cualquier idioma que lo haya leído, porque la sensibilidad de un idioma no depende de sus signos ortográficos ni de su estructura gramatical, sino de las sensibilidad de los autores que las utilizan. A mí sólo me falta leer la versión en sánscrito, las demás creo que las he leído todas, ¡y ahora también en alemán! Espero que le hayan servido estos breves consejos. «Mit Freundilischen Grüßen aus Berlin», un superviviente de las clases de alemán. No puedo dejarles sin una muestra del sabor del alemán en un breve y divertido poema de George Weerth (1822-1856), que me he permitido traducir en versión libre, pues, como digo, el alemán es algo raro y no se deja traducir así sin más, y hay que hacer algunos retoques. Hungerlied Verehrter Herr und König, weiß du die schlimme Geschichte? Am Montag aßen wir wenig, Und am Dienstag aßen wir nicht. Und am Mittwoch mußten wir darben, Und am Donnerstag litten wir Not; Und auch, am Freitag starben, Wir fast den Hungertod! Drum laß am Samstag backen, Das Brot, fein säuberlich - Sonst werden wir Sonntag packen, Und fressen, o König, dich! Canción del hambriento Estimado señor y rey, ¿Conoces esta terrible historia? El lunes comimos poco, Y el martes no comimos nada. Y el miércoles tuvimos que ayunar, Y el jueves nos vimos en la penuria; Y también el viernes nos abstuvimos ¡Que casi de hambre morimos! Por eso el sábado cocimos pan con todo esmero del mundo, Si no el domingo no comeríamos ¡Y te devoraríamos, oh rey, a ti! ¡Divertido!, ¿no? ¡Sin novedad en la gran ciudad, mi General! Decía que me gusta la gente; me gusta verla y observarla. Pero que no sepan que les estoy fotografiando con mi súper cámara digital de 1,3 mil millones de píxeles, inventada en tiempos del Génesis, porque Dios, antes de nada, inventó la fotografía, pensando en que algún día existirían los japoneses, y pese que en su mayoría no son cristianos, todos debemos tener un Dios común; el de la fotografía. Cada gente de Berlín, así sin entrar ahora en detalles, tiene algo que en términos vulgares se dice «un mundo», y cada mundo contiene tal diversidad de matices, sentimientos y emociones que uno no puede evitar pararse y observar. Para ser escritor hay que fotografiar a la gente casi sin darnos cuenta, con la cámara celestial claro, como he dicho antes, y al llegar a casa hay que revelar el carrete, bien sea en un trozo de papel más o menos rectangular o en la memoria prodigiosa de un ordenador (siempre que sepamos como guardar lo escrito). Si se quiere ser escritor y se carece, a) de cámara celestial, o b) de laboratorio personal, estamos sinceramente perdiendo el tiempo. Perder el tiempo es hacer algo para lo que no servimos, y ganarlo es hacer lo que sea pero para lo que servimos. Pues bien, yo no sé si sirvo para escritor pero es lo único que me interesa. Por eso hoy me he dado cuenta de algo fundamental: esta gran ciudad padece de una terrible enfermedad de normalidad contagiosa. Yo me he contagiado, por eso cada vez soy más normal y hago lo que se espera que haga siendo una persona normal. Lo digo por lo que he visto esta misma tarde, entre la popular zona de estación de tren del Zoo (Zoologischengarten Bahnhof) y la librería Hugendubel, que está justo al otro lado de la plaza. Veamos: Una americana de Kentuky, de vacaciones en Berlín, canta en la explanada de la iglesia como siempre baladas country, a lo Joan Baez, y tienen pecas. Normal. Las gitanas rumanas de la etnia roma van por ahí con sus hijos ajenos, dándonos a leer un papel con una prodigioso relato de desgracias personales. Normal. El matrimonio de Spandau, de clase media baja, pasea con su 1,37 hijo (s), que les toca por estadística. Normal. La peluquera del salón se coloca por trigesimoquincuajésima vez el mechón rojo detrás de la oreja, pero no hay manera que se lo sujete con una horquilla, como hacía mi abuela (que descansa, y pese a su mal genio, espero que sea en paz). Normal. El montador-electricista de la Siemens, que «plega» a las cinco, anda ya con su BMW de los años 70, amarillo por supuesto, con el estéreo a tope, y la música no es desde luego de Bach. Normal. El parado de larga duración, con corbata amarilla, que por lógica tiene que pasar los 50, anda ya medio borracho, pero ni se le nota, porque no quiere que nadie se entere de lo que lleva impreso en la frente «Pa-ra-do-de-lar-ga-du-ra-ción», «blick, blick...» (letrero intermitente y perfectamente visible). Normal. La empleada de Nokia, en el departamento de marketing juvenil, se está probando otra blusa negra en Espirit, no sabe en qué gastar el dinero pero le han inculcado que el dinero es para gastarlo. Ya no es tan joven, debería pasarse al KeDeWe; debería dejar de comprar blusas negras y tejer calcetines de bebé, pero el marketing la tiene muy ocupada. Normal. El nigeriano y su pandilla llevan ya tres horas dándole a los bongos. Por respeto a la kentukiana, la de las baladas, se han ido al árbol de enfrente, pero están ya hasta los flecos de la sariana de la dichosa americana y sus tontas canciones. Normal. Las empleadas de una fábrica de lo que sea van cogidas del brazo, ocupando toda la acera de la K'Damm, pegando unos gritos del demonio para llamar la atención de gente que ni conocen ni conocerán jamás, porque ellas no han nacido para conocer ni para ser conocidas, sólo han nacido y con eso basta y están de suerte. Normal. El ejecutivo del traje impecable acaba de salir de la oficina y se puede observar que del portátil todavía le salen cifras y datos calientes, que ponen la calle hecha un asco y la hacen resbaladiza. Normal. El «currier» de la bici de carreras se salta como siempre el semáforo, por chulería y por la urgencia del reparto, pero yo diría que más por chulería. Normal. El don nadie sigue sin aparecer por ninguna parte, pese a que está en todas partes. Si uno nace «don nadie» es por demás que trate de aparecer por algún sitio, pese a no dejar de estar en todas partes. Normal. Un señor ya mayor pero normal está parado en el semáforo, esperando a que se ponga verde, y se dice: «¡Cómo ha cambiado Berlín en cincuenta años!». Pero es mentira, el que ha cambiado es él, Berlín sigue como siempre, pero no quiere reconocerlo y prefiere echarle la culpa de su vejez a la infeliz ciudad, que no puede defenderse. Normal. Dos estudiantes se dicen cosas sin sentido porque todavía no les han enseñado a hablar con sentido, pero esperan aprenderlo, ¡para eso son estudiantes! Lo que pasa es que son de una carrera técnica, telemática, posiblemente, y de momento se comunican con bytes y otras palabras raras. Cuando sean mayores utilizarán palabras normales, como «hola», «qué tal estás», «cómo van esos amoríos», etc. Normal. Por último, el más normal de los normales mortales, el cajero del supermercado acaba de darse cuenta de que se ha dejado el gas encendido en su casa, pero como le quedan dos horas más de caja, es probable que se le incendie la casa. Cualquier juez el eximiría de culpa si ocurriera una desagracia, porque ¿alguien a visto alguna vez que un cajero de supermercado se ausente de su caja en horas punta? ¡No señor, los cajeros no hacen eso! Normal. Podía estar contando miles de tonterías semejantes, pero si lo vemos desde el lado serio, nos damos cuenta que consumimos nuestra breve existencia dentro de la más absoluta normalidad, porque lo normal lógicamente es ¡ser normal! ¿Qué tiene Berlín que atrae a tantos turistas? Estamos a finales de octubre y Berlín sigue recibiendo cada día miles de turistas. Ayer fui al centro («Mitte») con una amiga y me encontré con decenas de ávidos turistas viendo y fotografiándolo todo, y me preguntaba: «Pero ¿qué tiene esta ciudad que atrae a tantos turistas?» Berlín es una ciudad agradable y relativamente económica para residir, pero puede resultar un verdadero calvario para visitar, no solo por la abrumadora cantidad de museos y lugares de interés para visitar, sino por las distancias, pues además de tener dos centros separados por un inmenso parque, que calculando mal las distancias, la mayoría de turistas recorren a pie, puede decirse que cada barrio tiene algo que merece la pena visitar. Por otro la ciudad en sí, reconstruida en un 85% tras la II Guerra mundial, incluidos sus monumentos y edificios más emblemáticos, como la Puerta de Brandeburgo, no ofrece un gran interés. Por tanto, después de darle vueltas al asunto, creo que he encontrado otra buena razón: a Berlín no se viene solo de turismo, sino en «peregrinación». Berlín no es solo una ciudad centro-europea sino el centro político y social de Europa. Quien quiere visitar Europa debe comenzar por «peregrinar» a Berlín. Esta ciudad representa el «ideal» europeo en todos los sentidos, tanto es así que los berlineses han sacrificado parte de su cultura local para dar acomodo a todas las demás. El símbolo que representa esta idea de una Europa social y tolerante son las huellas del Muro de Berlín, que son la piedra negra de la Meca europea, y no se puede decir que se ha estado en Berlín sin haberlas visitado, lo demás es accesorio. Esas huellas representan el tránsito pacífico de un mundo basado en el enfrentamiento a otro basado en el entendimiento, y esta es la idea que subyace en la construcción europea. Esta ciudad no es como la excéntrica Londres, la alegre París, la católica Roma, la romántica Budapest, la misteriosa Praga, la melancólica Moscú o la cortesana Madrid, sino la europea Berlín. No tiene una personalidad particular, sino algo de todas las demás. Pero si hemos de encontrarle un rasgo particular es un cierto carácter prusiano, generado en los tiempos de Federico Guillermo I, el severo padre de Federico el «Grande», ídolo de Napoleón. Este rey militarizó la sociedad prusiana bajo las estrictas normas morales de pietismo, y de ahí les viene a los berlineses su profundo sentido de lo social, su responsabilidad cívica y su convivencia cordial. Si algo confirma esta tesis es que la mayoría de turistas son jóvenes de otras naciones europeas, a los que no atrae los monumentos o sus diversiones populares, sino el respirar y sentir los mensajes ocultos de su convivencia y la enseñanza in situ de los grandes hitos de la historia europea. O dicho de otro modo, no vienen a fisgonear y fotografiar, sino a estudiar y aprender. Por eso decía que a Berlín no se viene solo de turismo, sino en peregrinación. ¿Bicis? ¡Sí, gracias! Llegué a esta amable ciudad, allá por el 2004, en mi propio coche. Hasta entonces creía que entré él yo mediaba algo más que una simple utilidad. Como era rojo, potente y de marca, creía estar enamorado de él. Lo aparqué en un determinado lugar para que pudiera verlo desde mi balcón, y cada mañana al contemplarlo me decía a mí mismo que era la persona más afortunada del mundo por poseer semejante automóvil. Pero pasaron los meses y salvo mi rutinaria y emotiva contemplación matinal no le encontré utilidad alguna, por lo que empecé a sospechar que algo había cambiado en nuestra relación amorosa, pues en España me parecía imposible que pudiera vivir sin él, y ahora incluso más de una mañana me olvidaba del rutinario vistazo. Lo que había sucedido es que tuve la ocurrencia de comprarme una bicicleta para dar, de vez en cuando, un paseo por el parque y estar en forma. Casi ni me acordaba ya de cómo se montaba en bici, y al principio di más de un traspiés y a punto estuve de caerme de cabeza al río. Luego se me ocurrió ir a comprar el agua con la bici, por el peso. Después, total estaba cerca, extender mis aventuras ciclistas dominicales hasta el Tiergarten. Ya más seguro y confiado un buen día me atreví a ir hasta el Cervantes, a más de 3 kilómetros de distancia, y por último, un domingo llegué hasta la capital de Brandemburgo, Postdam. ¡Nada menos que 15 kilómetros! Así comenzó mi desamor con mi pobre automóvil. Al principio andaba con cuidado y me gané más de un severo rapapolvo por circular por las aceras en aquellas calles sin carril bici (escasísimas, y además en estos casos las bicis pueden circular por el carril bus), pero con el tiempo he adquirido tal confianza que en más de una ocasión he estado a punto de atropellar a algún automóvil. En vista del éxito, compré otro modelo más «potente», con más marchas y más cestas para llevar más cosas. Lo peor era pasar con la bici frente al automóvil, abandonado, olvidado y supongo que para su categoría humillado por una simple bici de 150 euros, con dos cestas y faro alógeno. Un buen día tomé la inevitable decisión: llamé a los del desguace para que se hiciera cargo del coche, porque nuestra relación se había deteriorado de tal manera que incluso me molestaba su presencia. No se me escapó ni una sola lágrima cuando vi como lo cargaban en el camión del desguace, sin duda que había dejado de interesarme por él. Los siguientes meses mi salud, física y mental, mejoró ostensiblemente, y mi amor por la bici ha desbordado todas mis expectativas. Naturalmente que todo se lo debo a esta ciudad, pensada para las personas y no para que los coches se puedan mover con rapidez de un sitio a otro, aunque sea al supermercado o a la videoteca del barrio. También influye que Berlín es una ciudad plana y amplia en todos los sentidos. La cuesta más empinada puede superarse fácilmente en «primera». Salvo los turistas, nadie invade el carril bici, y todos circulamos por nuestra mano. Una vez un guardia me recriminó que circunvalara una rotonda por el carril en sentido contrario. Aprendí la lección. Hay «controles» sorpresa, para ver como vamos de frenos y de luces, además de cubiertas, claro está, y la multa creo que es de 20 euros por ir en malas condiciones. Aquí hay bicis de todos los tipos. Las hay de carreras, de estilo, de batalla o como la mía, para todo uso. Las hay de tres ruedas para comodones o con poco sentido del equilibrio; de asiento bajo, para excéntricos; hay bicis tan pequeñas que no hay sitio para los pedales, y se impulsan como los patinetes (Son de madera y las primeras para los más pequeñajos). Hay remolques para llevar los bebés, enganches para los más pequeños, pero también hay «súper bicis», como las de los carteros, que pueden impulsarse en las cuestas con un motor eléctrico. No sé cuantos kilómetros hay de carril bici, nunca se me han dado bien las estadísticas, pero hay muchos. Donde no hay es porque no hace falta, porque está la alternativa del «carril bus». Al principio impresiona ver esa mole de autobús, como son los de dos pisos, circular a tu rebufo y a tu paso, pero se tienen que aguantar. Naturalmente que yo meto la cuarta cuando tengo uno detrás, ¡por si acaso! Si en un cruce de barrio sin señalizar se presentan una viejecita con su andador, una bici, un coche y un camión, no hacen falta señales: primero cruza la anciana, después la bici, luego el coche y por último el camión. Tienen tanto éxito las bicis en Berlín que la DB (Ferrocarriles alemanes) tiene una flota de bicis estupendas que pueden alquilarse con el móvil en cualquier lugar, pero ya son muchos los hoteles de categoría que disponen de bicis gratuitas para uso de sus clientes. Yo creo que aquí la cultura de la bici va más allá de lo práctico o ahorrativo, es sobre todo un desafío a la estupidez que supone un desmedido e irracional uso del automóvil. Nada me gusta más que ver, un domingo por la mañana la típica familia berlinesa de paseo en bici por el parque. Primeo va ella, que lleva en una silla el hijo mediano, luego pasa el padre, que tira de un bonito remolque donde viaja el bebé, por último, le siguen el «mayor» (que no levanta un palmo del suelo) con su mini bici con banderín de aviso, casco y rodilleras, pedaleando con ganas para no quedarse rezagado. Si yo pudiera volver a se niño pediría a los Reyes Magos que me trajera una ciudad tan bien montada y humana como es Berlín. El ángel de Berlín Se dice que algo tiene ángel cuando está «angelado», es decir, poseído de cierta gracia o humanidad. La virtud de lo humano es básicamente moral y consiste en sentir querencia mutua o deseo de estar juntos con un fin que trascienda más allá del interés personal. Ese más allá es el territorio precisamente de lo angelical o trascendental del ser humano. Berlín sin duda que tiene ángel, lo que quiere decir que todos los berlineses sienten querencia por sus conciudadanos, afecto mutuo, que va más allá de una relación puramente económica. Este valor social es común en las ciudades del norte de Europa y arranca del nacimiento mismo de la burguesía y de sus arraigados valores urbanos, donde la ciudad es la «superestructura» en la que se realizan sus propias inquietudes personales o profesionales, y alcanzan la libertad y autonomía personal deseada, y no tan sólo un territorio de caza para satisfacer sus necesidades. La idea de «ciudad» trasciende lo puramente urbano y el concepto de «ciudadano» conlleva valores morales que obligan a ciertas responsabilidades, que no pueden ser asumidas voluntariamente sin afecto mutuo. Este afecto por lo ciudadano lleva a la mejora constante de las condiciones de vida de esta ciudad, como la instalación de carril-bici, una cómoda y extensa red de transportes urbanos, amplias calles, abundancia de espacios peatonales, arboledas, parques, zonas de recreo, etc. La ciudad refleja el sentido humano de los ciudadanos con el convencimiento de que todo cuanto se haga por mejorar la ciudad se hace en favor de sus ciudadanos. En Berlín no se conciben los guetos o los suburbios porque ese profundo sentido de la humanidad que debe de haber en lo ciudadano hace que casi de forma natural la ciudad, que tiene un diámetro de 20 km., se divida en «comunidades-barrios» que en sí mismos cumplen con las necesidades básicas de lo ciudadano: zonas de recreo, comercial, abundancia de tiendas variadas, servicios religiosos, ausencia de edificios monstruosos, buenos transportes públicos, cafés de ambiente familiar, escuelas, mercadillos semanales, fiestas estivales, etc. La querencia entre los berlineses no pregunta por nacionalidades ni credos, pues lo ciudadano es sinónimo de libertad de expresión y de conciencia. Por esta razón cualquier extranjero que llega a Berlín percibe inmediatamente esa sensación de haber sido aceptado tácitamente, siempre que participe de ese ángel común a lo ciudadano que hay en Berlín, es decir, de su humanidad. Después de tantos años de vivir en comunidad, los berlinés han convertido su querencia en norma, o un valor moral normalizado, y no hay nada que ofenda más a un berlinés que alguien rompa esa norma, ya sea saltándose un semáforo, no cediendo el paso, o, incluso, si no les das las gracias cuando para cederte el paso te abren la puerta de entrada a un edificio. Esta querencia mutua es lo que da consistencia a la propia convivencia e impide la exclusión social, incluso entre colectivos con religiones y costumbres radicalmente opuestas a las occidentales. Por encima de credos está la ciudad y sus obligaciones cívicas y morales. La política berlinesa no se concibe como una mera estrategia de poder sin otro fin que el de alcanzarlo para después hacer algo que lo justifique, sino todo lo contrario, primero hacer algo que justifique la conquista del poder. Como dijo Ortega y Gasset, por cierto muy querido en Berlín, la sociedad sin querencia mutua se convierte en simple asociación, y termina siendo una desangelada sociedad anónima ciudadana. Lo que lleva a la destrucción de la buena convivencia y de todo sentido común o de lo común. Pasión por la cultura Posiblemente no haya en toda Europa una gente tan apasionada por la cultura como los berlineses. Tienen una isla cargada de museos, y decenas de ellos que resultaría imposible visitar a lo largo de un año. Tienen un colorista y cosmopolita «Festival de las culturas» anual. También tienen un enorme pabellón dedicado exclusivamente a las culturas del mundo. En cuanto a música no tienen un teatro de ópera sino tres. Hay barrios que tienen más salas de arte que cafés. Su pasión por la cultura no tiene fronteras ni estéticas determinadas, sino que están abiertos a lo más exótico o experimental. No tienen reparo en aprovechar sus cortas vacaciones para desplazarse a remotos lugares del planeta para visitar una tribu nómada, un poblado todavía en el Neolítico, unas escasas ruinas egipcias, griegas o romanas, un espectáculo musical tradicional o un ritual ancestral, etc., etc. Para los berlineses la cultura es sinónimo de tolerancia y progreso. Esperan de la cultura la respuesta a todas las injusticias y controversias que dividen el mundo actual. Tienen plena confianza en la capacidad del ser humano para liberarse de todos sus males a través de su cultura, pero lamentablemente este optimismo no está justificado en la realidad, pues, por ejemplo, la oblación femenina es también un acto terrible fruto de la cultura. La cultura es todo lo que el ser humano realiza por su propia voluntad y de acuerdo a sus creencias y entendimiento, cuyas pautas de conducta no respetan necesariamente las leyes de la naturaleza. El ser humano no conoce la naturaleza como es en sí misma, sino como él la interpreta según su limitado entendimiento, por eso todos sus actos culturales están inevitablemente condenados al fracaso, y progresar consiste en superar las desastrosas consecuencias de sus constantes errores culturales, hasta que cometamos un error irreversible. La cultura, sin una orientación ética puede ser incluso más peligrosa y dañina que la incultura. Por esta razón creo que los berlineses pecan de excesivo optimismo sobre la capacidad redentora de la cultura, sin valorar también sus aspectos claramente negativos para sí mismos y para la naturaleza. Primero fue la agricultura, es decir, forzar la producción natural de alimentos por una producción cultural, desequilibrada y potencialmente desestabilizadora, porque de alguna manera había que alimentar al exceso de población causado precisamente por la cultura, y lejos de haber abandonado esta idea persistimos en ella, explotando gigantescos monocultivos con semillas manipuladas genéticamente, ¡para poder alimentar a los millones de habitantes que sigue generando la cultura!, sin tener en consideración sus futuras consecuencias, ni otros valores que el de su rentabilidad. O como el caso de las centrales nucleares, fruto también de la cultura y sus necesidades energéticas, cuyos residuos radioactivos confiamos en que permanezcan cientos de años inalterables en sus actuales contenedores, despreciando el bienestar de futuras generaciones. También la fabricación de armamento y su inevitable uso, de otra manera no tendría sentido fabricarlos, es fruto de la cultura. Las religiones dogmáticas, en realidad todas son dogmáticas, aunque unas sean más propensas a defender violentamente sus dogmatismos, son también parte de esa cultura que muchos veneramos. Y ahora estamos entrando en otra fase revolucionaria fruto de nuestra cultura, con imprevisibles consecuencias para nuestro sano juicio y nuestra personalidad futura, como es la sustitución de la realidad directa y natural por otra indirecta y virtual. Cada día un ejército de programadores desquiciados se levantan con una nueva idea para concentrar nuestras vivencias personales al reducido espacio de la pantalla de un «teléfono inteligente», ya que la inteligencia es preciso que sobreviva, aunque sea dentro de un teléfono móvil. En el transcurso de una sola generación esta realidad virtual confiada a las máquinas, puede llegar a producir trastornos psicológicos irreversibles, y ver a los jóvenes suicidarse por no poder recargar las baterías de su «Smartphone», o porque le cancelen sus cuentas en Twitter o Facebook. Si llegara a suceder algo así también tendríamos que culpar de ello a la cult El Museo de Historia de Berlín Ayer sábado un grupo de alumnos de lengua alemana tuvimos que asistir como parte del programa a una visita guiada al Museo de Historia de Alemania, naturalmente con la entrada subvencionada por el Gobierno. La guía, una joven con aspecto de estar cursando tercer año de alguna especialidad de humanidades, empezó su recorrido por lo clásico, como son los límites que los romanos pudieron establecer en la Germania bárbara gracias a la popular frase de Vespasiano «Divide y vencerás», entre galos y celtas, y la zona que no pudieron conquistar gracias a líderes como Arminius, de una tribu germánica asentada en la zona del actual Hannover. Acto seguido dimos un gran salto en la historia hasta Carlomagno, representado por un retrato idealizado, coronado por el papa León III como nuevo emperador del Sacro Imperio Romano de Occidente. De ahí pasamos prácticamente a un retrato de Lutero junto con su aristócrata esposa Catalina von Bora, y pudimos admirar algunos documentos de la época de la Reforma, para pasar a la sala dedicada a la Guerra de los 30 años, causada tras el primer tratado de paz entre Carlos V (I para nosotros) y los príncipes alemanes. Su hijo, nuestro ultracatótico Felipe II, tenía otras aspiraciones y provocó una larga guerra por el dominio de Europa central, que sumado a las pestes que asolaron Europa, y que pudimos visitar en una escalofriante exposición expresamente dedicada a ella, dejó el continente empobrecido y diezmado. En otro espectacular salto histórico, después de recorrer algunas salas intermedias, pudimos contemplar un magnífico retrato del rey sol, Luis XIV, como ejemplo del absolutismo que se instaló en Europa y obviamente entre los príncipes alemanes. De ahí pasamos al hito de la revolución francesa y su enorme influencia en la Alemania de entonces, y pudimos admirar varias de las primeras copias del Código Napoleónico, que se impuso de los territorios invadidos, lo que supuso un primer paso para la modernización y liberalización de una región anquilosada por el absolutismo de sus aristócratas locales. Una de las piezas más impresionantes de esta época es un monumental retrato de Napoleón coronado emperador, con un fastuoso manto de armiño blanco. La siguiente sala era la dedicada al pacto de la llamada «Santa alianza», o la restauración monárquica, entre el emperador de Austria, el rey de Prusia y el zar de Rusia, lo que supuso la vuelta del absolutismo y la abolición de todas las leyes más o menos liberales promulgadas con anterioridad. Acto seguimos recorrimos varias salas con los periodos revolucionarios alemanes, durante lo que se forja la idea por primera vez una nación alemana, y la primera confederación alemana de Germania, hasta llegar a una vitrina con la primera copia de imprenta de la primera constitución liberal alemana de 1828, que como sucedió con la española, tuvo una breve existencia. De la restauración pasamos a la I Guerra Mundial, con una enorme vitrina donde se exponen armas y uniformes de la época, incluidas las letales armas químicas utilizadas por primera vez en la historia de la guerra. Luego pasamos a la tumultuosa promulgación de la República de Weimar, que nació en Berlín pero tuvo que trasladarse a esta tranquila localidad dada la agitación revolucionaria de la capital de Prusia. Entre otras cosas pudimos ver utensilios utilizados por Rosa Luxemburgo, de la Liga Espartaquista, que pretendía instaurar en toda Alemania una república socialista similar a la de Rusia. Poco a poco, después de recorrer épocas con acontecimientos más o menos comunes en toda Europa, fuimos acercándonos a ese terrible borrón negro de la historia de este país, como es el ascenso y triunfo electoral del dictador Adolf Hitler. Naturalmente que este hecho ocupa un espacio considerable del museo porque los alemanes no solo no desean olvidar lo que sucedió, sino que están interesados en que no se malversen los hechos para buscarles alguna justificación. Allí pudimos ver una escalofriante colección de instrumentos y gráficos para su política racista agresiva y violenta, como una artilugio con más de veinte muestras de cabellos para identificar las razas, un compás para medir el cráneo; un póster con retratos de las tres razas toleradas en la Alemania nazi,o un grafico con los elementos necesarios para detectar si alguien era de ascendencia aria, judía o gitana, remontándose a tres generaciones, y manuales con las duras leyes impuestas contra los judíos antes del Holocausto final. Pero lo escalofriante y que muestra hasta qué punto este pueblo no quiere olvidar este oscuro capítulo de su historia es una enorme maqueta donde se puede ver como funcionaban las cámaras de gas. En un extremo de la maqueta, con pequeñas figuras de personas, adultos y hasta bebés, de un realismo sobrecogedor, una interminable fila de personas, vigiladas por policías con perros, descienden por una escalera, para entrar en una enorme sala donde todos eran obligados a desnudarse. De ahí debía entrar en las «duchas». En la tercera parte de la maqueta pueden verse tal vez un millar de pequeñas figuras de seres humanos apretujados siendo gaseados, con expresiones de horror en sus pequeños rostros. Una muestra de la «fuente» situada en el centro de la sala por donde salía el gas mortal se puede contemplar también en el museo. En fin, que de no haber sido por esta nefasta sala del museo, hubiera sido una visita normal, típica de cualquier museo de historia, son sus guerras de dominio, religiosas o hasta deportivas, que es común en toda Europa. Pero esta sala es exclusiva de Alemania y ninguna otra nación europea tiene en sus museos de historia algo parecido ni tan reciente. Y esta es la razón por la que Alemania es hoy en día una de las naciones europeas más tolerantes, simplemente porque ha visto en su propio suelo a lo que lleva la intolerancia y el autoritarismo. Pero lo que hace este episodio todavía más sobrecogedor es ver como la técnica puede volverse cruelmente contra el propio ser humano que la promueve y hasta la adora. Estas máquinas de matar fueron posibles gracias al espectacular desarrollo de la química y de la técnica de la Alemania de la era industrial. Y también cómo un exceso de normalización de la vida social en algunos casos puede normalizar el uso de medidas destinadas al asesinato masivo de personas inocentes, solo porque se han desarrollado unas estrictas y casi científicas normas racistas para determinar quien es culpable por haber nacido de unos padres o de otros. Después de esta visita al Museo de la Historia de Berlín creo que si me quedaba algún prejuicio racista en el subconsciente, ha desaparecido totalmente. Ich liebe dich, oder? (Te amo, ¿verdad?) El amor, pese a ser un sentimiento universal, no tiene mucho futuro en estas latitudes. Sus especialistas son los italianos, pero no los actuales sino de los tiempos de Romeo y Julieta. Pero también existió una versión genuinamente española, la de los místicos, como la santa Teresa de Ávila, fundadora de conventos, andarina impenitente y enamorada de Dios, o san Juan de la Cruz, el gran poeta del amor místico masculino. En Berlín la emoción irracional del amor está siendo rápidamente reemplazada por el razonable sentimiento de la amistad y del compañerismo. En realidad esto sucede en la mayoría de las culturas más libres y menos represoras, como ya sucede en España, donde no queda mucho lugar ni para el misticismo ni para el romanticismo. En el idioma alemán no debemos traducir «Ich liebe dich» por «te amo», sino «te quiero», porque ya no es amor lo que se siente sino cariño. En ocasiones el idioma alemán resulta para nosotros tremendamente ambiguo; o le faltan palabras o le sobran sentidos. Lo cierto es que el amor es una emoción fruto de la represión de los sentidos, por eso no hay tal cosa como «amor libre», pues ya no sería amor, sino amistad. Los comunistas entienden perfectamente esta diferencia y entre ellos no hay la dogmática y teológica emoción del amor, sino la sólida y fraternal afección de la camaradería. Pero basta de rodeos y vayamos al grano. Amar consiste en hallar algo o alguien «amable» a quien utilizar como excusa para recrear en nuestra imaginación nuestros deseos reprimidos. Si no estuvieran reprimidos no tendríamos necesidad de imaginar nada, simplemente gozaríamos directamente de los sentidos sin más; sin marrullerías subliminales, ni emociones pasionales, ¡pero no sería amor! Nada prueba mejor mi tesis que este diálogo de Shakespeare en «Romeo y Julieta»: Romeo: ¿Qué juramento quieres que haga? Julieta: Ninguno, o si quieres toma por testigo al Dios que amo, toma por testigo a mi ídolo sagrado a ti mismo, que eres mi ídolo encantador, entonces prestaré fe á tu juramento. Vemos que Dios y el amante se confunden en la misma emoción del amor ideal. Si nuestras aspiraciones amorosas son éticas o morales, nadie más adecuado que amar la suma perfección; es decir, a Dios. Si es estética, caso de los artistas, el mejor objeto amado puede ser la naturaleza, y si la fantasía es más carnal y erótica, quien mejor que una hermosa y bella Julieta si somos Romeos. La condición fundamental del amor es limitarse a soñarlo, pero no tocarlo, porque en ese caso se desvanece como las pompas de jabón. Esto quiere decir que para amar hay que sufrir el extrañamiento del ser amado, tenerlo siempre a una prudente distancia y, sobre todo, no llegar a descubrir bajo ningún concepto cómo es «verdaderamente», porque es inevitable que sea distinto a como lo hemos imaginado. ¿Por qué? Porque en realidad nos hemos imaginado una versión de nosotros mismos, pero con distinto sexo y proyectado en el ser amado, o amable. O sea, que el amor es siempre un reflejo subconsciente de nuestro amor propio.Y este es precisamente el lado negativo del amor, que termina inevitablemente en odio, pues al descubrir el fraude, el objeto amado se vuelve odiado, y si el amor mientras dura es una emoción extraordinariamente creativa y feliz, el odio, que perdura durante más tiempo que el amor, es sumamente destructivo y desdichado. Si Dios, por la razón que sea nos defrauda, nos pasamos automáticamente al diablo; si la naturaleza nos traiciona dándonos una enfermedad, la negamos ensalzando las cualidades del espíritu, y si nuestro amante resulta que no es tal y como lo imaginábamos sino simplemente es él mismo, resulta que entonces nos parece la persona más cretina, traidora y, por tanto, odiosa de este mundo. ¡Así es el amor! Van Gogh en realidad odiaba a la naturaleza, porque si la hubiese amado no la habría pintado, simplemente la hubiera contemplado, comido o bebido. Pero como la odiaba no le importó prescindir de una de sus orejas, como prueba sublime del valor superior de su espíritu. El otro aspecto terriblemente negativo del amor es que el amante necesita imperativamente al amado, pero esclavizado y sometido, condenado a ser tal y como forma parte de sus fantasías. Al menor intento de rebeldía del ser amado se rompe inevitablemente el encanto amoroso. Los enamorados son tiranos felices, cegados por sus emociones, que no reconocen su tiranía hasta que no se produce la ruptura. El amor que no defrauda es aquel en que el amado no hay peligro de que pueda rebelarse, como Dios o la naturaleza. Por estas razones entre personas razonables y realistas, como son los berlineses, el amor no es muy popular ni tiene muy buena imagen, como sucede entre los imaginativos pueblos meridionales o los eslavos. Los berlineses saben que es un juego peligroso y fundamentalmente egoísta y prefieren controlar sus fantasías amorosas y no dejar que se desmadren. Por esa razón han sustituido los lazos tiránicos del amor por los generosos de la amistad, y más que amarse se quieren, que es un sentimiento más racional, realista y afectuoso. La amistad no se basa en la imaginación y la atracción sino en el entendimiento y la simpatía. Por esa razón la amistad no nos hace felices pero nos alegra. Pero como, a pesar de todo deseamos ser felices, aunque sea por poco tiempo, hacemos como la «Mantis religiosa», y no nos importa devorar al menos dos o tres de nuestros amantes a lo largo de nuestra vida. Un amigo también puede defraudarnos y degenerar en enemigo, pero mientras la amistad junta las personas, la enemistad simplemente las separa, pero no las destruye. Para desear destruirlas es necesario, además, odiarlas. La familia no es para un lobo estepario Como lobo nada me agradaría más que ser parte de una manada familiar, con su seguridad y prestigio social; con su pequeño encanto burgués, y la satisfacción de poseer algo que no figura en un contrato; de tener poderes naturales para ordenar cosas absurdas; y, por si esto fuera poco, también contar con la bendición de todos los dioses venerados en este mundo. Sí, como lobo me encantaría, pero como lobo estepario la simple idea me repulsa, porque me repulsa la rutina, el conformismo, el aburrimiento, las tradiciones, la pura inercia de la costumbre, el sentimiento frustrado y deprimente del amor desvanecido por el abuso de cotidianidad; por la ausencia de aventura y espontaneidad, de misterio y de encanto por lo desconocido, y, en fin, por el suicidio voluntario de la libertad y el libre albedrío, sin el cual un lobo estepario no podría sobrevivir. Incomprensiblemente en Alemania todavía no se ha tocado seriamente el asunto de las familias formadas por homosexuales, sobre todo en Berlín, que es una ciudad con una numerosa comunidad gay, como puede comprobarse en el «Día del orgullo gay». La verdad es que no entiendo a los opositores franceses, que conciben el matrimonio como una unión «natural», cuando hace ya más de veinte siglos que la familia es una unión «cultural» al servicio del Estado. Si fuera natural los padres gestarían regularmente cada 6 ó 7 años, el tiempo que la naturaleza concede a sus crías para que se emancipen, para olvidarse completamente de ellas y centrar toda su atención y esfuerzos en el recién nacido. Las familias «naturales» son extremadamente crueles, y las hembras son sistemáticamente violadas por el macho dominante de turno, lo que sigue siendo una lamentable práctica en sociedades subdesarrolladas. No hace falta ser un observador compulsivo para comprobar que la simple observación de la naturaleza en las relaciones de pareja no es una garantía de felicidad y buen ambiente familiar para los hijos, como creo haber expuesto en un artículo anterior. Desde mi privilegiado cubil berlinés, siempre a una prudente distancia de los seres humanos, de los que desconfío por instinto, he observado obsesivamente cientos de familias y todas me parecen iguales, pero unas son más exhibicionistas que otras. Las que más exhiben aquí en Berlín son las más tradicionales, por lo general las de religión musulmana. Las observo todos los domingos desparramarse por el césped del Tiergarten, alrededor de una humeante y grasienta barbacoa, algunas sillas plegables para las matronas y los patriarcas y una pelota de colorines para distraer a la numerosa prole, cuyo juego organiza algún tío, sobrino o cuñado. Las cristianas, por alguna extraña razón, prefieren desfilar ordenadamente en sus bicicletas por los senderos que bordean el río. Es como si los musulmanes se apegaran al suelo mientras los cristianos sintieran repulsión por lo inmóvil y seguro. O todavía más exacto, como si los musulmanes hubiera creado el mundo para disfrutarlo y los cristianos la rueda para recorrerlo. Las veo los domingos circular, aparatosamente equipados de todo lo que les pueda dar seguridad física, pero no emocional, sobre todo en sus apreciadas cabezas, por las riveras del Spree. Parece comitivas de pichones por un sendero. Abre la marcha el padre, prudente y moderado, que arrastra un remolque llevando el más pequeño candidato a cristiano trotamundos, y que todavía es incapaz de unirse al grupo por sus propios medios. Le sigue una cría ya grandecita con su minibicicleta, jadeando y zigzagueando peligrosamente, porque no quieren que los adultos saquen de él o ella una falsa opinión de debilidad y falta de entusiasmo por esta familiar experiencia dominguera, y cierra la comitiva una joven madre trabajadora, porque las madres cristianas son casi todas madres-trabajadoras, por aquello de «ganarás el pan con el sudor de tu frente», sin que Dios especificara el sexo. Inmediatamente detrás vienen otras familias similares, que solo se distinguen por la marca de las bicicletas, en las que ya me fijo con más atención, y el color de los cascos, pero en lo esencial, es decir, en sus hábitos y costumbres, son idénticas. Observando el agresivo comportamiento de las crías de gorrión no es de extrañar que se me quiten las pocas ganas que pudiera tener para formar una familia. Estos jóvenes delincuentes apenas aprenden a volar persiguen a sus estresadas madres para que les alimenten, pegados a ellas como si fueran su sombra, aleteando y piando frenéticamente de la misma manera que lo hacían en el nido, cuando no eran más que unos mocosos desplumados. Siguen explotando este sucio truco incluso cuando están más desarrollados que la madre y podían, si les diera la real gana, valerse por sí mismos. ¡Pero no, siguen exigiendo que se les alimente! Los hijos de los humanos hacen exactamente lo mismo, y tampoco saben cuándo es bastante y tienen que valerse por sí mismos. Lo exigen con la misma agresividad que los gorriones, pero con todo un variado repertorio de chantajes emocionales e intelectuales, de los que son verdaderos especialistas. Pero no se conforman con tener un plato caliente en la mesa, además quieren ropa de marca, un Smartphone, una consola de video-juegos actualizada, un portátil y una bicicleta, además de una paga decente que les permita acudir a conciertos y comprar alguna chuchería para matar el gusanillo durante las clases, cuyo envoltorio tiran siempre al suelo a escasos metros de una papelera. La causa de este comportamiento es simple. Lo primero que los hijos aprenden es a condenar moralmente a los padres por no haberles consultado si deseaban o no venir a este mundo. Una vez concebido este sólido argumento, se creen con todos los derechos del mundo de exigirles su protección y cuidados. Estoy seguro que muchos padres se habrán cuestionado alguna vez por qué el proceso de tener hijos no es reversible. El siguiente gran logro mental de los hijos, sobre todo a partir de los 5 ó 6 años, es creer que lo único que los diferencia de sus padres es la estatura, y no la inteligencia o la experiencia, que compensan con la enorme ventaja de su juventud, chantaje lógico, ya que saben que ellos crecerán mientras que los padres decrecerán al mismo tiempo e inexorablemente. Y esta idea la explotan tiránicamente hasta que los hijos reconocen que el padre es suficientemente viejo, achacoso y desvalido como para no seguir siendo su competidor. Esto sucede con los hijos, las hijas, no sé si desgraciada o afortunadamente, todo depende del lado del gusto por la familia en que se mire, se comportan de otra manera. Hasta la pubertad son tan orgullosas, arrogantes y egoístas como los chicos, también tan competitivas y bárbaras, pero a partir de la primera regla se olvidan del padre y descubren a la madre, en quien buscarán consejo y apoyo, casi siempre frustrante. Lo que sucede es que a partir de ese dramático momento de sus vidas la naturaleza les advierte que deben empezar a hacer sus planes para crear su propia familia. Por tanto, ya no es la hija de nadie sino la madre potencial de alguien, y eso les da mucho trabajo y dedicación. El proceso se inicia con el aprendizaje de las artes de seducción, pues al mismo tiempo que la regla les viene la idea innata que a los hombres hay que conquistarlos con la seducción, y tienen que aprender en qué consiste. No hay nada más problemático para un padre que tener una hija adolescente que se obstina en vestir a su «estilo», que para el padre siempre resulta provocador y hasta obsceno, pero no sabe que es parte del aprendizaje de ser mujer, según sean las tendencias estéticas de las modas y las imágenes que exhiban los medios de comunicación de masas en sus subliminales anuncios publicitarios. Los diseñadores de prendas para jóvenes adolescentes tienen consciencia de este peculiar fenómeno natural. Los creadores de la moda fluctúan entre sugerir estilos para jóvenes que van a ser madres o amantes, pero a veces reaccionan violentamente y tenemos una moda repulsiva, que no sigue ninguna inspiración natural o social, para caer en el nihilismo. Estas reacciones surgen espontáneamente en la calle, fruto del desencanto y de la pobreza, en medio de la más descabellada opulencia, y terminan en los museos de arte contemporáneo, como un fenómeno cultural ya superado. Después las aguas vuelven a sus cauces, y todo vuelve a la normalidad más absoluta. Dos de cada diez matrimonios fracasan la misma noche de bodas, por incompatibilidad sexual. Otros dos después de la luna de miel, por incompatibilidad de carácter. Dos más fracasan antes de tener el primer hijo, por incompatibilidad laboral, y otros dos después del primer o segundo hijo, por incompatibilidad económica. Esto eleva la estadística de fracasos matrimoniales a ocho de cada diez. Solo a los dos últimos se les podrá ver paseando cogidos de la mano después de haber cumplido los 70. Imagen excepcional que aparece en la mayoría de anuncios de hipotecas para adquirir una segunda residencia en la playa. Estas estadísticas no están muy contrastadas, pero para mí, observador compulsivo, son más que evidentes. Naturalmente que hay fracasos que no terminan en divorcio, sino en desamor e indiferencia, que es peor que el divorcio. Como defensor de la soledad esteparia no debería dar este tipo de consejos, y no lo hago por ganarme el afecto y la admiración de nadie en particular, sea un hombre, mujer o todo lo contrario. No, lo hago porque las mentes más preclaras e inteligentes de este complicado mundo también tienen sus días malos, y éste debe ser el mío. Tener éxito en el matrimonio es asombrosamente sencillo, basta con no pretender elegir nosotros la mujer, sino dejar que la mujer nos elija a nosotros. La razón de este cambio de papeles tan poco machista es múltiple, pero la principal es que la mujer sabe siempre lo que le conviene, nosotros no. Eso siempre que no se deje influir por la familia o los convencionalismos sociales, sino por su instinto, fe e intuición. La otra razón es todavía más obvia: el hombre elige una mujer como amante para que satisfaga sus deseos sexuales, y a cambio le permitirá que sea la madre de sus hijos, mientras que la mujer elige a un hombre para que sea el padre de sus hijos, y a cambio le permitirá que satisfaga sus pasiones sexuales. Es obvio que la pasión es breve, mientras que la paternidad dura de por vida. En el matrimonio duradero es aquel en que el hombre se ve a sí mismo como padre y no como amante; el frágil es aquel en que la mujer se ve a sí misma como amante y no como madre. Hasta celebrar las bodas de oro y los hijos ya se hayan emancipado, aunque nunca dejan de molestar de una u otra manera, este matrimonio tiene el inconveniente de ser bastante anodino y sacrificado, pero todo tiene su precio en este mundo. Sin embargo, si no tienen la mala suerte de ser atacados por alguna de esas populares enfermedades de nuestro tiempo, como cáncer o Alzheimer, es entonces cuando esta unión alcanza su glorificación, pleno sentido y recompensa. En resumen, si quieres triunfar en tu matrimonio, no pienses como un hombre sino como una mujer, porque, como ya comenté con anterioridad, éste es un mundo de hombres, pero pensado para complacer a las mujeres. 17. La mujer berlinesa No creo que ningún Dios haya tenido nada que ver con la creación de la mujer, y mucho menos aceptar que haya podido surgir nada menos que de una costilla de Adán. Adán no tiene nada en común con Eva. La denominada con el sugerente nombre científico de «Eva mitocondrial» nunca conoció a Adán porque vivió 70.000 años antes que él. Desde luego que Adán nunca hubiera aceptado una relación con una mujer de su edad, y la prueba la tenemos en nuestros días, en que los hombres nos creemos con el derecho natural de aparearnos sólo con mujeres a las que siempre superemos en edad. ¿Por qué? Porque creemos que nosotros nunca dejamos de ser jóvenes y ellas sí, por esa razón en previsión de desarreglos emocionales futuros las elegimos siempre jovencitas, de manera que para cuando nosotros aceptemos que nos estamos haciendo viejos, ellas justo empiecen a sentir los primeros molestos síntomas de la menopausia, y si para entonces no nos quedan más ganas de aventuras sentimentales, las aceptemos como son. Las mujeres, desde la supuesta Eva mitocondrial, han guardado para sí celosamente sus propias mitocondrias, salvo en el desdichado caso de que no tuvieran descendencia femenina, caso que sólo es frecuente en nuestros días, donde existe menos del dos por ciento de acertar con el sexo deseado, ya que en las familias tradicionales dada la generosa fertilidad de las mujeres, era poco normal que se rompiera esta línea maternolineal de las mitocondrias, de manera que las mujeres pudiera mantener intacta su personalidad en el transcurso de las generaciones, desde la misma madre común a todas ellas. Mientras tanto nosotros con cierto retraso también fuimos capaces de establecer nuestra idiosincrasia masculina a través del cromosoma Y, de manera que desde entonces nos esforzamos por dominar la naturaleza para que sea más favorable a los cromosomas Y que a las mitocondrias; es decir, que hemos intentado inútilmente destruir a la mujer desde su raíz genética. Pero ésta se ha mantenido firme y prolífera en sus trece, desafiante y rebelde, lo que para mí, de forma muy especial, ha sido una auténtica bendición, como trataré de exponer más adelante. ¿Que qué nos diferencia? ¡Todo! Pero si hemos de entrar en detalles particulares, lo más notorio y evidente es que la mujer desde un principio sabe que la vida es un sufrimiento prácticamente constante, pero lejos de repudiarla siempre la ha aceptado tal y como es, con sus momentos gratos e ingratos; felices y desdichados; placenteros y dolorosos. La mujer olvida pronto los malos ratos y se entrega sin remordimientos a los buenos. Instantes después de parir, la visión de su hijo le hace olvidarse de lo que acaba de pasar, no sólo de los dolores del parto, sino de esos molestos nueve meses de embarazo. Las mujeres cuando hacen el amor no piensan en las consecuencias, porque la vida y sus propias exigencias la arrastra más allá de los razonable, por eso afortunadamente casi nunca son razonables. Sin la aportación de las peculiaridades del carácter de la mujer el sexo no sería el componente de una relación amorosa, sino que seguiría siendo una violación, como sucede en la vida animal. La mujer hace del placer una experiencia que debe ser inevitablemente compensada con el dolor, porque sabe que no hay placer sin dolor, y lo acepta con naturalidad y resignación, por eso hace del dolor algo cotidiano y llevadero. Una mujer puede mantener una divertida conversación y reír una gracia a pesar de estar sufriendo una pesada migraña o unos intensos dolores de ovarios. Cuando una mujer sufre, lo que es muy habitual, lo hace calladamente porque sabe que no es algo excepcional o temporal, sino parte de su naturaleza, diseñada para soportar relajadamente el sufrimiento. Han llegado a tener tan buena relación con el dolor que a veces hasta lo añoran, por lo que en cierta manera son algo masoquistas. Pero lo excepcional de su carácter con relación al dolor es que sus dolencias no les estresan porque no son consecuencia de enfermedades, solo son dolores de mujer, más reiterados e intensos que los de los hombre. Pero lo mismo podemos decir del placer, el orgasmo femenino es infinitamente más duradero e intenso que el masculino. Los hombres, en realidad, no tenemos ni idea de lo que es el placer, pero por la misma razón, tampoco conocemos lo que es el dolor intenso, profundo, duradero y natural; el dolor propio de la naturaleza humana y no de la enfermedad. La mujer vive más años porque los vive sin estrés, dejando que las cosas sucedan según su naturaleza; sean placenteras o dolorosas. Una verdadera mujer jamás reniega de su condición sexual, antes bien la glorifica. Por esta misma razón la muerte no es algo que obsesione a la mujer. La mayoría se mueren de improviso y por sorpresa, sin apenas haber tenido tiempo de pesar en ella. La muerte, como la vida, es femenina, natural, aceptable e inevitable. Casi ninguna mujer cree seriamente que haya algo más allá de la muerte porque para ellas las cosas son simples: sólo hay vida y después sólo hay muerte. Todas esas ingeniosas ideas sobre el cielo y el infierno las aceptan para mostrar su buena educación, su fingido respeto a las ideas de los hombres y sus disparatadas teorías sobre el Paraíso y todo eso, pero sólo para complacerles y no contrariarles. Las mujeres no pueden creer seriamente en aquello que no pueden sentir por sí mismas, con su intuición natural; con su lógica irracional. Un mundo femenino carecería de dioses, tan solo tendría madres-reinas, madres-supremas o madres supernaturales, con poderes extraordinarios, pero no madres sobrenaturales. La idea del padre supremo está simplemente descartada, pero hacen ver que la aceptan para no ir contra lo establecido, ¡por el hombre, claro está! Por otro lado, las mujeres han sido brutalmente dominadas, pero ni mucho menos derrotadas, porque mantienen inexpugnable su peculiar fortaleza femenina, aquella que nunca podrá ser conquistada porque excede todos los poderes terrenales desarrollados por el hombre. Son psicológicamente más poderosas y podrían acabar con el mundo con una simple conjura maléfica colectiva. Son potenciales brujas, poseedoras de poderes todavía no utilizados ni siquiera descubiertos, salvo casos aislados y que no son públicamente aireados. Por tanto, son temibles, razón por la cual en algunas culturas, aquellas donde los hombres intentan dominarlas brutal pero inútilmente, se las reprime bárbaramente, hasta el extremo de privarlas de los órganos que puede producirlas placer, anulando de esta manera su conexión directa con los grandes misterios todavía ocultos de la naturaleza humana, y que sin duda tienen relación con el propio placer, pero también con el dolor. La mujer tiene dos valores fundamentales sobre los que se sustenta toda nuestra civilización: el sentido de la comodidad y el de la limpieza. Sólo cuando el hombre asumió estos valores para sí mismo dio comienzo la civilización. Todo lo que ha hecho desde entonces es idear cosas inspiradas por los deseos de la mujer. El único invento universal pensado por el hombre sin la inspiración de la mujer ha sido la espada y su posterior desarrollo hasta los actuales misiles con cabeza nuclear, lo demás, incluida la rueda, son inventos basados en los valores de la mujer y su sentido de la vida práctica y aseada. No hay nada a nuestro alrededor que no tenga un toque femenino, desde los semáforos hasta los automóviles utilitarios, pasando por las necesarias alcantarillas, las aceras y los pasos de de cebra, que son probablemente algunos de los mejores inventos de las sociedades avanzadas. Por esa razón las mujeres son las que más aprecian la civilización en todo su amplio sentido pragmático y femenino y detestan las sociedades tradicionales y atrasadas, idealistas y masculinas. En realidad hemos creado el mundo civilizado a imagen y semejanza de la mujer y no del hombre, por esta razón los hombres nos sentimos cada vez más incómodos. Nosotros valoramos positivamente las guerras, a las que solemos justificar con toda clase de argumentos políticos, económicos, religiosos y hasta filosóficos, y en ocasiones las llamamos «guerras de civilización», y siempre estamos envueltos en alguna. En el mundo occidental y civilizado, es decir, masculino, siempre hay una buena razón para estar en guerra. Antes era contra Marx y ahora contra Al Qaeda. Los capitalistas siempre tenemos algún enemigo violento proveniente de culturas también machistas, pero que todavía no son capitalistas. Pero lo que no nos damos cuenta es que en ambos casos estamos defendiendo un mundo inspirado en estos dos valores femeninos fundamentales, que, como decía, son la comodidad, que no hay que confundir con el masculino y derrochador sentido del confort y del lujo, y la limpieza. Lo masculino es la incomodidad y la suciedad. Esto puede parecer una peligrosa simplificación, pero cada vez más hombres y mujeres no aspiran a otra cosa que a llevar una vida cómoda y saludable. Así es nuestra civilización. También las mujeres, como los gatos, detectan las energías telúricas y saben cuál de todas las habitaciones de su casa es la más adecuada para instalar el dormitorio o el comedor. También saben si en una determinada casa nueva serán o no serán felices, cosa que desconcierta a los agentes inmobiliarios que intentan vendérselas y a sus compañeros, que no tienen ni la menor posibilidad de apercibirse de esta energía. Sienten en su cuerpo sensaciones que proceden de energías dispersas, descontroladas, y saben si son negativas o positivas, pero no siempre pueden explicar esta sensación ordenada e intelectualmente. Por esta razón se vuelven agresivas, melancólicas, irascibles o encantadoras por influencia de estas energías, y nadie sabe interpretarlas ni puede prever su cambiante carácter. Un día pueden estar de un excelente humor y al siguiente sencillamente insoportables, sin que haya una causa razonable. Incluso puede darse el caso de que se enfurezcan a pesar de haber ganado una considerable suma en la lotería. Las mujeres tienen un sentido del orden que desconcierta a los hombres. Es lo que podemos llamar un orden caótico y natural, que siempre termina por reestablecerse de un caos aparente. Es un orden que podríamos llamar «biológico», pero de ninguna manera lógico. No es un orden basado en teoremas o ecuaciones matemáticas; ni en estadísticas sociales ni en normas del Derecho. Cuando una mujer cruza un semáforo en rojo lo hace porque se lo ordena su peculiar sentido del orden, dinámico y vital. Si espera a que se vuelva verde estaría observando un orden estático, similar al de la gravitación universal, basado en leyes que resultan del movimiento inercial de las cosas muertas, pero no es el orden que observan las cosas vivas. Si las mujeres son aparentemente caóticas es porque respetan un orden interior y femenino, superior al orden convencional y masculino. Supongo que a la larga también los hombres tenderemos a este tipo de orden natural, para olvidarnos del antinatural que nos hemos impuesto, y que no funciona sin la consiguiente represión. En este sentido las mujeres son todas anarquistas sin pararse a demostrarlo con argumentos históricos. Ellas saben perfectamente lo que es la anarquía desde que tienen uso de razón y ni siquiera los duros años de escuela y universidad consiguen doblegarlas de seguir siendo anarquistas. Pero se trata de un anarquismo también natural y no teórico o cultural, por esa razón su anarquismo tiene unas normas estrictas, que aplican con extremo rigor. Las mujeres consideran la familia tan solo aquellas personas con alguna relación de sangre, pero no sus eventuales amantes o padres legalmente reconocidos de su descendencia. En realidad los maridos no son nunca parte de la familia, solo invitados de larga duración, a quienes se le permiten ciertas confianzas y libertades, pero sí son de la familia sus hermanas, primas o sus nietas. Los hombres del clan familiar son tolerados, atendidos y alimentados, pero no dejan de ser gente extraña, de otra condición humana, como si fueran accidentes de la naturaleza. Una madre que no pare hijas se siente a sí misma como si hubiera sido estéril; traicionada y abandonada por la naturaleza, pero eso no quiere decir que no críe y atienda a sus hijos varones con el mismo afecto y devoción que si hubieran sido hijas; eso está fuera de duda, la maternidad es generosa y tampoco razona. Los suegros son todavía más extraños que los maridos y los cuñados pasan completamente desapercibidos para las mujeres casadas. Otra curiosidad de las mujeres es que no son sociables, sino gregarias. No se asocian con nadie ni pertenecen a su propia sociedad estatal, pues no conciben la idea misma del Estado, invento genuinamente masculino. El único poder superior que rige su convivencia es la naturaleza misma y sus obligaciones de todo tipo. Su mundo se reduce a su hogar y fuera de él nada tiene sentido. Una mujer sin hogar es como un pájaro sin nido, algo simplemente inconcebible. Una mujer desde niña está atávicamente unida a la idea del hogar. Sus juegos infantiles consisten en recrear pequeños hogares, con comedor y cocina, pero todavía sin dormitorio. La idea que una mujer tiene del hogar consiste en un reducido espacio personal, cómodo y aseado, donde una madre pare y cría a su prole. El hogar no pertenece al padre ni a los hijos varones, estos sólo lo utilizan durante una determinada época de sus vidas, unos por comodidad y los otros por seguridad, pero su obsesión es abandonarlo cuanto antes, unos para ir al bar o al fútbol con los amigos y colegas y los otros para hacer de sus vidas lo que les venga en gana, hasta que otra mujer les utilice para crear su propio hogar. Así son las cosas para nosotros los hombres. Las mujeres más felices son aquellas que son capaces de resistir la presión del mundo de los hombres y siguen siendo fieles a su instinto y a su intuición, que a nosotros casi siempre nos parece irracional y absurdo; y las más infelices, que por lo general coincide con las más bellas y las mejor educadas, sin que esto quiera decir que ambas cualidades deban ir necesariamente juntas, sino todo lo contrario, son las que siguen las normas creadas por los hombres. Éstas viven sumidas en una tremenda esquizofrenia, y terminan convertidas en meros objetos sexuales o profesionales, o sumidas en profundas en irreversibles depresiones emocionales, además de padecer frecuentes ataques de nervios e histeria. No acaban de entender que ser mujer significa ser «distinta de los hombres», y por tanto negarse sistemáticamente a sus deseos, tanto en las relaciones sexuales como en las profesionales, y si no tienen más remedio que ceder, hacerles pagar un precio justo y equitativo, pues los hombres no concebimos que los intercambios, sean de lo que sean, deban hacerse sin poner valor a lo intercambiado, sea también lo que sea. Desde luego que la generosidad es también femenina. En este sentido he observado que probablemente sean las mujeres norteamericanas las más infelices del planeta, porque sus hogares no tienen carácter femenino sino masculino; es decir, en realidad son castillos profusamente amurallados. Las mujeres no pueden hacer su hogar encerrado entre unas murallas, de la misma manera que los pájaros no saben hacer sus nidos dentro de una jaula, sino en espacios abiertos y bien comunicados con los hogares de otras mujeres, a las que visitan y son visitadas con cierta frecuencia. Pero ya no sabría decir cuáles pueden ser las más felices, tal vez las de alguna isla de la Polinesia que conserve todavía alguna forma de matriarcado. Las mujeres de los países subdesarrollados no son felices por culpa de los atavismos culturales represivos contra ellas, de otro modo, a pesar de su pobreza, sería felices, pues, como ya he dicho, una mujer no necesita mucho para ser feliz, le basta con un hogar cómodo, tranquilo y aseado, y una prole sana y alegre, donde haya por lo menos un miembro de su propio sexo, y si puede ser también la madre, verdadero centro de gravedad de toda mujer normal. Con eso se conforman. Esta era la situación social y cultural que James Cook echó a perder cuando descubrió los matriarcados de Thaití, Samoa, Salomón y de otras islas paradisíacas de Oceanía, y que con su influencia se transformaron en los actuales patriarcado Ser viejo sigue sin estar de moda En Berlín circulan casi más andadores que bicicletas. Sí, esta ciudad tiene una enorme población de ancianos. Son el legado viviente de un pasado horrible y traumático, que todavía pesa confuso sobre sus conciencias y que lentamente se va evaporando, justo en la misma proporción en que se van muriendo. Cada anciano berlinés que muere es reemplazado por un joven emigrante polaco, ruso, checo, lituano, estoniano, letón o, incluso, cada vez con más frecuencia, español. Los pequeños estudios que estaban amueblados con sillones de cretona floreados, con los brazos roídos por años de soledad y silencio, protegidos de la intimidad con visillos blancos y cubiertos de grandes alfombras de imitación persa, se han cambiado por muebles funcionales y baratos de Ikea y persianas regulables de Gradulux. Donde antes en el balcón había geranios ahora hay margaritas y lavandas. En los timbres y buzones aparecen nombre largos terminados en «esky», y uno se encuentra en el ascensor con jóvenes de rasgos eslavos que sonríen pero no te dan los buenos días, tal vez sea por temor a sus escasos conocimientos de alemán o su mala pronunciación. Si por alguna razón tienen que disculparse, se les escapa instintivamente un «Sorry!» ¡Berlín se rejuvenece! Pues, señores, a pesar de que la vejez es por aquí tan popular aun no se ha puesto nunca moda. Y es que la vejez, digan lo que digan los vendedores de cruceros, es horrorosa y, además, molesta. Por muy compresivos que seamos, nos exasperamos cuando un viejo se atasca en la caja del supermercado porque no sabe dónde ha puesto el monedero. Todos tenemos en la mente la misma idea: que haya un cajero solo para viejos, donde puedan demorarse cuanto quieran. En realidad la idea se hace extensible a todo lo demás: autobuses para viejos, aceras para viejos, calles donde circulen solo viejos, cafés para viejos, etc. En otras palabras, crear un gueto solo para viejos, con lo que nos libraríamos de su molesta y desagradable presencia. Obviamente se trata de una idea del subconsciente, para no atormentar nuestra conciencia. Los hombres morimos antes que las mujeres porque envejecemos renegando de nuestra decrepitud, que encontramos humillante, inoportuna e injustificada. Pretendemos, ¡nada menos!, condenar a la misma naturaleza por injusta y cruel. Las mujeres lo llevan sin rencor, por eso viven más. La vejez es fea y antiestética. La piel se reseca y se llena de oscuras manchas de pigmentación, las manos se descarnan, la carne se vuelve flácida y rugosa, la espalda se encorva, como si lleváramos una pesada piedra colgada del cuello, las piernas flojean como si fueran de goma, los dientes huyen de las encías, la vista se enturbia, los ojos se irritan, la nariz moquea. La respiración se vuelve insuficiente apenas hacemos el mínimo esfuerzo, el corazón no sigue un ritmo regular y constante. Surgen irregulares protuberancias de grasa, verrugas en el rostro, caspa en el poco cabello que nos queda, durezas en los pies, las articulaciones se resecan. Cualquier dolor nos alarma por temor a que sea causado por un tumor cancerígeno. Las arterias se vuelven de corcho y la tensión arterial se enloquece y se pone fuera de control, la sangre parece de caramelo. Si nos olvidamos del número de nuestra cuenta del banco nos imaginamos que es un primer síntoma de Alzheimer. Siempre nos abrigamos más de la cuenta, y ya no nos quitamos la chaqueta o el chaleco hasta bien entrado el mes de agosto, y aún así, siempre la tenemos a mano. Dormimos 3 ó 4 horas a intervalos de una hora, y cogemos el sueño al amanecer, cuando despiertan los mirlos y los cuervos, el resto lo pasamos en vela, revolcándonos en la cama con la misma torpeza que las focas en la playa. Tememos el invierno por la nieve y los hielos, la primavera por las alergias, el verano por las olas de calor, y solo nos queda el otoño como la estación más tolerable para la vejez. ¡Ojala todo el año fuera otoño! Los médicos nos tratan como enfermos imaginarios y nos recetas pastillas de lo que sea, con tal de que los dejemos tranquilos, y tal vez lleven razón. Pero no solo se degrada el cuerpo, también se envejece el alma. Si no ponemos atención se nos desvanece la imaginación y dejamos de soñar, y si no soñamos no podemos ser felices. De hecho pocos viejos son felices. Solo los creyentes lo son, porque sueñan ya con que se rejuvenecerán automáticamente cuando lleguen al Paraíso celestial. Pero la mayoría somos descreídos y nos volvemos cínicos, socarrones y demagogos.Lo que nos pasa es que nos da coraje que el mundo no se acabe con nosotros, lo que es de un egoísmo bíblico, por eso todo lo vemos de color negro, catastrófico y apocalíptico; en otras palabras, nos volvemos paranoicos y esquizofrénicos, y lo peor es que disfrutamos maliciosamente con ello. Pero ¿y la mente? Ese prodigio de la naturaleza humana se apaga lentamente. Primero nos olvidamos del nombre de nuestros amigos de la infancia, luego de los artistas favoritos de la adolescencia, después no recordamos el título de la película que más nos habían impresionado en nuestra juventud, casi inmediatamente dejamos de retener en la memoria las frases célebres de aquellos autores más admirados, y, finalmente, un buen día alguien nos pide nuestro número de teléfono y nos damos cuenta que no podemos recordar los tres o cuatro últimos números. Entonces es cuando nos alarmamos verdaderamente. Pero no solo se evaporan lentamente los recuerdos, buenos o malos, sino que se enreda nuestra capacidad de manejar las ideas con lógica. La realidad se nos hace confusa e imprecisa, porque estamos dominados por las sensaciones dolorosas y las impresiones tristes y nos faltan las necesarias emociones felices, que son el estímulo de la mente. Lo que sucede es que ya nos alcanza la sombra tenebrosa de la muerte, y empezamos a dedicar más tiempo del necesario a este pensamiento. Morir es un estado difícil de concebir, porque nadie puede aceptar que pueda haber un fin irreversible, sin que podamos tener una segunda oportunidad. Por otro lado la sola idea de vernos reducidos a un cadáver putrefacto devorado por los gusanos aterra nuestra imaginación. Sin embargo, como es irremediable terminamos por resignarnos, pensando lo menos posible en ella y que suceda cuando le venga en gana. No solo eso sino que nos hacemos los valientes cuando surge el tema en una conversación: —¿Por qué dramatizar si es inevitable? —fanfarroneamos. Finalmente lo que nos angustia no es morir, sino morir bien, sin agonías prolongadas o dolores insoportables. Morir como al parecer mueren los gorriones, que cuando presienten su muerte se encierran en algún recóndito escondrijo y se dejan morir allí de hambre, por eso nunca vemos los cadáveres de los gorriones muertos. Lamentablemente por nuestra confusa ética social nos empeñamos en prolongar inútilmente la vida de un anciano moribundo, mientras dejamos morir de hambre a millones de niños en todo el mundo. ¡Así somos los humanos de contradictorios! !Perdón! Sí, creo que debo pedir disculpas a mis lectores, porque la mayoría de lo que cuento en este libro es pura fantasía o, cuando menos, opiniones muy personales y subjetivas. Es posible que Berlín no sea como la expongo, ni que esté habitada mayoritariamente por una especie humanoide de lobos esteparios; puede que después de todos los berlineses sean moderadamente felices y gocen de una sana y comedida imaginación, y hasta sean románticos. Tampoco yo fui un crío tan enclenque como para no poder tirar piedras a los chicos del barrio rival, incluso a algún que otro perro, por lo que fui tan perverso y pequeño delincuente como éramos todos los niños de pueblo de mi generación. No es ni mucho menos cierto que me gustaran los juegos de niñas, ni que abusara de ellas o cometiera algún acto indecente que me pueda seguir pesando en la conciencia. Pese a todo lo dicho, la familia no deja de tener sus gratas compensaciones y una buena razón para asumir el sentido de la responsabilidad y de un generoso sacrificio. Sobre el amor, puede que no sea tan misterioso y frágil, y tenga fundamentos más firmes y realistas que la pura imaginación. Acerca de mi larga disertación sobre la mujer, tengo que admitir que es pura subjetividad y que, después de todo, como seres humanos pertenecemos a la misma especie, y puede que tengamos más cosas en común y que nos unen que las que nos separan. En cuanto al patético relato sobre la vejez, aunque me aproximo más deprisa de lo que desearía, todavía no soy tan mayor como para padecer todos esos achaques y no puedo hacerme una idea realista de lo que se debe sentir. Por último, no es verdad en absoluto que en Berlín tenga todo lo que necesito, aunque sí lo esencial, pero me muero de ganas por volver a pasear por la playa de Rodalquilar o comer una exquisita parrillada de pescado en la terraza de algún buen restaurante de la costa del Cabo de Gata. Pero tal vez lo que más añore sean las entrañables charlas, en este espléndido idioma castellano que tanto añoro, con mis buenos amigos de aquellos lejanos años de mi juventud, cuando vivir era sinónimo de luchar por alguna causa noble y solidaria. Pero, entonces, se preguntarán, ¿por qué he escrito toda esta sarta de relatos pretendidamente autobiográficos? Por extraño que parezca tiene una sólida y simple explicación: todos estos artículos son las típicas notas de todo escritor o aspirante a filósofo. No son más que apuntes para ejercitar la imaginación y la creatividad, con el fin de ir dibujando bocetos de personajes y escenarios que puedan ser utilizados en una posible obra futura. Lo cierto es que escritores no decimos la verdad ni aunque nos torturen, porque nuestro trabajo consiste precisamente en «contar mentiras», pero con estilo y creatividad, y lo más parecido a verdades. Las mejores y más fiables biografías no son las escritas por los propios autores sino por terceros. Las autobiografías son, en alguna medida, inevitablemente falsas. Con esta necesaria aclaración y las consiguientes disculpas, puedo dar por concluido este pequeño libro con la esperanza de que más que ilustrar les haya entretenido. En Berlín, a 25 de mayo de 2013